kanicus kanicus c

Existen pocas cosas capaces de degenerar la mente humana hasta el punto de la locura, tal es la capacidad del vacío incognoscible, la blasfema inexistencia a la que le fue otorgado el título de La Voluntad del vacío, prepara a los recipientes que darán inicio a la perdición del tranquilo pueblo de Las Arenas.


Horror Literatura de monstruos Sólo para mayores de 21 (adultos).

#terror #suspenso #vacio #245 #horror-cosmico
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Prólogo

Entre los rincones que sostienen nuestro camino, una esfera negra rodeada de luz, engulle todo cuanto se acerca a sus dominios, sin posibilidad de volver a ser concebida por ente alguno, la esfera negra lo consume todo, desde que la decadencia es decadencia y el cambio es cambio. Pero las anomalías son parte de la existencia y como tal hacen acto de presencia en los rincones de los mares de fuego y polvo. Y es gracias a la anomalía que la esfera negra le es arrebatado un fragmento de su ser, provocando el consumo de la materia, el cual se reduce al vacío y hace de suyo todo cuanto toca. Por eones, sus fragmentos circundan en medio de los océanos de todo lo que alguna vez fue creado para alimentarle, en medio de su propia justificación de existencia, separada del principio que dio origen al todo, para la reafirmación de lo que es, no puede ser otra cosa más que la voluntad del vacío. Reposando finalmente en el inhóspito pueblo de Las arenas, anidando en la residencia de Los Ángeles, preparándose para mostrar a los cielos y la tierra la respuesta que los videntes desean conocer, más un solo vistazo sería suficiente para hacer de la cordura un cauce de locura y perdición, la oscuridad ha de hacer surgir los preparativos del gran banquete, en honor al vacío.


  • La llegada del anfitrión

Era una tarde soleada en la ciudad de Las Arenas y al igual que el resto de los días, los niños de la ciudad jugaban a la orilla de la calle junto la gran casa, que después de muchos ciclos solares estaba siendo construida día y noche sin parar. Las personas del lugar observaban admirados la inconmensurable estructura, adornada con gárgolas en las columnas junto al portón que asemejaba a las puertas del tártaro. Las ventanas a pesar de ser muy grandes no conseguían mostrar el interior de la casa, que con cada día que pasaba se asemejaba más a una mansión, mansión que era resguardada por perros y guardias siniestros, estos permanecían detrás de los muros de piedra caliza, muros que no eran demasiado altos, solo lo suficientes como para que los escamosos barrotes realizasen la tarea de obstruir la entrada a las visitas inesperadas. Muchos de los transeúntes susurraban inquietos, ¿Quién será la persona que vivirá en esa mansión? ¿Por qué decidirá venir a esta pequeña ciudad, en este país olvidado por Dios?

Los días pasaban, las noches morían con cada amanecer, y lo que comenzó como una señal de bendición en forma de lluvia luego de un asolador calor de verano, terminó por desenmascarar la verdadera furia de los señores de la tormenta, provocada por las prolongadas sequías.

Las personas que inocentemente se refugiaban en sus casas eran asoladas por la gran tormenta que azotaba la ciudad. Las calles se inundaban y muchas familias que tuvieron la mala fortuna de estar en el lugar menos indicado, fallecían ahogadas entre las corrientes de agua, siendo sepultados bajo descomunales cantidades de basura y fango. Los pobladores de la ciudad, desconcertados por la cantidad de personas desaparecidas luego de ser devorados por los ríos emergentes, no tardaron en hacer de sus lágrimas una ofrenda con la cual esperar piedad por parte de los dioses de la tormenta que se mostraban impasibles ante la muerte y el dolor.

En medio de las calles que desembocaban en el reino de la muerte forjado por las casas de las víctimas, criaturas anfibias reptaban y cazaban como si de un ambiente natural más se tratase, cadáveres de peces flotaban en medio de las carreteras del centro de la ciudad, ojos muertos comenzaron a flotar por las calles, los pobladores de la ciudad ahora no solo estaban encerrados, sino también, observados por pestilentes cadáveres acuáticos, cadáveres que encallaban en las orillas de las casas aun en pie. Familias enteras dejaron vacíos dentro de las comunidades de los alrededores del centro de la ciudad, cientos de personas se uniformaban con el color negro característico del luto y el dolor espiritual que solo la muerte es capaz de invocar.

En medio de las insaciables lluvias que con despiadado frenesí continuaba buscando presas que estuviesen a merced de su irracional furia, una sonrisa amarillenta de dientes largos y punzantes como estalagmitas se formaban en el rostro de una criatura, fue entonces cuando apareció, envuelto en túnicas negras y telas carcomidas, casi desechas y desgarradas ondeaban frenéticamente con la tormentosa brisa que anunciaba la llegada de la perdición. La criatura saboreaba el dolor y la tristeza que envolvía a los pobladores de las arenas, la criatura esbozó: ¡hermoso, simplemente hermoso!

Las crecidas de los ríos daban paso a corrientes turbulentas que parecían tomar forma de garras y mandíbulas de bestias feroces y amorfas, mientras rugidos celestiales y penetrantes rayos inauguraron la llegada de la oscuridad, era la llegada del heraldo del vacío, era el aviso de la irracional perdición acompañada de sus fieles sombras, las cuales esperaban hacer de la inexistencia el fin último de todo lo establecido.

Fue entonces que el cielo comenzó a formar una enorme espiral cuyo centro se encontraba bajo la gran mansión, todo se tornó gris y frío, era la voluntad de la perdición la que se manifestaba en los cielos y el agua logrando borrar el sol por completo, la claridad de sus rayos apenas podía hacer distinción entre el día y la noche, fue entonces cuando los colores murieron y la calidez se extinguió para siempre.

A las puertas de la gran mansión que por mucho tiempo desconoció el silencio y la tranquilidad, la gran figura se encontraba a salvo de la inundación que cobraba toda vida que se encontrara a su merced, y como si de un día agradable se tratase, esta se dispuso a tomar de su taza lo que muchos podrían intuir era té. Los días pasaron y las noches menguaron, las criaturas nacidas de los nuevos ríos conocieron el final de su reinado en las calles de la ciudad.

La tormenta reclamó 150 vidas, las familias decidieron resignarse no solo a reconocer el fallecimiento de estas personas, sino también al reconocimiento de la inexplicable metamorfosis que sufrieron para formar parte del vacío, puesto que nunca se les encontró.

̶ Es como si se los hubiese tragado la tierra. ̶ Se decían entre sí los pobladores.

̶ No tiene sentido, las casas no fueron arrastradas muy lejos ¿Qué les pudo haber pasado?

Dejando rastros de lodo y una sustancia viscosa de color negro, las calles se fueron restaurando poco a poco gracias a las alcantarillas de la ciudad, dejando entrever los cadáveres de ratas, perros y peces hinchados y deformados que atraían nubes de moscas mientras la superficie pasaba de un aspecto vomitivo a otro más sólido y firme.

El olor de los cadáveres era enfermizo, por lo que la gente evitaba salir de sus hogares, a excepción de los niños, pues los pequeños ignoraban la ausencia de la alegría de los días soleados, ya que, a pesar del mal olor, para ellos los barrios y sus calles se habían convertido en una zona de exploración y aventuras, en especial la nueva casa que sin darse cuenta fue terminada y habitada por su respectivo dueño.

Andrew, Lucas (aunque sus amigos le llamaban Loky) y Sindy eran quienes se ponían de acuerdo para ver por donde comenzaría la exploración de la ciudad, pero como en toda sociedad hay rangos, seguidores y seguidos, esta no sería la excepción, el puesto para orientar al grupo de amigos era peleado por Andrew el menor de los tres, y Lucas quien no dudaba en probar su tenacidad ante los retos que ocasionalmente era desafiado a realizar. Otros niños seguían de cerca a este trío para ser partícipes de las aventuras realizadas.

̶ Oigan. ̶ Dijo uno de los niños del montón ̶ . ¿Han visto la nueva casa que construyeron? es inmensa.

̶ Casi parece una iglesia de esas antiguas ̶ Pensaba Andrew mientras se preparaba para jugar al futbol.

Sindy, hija única del carnicero de la ciudad y la única niña del grupo, recordaba haberla visto, pero nunca vio que alguien la habitara o que esta encendiera sus luces como señal de actividad humana en su interior, sin embargo, recordó alguna vez haber visto una cantidad de marcas de pezuñas en dirección al interior de la propiedad.

En ese momento, luego de la habitual caminata alrededor de la residencial, momentos después de iniciado el partido, la pelota fue pateada sin dirección alguna para luego ser encontrada en el interior de la gran casa, Andrew el menor de todos y, por lo tanto el único al cual se le ponía a prueba constantemente para formar parte importante de la banda de revoltosos niños, fue desafiado a escurrirse entre los barrotes y recuperar el balón, antes de que las cabras que solían pastar en los grandes prados del misterioso dueño de la gran mansión, decidieran destruir el balón, pues, como todo niño ingenuo y recién integrado al mundo, deseaba el respeto de sus camaradas de aventuras y juegos.

Sindy, la voz de la razón en el grupo, pidió que se retractara de sus actos, pues algo no parecía estar bien, las cabras tenían cuernos poco armoniosos y protuberantes, eran demasiado retorcidos y voluptuosos, sin mencionar el anormal círculo en el que estos animales mantenían una inusual ceremonia, las cabras pastaban mientras una alzaba su cabeza, las demás pastaban y la siguiente alzaba su cabeza, las demás pastaban, y el proceso seguía y seguía desde quién sabe cuánto tiempo.

La cabra (según la pequeña) "alfa" era inusualmente grande, peluda, de ojos saltones y lo más llamativo para Sindy, era que estaba siempre en medio del círculo, como si las demás le rindieran adoración, una adoración insaciable y constante.

Andrew hizo caso omiso a sus llamados de su amiga, entrar resultó fácil para alguien como él, pequeño, flaco y con un corazón que palpitaba casi como el de un colibrí entusiasmado, sigilosamente se acercó y buscó la pelota, la encontró pero estaba muy lejos, ya que en el jardín (si es que se le puede llamar jardín a una inconmensurable extensión de pasto) a pesar de que las cabras siempre parecían realizar sus sagradas e interminables misas recluidas en la parte izquierda de la mansión cerca de una de las ventanas, una que otra permanecía rezagada y aislada de las demás. Y es en la puerta de la casa que se encontraba reposando una blanca y despreocupada cabra, y entre sus pezuñas se encontraba el balón,

̶ ¿Cómo se lo quito? ̶ Pensó Andrew mientras sus dedos temblaban de nerviosismo.

Poco a poco sus pasos se acortaban y sus manos temblaban, el pequeño era de piel blanca pero en ese momento parecía más la de un cadáver que la de un ser vivo, y antes de poder retirar la pelota, la inmensa puerta fue abierta, en un crepitante sonido y de un sobresalto lo que para el niño fue un eterno momento de horrorosa contemplación, una inquisidora figura emergente de las sombras parecía haberlo estado esperando pacientemente por mucho tiempo, pues la gran figura que alguna vez apareció frente a la devastación de la ciudad de Las arenas, renació entre una negrura tan intensa que el pequeño juraría que la misma oscuridad daba forma a ese espantoso ser, ser, que definitivamente no le haría ninguna gracia la intromisión del pequeño invasor.

Lo tomó del brazo y sus largos dedos lo rodeaban por completo, podía sentir como sus garras se clavaban en su carne, logro ver en un rápido vistazo, lo que parecía un gancho de carnicero, mas no era otra cosa que su pulgar, carente de carne pero con una considerable fuerza, la mano del dueño de la mansión comenzó a estrujarle el brazo, y sus ojos hicieron contacto con los del pequeño, un rostro inexpresivo casi en estado de trance sostuvo su mirada en lo que para el pobre chiquillo fueron años. Todos los demás niños abandonaron a Andrew, muertos de miedo sus camaradas demostraron su lealtad al terror que gobernaba aún sus corazones.

̶ No podemos hacer nada. ̶ se decían unos a otros. ̶ Nadie lo obligo a hacer esa estupidez.

La pequeña Sindy corrió hasta la casa de Andrew para explicar lo que había pasado a su madre, con la esperanza de que el misterioso vecino fuese comprensivo, para así dejar libre a su amigo. El pequeño involuntariamente comenzó, entre sollozos, a intentar explicar al aún inmutable rostro que continuaba sin emular expresión alguna, la vergonzosa situación en la que se vio envuelto.

Con un rostro sin arrugas ni marcas de ningún tipo, el hombre inhalo (de forma más animalesca que humana) profundamente como si intentara reconocer algún tipo de olor, el pequeño empezó a creer que tal vez el rostro que parecía alimentarse del estado de shock que provocaba, no era otra cosa sino una máscara de goma.

̶ Se... señor heehee... hola, vera... yo solo... yo solo. ̶ El hombre se encorvó y sin parpadear aun, la figura del horror pronunció entre susurros que parecían salir a lo lejos de sus torcidos y amarillentos dientes.

̶ No, no, eso no se hace, pequeño.

Luego de pronunciar esas palabras, abruptamente fue llevado al interior del abismo del cual vio forjarse su inexpresivo anfitrión y seguido de un portazo todas las cabras empezaron a balar descontroladamente, los perros aullaban, las aves de los cables telefónicos alzaron su vuelo. Y fue así como el testigo que observó la oscuridad era llevado hasta las profundidades del sin sentido, de lo incognoscible, fue así como el vacío podría tener ojos y oídos en la residencia Los ángeles.

Atravesando el gran salón, en medio del asfixiante silencio y oscuridad, podía distinguirse gracias al fuego de la chimenea, que la sala, las paredes, el piso y el techo estaban hechos con madera de gofer, luego de que su vista se acostumbrara al cambio de luz, noto que las ventanas proyectaban charcos de sangre luminosas divididos por dos escalones que conducían hasta un juego de muebles de texturas escamosas, a pesar de la distancia en la que se encontraban las paredes desentrañaban un débil pero audible sonido el cual parecía el caminar de insectos, alterados por la inesperada visita (o secuestro) que la gran figura del horror había adquirido.

Andrew fue guiado por un escalofriante hormigueo en su espalda que lo guiaba hasta un sofá, una vez sentado no podía dejar de sentir como si debajo del flácido cuero se retorcieran alimañas, era como si criaturas reptantes intentarán llegar hasta su presa buscando una salida para dar el primer mordisco, sentía claramente como las serpientes recorrían el interior de los cojines en los que Andrew estaba sentado.

̶ Solo cuero y cojines. ̶ se decía a sí mismo. ̶ Eso es todo lo que hay, solo es eso, un mueble hecho de cuero y unos cojines.

Frente a él, tenía una mesa pequeña con un juego de tazas de té.

̶ ¿Deseas tomar un poco? ̶ Preguntó el anfitrión.

Andrew busco la voz entre la espesura de la oscuridad, pero solo descubrió un par de largas piernas recubiertas en tela que, al llegar a su cintura, se perdían en una masa de negrura la cual devoraba el torso del anfitrión hasta llegar a una aproximada altura donde debería estar su cabeza, pero esa amorfa masa se limitaba a no traspasar los dominios de la luz que imponía el fuego de la chimenea dejando vislumbrar una mano (o mejor dicho una garra de alguna criatura salvaje). Sus dedos estaban manchados y con protuberancias que parecían bubones a punto de estallar, seguidos de uñas gruesas como pezuñas desgastadas.

̶ Debes estar sediento ̶ exclamó la voz ungida en tinieblas.

̶ Señor... yo solo quería.

̶ Aquí tienes. ̶ interrumpió la voz seca y siniestra, mientras la ponzoñosa garra le acercó una taza caliente de.

̶ haaa... ¿Qué es eso?

Pues era un gorgoteante fluido amarillento, el cual podía distinguirse en el centro un color verdoso de apariencia putrefacta. No hubo respuesta alguna, pues la garra solo se estiraba más y más, hasta el punto en que parecía dislocarse los huesos para engendrar uno nuevo, Andrew no tuvo de otra más que tomarla en sus manos, y en un admirable intento por no vomitar, comenzó a olfatear esa desagradable taza de flema tibia cuyo origen no era revelado por su anfitrión.

̶ Calmara tus sentidos, y desencarnara tu entendimiento, solo, lo necesario.

Andrew no conocía muchas palabras y desencarnar era una de ellas, sin embargo, el olor que borboteaba era exquisito, a pesar de que su apariencia no hiciera justicia al embriagador aroma que dejó fascinado al niño, cerró los ojos y de un sorbo, lo probó, el sabor era como el néctar para los colibríes, dulce sin ser empalagoso, espeso sin provocar una sensación desagradable, tibio. De pronto el invitado sintió como poco a poco los sonidos de las criaturas atrapadas en las paredes se convertían en alarmantes susurros, susurros llenos de palabras incomprensibles de lenguas muertas por el paso del tiempo, o tal vez podrían ser simples sonidos inconexos, el desorientado niño quien, a pesar de su corta edad, ya había experimentado las parálisis del sueño y los sueños lúcidos, podía moverse sí, pero de alguna manera sabía que su cuerpo no le obedecía más.

̶ Señor quiero que me deje ir con mi madre.

Sentía que su voz resonaba en lo más profundo de la habitación, volviéndose cada vez más audible por el eco que golpeaba las paredes del vacío que gobernaba junto con la oscuridad.

̶ ¿Por qué no siento el deseo de llorar? ̶ se preguntaba Andrew, cuando hace unos momentos luchaba por no colocarse en posición fetal como señal de desespero y angustia, pues el temor de quedar vulnerable ante su captor era (dentro de los instintos primitivos del pequeño) algo que no podía permitirse.

Comenzaba a sentir una presión en la parte frontal de su cabeza, su garganta ya no la sentía hinchada por el sollozo, su cuerpo, ahora erguido, dejó de temblar, la oscuridad lo arrullaba, se sentía seguro, pero, sobre todo, deseaba sentir con mayor intensidad el desprendimiento de la carne, hasta que frente a él un exabrupto sentimiento se apodero del delirante niño, el fuego le hostigaba y frenaba el total desprendimiento, sentía el aturdimiento con cada agitación que desprendía el fuego, deseaba extinguirlo.

La luminosa sangre que manifestaban las ventanas era tolerable, pero la luz del fuego lo irritaba, le resultaba ofensivo a la vista, sentía que algo se le arrebataba, en ese momento fue entonces cuando Andrew lo entendió, llano quería irse.

̶ Andrew, veras.

̶ ¿Cómo sabe mi nombre? ̶̶ preguntó el pequeño "invitado".

̶ Sé lo necesario.

Entre siseos que recorrían los alrededores de la mansión la garra tomó una taza que contenía el mismo líquido de aspecto vomitivo y en donde debería haber un rostro para beber de ella la hizo desaparecer.

̶ Me ha sido encomendado exponer lo que muchos humanos entenderían como el horror... tu gente tiene la dicha de presenciar la voluntad que desde los comienzos ha sido encriptado en el firmamento. El horror y todos sus respectivos derivados que puedan generar cambios drásticos en ustedes, se les presentará como el frenesí de las trabajadoras hormigas al encontrarse con los regalos de la naturaleza, para luego ser destruidas por esta misma, el proceso será lento, doloroso, agonizante quizás es la palabra que mejor describe lo que está a punto de desatarse sobre todos los pobladores de esta ciudad.

̶ Señor... heemm.

̶ De dónde vengo no existe el sonido querido Andrew, por tanto, carezco de nombres pronunciables por la lengua humana, pues, sólo la voluntad de nuestros actos nos es suficiente para hacer nacer la información, así como nuestra conciencia sobre nosotros mismos.

̶ ¿Entonces puedo llamarlo señor Luzius?

̶ ¿Cómo tu padre?

̶ Sí, su nombre es lo único que resuena en mi cabeza en este momento.

̶ Está bien.

̶ Señor Luzius ¿por qué ha decidido contarme algo como eso?

̶ ¿Por qué? No existe un motivo en particular de por qué tienes que ser tú, sindy pudo llegar a ser perfecta, tu madre o cualquier persona de este desdichado pueblo, la voluntad del vacío deseaba un espectador y yo se lo he otorgado, ahora que lo sabes, tu destino ha sido marcado para contemplar el devenir de esta ciudad.

̶ ¿Sería posible evitar algo como eso? vera a mi madre y a mí nos gustaría vivir sin preocupaciones como esas por unos años más.

̶ Desde luego que les gustaría, pero me temo que sus respectivos momentos están sentenciados a realizarse, no obstante, pueden elegir de qué manera presenciar este... fenómeno.

Al pronunciar estas palabras Andrew desato un desgarrador grito que le hizo sentir que escupiría sangre dentro de poco. En un destello de luz pudo ver todo lo que se avecinaba, a todas las personas de la ciudad, todos sus amigos, sus maestros de escuela y vecinos.

̶ Los actos se acabarán, las decisiones están a punto de extinguirse, así que toma las que puedas, no sin antes advertirte no divulgar lo que ahora sabes sobre el futuro de estas personas, pues no solo será inútil tratar de detenerlo, sino que también hará aún más dolorosa la espera por el comienzo de este fenómeno, no hay un porqué para este fenómeno, tan solo es la voluntad de lo que habita en el firmamento, eso que ha de consumir todo cuanto exista y esté en su presencia. ¿Aun deseas retornar a los confines reinos de la luz? ¿a ese mismo sitio áspero y punzante en el que la muerte es la recompensa que justifica todo esfuerzo? ¿deseas ir con tu madre?

De pronto las campanas hicieron sonar sus distinguidas notas, separadas por intervalos de tiempo cada vez más largos y sonoros que las primeras.

̶ mmm... pero ¿Quién podría ser?

El anfitrión fue regurgitado del interior de las fauces de la amorfa oscuridad y camino sobre los charcos de sangre hechos de luz solar, delatando ser de una estatura abrumadoramente alta, ya que más de la mitad de la ventana era opacada por su imponente figura.

̶ Andrew, parece que es tu madre quien viene a recogerte.

Las puertas fueron abiertas nuevamente y el pequeño Andrew sentía como recuperaba nuevamente el control de su cuerpo (o eso creía) y con algo de esfuerzo acompañado del cansancio, se incorporó sobre sus pies, cruzó las puertas de la mansión a las que pudo observar más detenidamente, y noto que no tenía perillas sino un trozo rectangular de cobre al que se le tenía que empujar para activar algún tipo de mecanismo de seguridad, permitiendo abrir o cerrar las gigantescas puertas, en el tránsito por las verdes praderas hasta los portones amurallados, las puertas sellaron su ingreso dejando oírse nuevamente el balar de la cabras, dejando escapar así el final de otro ciclo comprensible sólo para estas cornudas criaturas.

̶ Que lindos animalitos tiene señor. dijo la madre del pequeño.

̶ Son mi vida, hermosa dama, así como no dudo, lo es su hijo para usted. Son parte de mí, son como mis hijos e hijas, ellas reflejan su ser en los ojos de quien las observa, sin embargo, no os aconsejo que usted busque reflejarse en ellas. La madre del pequeño lo observó con un aire de sospecha y confusión.

̶ Sí, hasta que llegue el momento de comer jajaja. La figura envuelta en túnicas negras mantuvo sus fríos ojos sobre el sonrojado rostro de la madre; rostro que inmediatamente pudo ver que fue inapropiado el comentario.

̶ Verá señor...

̶ Luzius, un placer conocerla.

̶ Señor Luzius, soy la señora Carmen y he venido por mi hijo no sin antes disculparme por semejante acto de vandalismo, no entiendo por qué ha hecho semejante cosa, puedo asegurarle que nunca le he enseñado nada de eso, la verdad, no sé qué le pasaba por la cabeza.

Andrew quien recién llegaba inmediatamente recibió la reprochable mirada de su madre, ¡estás en problemas jovencito! leía en sus ojos.

̶ Hijo, discúlpate con el señor Luzius, ¡inmediatamente!

̶ Discúlpeme señor Luzius. ̶ Dijo cabizbajo.

̶ No hay nada que disculpar, entiendo que los pequeños de este vecindario se sientan atraídos por la curiosidad hasta mi hogar y... creo que esto es tuyo. Entregando la pelota al pequeño, este continuaba con la mirada viendo hacia abajo, la madre le tomó del brazo y dijo:

̶ Gracias por su comprensión, si hay algo que pueda hacer para compensar este mal entendido yo...

̶ Me alegra que lo mencione. ̶ Interrumpió la gran criatura. ̶ como verá, vivo por el momento privado de la compañía de almas dignas de mi atención con las que compartir mis pensamientos y trabajos... hogareños, debido a mi avanzada edad.

̶ ¿Avanzada edad? ̶ Pensó la señora Carmen, desconcertada y reexaminando la fisonomía de la prominente figura frente a ella, reconocía ante sus ojos a un maduro hombre que no parecía pasar los 40 años, con una barba algo pronunciada, de la cual destacaba una nariz respingada de ojos azules profundos, en los cuales perdía la noción del tiempo y el espacio, como si estuviese en el océano mismo, seguidos de una melena reluciente de un color castaño tan vivo como el color de los robles. Encontraba en la gran criatura un parecido a su esposo; demasiado diría la señora Carmen, como para ser una coincidencia.

̶ Y dígame ¿exactamente qué tendría que hacer?

̶ Bueno. ̶ Exclamo, encorvándose la criatura entre la madre y su hijo. ̶ El entusiasmo y energía es de mayor provecho en compañía de otro individuo, si viniese a ayudarme con el cuidado de mis pequeños, entre otras actividades especiales para él, no quedará reproche alguno por mi parte.

̶ Mmm...no lo sé.

̶ Mamá el señor Luzius tiene razón, tal vez deba ser momento en que me haga responsable de mis actos ¿no crees?

Dijo su hijo mientras dirigía su mirada al sectario rebaño que por primera vez rompían el círculo del que siempre formaron parte, todas observaban en dirección a ellos, ni inquietas ni curiosas por lo que pasaba, solo observaban atentas.

̶ Bueno señor Luzius, Andrew vendrá mañana temprano si le parece bien.

̶ Me parece espléndido. permítame, mi hermosa dama.

Dijo el joven apuesto de fisonomía inquietantemente alta, se dirigió a abrir la puerta de barras de acero, Andrew logró ver entre los barrotes que los espeluznantes chivos tan rápido como salieron de la vista del muchacho, comenzaron a secretearse unas a otras, sin acercarse demasiado, a su majestad la cabra negra de prominentes cuernos, cubierta por su largo pelaje, el color de su iris negro y sus rectangulares pupilas anaranjadas lo seguían sin perderle de vista.

̶ Vamos hijo, mañana será un largo día.

Por la noche, el vecindario se veía menos atractivo para aventurarse en su interior, pues las carreteras eran intransitables por el desbordamiento de las alcantarillas, la peste era más potente durante la noche, pues los vientos nocturnos levantaban el hedor de los cadáveres que desprendían los durmientes animales que perecieron durante el diluvio, durante el día los ángeles eran cubiertos con un manto gris, mientras la noche orquestaba el concierto de las cigarras y ranas, su majestad la luna, con una luz tenue compartida por el sol, tomaba su lugar en lo alto de la bóveda celeste para compadecer con dulzura los gemidos de las pequeñas criaturas aladas al ver destruido su nido, sin más que hacer, sin más que decir, esperan a través del tiempo, el fin del dolor.

̶ El señor Luzius es un poco extraño, ¿no te parece hijo? Pero supongo que es normal, después de todo parece pasar mucho tiempo encerrado en esa casa, yo diría que le debe hacer falta una mujer. Andrew solo escuchaba fragmentos de las palabras de su madre, pues la luz de la sala aturdía sus sentidos.

̶ Mami estoy algo cansado ¿puedo irme a la cama? preguntó el pequeño,

̶ Está bien pero antes lávate la cara y tus manos.

̶ Sus manos. ̶ Pensó mientras los músculos de su cara se contraían. ̶ Esas repulsivas manos que inspiraban a la imaginación crear todo tipo de retorcidas enfermedades que explicaran el aspecto de tan necrótico estado, manos descarnadas dedos con ganchos, dedos deformados por los protuberantes bubones negros y morados que señalaban un estado de descomposición.

̶ Y prepárate para salir a la iglesia, la comunidad de vecinos se organizará para los actos fúnebres de los desaparecidos.

̶ ¿Los encontraron? preguntó Andrew.

̶ no exactamente, es solo una ceremonia para honrar sus muertes.

Andrew se encontraba cabizbajo en el marco de la puerta, somnoliento esperando sentir el retorno de los rayos del sol por el horizonte.


  • Los preparativos de la cena

Sonó el despertador, pero Andrew no lo escuchaba como antes, los rayos del sol ya no le molestaban, podría decirse que ya no se percataba de su existencia, fue a la cocina y su desayuno no tenía sabor alguno, no podía oler más el café que su madre preparaba para ella, ni sus panqueques con miel, el pasear con sus amigos lo hacía sentir como un cascaron vacío que es golpeado por una fuerza invisible, fuerza que dirige sus pies sus pensamientos y escoge arbitrariamente sus palabras. Por primera vez en mucho tiempo, la duda al igual que su infantil fe lo abandonaron, pues, no quedaba filtro alguno con el cual purificar la verdad que le fue revelada, solo podía gritar en su interior hasta que otro día acabara. Su amigo Lucas se lo encontró saliendo de la propiedad del señor Luzius, como era ya costumbre de su abstraído amigo.

Lucas veía con cada día que pasaba, a su mejor amigo con un rostro más demacrado que el día anterior, desde ese día en que fue por el balón perdido y recuperado por su mejor amigo, a pesar de haberse disculpado por provocarle problemas, su camarada de aventuras le devolvió una débil sonrisa, con una afilada mirada, sus ojos parecían ver a través de él y pronunciar la más antigua de todas las maldiciones.

El abismo en el corazón del pequeño se acrecentaba con el pasar de los días, los colores carecían de sentido y los distintos tonos de grises se instalaban en las distintas intensidades de la luz, la cual reposaba en materia muerta e inanimada, carente de significado para este observador al que se le condenó a la libertad, pues una vez que todo se le permite y los limites lo aceptan todo, se da cuenta de que las jaulas solo se vuelven más grandes y con distintos nombres, eres libre de engañarte, se decía Andrew, eres libre de insertarte nuevos ojos y desfigurar tu rostro hasta encontrar algo parecido a lo que una vez conociste como sonrisa, ¿para eso salimos de las tinieblas, del misterio y la ignorancia? ¿Para consagrar nuestras almas al horror que trae consigo la verdad?, cuanto anhelamos la ignorancia los que contemplamos la libertad y lo que se nos fue mostrado.

Poco o nada se puede hacer para remediar ese salto al abismo, solo la certeza de lo que ocurrirá dentro de pocos días se mantiene insaciable ante cualquier duda, pues esta exige más inseguridad para alimentarse y nutrirse, volviéndose cada vez más cierta e indiscutibles del caos y la demencia a la que estaban condenados los pobladores de Las Arenas, solo Andrew conocía la verdad, sin embargo, no pensaba dar prueba de ello, pues el peso de este hecho hacia insoportable su existencia.

̶ Nadie merece cargar con una condena como esta. ̶ pensaba el carcomido niño.

Una vez que se comienzan a extrañar los días que han muerto con cada anochecer, es cuando los pasos que avanzan por los caminos de la ceguera, atraviesan la niebla de los hermosos paisajes que embellecen el devenir de los días y estas huellas desaparecen, pues una vez adentro, dejándonos solos en el eterno presente, para no estimar cuán cerca o cuán lejos se está del final, todos menos Andrew, tenían la dicha de ver la niebla en forma de paisajes, todos menos Andrew, disfrutaban de la ceguera.

̶ Es hora de ir por Andrew, pasa mucho tiempo metido en esa casa, creo que le agrada el señor Luzius, ¿debería invitarlo a cenar? Pasar mucho tiempo aislado en esa casa, debe ser espantoso.

Estos eran los pensamientos de la señora Carmen, que despreocupadamente procesaba de camino a recoger a su hijo, hasta que sus pasos se detuvieron frente a una vendedora ambulante de avanzada edad, sus arrugas marcaban el paso de años, lustros, y, si la imaginación se desatase, de siglos, en su rostro se encontraban muy marcados y carnosos lunares de diversos tamaños que provocaban cuanto menos, inquietud a todo el dirigiese su mirar, palidecía por la ausencia de sus fuerzas, las cuales la mantuviesen alejada de miradas lastimosas que predicaban la llegada de su muerte. Con su cabello canoso y suelto hasta por debajo de los hombros se mantenía en pie. "Luz, lleve la luz para iluminar su semblante y desterrar la oscuridad" pronunciaba la moribunda anciana entre cantos que rayaban entre el llanto y el llamado.

̶ Piadosa mujer, sus pies la dirigen por sendas engañosas y sus ojos le muestran lo que desea, pero no lo que debe observar, tome esta luz, la resguardara de la noche.

̶ Heee... muy amable pero no gracias, llevo prisa, además no traigo dinero.

̶ Oh, piadosa mujer, la falsedad nunca será un intercambio equivalente ante la verdad, sería un cambio insensato.

̶ Hee ¿dice que no acepta dinero? ¿Entonces cómo podría pagarle este... mmm bombillo?

La señora Carmen lo tomo en sus manos y noto que era un bombillo en forma de fuego de vela, pero este carecía de su enroscadura dejando nada más que el vidrio vacío sin más.

̶ Señora que clase de... ¿señora? Disculpe, ¿vio a la señora que estaba junto a mí? La gente de ahora no sabe de qué manera estafar. ̶ pensó la señora Carmen luego de guardar el artefacto en su cartera y continuo su camino.

En ese momento la madre apareció al mismo tiempo que Lucas decidió retirarse, frustrado, confundido y preocupado por su amigo que salía de la casa de la criatura que parecía consumir su espíritu.

̶ Luz, lleve la luz para iluminar su semblante y desterrar la oscuridad. Pronunciaba la señora de rostro gentil y dulce con ojos dorados, con una voz capaz de revitalizar hasta la más atormentada de las almas, cubierta en mantas blancas como si de un ángel se tratase se interpuso en el camino de Lucas.

̶ Pequeño ¿deseas encontrar lo que buscas? Toma la luz y ella podrá guiarte.

Lucas observó su rostro, en ese momento sintió la seguridad de una madre al igual que su consoladora presencia en momentos de turbación, a pesar de las canas que marcaban en su cabello el ir y venir de los soles, su rostro mostraba juventud y vitalidad, pues a pesar de los profundos cráteres marcados en su rostro por razones que el pequeño ignoraba, mas no le inquietaban, era capaz de dirigir la mirada más dulce y apacible jamás contemplada, digna de infinitos poemas en su honor.

̶ Disculpe, pero no estoy de humor, además no tengo dinero.

̶ ¿Y si lo que buscases lo pudieses encontrar, como a tu pequeño amigo?

̶ ¿Qué dijo?

̶ La luz te resguardara y te guiara, llévala a todas partes y solo nunca estarás.

Mientras la dama pronunciaba estas palabras estiraba la mano y al encontrarse con la de Lucas deposito un bombillo en forma del fuego de una vela, pero este carecía de su enroscadura dejando nada más que el vidrio vacío sin más.

̶ Pero ¿Qué diablos? ¿Qué es esto?

Sin darse cuenta, Lucas se encontraba solo sin un alma a su alrededor más que la gran mansión que no solo devoro la vida de su mejor amigo, sino que además continuaba nutriéndose de este. Dispuesto a entrar y saber lo que ocurría dentro de la casa se dispuso a traspasar los muros y trepando por los barrotes en medio de la crepuscular noche se adentró en su interior.

Desde su llegada a Los Ángeles, Lucas siempre supo que los cambios formarían parte de su vida, siempre lo noto durante los eternos viajes emprendidos por su familia, cirqueros, domadores de bestias, el espectáculo era aclamado y reconocido más por la morbosidad que se escondían de manera indirecta en sus espectáculos, que por el espectáculo en sí, pues, ya sea por la casualidad o simples infortunios, cada acto que pasaba desaparecía un espectador, evidentemente las desapariciones no podían atribuirse a los miembros del circo. "Ellos simplemente desaparecen" eso era lo que decían, más que las bestias, más que el entretenimiento, la emoción de saber quién sería el desaparecido era el verdadero espectáculo.

Verdad o falsedad, esa era la vida que el pequeño Lucas conoció, lo sabía bien, pero incluso el cambio cambia, lo entendió muy bien, al ver a su padre ser brutalmente devorado por las bestias que por años le obedecieron.

Una noche el látigo resonó en el escenario y las fieras corrían y saltaban, con cada orden las fieras se recostaban, rugían y rodaban. Pero esa noche, la anomalía apareció, esa noche los leones y tigres tardaban más en reaccionar, el látigo, las ordenes, las luces, nada parecía hacerlos reaccionar a tiempo, esa noche con tal de mantener adelante el show, el padre del muchacho decidió realizar uno de los actos más osados, meter su cabeza en la boca de una de las bestias, un actor realizado cientos de veces, gritos ahogados pataleos en un emergente charco de sangre concluyo el acto.

Gritos de angustia e ingenuos aplausos que aún no comprendían lo que ocurría inundaban el escenario, todo fue suspenso y silencio al ver a los payasos y tramoyistas entrar a escena, las bestias en éxtasis y frenesí estremecían sus jaulas.

Esa fue la última desaparición del retorcido espectáculo, esa fue una de las muchas apariciones de la anomalía, fue así como el joven Lucas hizo de su estadía en Los Ángeles permanente, los miembros del circo tomaron rumbos distintos, las bestias fueron vendidas, y la vida y amistad de Lucas giro entorno a sus dos mejores amigos, de los cuales uno de ellos claramente moría poco a poco por dentro.

Las cabras yacían frente a él, Lucas sin darse cuenta, sin saber cómo, la cabra negra de prominentes cuernos se encontraba detrás de él observando.

̶ Estúpido animal. ̶ Susurro el joven intruso.

Una vez exclamado tal afirmación, se sintió alarmado por sus penetrantes ojos amarillentos, observándolo, dejando escapar una sensación de alerta en el intruso que entre más observaba más lo invadía un temblor involuntario, como si se tratase de un encadenamiento que apresaba cada fibra de sus músculos y lo dejase a merced de las criaturas nocturnas.

¿Porqué entrar? ¿Por el rescate de una decadente amistad? ¿Por la voluntad de las fuerzas que gobiernan nuestra existencia? Quien sabe, el joven intruso solo sabía que necesitaba saber que pasaba con su famélico excompañero de aventuras y diversión, sí, ignoraba los hilos del destino que movían sus pies y pensamientos justificantes de sus actos, sí, creía conocer la justificación correcta de los actos de ingreso a la casa del demonio, justificación que alegaba tener derecho, el derecho de saber qué es lo que pasaba con su amigo y esa casa en la que habitaba la criatura devoradora de sueños y esperanzas.

Entre pasos silenciosos y lentos, el joven intruso avanzaba y a su vez lo hacia su nueva y cornuda sombra, esperando no hacer rechinar la puerta, consiguió abrirla, incapaz de ver el interior de lo que el nuevo intruso imaginaba era la cocina, dirigió su mirada por sobre su hombro izquierdo.

̶ ¿Pero qué demonios? ̶ Dijo sobresaltado el pequeño invasor.

Pues encontró a la cabra de ojos saltones y pronunciados cuernos en el centro del circulo nuevamente, desde donde continuaba su incansable observación al nuevo invasor que pronto daría sus primeros pasos en los dominios de quien arrebato la cordura de su mejor amigo. Sofocación, ojos y oídos aturdidos, fue lo que pudo notar Lucas al entrar en la casa, entre los sonidos que con esfuerzo lograba distinguir, podía escuchar pasos de pequeñas criaturas que parecían provenir de entre las paredes, no obstantes este sonido parecía acercarse y alejarse junto con las paredes, mientras avanzaba sin un sentido de dirección, la sed le era intolerable, en medio de una habitación se encontraba una vela roja.

̶ La flama se ve igual al bombillo que me dio esa señora.

Bombillo que inmediatamente tiro luego de parecerle inservible al igual que las palabras mencionadas por su antigua dueña.

̶ Mi querido niño, las personas siempre buscan reflejarse en todo lo que ven, preferiblemente esperan reflejar la belleza que se encuentra dentro de ellos, extirpan sus miedos, sus preocupaciones, sus ideales para depositarlos en algo o alguien.

Luego de escuchar esa voz, Lucas supo que debía ocultarse, pues sabía que se acercaban a él y que no sería bien recibido, inmediatamente tomo la vela e ingreso a la primera puerta que alcanzó a ver, esperando no ser encontrado, bajando unas escaleras alcanzó a distinguir un enrome charco que le era imposible cruzar sin sumergir los pies.

Logro distinguir las paredes de la habitación, estas estaban cubiertas por rostros de aspecto angelical, penetraban en él miradas tiernas y compasivas, pero el efecto que causaban helaba aún más la sangre de Lucas, pues, parecían seguirle con la mirada, inmateriales persecuciones de rostros grises acompañados de crepitantes sonidos daban la sensación de susurrar frenéticas advertencias, mientras más caminaba más se daba cuenta que el pasadizo se volvía aún más estrecho, los rostros se desfiguraban mientras su cuerpo temblaba.

Luego de unos pasos más adelante, sintió que entre sus tobillos le rosaba el cuerpo de una criatura alargada y gelatinosa, pero antes de que pudiera darse cuenta, desde la impenetrable obscuridad cayeron sobre él esas mismas criaturas, alargadas y retorcidas, parecían hebras de gusanos unidos entre sí por cables eléctricos, con corazas en la parte superior de sus cuerpos parecidas a la de los crustáceos, con la parte baja de una suave textura humedecida y ponzoñosas extremidades se aferraron al joven invasor, desde uno de los extremos de las criaturas sobresalían antenas que inmovilizaban su cuerpo, adormeciéndolo levemente, impidiéndole lanzar gritos en señal de auxilio.

Las demás criaturas que pronto se darían un festín con su carne, desplegaban más de sus largas y numerosas extremidades desde el centro del tórax, se enrollaron alrededor de todo su cuerpo y comenzaron a trepar hasta llegar a la cabeza de su víctima, la vela era sostenida frente a sus ojos, no fue hasta que el pánico y la desesperación comenzaron a menguar cuando pudo distinguir unas enormes y anchas navajas que sostenían la vela frente a él, con el agua entre sus oído, no podía escuchar las palabras que eran pronunciadas por el dueño de esas navajas, las cuales no podían ser otra cosa más que sus dedos.

Crujían los huesos, la piel se desgarraba como la tela frente al cuchillo, vientos distorsionados salían de una garganta degollada de lado a lado, el cuerpo se entumecía y retorcía, salpicaduras de sangre adornaban las paredes, una extraña sustancia le era inyectado por las violentas criaturas que instintivamente intentaba aferrarse a su presa, calmando poco a poco la mente del joven invasor.

Extremidades agitándose con violencia por separado, entre la oscuridad y la luz de la vela, trozos de carne siendo despojado de sus intestinos y demás órganos vitales, para dejar espacio a las criaturas hibridas entre especies de miriápodos y crustáceos con aspectos prehistóricos, chillidos inquietantes producido por sus corazas desgarraban la atmosfera, un ritual cruel pero natural, actos salvajes pero coordinados, el irracional placer devoraba la agonía del ser racional llamado Lucas, la voluntad del vacío y la condena a la nada frente a la voluntad de vivir, una voluntad que se consumía en la nada termino por reconocer su amargo final.

En ese momento la madre apareció al mismo tiempo que Lucas decidió retirarse, la señora Carmen vio a su hijo despedirse de Lucas, (sin motivos específicos Lucas no le parecía la mejor compañía para su hijo) y nuevamente se reencontró con su hijo, nuevamente encontró su vacía mirada, esa mirada que desde hace mucho tiempo marcaba desesperanza y una silenciosa agonía en su pequeño.

̶ ¿Todo bien Andrew?

̶ Todo bien madre

̶¿Lucas... te dijo algo?

̶ Dijo algo, pero nada que sea importante.

̶ Sabes que puedes decirme lo que sea, ¿verdad hijo?

̶ Lo sé.

̶ Mmm el señor Luzius debe sentirse alegre de tenerte de visita ¿no te parece?

̶ No ha dicho lo contrario, pero supongo que ya no se siente igual que antes.

̶ ¿Solo?

Andrew no contesto. La madre y el cascaron vacío con la forma de lo que alguna vez fue su hijo continuaron caminando hasta llegar a casa.

¡Desearía estar con ella, al menos en estos últimos instantes! esos eran los pensamientos del desencarnado niño que separado de toda esperanza entendía su situación.

̶ Andrew, creo que lo que necesitas el algo de comer, tal vez la cena de hoy alivie el malestar que sientes.

̶ Agradezco su oferta señor Luzius, pero ni el alimento ni el consuelo podrían hacer llevadera mi existencia.

̶ Lo entiendo... pero estoy seguro de que a pesar de que tu cuerpo físico consigue subsistir a base de alimentos especiales para él, tu mente también debe ser estimulada de igual forma.

Más allá de la sala donde Andrew sepulto sus esperanzas al igual que la idea de un mañana, vio cómo se ilumino con velas una mesa enorme, cubierta con 14 platos y 14 copas, en el interior contenían los mismos fluidos que Andrew probo al momento de su llegada, 12 sombras permanecían paradas al lado izquierdo de las cillas, respetuosamente esperaban la llegada del señor Luzius, mientras se acercaban, Andrew seguía sintiendo como si estuviese dentro del océano impulsado por corrientes marinas, a pesar de no sentir su cuerpo, la presión que se siente al ser impulsado por fuerzas invisibles seguía presente.

Al acercarse a la mesa contemplaba con horror el cuerpo desnudo de una mujer que aún se retorcía entre llantos y sollozos, esta fue amarrada de los tobillos y las manos con su propio cabello en post de imitar la figura de un cisne, en su piel podía leerse la agonía provocada por las quemaduras de tercer grado, las cuales recorrían todo su cuerpo delatando un inexacto éxito de preparación para el banquete de las sombras.

De entre sus brazos colgaban uvas amen de emular las majestuosas alas de un ave, de su cuerpo podía escucharse la carne siendo consumida por el calor nacido desde las brasas del fuego usado para dejarla con una textura y un olor agradable a la vista y el olfato.

Una vez instalada la presencia de las informes sobras y sus dos anfitriones se dispusieron a sentarse, las velas no eran lo suficientemente fuertes como para molestar la vista de los comensales así como tampoco revelaba alguna característica distinguible en los rostros que se encontraban entorno al banquete, podían escucharse los susurros de inquietud que salían de estos mismos, pero Andrew solo podía imaginar lo que decían, a pesar de que estaba más que seguro que era alguna especie de lengua muerta desconocida hoy por todo entendimiento humano, no dejaba de sentir inquietud por los amorfos comensales que una vez sentada la gran criatura, estos se dispusieron a continuar el mórbido ritual, 13 navajas atravesaron la treceava vertebra de la aun consciente mujer, quien dejo escapara gimoteos y alaridos del agonizante dolor, las navajas enterradas formaron surcos en dirección a los comensales, derramando en el centro el flemático liquido de sus cálices de plata.

¡Soham! Pronuncio la imponente criatura, ¡Soham! fue lo que resonó entre las paredes, Soham fue lo que altero las vibraciones en el interior de la casa, resonando y delatando el inconmensurable espacio de la sala, espacio que parecía no tener fin, pues las vibraciones que resonaban se extendían más y más, en un aparente siclo sin fin que continuaba extendiéndose, opacando los agónicos gritos de la mujer.

¡Shuniata! Entonaron en coro las sombras, uniéndose al sonoro bucle que se extendía por las paredes de la casa. Soham, Shuiniata eran las vibraciones armónicas que se unían a los sonidos del horror expresados para dar inicio al banquete.

Terminado el Libido ritual, las distintas entidades procedieron a retirar partes del cuerpo de la joven, e inmediatamente la mujer comienza a emitir gritos y gemidos ahogados, más por el horror al que se encontraba sometida que por el dolor, pues la piel carecía ahora de sensibilidad.

En sus labios fueron costurados tiras de carne en forma horizontal, impidiéndole desgarrar su garganta hasta quedarse sin voz, parte por parte, retiraban tajantemente trozos de su cuerpo, comenzando desde los muslos hasta los glúteos, retirando cuidadosamente las partes del torso y terminando en las extremidades superiores.

La mujer continuo ininterrumpidamente el canto ceremonial que las sombras parecían disfrutar como si de una melodía purificadora del alma se tratase, luego de unos minutos, la joven comenzaba a disminuir sus intentos por encontrar piedad en la mirada de los comensales, pues la muerte comenzaba a acariciar lo poco que quedaba de ella, sosteniendo su mentón y rosando sus dedos donde deberían haber mejías, le hacía saber que pronto acabaría su sufrimiento y haría de su estadía en la tierra un fragmento más que es arrojado a la nada.

Una envolvente extensión de las entidades sombrías paso por sobre la mesa hasta alcanzar los senos del desvalido manjar, para poder enjugar las uvas tomadas de sus brazos, en sus abiertos pechos sumergió los frutos en grasa y restos de necrosis adiposa, seguido de un choque de copas y una resonancia producida por el eco, la cena se dio por terminada y en un acto de reverencia a la muerte, dieron gracias por prolongar la melodía de la mujer hasta el final de la cena, y al igual que el resto de los seres encontrados y acurrucados en las alas de la muerte, los descuartizados restos de lo que alguna vez fue una mujer, fueron entregados al vacío de donde nada vuelve y todo abandona su ser.

Sin más los cuerpos de los invitados se inclinaron en señal de gratitud al anfitrión de la velada y procedieron a mimetizarse con la oscuridad y dar paso al reposo, pues pronto terminara el tiempo de hospedaje en la ciudad, así como el tiempo de adormecimiento de los ciudadanos.

̶ Señor Luzius me parece que otro invitado aguarda por nosotros.

̶ Desde luego, es necesario que bajemos para observar el estado en que se encuentra.

Mientras caminaban por el pacillo que lleva a la cocina Andrew pregunto al señor Luzius.

̶ Señor Luzius ¿por qué comían el cuerpo de esa pobre mujer? ¿es algún tipo de ritual celebrado de donde usted proviene?

̶ Mi querido niño las personas siempre buscan reflejarse en todo lo que ven, preferiblemente esperan reflejar la belleza que se encuentra dentro de ellos, extirpan sus miedos, sus preocupaciones, sus ideales para depositarlos en algo o alguien, lo que viste no fue más que la encarnación de lo que los comensales deseaban comer.

̶ ¿No era una persona de verdad?

̶ Jajaja, pero claro que era de verdad, ella era una de las personas desaparecidas por la inundación, lo que intento decirte es que los seres humanos también pueden ser contemplados y deseados, no precisamente por otros seres humanos, y eso que viste y por tanto consumiste, no era más que una cosa más siendo reducida a la nada, pues esta desafortunada mujer fue contemplada por un momento por la nada, y una ves tu ser entra en contacto con el absoluto de la nada, pues, tu mismo has visto lo que pasa.

Bajando por las escaleras y caminando sobre el agua, el brazo del señor Luzius sostuvo la vela que flotaba en medio de la nada, Andrew escuchaba el chapoteo de su amigo Lucas que en un intento desesperado por liberarse de unas extrañas criaturas con coraza albina y cuerpos que parecían un conjunto de enormes larvas conectadas unas tras otras, le despertaba el interés de alguien que ve una hormiga agonizando, mientras otra criatura está a punto de devorarla, indiferencia absoluta, era lo que despertaba en Andrew esa situación.

̶ ¿Cómo puede ser que no pueda sentir algo por mi amigo? ¿Es uno de los pasos que la mente ejerce una vez que contempla la llegada del final?

-̶ Desde luego. Contesto el señor Luzius mientras los restos del desfigurado cuerpo se caían a pedazos.

̶ No es otra cosa que el proceso natural que la mente asimila una vez que contempla el final. Es... es, hem.

̶ ¿Diferente, en comparación a tu reacción con Sindy?

Desde luego como olvidar la expresión de sindy al llegar a la mansión del que ya no era su captor si no la nueva extensión de su ser.


  • Coronación de la voluntad

Al ver de cerca a los despreocupados cabros, la jovencita se preguntaba si se encontraría con su mejor amigo. Su padre el carnicero, discutía con más frecuencia con el señor Luzius sobre sus llamativos he inusuales animales.

̶ Señor Luzius ¿ha considerado vender alguno de los cabros que tiene?

̶ Siendo sincero con usted señor Conrad, nunca nadie me ha sugerido semejante cosa.

̶ No me diga, pues esta de suerte, yo casualmente soy el mejor carnicero de esta pequeña ciudad, y me gustaría hacerle una oferta.

̶ Me temo señor Conrad que le tengo un gran afecto a mis pequeñas criaturas, casi tan grande como el que usted siente por la suya.

̶ Me temo señor Luzius que se equivoca, yo no tengo mascotas.

̶ Pero tiene a su pequeña hija.

̶ Señor Luzius será mejor que sea cuidadoso con lo que dice, no quisiera que tuviéramos malentendidos, ¿comprende?

̶ Desde luego, solo digo que fijar un precio a mis queridos y cornudos acompañantes para el consumo desmedido al que están tan acostumbrados en... esta ciudad, no es una idea que me agrade, ¿si me entiende?

̶ Pero señor como criador de animales sabe bien que de cualquier forma morirán sin dar alguna utilidad, en cambio, los que deciden comerlos, diríamos que serían de mejor aprovecho, ¿no le parece?

̶ ¿Nuevamente podría decir lo mismo de su hija? Y antes de que se malinterprete mi expresión, dígame ¿Qué beneficios podrían presentarse en el uso de su carne, que no estén ya cubiertos por sus propios dotes? ¿Por qué esforzarse en la crianza de alguien que de cualquier forma... abandonara el nido y eventualmente morirá irremediablemente sin dar mayor beneficio que el de la conciencia de la fragilidad de lo existente?

̶ Pero hablamos de unos simples animales.

̶ Desde luego, de animales estamos hablando.

̶ Entonces le pido amablemente que se abstenga de mencionar a mi niña, ¿le quedo claro?

El señor Conrad no solo era conocido por la calidad de las reses que vendía, sino también por su corta paciencia y su mal temperamento.

̶ Me disculpo si le he ofendido, y como muestra de mi arrepentimiento déjeme dar una de mis más preciadas crías de chivos, si le parece.

El señor Conrad no dudó en aceptar la propuesta tan "generosa" de la gran figura que a pesar de su gran tamaño no lograba intimidar al robusto carnicero quien frotándose los bigotes pregunto el precio de ese tan especial espécimen.

̶ Señor Conrad, la insolencia con la que me he dirigido a su persona solo puede ser superada dando como regalo esta criatura que tanto aprecio, por lo que este intercambio me parece adecuado.

̶ Señor Luzius me parece que he exagerado un poco las cosas, no creo que sea motivo para que regale uno de sus animales... no de esta manera.

̶ Es lo justo, usted ha dejado en claro el afecto que tiene por su hija al igual que yo por mis animales, un intercambio de esos sentimientos como señal de respeto entre ambos es lo justo.

̶ Mmm... si usted lo dice, mi hija vendrá por la mañana a recogerlo, si no tiene ningún problema.

̶ En absoluto. bien, supongo que es un trato, y recuerde que es para demostrar el mismo aprecio que cada uno siente por sus criaturas.

̶ sí, sí claro lo que usted diga.

Estrechando sus manos el señor Conrad no pudo evitar la expresión de asco y repulsión al tocar la famélica mano de la obscura figura en el pastizal, enrollando sus largos dedos casi por completo por toda la robusta y peluda mano del carnicero, vio de manera casi hipnótica los ojos de la criatura que tenia de frente, y con un ligero esfuerzo retiro su mano, pues con cada momento que pasaba sentía como si las protuberancias que resaltaban a lo largo de sus dedos estuvieran a punto de estallarle en cualquier momento, casi parecía poder sentir el palpitar de los carnosos bubones que mientras más observaba más parecían crecer.

¿Cómo es posible que no los notara antes? Se preguntaba el señor Conrad, pues, frente a él se desvanecía la elegante imagen del ser encorvado de túnicas negras, ahora solo podía sentir repulsión, sentía un malestar por todo su alrededor. Una inexplicable sensación de asco frente a un pastizal vigoroso y radiante era todo lo que sentía, no podía explicar con exactitud el origen de tal malestar, sin embargo, le resultaba familiar.

̶ Sindy, ven rápido ya nos vamos.

Al encontrarse por primera vez frente a eso animales Sindy comenzaba a sentir una inquietud poco coherente, pues a pesar de que los cabros permanecían inmutables y sin percatarse de su presencia, de alguna manera deseaba alejarse de estos, pero simplemente no podía moverse, no dejaba de verlos, luego de unos momentos pudo ver la cara de su mejor amigo, Andrew a quien casi no reconocía una vez que le vio detrás de la ventana, se le acercó para poder hablar con su distante compañero de juegos.

̶ Andrew, ¿puedes escucharme? Dime ¿por qué ya no sales a jugar con nosotros?

̶ Sindy, escúchame será mejor que ya no salgas, ¿me escuchaste?

̶ ¿Que?... ¿porqué? Andrew sal para que pueda escucharte mejor casi no te entiendo.

̶ Todo será destruido hagas lo que hagas no vuelvas a este lugar me escuchaste.

̶ Te escuchas algo alterado ¿te encuentras bien?

A lo lejos su padre le llamaba, una vez que su padre acepto el pacto entre el prominente ente y él, la pequeña entendió que era el momento de irse.

̶ Parecías alterado en ese entonces.

̶ Lo estaba, luego entendí que todo sería inútil.

̶ Desde luego, pero no fue en ese momento en que lo entendiste, verdad Andrew.

̶ No, fue después, en ese atardecer en el que el cielo se tornó color sangre.

Era el día en que Sindy fue enviada por su padre como habían acordado, el cielo luego de mucho tiempo comenzó a ser traspasado por los rallos del sol, marcando el comienzo de la mañana, en mitad del camino entre la casa y la puerta de la entrada se encontraba ya el señor Luzius con la cabra que prometió entregar. Con un sombrero de copa y bufanda, con un rostro que no parecía parpadear, sin ningún rasgo facial característico, el sonido de su vos se comenzó a escuchar a la distancia, sus labios apenas se abrían, y su mirada permanecía incansablemente sobre la pequeña.

̶ Pequeña ¿no tienes miedo?

̶ He... ¿miedo de que?

̶ ¿no lo sabes?

̶ ¿Saber qué?

̶ Mmm, nada, supongo que debes darte prisa, aquí tienes, tal y como lo acordamos con tu padre, la más preciada de mis criaturas por su más preciada criatura con las que mostraremos el mismo afecto, simultáneamente... jeje.

̶ Que linda ¿puedo acariciarla?

Sin ver ni esperar respuesta alguna, la pequeña niña se dispuso a tocar la cabeza del animal, y en sus enternecidos ojos se sumergió en espasmos y convulsiones, ambas criaturas comenzaron a retorcerse en las hierbas bañadas por el rocío, de repente la cara de la pequeña Sindy cambio a un rostro inexpresivo al igual que el de Andrew, la cabra por otra parte comenzó a balar, como si un profundo tormento la agobiase, como si repentinamente conociese su trágico final, como si fuese consciente de lo que pasaría al llegar a su "hogar" Sindy con el control y dominio sobre el animal, sin mediar palabras dio media vuelta y se retiró.

̶ Me saludas a tu padre pequeña y dile que recuerde nuestro trato, por tu propio bien, jejeje... hazle saber nuestro trato tal y como lo acordamos... jaja ... jajaja... jaajajajajajaj.

̶ ¿Qué fue lo que le hizo? Pregunto Andrew una vez que volvió a ser uno con la oscuridad el señor Luzius.

̶ Solo me aseguro de que nuestro trato se respete, veras tu pequeña amiga al tocar al chivo este actúa como contenedor de quien tenga contacto físico con él, pero desde luego cuanto más pasa el tiempo la capacidad de este tierno animalito comienza a liberar a su huésped, dejando que este regrese a su cuerpo, mientras tanto este actuara lo más parecido al anfitrión original para no levantar sospechas, pero supongo que solo queda esperar otro resultado proveniente del vacío.

Cayendo de rodillas Andrew comenzó a llorar la inminente muerte de su amiga y nunca más volvió a verla.

Atada, amordazada, la pequeña criatura no paraba ni un segundo de retorcerse, el robusto carnicero con su delantal ensangrentado afila sus cuchillos, era extraño, el sentimiento que despertaban los balidos del animal, pues, no era ningún novato en el arte de arrebatar la vida de todo lo que se postrase en su mesón de madera. La mente del carnicero carecía de sensibilidad frente a las indefensas criaturas, nada de lo que hicieran hacía temblar su peludo y fuerte brazo, diferente, esta criatura despertaba en un sentimiento diferente, no era un padre demasiado atento con su hija, pero, por alguna razón sentía que estaba en peligro, subió a su cuarto hasta tres veces ese día, ¡todo en orden! se decía así mismo.

¡Hora de trabajar! se decía así mismo, la criatura pronunciaba de manera cacofónica las palabras bjjajbja, bjabja, pabja, bapa, papa, la mente del hombre se reflejaba ahora en su rostro al enjugarse el sudor de su frente, limpiándose en sus pantalones azules, respiro hondo, sus ojos cafés oscuros se cerraron, levantaba y bajaba su cuchillo de carnicero, lagrimas desprendías del cornudo animal de pelaje blanco era todo lo que veía el corpulento verdugo, en todo momento lo observa, en todo momento clama piedad, ¿Qué es lo que pasa? Quiere saber el carnicero, ¿Qué es lo que tiene este estúpido animal?

Un golpe punzante atravesó el pecho del padre, las horas pasaban y el atardecer se reflejaba en sus cuchillos, caminando alrededor del animal sin que este pudiera verlo, hundiéndose en su cuello de pelaje blanco los plateados cuchillos le atravesaron, los balidos del animal comenzaron a ser opacados por gorgoteos de sangre, comenzó abriéndose paso a lo largo de cuello de izquierda a derecha corrientes de sangre de tonalidades intensas, baños de agua hirviendo con cal prosiguieron luego del retiro del frio acero del carnicero, del hombre, del padre de la pequeña con forma de cabra.

Sin saber por qué, las últimas imágenes que vio la pequeña, fueron las de su padre acabando con su vida y la esperanza de verle en esa ciudad de luz y amor, sellando así un nuevo comienzo, dirigido por el umbral de la muerte en el que las almas perdidas descubren que no queda más que la nada.

Los perros ladraban, un fuerte zumbido de aturdimiento inundaba los oídos del asesino de su propia sangre, sin impedirle proseguir con el desollamiento de su difunta víctima, y el desentrañamiento de esta misma, pálido, continuaba sin cesar en su arte, casi sin fuerzas, retiraba las cubetas llenas de sangre y viseras de la criatura, baños de agua hirviente y cal desprendían el pelaje blanco de la superficie del animal, pezuñas, orejas restos de carne en el cráneo, todo era desprendido cortado y mutilado, pues todo sería consumido, todo sería reducido a su mas difusa expresión, el todo sería reducido a la nada mientras el carnicero continuaba afilando con sus ásperas manos sus navajas, que luego usaría para decapitar y desmembrar otra vida más.

El atardecer de ese día fue bañado en sangre, el sol se tornó de un color naranja siniestro, el viento soplaba pero aun podía sentirse el calor, las hojas de los árboles así como sus ramas se movían danzantes, las nubes eran arrastradas hasta el horizonte, la carne era levantada por la fuerza del asesino y enganchada para terminar colgada y luego vendida, ese era el aprecio por las criaturas que sentía el señor Conrad, esa es la sensibilidad, que se permitía sentir, y ese fue el comienzo de la perdición del resto de la ciudad.

Los crustáceos con cuerpos alargados atravesaban el cuerpo ya sin vida del niño, su cadáver ahora desfigurado por las alimañas acorazadas fue levantado por la otra garra hasta quedar a la vista de Andrew.

̶ Dime, ¿sientes algo?

̶ No.

̶ Eso pensé, tu especie es interesante, pero creo que saborearla hará de mi percepción aún más certera.

Y fue en ese momento en que del cielo comenzaron a sonar sin un origen de referencia, trompetas y canticos tan agudos que resultaba difícil de distinguir, melodías ceremoniales de flautas en rituales profanos era lo que se distinguía. Todos los pobladores de la ciudad salieron de sus casas, reunidos en el centro de la ciudad, asustados y confundidos, deseaban saber que era lo que pasaba, tanto la señora Carmen como el señor Conrad fueron con sus respectivos recipientes vacíos, y estos inmediatamente dieron inicio al ritual.

Andrew separándose de su madre y perdiéndose entre la multitud, fue empapándose con el alquitrán que emergía de entre las grietas de la aun descompuesta calle, con una altura considerable fue tomando la forma de la entidad que volvería tangible la voluntad del vacío, creciendo aún más hasta tomar la forma de un tótem de aspecto retorcido y grumoso, comenzó a ser venerado por doce sombras manifestadas a su alrededor, roncos balidos hacían vibrar a la ciudad, mientras las doce sombras envueltas en túnicas negras repetían el sonoro sacramento, que blasfemaba contra la verdad.

En la cima del tótem una figura humanoide alargo sus brazos y retiro de su rostro la brea, exclamo ensordecedoramente un dialecto carente de sentido, una lengua que no era una lengua, una expresión que no era expresión, un sonido que no era un sonido, esta era la exclamación de la nada absoluta.

Y así, el mundo al revés dio inicio a su acto de locura y grotesca depravación, lo real se desvanecía y se perdía en una ambigua deformidad, la perdición se instauraba mientras la locura impregnaba al mundo con sus leyes, todo se volvía dolor y placer, del cielo comenzaron a llover descomunales garras, colmillos y cuernos retorcidos de plata; la tierra era húmeda y blanda, las miradas de los habitantes eran entorpecidas por la misma luz, la cual se volvía una con la oscuridad.

El viento se volvía amargo y corrosivo, no cabía duda, lo inexplicable se presentaba y se volvía certeza, la locura danzaba sobre las cabezas de los condenados y el fuego del regocijo les envolvía por completo.

La nada era la certeza y el todo falsedad, canticos y sollozos acompañados de rugidos y sonoros susurros, volvían inaudible los propios pensamientos de los ciudadanos de Los Ángeles, esta era la prueba del comienzo del fin, esta era la voluntad del primer ser, del ser cuya mención vuelve todo inexplicable e inconcebible, este es el acto que lo justifica todo, la realidad palpitaba mientras se desgarraba y daba paso a la marcha de los horrores.

Las familias del desfigurado poblado sin saber por qué, eran perseguidos por engendros que surgían del sub suelo y los cielos, con sus cuerpos envueltos en rostros angelicales y una larga cola en lugar de piernas, compuesta por extremidades de diversos insectos, surgían del alquitrán las criaturas de los fosos creados por la separación de la tierra. Quejidos y rostros derretidos surgieron de vórtices creados en el cielo, columpiándose se encontraban los péndulos flotantes de la dimensión incognoscible, demolían los edificios como si fuesen castillos de arena, todo rastro de esperanza se ahoga entre los escombros de una civilización entera, tentáculos con ojos en lugar de ventosas, eso es lo que reinaba en los cielos con gran autoridad, radiación en el aire acompañada de cenizas en la superficie de la devastación, las abominaciones resplandecían y cegaban a quienes les observasen directamente, devorándolo todo para luego regurgitarlo a su informe semejanza mientras flotaban sin rumbo fijo, esa era la incierta razón del existir de tan amorfas aberraciones, los horrores de abismo cumplían el mandato del vacío, las masas amorfas imperaban ahora en el reino de los cielos.

Desde su semblante, el recipiente con la forma de Sindy, le escurría un fluido parecido al que se produce dentro de las ampollas o en las llagas aun sin secar, comenzó a cubrirle una coraza que la consumía y daba forma de capullo, mientras el padre del recipiente con la forma de su hija, desesperado, se dispuso a ir en su rescate, hasta que se dio cuenta de una pared inmaterial prohibía su avance, sus piernas no respondían, su voz se volvía insondable y su voluntad se doblegaba a cada segundo por fuerzas invisibles al sentido común.

Del capullo brotaron raíces que ascendían hasta volverse más altas que los edificios, se entrelazaban y luego de homogenizarse entre sí, estas pasaban a volverse carne, y la carne tomo la forma de una mujer con ambos brazos extendidos, piernas juntas y en el rostro donde deberían estar sus ojos y labios, bulbos de carne crecían por todo su rostro y el resto de su cabeza, tomando la apariencia de nepentes, las masas de carne regurgitaban y borboteaban sustancias viscosas de un colores enfermizos.

Sus piernas se volvieron un conjunto de tallos de árboles tan juntos que no podían distinguirse una pierna de la otra, escuálida desde los hombros hasta las caderas, comenzaron a formarse surcos desde el tórax, bajando hasta sus genitales femeninos, para extenderse como alas que permitieran ver su interior, un interior plagado de insectos gigantescos casi del tamaño de los vehículos de la ciudad.

En sus manos extendidas a los lados, gorgoteaba una cubierta de aspecto grasoso y de color blanco que sin manipulación corpórea fueron tomando forma de velas, en la cima cayeron rayos, prendiéndolas en fuego y dejándolas encendidas para dejar escapar un olor a incienso, pero el aire podía percibirse otro olor, el olor hormonal que despiertan mujeres y hombres en señal de deseo por el otro; este provenía de la venus del apocalipsis, dejando a los desdichados pobladores sin el deseo de resguardarse en sus casas, pues estos eran atraídos por los embriagadores aromas que dominaban el juicio de los condenados, estos marchaban dichosos hacia su final. Las velas comenzaban a desbordar espelma hirviente sobre ellos, la cual caía como cascada sobre las primeras almas que inauguraban el retorcido espectáculo.

Los bulbos que aun no tomaban la forma de nepentes en el rostro de la venus comenzaron a crecer para luego estallar, enormes larvas de un color amarillento traslucido caían, y en su interior podían verse a las 149 almas desaparecidas por la tormenta, almas a las que ahora se les sumarian el resto de los pobladores, los cuales bañaban sus cuerpos con dicha y placer en la cascada hirviente que surgía de las velas, las grotescas larvas devoraban todo a su paso, al igual que el resto de las criaturas emergentes de su prolongada gestación en la casa del autor de la perdición.

La tempestad se acrecentaba, los suelos rugían y el tótem del cual broto el anuncio de perdición se encargaba de hacer surgir el alquitrán de los suelos y enfurecer con rayos los cielos, tajos de carne en forma ovalada eran desprendidos con gran profundidad por las extensas zarpas que se extendían del cuerpo del ser humanoide hasta la espalda de la venus apocalíptica, comenzaban a brotar ríos de sangre y pus que se unían con los mares.

Pezuñas, cuernos y cabezas de chivo circundaban encarnados a lo largo de la protuberante cabeza de la emperatriz, cuya presencia maldice las leyes de lo establecido, largos rizos plateados hondeaban en medio de la tempestad, los edificios caían y las personas se convertían en estatuas de cera para ser devoradas por las criaturas del tipo insectoide que nacían en su interior, aplastaban, cercenaban, penetraban y devoraban los cuerpos inmóviles pero sonrientes, con miradas perdidas en sí mismas, pues el olor que no provocaba otra cosa sino la paz y serenidad absoluta hacía que todo fuese bello y sublime, ahora el dolor calmaba y la ausencia de paz traía la quietud.

Comían, desgarraban, mutilaban, desprendían y succionaban erráticamente los promulgadores del vacío, sedientos y hambrientos las doce sombras de la mansión emergieron de la tormentosa lluvia de cuernos, colmillos y garras, alcanzando el tamaño de montañas corrompían la superficie de lo que podía ser alcanzado por sus palabras, se consumía en sí mismas toda criatura que escuchaba las palabras indecibles de condena, se convertía en muerte y putrefacción toda superficie en la que resonaran las ordenes de devastación.

¿Qué podría interponerse ante lo absoluto? El primer ser de quien todo proviene y todo vuelve, el primer ser, el cual extiende su voluntad a través de sus esbirros y por ellos el todo se vuelve nada, ¿Qué puede detenerlo? Estas eran las preguntas que expresaba con actos una de las doce sombras, al encontrar a uno de sus miembros inmóvil y silencioso durante la orquesta de la locura, no era otra cosa más que un poblador con la mirada perdida, burbujas de aspecto cristalino era lo que le rodeaba y con hermosas flores cubría su cuerpo, con un gesto la imperiosa sombra se transmutó en una densa niebla.

Delicadas pisadas marcaban alteraciones en la marcha del destino impuesto por la voluntad del vacío, seres radiantes con miradas calmadas y dulces rondaban por las calles, las imponentes sombras se volvían cristal mientras otras se transmutaban en colibríes esmeraldas, Anormalidad, eso impedía el avance del vacío, el ser que acompaña desde el principio al vacío es y será siempre la anomalía, cubierta con la apariencia de una madre protectora, esta era a su vez atemporal, de sonrisa frágil y una adormecedora mirada, la anomalía era acompañada de la señora con el rostro cubierto de cráteres y entidades cubiertas de luz y plenitud, caminaban en contra corriente, al desfile ejercido en honor al vacío.

̶ Oh hermana mía, ¿no fue a ti a quien se le encomendó entregar las semillas de la luz a los hijos de la anomalía? ¿Cómo pudiste dejarlos al cuidado del azar?

̶ Mi señora, oh mi señora, monarca del reino de lo tangible e intangible, sus hermosas criaturas hacen honor a las cualidades por usted otorgadas, pues son extraños en verdad, los hijos de las anomalías que concibieron la luz de su reino y diluyeron las menguantes mentiras del vacío, por lo que poco o nada pude hacer para persuadirles de conservar los artilugios de la luz.

Una en una las colosales sobras eran segregadas por las entidad a la que se referían como Anormalidad, rodeada por sus concubinas la vacua oscuridad se restringía por los caminos de una luz dorada, abriéndose camino entre los restos de cuerpos derretidos y punzantes cuernos y colmillos de plata, la Anormalidad haciende hasta alcanzar a la voluntad del vacío.

̶ ¡Baja la cabeza, injuriosa blasfemia de lo existente! en nombre de las anomalías, pondremos fin a esta locura. ̶ exclamo una de las concubinas mientras rujían los cielos y se desgarraba la tierra.

Terminada la exclamación del mandato, la concubina comprendió demasiado tarde su imprudencia, formando y deformando su naturaleza, hasta ser finalmente rocío y perderse en los nuevos dominios de la voluntad del vacío, conociendo así el reino del vacío.

El resto de las grotescas criaturas engendrados por el vacío comenzaban a rodear y devorar la radiante luz que envolvía a la Anormalidad, comprendiendo el predicamento en el que se encontraban dispusieron de sus dones para repeler a las informes bestias y pestes de hambre y sed insaciable, fuego, sangre y sal era esparcido por todo el ambiente, con cada movimiento las concubinas perdían autoridad y fuerza, las bestias se acercaban, y la inexistencia reclamaba y extinguía a mas concubinas, mientras la Anormalidad permanecía frente a la figura humanoide que encarnaba la voluntad del ser.

Fue en ese momento que lo entendió, entendió el por que del escape del ser del vacío, entendió por que las anomalías segregaron partes del vacío, prisión, estas regiones serán su prisión, y nosotras sus custodios. Al escuchar tales declaraciones la voluntad del vacío, perturbado, implosiono abruptamente, solo para encontrarse de nuevo rodeado por arcos de luz, condensando y diluyendo el mundo en el que ahora será su nueva prisión, creo y destruyo los soles de sus regiones, pero nada le permitía sobre pasar los arcos de luz, ese fue el destino final de la voluntad del vacío, así concluyo la coronación de una de las extensiones del ser del vacío.


16 de Septiembre de 2021 a las 03:46 0 Reporte Insertar Seguir historia
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