pirra Pirra Smith

Silvia no se siente bien, parece que su luz se apaga por momentos, ¿qué puede estar ocurriendo? Relato participante (y no seleccionado) en la Antología Cuentos de hadas de Perdiendo el rumbo.


Cuento No para niños menores de 13.

#cuento #hadas #239 #328 #contemporánea
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CON LUZ PROPIA

Era sábado y bien podría haber sido miércoles. Los días se distorsionaban en mi mente, las noches se fundían con las mañanas y las tardes llegaban sin darme cuenta. Diego, mi marido, estaba preocupado por mí. Me había sumido en una neblina oscura que no me dejaba ver la luz.

De vez en cuando la cosa mejoraba. Volvía a respirar, ponía música, reía, bailaba y parecía que todo iba a volver a ser como antes. Pero me apagaba de repente, como si una nube gris me persiguiera. Durante un tiempo habíamos evitado ponerle nombre, a pesar de que el elefante en la habitación era cada vez más evidente. Surgieron algunas ideas: ansiedad, depresión…

Así que me hice un té chai, mi preferido, y salí al jardín envuelta en el chal más viejo que tenía. A lo lejos un trueno retumbó y sonreí. No me gustaban las tormentas especialmente, sin embargo disfrutaba el olor de la lluvia. Entre la suavidad del chal, el calor del té y la expectativa de las gotas de agua que pronto estarían sobre mí sentí la felicidad brotar dentro de mi pecho. Esa era yo. Mi yo de verdad, la verdadera Silvia.

Me alejé por el camino de piedras hasta la valla observando el horizonte. El campo estaba salpicado por árboles de todo tipo, algunas casas y al fondo, tras un paseo de media hora, un bosque precioso en el que hacía tiempo me había perdido haciendo fotos. No había podido disfrutar del todo de nuestro nuevo hogar. Pasaba el tiempo y mi estado de ánimo no mejoraba. Quizás tenía que claudicar y hacer caso a Diego, al fin y al cabo él era psicólogo y sabía de lo que hablaba.

Las primeras gotas empezaron a caer por lo que volví a meterme en casa. Me senté en el alféizar de la ventana del salón disfrutando del golpeteo de la lluvia al caer. El viento agitaba las copas de los árboles y los arbustos. Todo fluía en una especie de coreografía. Todo menos una cosa que llamó mi atención. Parecía que el viento arrastrara algo de un lado a otro. «¿Sería un topillo?». Desde que habíamos llegado no habían hecho más que dar problemas haciendo agujeros por todas partes. No me generaba simpatía precisamente, pero no debía ser agradable que el aire te golpeara contra el suelo.

Dejé la taza a un lado y cogí una de las mantas que tenía en el respaldo del sofá para atrapar al topillo y rescatarlo de las inclemencias del tiempo. El pelo se me vino a la cara nada más salir por la puerta y lo perdí de vista. Entrecerré los ojos buscándolo en el preciso momento en el que la corriente lo lanzó contra mis pies. Eché la manta sobre él y entré a toda prisa dejando fuera la tormenta.

Me dirigí al baño, dejé el bulto en la bañera con cuidado y me alejé un paso esperando que saliera. Tardó unos instantes, en los que mi preocupación fue aumentando. Al final la manta empezó a abultarse por aquí y por allá.

Esperaba algo como un ratón grande y sucio, quizás una rata sin cola. Apareció una pequeña patita mucho menos peluda de lo que había imaginado y luego la otra. Cuando asomó la cabeza fui consciente de que aquello que había atrapado no era para nada un topillo. Se arrastró lejos de la manta, se puso en pie y se palpó el cuerpo. Desplegó un par de alas tan finas que parecían transparentes. La intensa luz del baño las atravesaba casi como si fueran de cristal. Tenía piernas, brazos, cabeza… era como una persona muy pequeña.

Estaba fascinada con su belleza pensando en fotografiarla. Quería atrapar aquel juego de luces, aunque fuera solo en mi memoria.

Se giró y sus ojos completamente negros me paralizaron. Entonces lo noté. Ese desasosiego que a veces se cernía sobre mí. Me llevé la mano al pecho notando que me costaba respirar, como si algo muy pesado me impidiera hinchar del todo los pulmones. La sonrisa que se me había dibujado en la cara ante la maravillosa visión decayó hasta formar una línea recta y de repente nada parecía tan maravilloso como hasta hacía unos instantes.

Los ojos de la criatura se fueron aclarando poco a poco hasta que las pupilas negras se redujeron de tamaño y descubrí que el iris era de un color azul intenso. Sonrió, estiró los brazos hacia el techo y girándose por completo para que estuviéramos frente a frente ladeó la cabeza y dijo:

—Gracias.

«Habla. Me he vuelto loca por completo. Quizás me he quedado dormida mirando la lluvia y estoy soñando». Me pellizqué el brazo y sentí una punzada de dolor. «Pues no, estoy despierta, así que debo estar alucinando» deduje.

Trastabillé un poco y me senté sobre la taza del inodoro. De un salto y con un poco de aleteo la criatura subió hasta el borde de la bañera. En ese momento me percaté de que iba cubierta con el papel de propaganda de mi restaurante mexicano favorito y una goma de pelo a modo de cinturón. Era tan aleatorio y absurdo que solté una carcajada… seguida de unas cuantas más. Toda la situación me parecía absurda.

El ser alzó las cejas, abrió los brazos en mi dirección y movió las alas que empezaron a brillar. Entrecerré los ojos y me di cuenta de que la luz no atravesaba las alas. La estaba atrayendo y absorbiendo. Sus ojos se hicieron más claros, como el cielo. Incluso su pelo que me había parecido castaño dorado se aclaró hasta alcanzar un rubio albino. No estaba brillando, estaba succionando la luz.

De nuevo aquel peso en el pecho se hizo presente. «¿Sería posible que lo que me ha estado pasando estos días fuera culpa suya?». Me acaricié el pecho haciendo círculos con la mano para calmar la sensación.

—Disculpa, a veces me dejo llevar.

Hubo un silencio en la habitación durante el que algo cambió en el ambiente y las puntas de la parte alta de las alas perdieron algo de brillo.

—Todo esto ha sido cosa tuya, es tu culpa —la acusé.

—¿Culpa mía? —preguntó indignada—. No. Culpa tuya. Brillas demasiado. Te encontré y no tuve más remedio que seguirte.

—¿Qué eres? ¿Una polilla?

—No, un hada del bosque.

—¿Un hada del bosque que se alimenta de luz?

—Algo así, tú no la usas.

—¿Qué no uso?

—¡Tu luz!

Hizo un gesto con sus diminutas manos abarcándome entera. Me miré de reojo en el espejo y no vi nada raro. «Bueno, bastantes cosas raras estoy viendo ya si estoy hablando con un hada del bosque». Suspiré con pesar.

—¡Me estaba muriendo! Si me oscurezco por completo acabaré por dejar de moverme y convertirme en una rama cualquiera que los humanos pisáis sin mirar. Ese es mi destino.

—Convertirte en una rama —repetí entre inexpresiva e incrédula.

—Sí. Había pensado que mutar no sería tan malo. Me habían convencido de que mi sacrificio era necesario.

—¿Quién te ha convencido?

—El resto de hadas —contestó con tonito de superioridad como si fuera una obviedad.

Bufé. Estaba segura de que todo esto tenía algún tipo de explicación científica que obviamente no incluía hadas. Me giré hacia la voz chillona que con toda probabilidad provenía de mi cabeza aunque escuchara como si saliera del interior de aquel ser fantástico imaginario. Me llevé las manos a la cabeza entre agobiada y frustrada.

—Oh, no por favor, no te pongas así.

—¿Así cómo?

—Pues… apagada.

—Oh, discúlpame —contesté con retintín—. Un hada ha aparecido en mi vida diciendo no sé qué de luz y que no quiere convertirse en una rama. Perdona si estoy teniendo dificultades procesando todo el tema.

Ella puso las manos en las caderas y abrió la boca como si fuera a decir algo, pero debió pensarlo mejor porque la cerró. Suspiró y voló hasta posarse en mi rodilla.

—Hola, me llamo Mara y soy un hada. Vivía en el bosque con el resto de mi comunidad. Al llegar a la plenitud no desarrollé ninguna habilidad especial. Así que me volví una oscura. Absorbo la luz de los demás. Por eso no me podía quedar en la comunidad. El consejo me invitó a marcharme y unirme al bosque cuando mutara en rama. Apareciste tú, tomé tu luz y no te diste cuenta así que te seguí.

A pesar de que la explicación era absurda y fantasiosa, encajaba con las cosas que habían ocurrido. El malestar que sentía comenzó al mudarnos a esta casa, después de aquel paseo que di por el bosque haciendo fotos.

—Quizás no me di cuenta, pero haces que me sienta enferma. Llevo un tiempo pensando que había algo mal en mí.

Mara se sorprendió mirándome con los ojos muy abiertos.

—Bueno, evidentemente, no lo sabía.

Asentí con la cabeza. Tendría que esperar a que Diego llegara a casa y me ayudara a resolver el misterio: «¿estaba perdiendo la cabeza y veía cosas que no existían o en realidad un hada había estado provocándome esos episodios de ansiedad y depresión que había estado teniendo?».

Miré a Mara que se alisaba la falda de papel en la que justo aparecía una quesadilla y tuve una idea.

—Mira, ¿por qué no te das un baño caliente —titubeé un poco, pensando que la bañera no sería lo más apropiado— en el lavabo? Y mientras busco otra cosa que te puedas poner.

Abrí el agua para regular la temperatura. Lo llené cuatro dedos y eché un poco de jabón de manos de forma que hiciera espuma. Mara se deshizo del folleto y la goma de pelo sin pudor alguno antes de deslizarse hasta el agua gimiendo de gusto.

Salí del baño y me acerqué a la estantería donde tenía mi colección de muñecas. Otros se habían burlado de mi afición durante años. Cuando Diego me dijo que le parecía tierno y que él también coleccionaba figuras me sentí comprendida y supe que se convertiría en alguien especial.

Era probable que la ropa de las muñecas le quedara algo grande pero era bastante mejor que un trozo de papel sucio. Cogí la caja de zapatos en la que guardaba los modelitos que no llevaban puestos y volví al baño donde encontré a Mara frotándose con la toalla de manos. Su cara se iluminó de felicidad cuando le mostré lo que contenía la caja, literalmente.

—¡Estás brillando!

Se giró como un torbellino para mirarse en el espejo y comprobarlo. Con asombro caminó muy despacio hasta el espejo y colocó una mano sobre su mejilla y la otra sobre la de su reflejo.

—Estoy brillando.

Apenas logré entender lo que había susurrado, parecía extrañada.

—¿Entonces puedes hacer tu propia luz?

En cuanto terminé de hablar se apagó e incluso se quedó algo más gris de lo que había estado antes.

—Las cosas no funcionan así. —Me miró por un segundo intentando recordar—. Silvia, ¿verdad? Así te llama el otro humano.

Asentí, dándole la razón.

—Sí, y tiene que estar a punto de llegar.

Mara echó una mirada rápida a la puerta del baño. Quizás se suponía que los humanos no debíamos verla. «Eso sería muy típico, que solo pudiera verla yo para no poder saber si me estoy volviendo loca». La llave girando en la puerta de casa nos dio la señal de que nuestro tiempo a solas se había acabado.

—Bueno, deja que al menos me ponga algo antes de presentarme.

Con un gesto de la mano me echó del cuarto de baño. Me dirigí con un poco de miedo al salón, donde estaba Diego dejando su bolsa del gimnasio.

—Te he echado de menos —dijo antes de saludarme con un beso.

—La próxima vez iré contigo —prometí.

Mientras sacaba la botella de agua y la ropa sudada intenté encontrar palabras para hablarle de la existencia de Mara. Nada me sonaba bien.

—Verás, hoy ha pasado una cosa muy rara.

Se quedó congelado en el sitio y giró lentamente mirándome con ojos preocupados. Abrió la boca y justo cuando iba a decir algo un estrépito en el baño nos sobresaltó a ambos. Antes de que pudiera decir nada salió corriendo hacia allá y abrió la puerta de par en par.

Mara estaba en el suelo rodeada de mis horquillas, pinzas y gomas de pelo, debía haber tirado la caja que tenía en la encimera con todo aquello. Diego estaba pasmado con la boca abierta.

—¿Es una muñeca nueva? —me preguntó.

—¿Acaso tengo pinta de muñeca? —contestó Mara con las manos en las caderas y la voz dulce como si estuviera coqueteando.

No pude resistirlo y me empecé a reír. «La ve, puede verla, no estoy loca… o lo estamos los dos». El hada refulgió con mis carcajadas que tras unos segundos se cortaron de forma abrupta. La miré enfadada.

—No hagas eso.

—Lo siento, no me he podido resistir.

—Igual que no pudiste evitar seguirme en el bosque.

—Exacto.

Diego, que seguía la conversación pasando de una a otra como si fuera un partido de tenis, levantó las manos dándose por vencido y dijo:

—¿Alguien puede explicarme qué está pasando?

Mara abrió la boca, pero con los ojos la reté a atreverse a decir algo. Volvió a cerrarla y frunció los labios mientras se cruzaba de brazos, dándome la palabra. Suspiré y le conté a Diego lo que había pasado en las últimas horas. La historia de nuestro encuentro en el bosque, la confusión con el topillo y el tema de la luz. Llegados a este punto ambos miramos al hada que sonrió pícara.

—Ahora si quieres que hable, ¿eh? —me retó.

Iba a contestar con alguna salida de tono, más por el cansancio acumulado que porque estuviera enfadada cuando una mano en mi hombro me frenó.

—Me encantaría escuchar más, si quieres hablarnos de ello —intervino Diego.

«Tan conciliador», pensé sonriendo para mis adentros. Él tenía muchas cosas buenas y algunas malas, sobre todo me equilibraba. No como mi otra mitad, algo que me faltara, sino como algo que mantenía mis pies en el suelo mientras me animaba a volar.

Nos trasladamos a la cocina y sobre la encimera sacamos algo de fruta y agua para los tres. Me pareció que era lo más apto para el estómago de un hada del bosque.

Durante la conversación Mara habló con una voz tranquila y melodiosa. Como si nos estuviera contando un cuento antes de ir a dormir. Diego iba preguntando con suavidad cuando ella hacía alguna pausa, colando las frases, intentando que no se notara su curiosidad. Y se le daba muy bien.

—¿No coges la energía de la comida como nosotros? ¿Necesitas luz para vivir?

—Las hadas somos el bosque. Al llegar a la plenitud conseguimos nuestra habilidad: ayudamos a las raíces a arraigar mejor, esparcimos las semillas, hacemos florecer… Si somos de utilidad para él, mantenemos la luz. Pero si no servimos para algo, si no somos útiles, volvemos a ser bosque. Mutamos en una rama, en rocas, tierra…

—¿Y suele pasar? Eso de que no tengas una habilidad…

—Bueno en mi línea ha pasado bastantes veces… algunas hadas piensan que estamos malditas.

—¿Malditas? ¿Acaso hay alguna profecía o algo? —pregunté intrigada.

—No, nada como eso, simplemente… ¿Cómo lo llamáis? ¿Mala sangre?

—Bueno, quizás diríamos que es algo genético —intervino Diego— pero no sé si las habilidades son algo que está en ti o algo que aprendes.

—Vamos a orientación. Pero en general cada hada tiene una idea de su habilidad desde muy pronto. Yo nunca sentí afinidad con nada en especial. El consejo lo sabía y yo lo sabía. Era de esperar que acabara siendo una oscura.

Aquella noche, cuando por fin nos fuimos a la cama nos tumbamos de costado mirándonos con incredulidad.

—Tengo dos teorías —empezó a decir Diego—: o bien hay un hada instalada en el cuarto de invitados o nos hemos intoxicado con algo y tenemos alucinaciones.

—¿Y alucinamos los dos con lo mismo a la vez? —pregunté dubitativa.

—Ya. Es poco probable.

Nos mantuvimos en silencio durante unos segundos, simplemente disfrutando de la cercanía del otro. Yo me sentía exhausta y el abrazo me reconfortaba.

—Quizás tengo una tercera teoría. Eso que has dicho antes de la profecía me ha dado una idea. Creo que Mara es víctima de una profecía autocumplida.

—Háblame como si no fuera psicóloga —le pedí, como hacía tantas otras veces para que me explicara los términos que solía usar.

—Por un lado las expectativas del… consejo sobre Mara eran muy negativas, y se lo hacían saber, así que ella adquirió esas mismas expectativas sobre sí misma. Por otro lado, piensa que convertirse en oscura corre por las venas de su familia así que creyó que ella mutaría. Si piensas que algo es real al final las acciones que tomas te llevan a esa realidad. Tiene que ver con el efecto Pigmalión

Me quedé atónita ante la explicación. Tenía todo el sentido.

—¿Y puedes ayudarla? ¿Cómo psicólogo?

—Puedo ofrecérselo.

En un principio Mara se mostró reticente, sin embargo al ver la posibilidad de imponer sus condiciones, accedió a probar eso de la “terapia humana” si podía seguir usando mi luz para no mutar. No me hizo nada de gracia, pero confiaba en las habilidades de Diego.

Así fue como acabamos teniendo por compañera de piso a un hada, que recibía sesiones de terapia de mi marido, a quien le gustaba bromear con la idea de poner en su despacho un letrero que indicara que ofrecía sus servicios a seres mitológicos.

Me pasé todo el primer mes regañando a Mara hasta que aprendió a no tomar mi luz sin avisar… y me llevó otro mes más que aprendiera a pedir permiso. Durante el tercer mes Diego y ella decidieron poner a prueba la teoría de si hacerlo mientras dormía me generaría menos malestar… y así fue. Simplemente me despertaba sin recordar lo que había soñado.

Diego y Mara se encerraban en su despacho a charlar un par de horas por semana. Aprendió a usar un lector de libros electrónico para poder leer lo que le recomendaba sin tener que cargar con libros que pesaban más que ella y se metió en nuestras vidas. Poco a poco se fue sintiendo más cómoda con nosotros. A veces encontraba arreglos florales que había hecho para contribuir a la casa. Consiguió deshacerse de los topillos, aunque no quiso decirnos cómo.

En el cuarto mes ocurrió. Por primera vez escuché su risa que sonaba como unas campanillas. Estábamos las dos sentadas en el alféizar de la ventana igual que lo estuve yo aquel día.

—Quizás busque un sitio propio para vivir. De pequeña me contaron la historia de un país lleno de hadas donde nadie perdía la luz y todas brillaban. Solo había que volar hasta la segunda estrella a la derecha…

—… y todo recto hasta el amanecer —terminé yo.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó anonadada.

—Es una historia que yo también conozco.

Mara sonrió y miró al cielo nocturno llena de esperanza y sueños. Tras meses de trabajo y aprendizaje por fin brillaba con luz propia.

17 de Septiembre de 2021 a las 07:56 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Pirra Smith Tengo más de 30 años. Llevo escribiendo la mitad de mi vida. Publicando en internet desde que supe cómo se hacía. Así que aquí me encuentro perdida entre palabras con una licenciatura de Psicología a mis espaldas y un peque de 4 años en mis brazos.

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