mocataline Catalina Mo

No debía pasar de una aventura -ella era la jefa y él el pasante, ella una profesional y él un estudiante, ella le llevaba quince años, y el estudio donde trabajaban sin duda no era el lugar para coger. Pero Cecilia no puede olvidarlo, y Guillermo tampoco quiere que lo olvide. Poco a poco, la aventura se vuelve más.


Romance Erótico Sólo para mayores de 18.

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1. Noche de viernes




Si le decían a Cecilia Gutiérrez, abogada de treinta y cinco años, orgullosa socia principal de su estudio, dueña de un cuerpo que mujeres y hombres deseaban (aunque por distintas razones la mayoría del tiempo) y soltera por convicción, que un día iba a acabar cogiendo con un pasante de su estudio, en su propia oficina, no se lo hubiera creído. Ella había hecho sus locuras en la vida, pero algunas cosas sobrepasaban el límite.

Pero aquí estaba ella, justo ahora. En su oficina, casi a la una de la mañana de un viernes que ya había dejado de serlo, de pie contra la pared y con el pasante detrás de ella, empujándola con cada estocada de su miembro.

Cecilia ladeó la cabeza, con un suspiro, y el pasante aprovechó para besar su cuello. Contuvo un gemido, sus senos desnudos apretados contra la pared. Todo ocurrió sin pensar. Era un viernes como cualquier otro y Cecilia había mandado a todo el mundo a su casa a las nueve; podía ser muy exigente, pero tampoco era una explotadora. No los viernes, al menos. Así que los había mandado a todos a su casa, incluyendo al vigilante. Su turno acababa a las once, de todas formas, así que bien podía irse algo más temprano.

Solo se había quedado Cecilia, que tenía que dejar listos unos documentos para su tediosísima audiencia del lunes. O eso pensaba, hasta que escuchó un ruido en el archivo y casi se muere del susto, antes de ver salir al nuevo pasante del estudio, con el cabello desordenado y cara de recién levantado. Fue un poco cómica la cara que puso, cuando la vio parada ahí. Lo vio parpadear con fuerza, como si de verdad acabara de levantarse.

Resultó que eso mismo había pasado: el archivo solía estar vacío en las tardes, así que el pasante pensó que era el mejor lugar para echarse una siesta. Una hora, nada más, que al final se convirtió en cuatro. Todo eso se lo explicó a Cecilia, atropellando las palabras, casi sin mirarla. Parecía estar pasando por un momento de genuino terror.

Cecilia se echó a reír. No había tratado mucho con el nuevo pasante, que llevaba apenas un mes contratado en el estudio, pero no lo culpaba. Es que recordaba muy bien su propia época de pasante. Las clases en la universidad y el trabajo, todo un mundo nuevo y en las espaldas de un chico de, ¿veinte, veintiún años?, podían ser demasiado. Así que pasó de su excusa y lo mandó a su casa. Más le valía al chiquillo sentirse agradecido, le dijo en broma, que otras jefas no serían tan benevolentes con él.

El chiquillo estaba agradecido. Pero aparentemente no tenía mucho filtro, o estaba todavía medio dormido, porque en vez de agradecerle con un apretón de manos y largarse, había saltado a abrazarla, murmurando "gracias" y "lo siento" y "gracias" otra vez.

Y bueno. Por una parte, nadie podía culpar a Cecilia por haberse quitado el saco y estar solo en blusa, y con la blusa medio abierta, además, porque realmente pensaba que estaba sola en el estudio. Se había quitado el saco apenas mandó a todos a su casa, para estar más cómoda. Había desabotonado algunos botones de su blusa, justo después, porque ya estaba empezando la temporada de calor. Sin el saco, sus senos se marcaban en la blusa con más detalle del habitual. Mal día para ponerse una blusa entallada.

Por otra parte, nadie podía culpar tampoco al pasante, decidió Cecilia, cuando lo vio quedarse embobado ahí, mirándole los senos. Era difícil que no lo hiciera cuando, en su entusiasmo por abrazarla, casi había enterrado la cabeza en el escote de su blusa. Maldijo en silencio. No se había sacado el saco en todo el día por eso, precisamente; solo se había puesto esa blusa porque no tenía otra, el resto estaban lavadas o sin planchar.

Pasaron los segundos, Cecilia congelada en el mismo lugar, igual que el pasante. Cecilia abrió la boca, por fin, para mandarlo a su casa de una vez —podía ser comprensiva, pero la situación ya había rebasado cualquier límite de la comprensión.

Pero entonces, el chico levantó la mirada. Sus ojos negros e inmensos se clavaron en los de Cecilia, y las palabras murieron en la boca de ella. Conocía esa mirada. Ah, claro que la conocía; la había visto más de una vez, en los hombres que se le acercaban cuando se iba a un bar a tomar una copa. Pero esto no era un bar. No era Cecilia, la mujer, en una noche de copas. Era Cecilia la abogada, a la mitad de su estudio. Y él no era un hombre invitándola a salir. Era un chiquillo, un estudiante; y un pasante de su estudio, encima.

Las manos del chico se movieron, despacio, rodeando su cuerpo. Habían quedado cerca de su espalda, en su intento de abrazarla, pero ahora se movían hacia delante, hacia el borde de su blusa. Cecilia contuvo la respiración, aún atrapada en la mirada del otro. Tenía que salir de ahí. Ya. Pero no podía, por alguna razón; no, no podía moverse. Estaba atrapada ahí, en ese momento absurdo, como si su racionalidad se hubiera perdido también.

Y entonces, sin mayor ceremonia, las manos del chico estaban sobre sus senos. Con las palmas abiertas, por encima de su blusa.

El tiempo seguía en pausa. Cecilia no supo por cuánto estuvieron allí, el pasante con las manos sobre sus senos, sosteniendo su mirada. Un suspiro después, el chico volvió a abrazarla, apretando su cintura; hundió la cara en el escote de su blusa de nuevo, con intención esta vez. La apretó con fuerza contra su pecho, respirando en su piel, pegándose por completo a su cuerpo. Cecilia sintió el bulto endureciéndose contra su pelvis, el chico suspirando en el hueco de su blusa.

El pasante pudo haber empezado, pero esta vez Cecilia debía culparlos a los dos. Porque en lugar de empujarlo y mandarlo al diablo, había puesto las manos en la cintura del chico, despacio, casi sin dudar. No lograba recordar por qué no era una buena idea, lo que estaban haciendo. Él había levantado la cabeza y le había besado el cuello, sus manos colándose por debajo de su blusa. Cuando Cecilia sintió aquellas manos en su piel, todavía sobre el sostén, se olvidó del resto de racionalidad que le quedaba.

En un momento, la blusa de Cecilia estaba abierta. Su sostén remangado hacia abajo, sus senos atrapados por encima de la tela. Su falda remangada, casi hasta su cintura. Le siguió la bragueta del pantalón del chico, abierta en un movimiento suyo, y luego su mismo pantalón, arrugado en sus rodillas justo después. Fueron apenas minutos y ambos ya estaban frotándose, como un par de adolescentes; el pasante besando y mordiendo sus senos con reverencia, ella dejándose hacer, gimiendo libremente.

¿Y ahora? Pues ahora estaban cogiendo. En toda la extensión de la palabra.

Habían acabado en la oficina de Cecilia. Ella había perdido la blusa y el sostén y la falda en el camino, el pasante el pantalón y la camisa. La verdad… Ella no había pensado que llegarían hasta el final. Incluso ahí, con la cara del pasante entre sus senos, no pensó que lo harían. Tal vez se la chuparía porque ya habían llegado demasiado lejos, como para irse sin hacer más, y porque no todos los días puedes chupársela a un chiquillo. Pero luego lo mandaría a su casa, con la orden de olvidarlo todo. Tenía que detenerse, luego de eso.

Pero cuando el chico la puso de cara a la pared, y empezó a masturbarla... Sus fuerzas para detenerse se esfumaron. Había tenido tanto trabajo que llevaba meses, meses sin coger, y parecía que la abstinencia y el estrés le habían pasado factura.

El chico se movía detrás de ella, frotando su miembro erguido contra la vulva de ella. Lo iba a hacer. Mierda, lo iba a hacer. Cecilia tenía que pararlo. Tenía que pararlo ahora, de una vez. Cecilia se preciaba de ser muy liberal pero esto era demasiado, era demasiado, pero nunca había cogido así, contra una pared, nunca había cogido en su propia oficina, y el chico lo iba a hacer, era obvio que lo iba a ser, no iba a detenerse si ella no lo detenía pero ella no quería detenerse, no quería; no podía, ya.

El chico tomó aire, con fuerza, y Cecilia se encontró conteniendo la respiración —un gemido ahogado resonó en la oficina, la voz de Cecilia retumbando en las paredes. Lo había hecho, él —la verga del chico estaba dentro de ella, por fin, llenando su vagina. Cecilia se recostó contra la pared, presionando su boca sobre la pintura fría. Detrás de ella, el chico empezó a embestir, su miembro presionando en su vagina caliente. Cecilia se aferró a la pared con más fuerza, ahogando sus gemidos contra uno de sus puños.

El chico tenía práctica. Era evidente. Cecilia se preguntó qué clase de práctica sería esa —el chico sujetaba sus caderas con ambas manos, sosteniéndola en el lugar, sin dejar de embestir. La penetraba con firmeza, pero sin excederse, como si supiera exactamente dónde la quería. Ella era una mujer dominante en todo lo que hacía, y no era habitual que sus amantes la trataran con tanta… Seguridad. Sobre todo, para ser alguien menor que ella. Se encontró con que también la disfrutaba, esa sensación.

Entonces, el pasante se detuvo. Cecilia iba a protestar, pero entonces él le dio la vuelta y volvió a penetrarla, ella gimiendo al sentir su miembro ocupar su vagina de nuevo. Ahora que estaban frente a frente, el chico volvía a tener acceso a sus senos, que parecía ser lo que buscaba. Los apretó con ambas manos, como si los midiera. Besó sus pezones, chupando despacio. Siguió embistiendo, todo el tiempo, con esa misma reverencia. Cecilia no entendía cómo la trataba con tanta reverencia y con aquella seguridad, a la vez.

—Mierda —el chiquillo le había mordido un pezón, apenas, y Cecilia sintió que su orgasmo se acercaba. Le cogió la cara y lo atrajo hacia ella, buscando su mirada. El pasante se lamió los labios, sus manos volviendo a sus senos—. Guillermo, ah... Guillermo. ¿No?

Guillermo se rió. Cecilia no podía culparlo, tampoco esta vez —era una pregunta muy poco erótica, la suya. Y una situación muy fuera de lugar, como para preguntar por el nombre de alguien. Pero es que Cecilia recién había recordado cómo se llamaba el pasante; un recuerdo vago sobre las últimas contrataciones, llegando de golpe a su mente. Nunca trató de recordar su nombre antes, porque no trabajaba directamente con ella.

—Guillermo, sí —y ahora él sonreía, como si fuera un día cualquiera.

Cecilia abrió la boca de nuevo, tal vez para replicar, pero entonces Guillermo la apretó contra su pecho y empezó a embestir más rápido, sin bajar la fuerza. Lo que iba a decir Cecilia se transformó en una serie de gemidos; el cambio de posición la hacía sentir la verga de Guillermo mucho más profundo, como si la estuviera empalando con ella. Trató de despejar su mente, perdida entre la bruma. Estaba tan cerca.

—Nadie puede saber— su voz había salido ahogada, casi como un suspiro. El chico la apretó más contra su pecho, besando su oreja—. Nadie...

—Nadie va a saber, doctora —la voz de Guillermo sonaba segura. Cecilia podía sentir la sonrisa del chico, apretada contra su cuello—. Nadie tiene que saber. Pero hoy... Hoy la pasamos bien, ¿sí? ¿Y si luego... Vamos al archivo? Usted y yo... ¿Quiere?

Cecilia no contestó —no con palabras. Para Guillermo, la forma en que el cuerpo de ella se estremeció contra el suyo fue suficiente respuesta.


* * *


Cecilia salió del estudio casi al amanecer del sábado, las primeras luces de la mañana colándose en el cielo. Al final, no había terminado de preparar los documentos para su audiencia del lunes. No le habían quedado fuerzas. El archivo estaba hecho un desastre… Y la alfombra de su oficina. La alfombra necesitaba una lavada larga, a fondo. O un reemplazo. De cualquier forma, nunca le gustó mucho el color.

Cuando por fin estuvo en su departamento, echada en su cama después de un largo baño, vio que tenía dos mensajes nuevos en el celular. "Guillermo el pasante", decía el remitente. Era el contacto que había agregado hace apenas una hora, antes de volver a ponerse la ropa, ignorando las manchas en su piel —su compañero tenía manchas similares en su propia piel, después de todo. Guillermo se había reído mucho cuando vio el nombre con el que ella lo guardó en su agenda. Cecilia abrió el primer mensaje:

«Doctora, no se preocupe por los documentos de la audiencia del lunes. Se los llevo al juzgado. No tengo clases en la mañana.»

Cecilia sonrió, casi sin darse cuenta. Mientras se cambiaban, le había contado a Guillermo sobre los documentos que tenía que preparar; solo había querido quejarse de que ahora tenía que ir al estudio el sábado o el domingo, pero aparentemente él se lo había tomado como un desafío personal. Bueno… Ella no se negaba a un poco de ayuda. Ir al estudio durante el fin de semana era una mierda, la verdad. Abrió el segundo mensaje.

«He escuchado que ese juzgado es bastante grande, para las pocas salas que hay. Debe haber más de un cuarto vacío por ahí. ¿No quiere que la acompañe?»

Cecilia soltó la carcajada, esta vez. Podía sentir el calor de su pecho, por encima del suéter del pijama. Dejó el celular a un lado y se hundió sobre el edredón, abrazando sus piernas. No había dolor —solo un cansancio lento, inusualmente satisfactorio. No era la primera vez que hacía una locura. Y así se sentían las locuras, para ella. Suspiró contra la almohada, sintiendo el calor de su cabello recién secado. Como si fuera un accidente, su mano derecha se movió hasta el borde de su suéter, sus dedos apenas esquivando la tela.

Parecía que su audiencia del lunes no sería tan tediosa, después de todo.




23 de Septiembre de 2021 a las 04:37 0 Reporte Insertar Seguir historia
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