V
Victoria Olivera


La pequeña Samantha MacCallister era reconocida por toda la comunidad de Rosebay como una niña atrevida y rebelde. Desafiaba los valores impuestos por su padre, pero era amada por su padre y sus hermanos. Sin embargo, la tragedia pronto llegará a esta familia y poco a poco sacará a la luz el verdadero carácter de todos sus integrantes, incluida Samantha, quien tendrá que aprender que la vida no es siempre un camino de rosas.


Drama Todo público.
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Espinas I

Era algo conocido por costumbre oír a la señora MacCallister contando, en todas las reuniones a las que asistía, la historia del nacimiento de su hija menor. Algunas veces los vecinos y las amigas de la señora la alentaban a que contase tan digna historia; otras, era ella misma quien buscaba la primera oportunidad en que le fuera posible hablar de ello, aunque todos los presentes ya lo hubiesen escuchado. De esta manera, todos en el vecindario, hasta el habitante más nuevo del lugar, estaban seguros de conocer bien el carácter de la pequeñita, por ser una niña obstinada y liberal.

Aunque no deben malinterpretarse las intenciones de la señora Eleanor considerándola impertinente al repetir tantas veces su historia. La verdad es que todos se lo permitían sin quejarse, pues entendían que no se debía sino a un gran orgullo que sentía por su hija desde el día en que aquella había llegado a este mundo: una criatura menudita, con más de un mes de adelanto a la fecha de su nacimiento, y con la gran dificultad que conlleva traer el cordón umbilical enredado en el diminuto cuello. La niña no respiraba; estaba demasiado mal para sobrevivir, sobre todo en una época en que la tecnología aún no había logrado tan grandes adelantos en la medicina como los de hoy en día.

Los doctores dijeron haber hecho todo lo que pudieron, y ya se preparaban para dictar la hora de su defunción, cuando la pequeña criatura, de un segundo a otro, despertó llorando y respirando normalmente como si nada de lo anterior hubiese ocurrido.

La señora MacCallister solía explicarlo todo por causa de la decisión y la valentía de su hija. “Siempre fue igual, cuando se decide a hacer algo, lo hace, y no descansa hasta conseguirlo. Por eso nació antes, estaba decidida a adelantarse a los demás. Y nada más que su valentía podría haberle impulsado a seguir con vida después de tantas dificultades vividas y por vivir”, comentaba a los otros muy orgullosa.

Luego de estar unas semanas en observación en el hospital, bajo la mirada incrédula de todos los doctores, la niña recién nacida pudo marcharse a su hogar y continuó sus días tan saludable como podía serlo cualquier bebé en mejores condiciones que ella.

Todos lo reconocían: “Eso es coraje”.

Sin embargo, la niña siempre supo ver la historia desde otra perspectiva. Decía que se le había permitido vivir, tras tan extraordinario parto, porque había algo importante que solo ella podía hacer. En otras palabras, creía que todo era producto de un milagro divino con algún propósito especial que desconocía, pero que ansiaba descubrir. Este fue su pensamiento desde sus tiernos cinco años de edad. Por eso siempre, cuando se levantaba por la mañana, iba hasta un viejo roble que había en el fondo de su casa y pasaba un buen rato en lo que ella llamaba su “charla diaria con Dios”.

Sus padres nunca le impidieron realizar este acto que, si bien consideraban absurdo, al menos era bien intencionado. Además de que, por supuesto, esos eran los únicos momentos de paz en aquella casa. Su conducta el resto del día podía explicar perfectamente por qué los vecinos la consideraban obstinada y liberal.

La pequeña había adoptado cierta reputación, para lo cual solo le habían bastado los primeros años de su vida, reputación que, en ocasiones, incomodaba y avergonzaba a su familia, sobre todo a su padre. Era ella bastante rebelde y atrevida, diferente a lo que las niñas solían ser por aquella época: un maniquí elitista y refinado. Lo cierto es que a ella no le agradaba ser como las demás; entendía bien que tenía su propio cerebro, y que si lo tenía era para utilizarlo y aprovecharlo bien. Por eso le gustaba dar siempre su opinión, porque era la mejor forma de expresarse, aunque no estuviera bien visto que los niños opinaran en conversaciones de adultos.

Pero lo que más le disgustaba era que la trataran como si fuera menos por ser mujer.

En una ocasión, cuando tenía seis años, estando en el primer grado de la escuela, vio a sus compañeritos y a sus hermanos jugando en el lado opuesto del patio de la escuela, cosa que le pareció más interesante que aquellas estupideces de muñequitas con que jugaban sus compañeras cerca de donde ella estaba. Rápidamente se acercó hasta donde estaban los niños, solicitándoles entrar en un equipo, pero de pronto todos los niños se rieron burlonamente.

“Claro”, pensó, “como soy tan chiquita, han de creer que no puedo aguantar un partido contra ellos”.

En eso, otro niño que no la conocía muy bien, Stephen Gregory, la empujó, echándola de la cancha, brindándole la excusa que más podía haberla irritado en aquel momento (pues aún lo de ser chiquita lo toleraba, pero esto no): “Las niñas son unas tontas, no saben jugar al fútbol como los niños. Y tú no podrías patear esa pelota ni si la tuvieras frente a tu nariz. Vete a jugar con tus muñecas huecas, porque todas las muñecas son iguales a sus dueñas, unas 'sin seso'”. Y rió en tono altanero y triunfante, lo que todos los demás imitaron, excepto sus hermanos.

La niña, sentada en el suelo como había quedado por el empujón que le diese el otro, no podía encontrarse menos tranquila de lo que se encontraba en ese momento. Tan enfurecida estaba que, después de darle un puñetazo muy fuerte en el “hocico” a Stephen, pateó la pelota desde un extremo al otro de la cancha con tal ímpetu, que marcó gol de una sola patada. Así logró dejar boquiabiertos a todos los niños, sobre todo al burlón.

Por supuesto que, al regresar a su casa, fue recibida con un buen castigo por haber golpeado al hijo del jefe de su padre, pero ella aceptó todo de manera rotunda y sin quejas, diciendo solamente que había valido la pena porque “ese gordo se lo merecía”.

Desde aquel día comenzó a ser admitida sin discusiones en los juegos de los demás niños de la cuadra; incluso Stephen se disculpó con ella, un poco temeroso de recibir otro golpe, y la invitó a formar parte oficialmente del equipo de fútbol. Esto último fue algo que hubo de mantenerse oculto por un tiempo, para que sus padres no se enteraran y le prohibieran jugar, ya que seguramente considerarían que no era comportamiento digno de una señorita.

Pero pronto su ánimo por jugar y divertirse ocupó más lugar en sus pensamientos que sus preocupaciones por lo que pensaran de ella, y así, fue reconocida por todos los vecinos como una niña traviesa a la que le gustaba andar con los varones. Muchos hablaban de ello y muchos llegaron a quejarse con los señores MacCallister, aconsejándoles “sólo por su bienestar y el de su familia”, que impidiesen esas conductas ahora que todavía era tiempo; que, de otra manera, su hija crecería sin ser respetada por los muchachos, quienes no la considerarían nunca una dama, que jamás obtendría un pretendiente decente, que le acarrearía un mal futuro, y toda clase de presagios que pudieran convencer a la pareja -especialmente al padre- de dar “rienda corta” a su hija.

La niña no tenía demasiadas amigas de su mismo sexo. Sólo una, su vecina Margareth, era quien toleraba sus mayores locuras, conociéndolas todas y guardando sus secretos, aunque no estuviese de acuerdo en todo con ella.

Era difícil entender como dos personas tan opuestas podían llevarse tan bien, pero así era. Maggie, como le decían todos de cariño, era la gran contradicción de su amiga. Una pequeña muy tierna y prolija, bien educada, aunque provenía de una familia de un rango social más bajo, según advertía el señor MacCallister. Su padre, Albert O'Connor, trabajaba como empleado en una empresa de distribuciones, y algunas veces entregaba las cartas cuando el cartero Jerry se enfermaba o tenía días libres. Su madre, Marianne, era recepcionista en el Club de Golf. Era de las pocas mujeres que se veían en la necesidad de trabajar en aquel lugar.

Rodeados de vecinos acostumbrados a vivir entre grandes lujos, cualquier familia como la de los O'Connor, con seis hijos que mantener, se hubiera considerado pobre. Pero ellos poseían mejor carácter que cualquiera y, a pesar de no tener mucho qué ofrecer, eran siempre generosos y recibían a cada uno que llegara a su puerta con una sonrisa sincera. Ni la elegancia de las damas de la alta sociedad ni las muchas ganancias de los empresarios de la ciudad, podían comprar valores como esos.

Probablemente por eso Margareth fuese tan amiga de la menor de los MacCallister; de hecho, su mejor y única amiga. Pero esto no significaba que a la pequeña traviesa le molestara ser excluida por el resto de las niñas. Por el contrario, odiaba todo lo que se refería a comportarse como una.

Odiaba usar vestidos, odiaba vestir de color rosa; siempre andaba con el pelo recogido y lo cubría con una gorra, para ocultar lo enmarañado que lo traía después de jugar a las peleas con los chicos.

A pesar de sus costumbres varoniles, no había perdido su ternura y su calidad en el trato. Eso era algo que había aprendido muy bien de su madre, y esta estaba orgullosa de ella, fuese como fuese, mientras pudiese ser feliz. Aun cuando ella fuera la mujer más educada, refinada y elegante del mundo.

Su padre no pensaba lo mismo. Ese mismo año de la pelea de su hija con Stephen, tuvo que llevar un cuaderno donde registraba cada uno de los gastos que debía hacer por la falta de vergüenza de su hija: cuántos vidrios rotos tuvo que reponer, cuántas macetas destruidas, cuántos adornos valiosos quebrados, cuántos destrozos iniciados por ella en fiestas, cuántas indemnizaciones por gatos con las colas quemadas por algún petardo; incluso indemnizaciones a la iglesia católica del vecindario, por ponerse a discutir con el sacerdote en medio de una misa, a la cual había entrado simplemente por curiosidad, porque sus padres ni siquiera eran católicos. Y muchas otras cosas que no cabe mencionar en esta lista, porque sería demasiado extensa. Durante una semana de vacaciones, alcanzó a rellenar tres hojas del susodicho cuaderno, y sin realizar ninguna actividad distinta a la de los demás días. Bastaba con que tuviese más tiempo libre para que los dolores de cabeza de su padre fueran más grandes.

No es necesario explicar que la pequeña era castigada, y ¡de qué manera! Su padre no se cuidaba de mucho de lo que decía cuando estaba enojado, y más de una vez le habría dado una paliza a su hija si no hubiese intervenido su esposa para calmarlo. Solía ser muy estricto con la niña; pero ella siempre se las arreglaba para escapar por la ventana de su cuarto, desde un segundo piso, trepando un árbol cercano, sin que nadie lo notara. Y regresaba a casa justo a tiempo para el momento en que su padre volvía de su trabajo, asegurándole de esa forma que había cumplido con el castigo. Muy pocas veces la perdonaba y, si lo hacía, se debía a las largas réplicas de su mujer.

El señor Charles MacCallister estaba acostumbrado a tener siempre la última palabra. Todo lo que él decía en su casa debía hacerse, y pobre de aquel que se atreviera a contradecirlo.

Había obtenido gran fama en su profesión de abogado, y hacía poco tiempo que había logrado hacerse socio de una firma muy prestigiosa en su ciudad. Hombre recio, tradicionalista, con cierto aspecto que infundía temor y respeto, siempre de traje gris impecablemente limpio, pretendía mantener una imagen elevada ante la sociedad y así justificar y sostener ese puesto que durante tanto tiempo había deseado.

Formaba parte, junto a toda la familia, de un club de la alta sociedad, muy sofisticado, el “Club campestre de Rosebay” (aquel donde trabajaba la señora O'Connor). La localidad donde se situaba dicho club era la única zona de toda la ciudad donde habían árboles por cantidades. Esto era lo único que le gustaba a la niña MacCallister del lugar: las flores de todo tipo y color, las mariposas, escarabajos y vaquitas de San Antonio, los hermosos y variados árboles. Los más altos eran sus favoritos. Ideales para trepar, jugar, mirar el atardecer desde una de sus ramas o, simplemente, hamacarse en ellos. Todo por tener un momento de paz con la naturaleza.

Cada fin de semana, el señor llevaba allí a su hija y le mostraba el salón donde se hacían las fiestas del Club. Era enorme y hermoso, con una decoración delicada, de estilo antiguo. Grandes ventanales proveían de una vista maravillosa del lago, con un hermoso valle en el fondo, y más allá algunas colinas lo suficientemente altas para hacer del paisaje un toque mágico en la decoración del salón. También se podía ver aquello mismo desde el amplio balcón que hacía las veces de salón, cuando las noches eran cálidas o los invitados eran demasiados.

Dentro, todo brillaba en lujos (probablemente por eso costaba tanto ser admitido en el lugar). Lámparas conocidas como “arañas”, hechas de cristal, colgaban del techo. Una escalera estratégicamente colocada en el medio de la pista de baile conducía al segundo piso donde estaban los vestidores y otras habitaciones de menor importancia. Candelabros lujosos acompañaban los centros florales de cada mesa, sobre las cuales se colocaban manteles de encaje blanco y rosa, colores que representaban al Club.

El señor MacCallister siempre le recordaba a su hija que allí se haría su fiesta de presentación en sociedad al cumplir dieciséis años, y esperaba que para entonces fuese toda una damita, lo cual decía un poco esperanzado de que sus palabras influyesen en el comportamiento de la pequeña.

El hecho de ser tan constante y repetitivo, al punto de hacer lo mismo cada semana, en realidad no tuvo el efecto deseado. En vano resultaban sus paseos, porque al regresar a casa siempre salía ella corriendo a jugar con sus amiguitos tal como solía hacerlo. Ella entendía perfectamente los propósitos de su padre, pero esperaba que ese día de su presentación tardara mucho en llegar y que, para ese entonces, su padre llegara a olvidarlo. Le molestaba la idea de lucir ridícula vestida de muñequita enfrente de toda la pretenciosa comunidad, lo que era bastante seguro gracias a su tosquedad y su torpeza en los modos. Además no entendía para qué hacer todo eso; se suponía que era una “presentación en sociedad”, pero ella ya se había presentado a la mayoría por sí sola, pues todos la conocían. Y seguramente no se trataba de: “mucho gusto, soy la hija menor de la prestigiosa familia MacCallister”, porque, de ser así, no sería necesaria una fiesta con tanto alboroto. En fin, ¿para qué ser una damita ahora, si aún tenía mucho tiempo para disfrutar siendo simplemente una niña?

Por su parte, su madre tenía sus propias expectativas. Todas las noches se detenía frente a la habitación de su pequeñita, y se quedaba viéndola desde la puerta. Siempre se le unía antes de que la niña se acostara, pero, por lo general, esperaba un poco para observarla jugar sola y no interrumpir esos pequeños momentos que ella consideraba mágicos. Solo ella conocía esos momentos que tenía su hija siendo lo que era: una niña. Aquella se avergonzaba de que la vieran y su madre le guardaba el secreto, porque probablemente -pensaba la niña- perdería el respeto que los demás le tenían y se perdería el respeto a sí misma.

Sin embargo, aunque jugaba con sus muñecas, sus juegos no se parecían en nada a los de las demás chicas de su edad. Le gustaba mucho dar lecciones de gramática a sus ositos de peluche o darles conferencias importantísimas sobre política o cuestiones medioambientales. Jamás jugaba a la mamá o a la casita; en vez de tomar el té con sus muñecas, prefería hacerles de doctora o ingeniera o constructora o directora de una empresa internacional... Todos los días había una actividad nueva que ponía en práctica, pero jamás pasó por su imaginación jugar solamente a ser ama de casa, madre y “trofeo” de su marido, como muchas mujeres lo eran por allí.

La señora Eleanor MacCallister no podría ser acusada de favoritismos en relación a sus hijos, prefiriendo a unos sobre otros. No, ella amaba a todos por igual y les demostraba ese amor a cada instante. Pero no podía negarse que su relación con su hija menor era, quizás, la más especial. En ella veía todo lo que ella había soñado un día, pero a lo cual nunca se atrevió. Y conocía lo suficientemente bien a su pequeña, para creer que la misma tendría toda la fuerza y el coraje necesarios para enfrentar a todos por obtener su felicidad.

Antes de dormir, la mamá siempre contaba una historia repleta de hadas, gente malvada, príncipes y princesas. Creaba un mundo maravilloso, en el cual siempre habían dificultades, pero siempre triunfaba el bien sobre el mal.

Entre cuentos y consejos, la niña se recostaba en su cama, justo al lado de su madre, y juntas hablaban de sueños, de esperanzas, de la vida... Cada noche había una historia nueva y, con ella, una nueva enseñanza. Pero habían ciertas palabras que solían reiterarse, un discurso que la pequeña conocía de memoria, aunque no entendiera muy bien su propósito:

“Una dama -decía más o menos la madre- no es quien usa vestidos elegantes y finos, ni quien sabe usar correctamente los cubiertos en una cena de gala, ni quien sabe sentarse con la postura correcta. No, mi niña. Esas cosas no hacen a una dama, aunque muchos lo crean así erróneamente. Una dama de verdad debe ser educada pero valiente, humilde pero rebelde y atrevida a la vez, sobre todo cuando es necesario. Debe ser inteligente, sincera, generosa sin ser débil, pero, sobre todas las cosas, debe tener un gran corazón. Tú tienes todo eso guardadito dentro tuyo, y eso nadie -recuérdalo bien-, nadie te lo va quitar nunca”.

Para la señora MacCallister, su hijita era toda una dama desde el día en que nació, y sabía que algún día encontraría un “príncipe azul” como los de los cuentos, un caballero que entendiera eso tan bien como ella. E insistía mucho en decirle que, solamente alguien que la respetara y amara tal cual era podría ser digno de su amor.

Mientras tanto, la niña continuaba jugando y divirtiéndose como siempre, sin olvidar, claro, su tiempo bajo el roble cada mañana. Y una que otra vez rogaba poder hacer, algún día, que su madre se sintiera verdaderamente orgullosa de ella.

La pequeña rebelde no era la única hija de la familia MacCallister, sino la menor de cinco hermanos, tres de ellos varones y dos mujeres.

El mayor se llamaba Charles, igual que su padre, pero acostumbraban llamarle Charlie desde muy pequeño. Sólo su hermanita tenía para él un apodo diferente: le decía “Robin”, por el legendario personaje Robin Hood, quien robaba al rico para dar al pobre y era tan valiente que luchaba contra las injusticias y la tiranía de los que traicionaban al rey. Cierto es que Charlie jamás le habría robado nada a nadie, pero su hermana sabía muy bien que él, desde muy pequeño, acostumbraba guardar comida, ropas usadas y juguetes que él mismo fabricaba o reparaba, todo en secreto, para darlo a la gente pobre que vivía no muy lejos del vecindario, allá donde terminaban los lujos y comodidades de las familias ricas de Rosebay y comenzaba el mundo real. Pero nada de esto compartía a su padre, conociendo el orgullo y la presunción de aquel.

Por ser el primogénito, Charlie había sido enseñado como todo un caballero de la alta sociedad, había asistido a las mejores escuelas y estaba entre los mejores de su clase, tanto en forma académica como en deportes, de los cuales la natación y todas las actividades náuticas eran sus favoritos y, por tanto, los que más practicaba. Era un muchacho sumamente listo y hábil, con mayor madurez de la que requería su edad, y se consideraba a sí mismo el “protector” de su familia.

A pesar de tener casi diez años más que su hermanita, jugaba mucho con ella, y había sido él quien le había enseñado a dar unos buenos puñetazos como forma de defensa. También le había enseñado a nadar, y cada vez que podía llevaba a navegar a sus tres hermanos menores y a alguno de los amiguitos de estos, sobre todo a Maggie, quien de otra manera no habría podido disfrutar de esos placeres.

Su padre tenía un gran futuro planificado para él desde el día en que supo que su esposa estaba embarazada de su primer hijo y soñó con que fuera un varón. El día del parto creyó tener todas sus esperanzas cumplidas y se sintió casi completamente realizado cuando el médico le informó que había nacido Charles MacCallister II.

Quería que su hijo fuese abogado para que, algún día, cuando él tuviese mayor prestigio y clientes, abrieran juntos su propio estudio jurídico e hicieran de ello un negocio familiar. Esperaba, al igual que del resto de sus hijos, que Charlie se casara con una muchacha de buena familia (lo que para él era sinónimo de adinerada y con un apellido reconocido). Se habría enojado mucho si su primogénito admitiera tan sólo una vez estar en desacuerdo con sus planes. Pero que no lo admitiera, no significaba que no lo pensara.

Charlie había conocido a muchas muchachas ricas de la ciudad. Era el favorito de las chicas de su colegio -y de sus familias-, puesto que era un joven que, por su aspecto y su trato, sabía agradar y llamar la atención de la gente. Pero ninguna de esas jóvenes le interesaba. Una vez confesó a su madre que sus compañeras parecían una mala orquesta: linda para verla, pero obviamente no para escucharla. Su corazón sincero estaba buscando algo más que mentes huecas y almas vacías.

Este era el último año del joven en la casa; el próximo partiría hacia la universidad para realizar su carrera. Por mucho tiempo había estado buscando el momento indicado para enfrentar a su padre y decirle que quería estudiar medicina, una carrera igual de prestigiosa y bien remunerada como la de abogacía, aunque quizás más sacrificada.

El momento elegido fue una noche de invierno, durante una cena familiar. Charlie le pidió al señor MacCallister hablar con él en privado más tarde, pero este último insistió en que lo hiciera allí mismo, creyendo que se trataba de algún mérito que había obtenido el joven en el colegio.

La confesión fue rápida y clara; el muchacho sabía que a las cosas difíciles es mejor hacerlas de una vez, si algo debe suceder que suceda pronto y nada de alargar la espera, pues alargar la espera implica también alargar la angustia. Ya saben, como quitar una curita.

En fin, la discusión que armó su padre no fue tan breve ni mucho menos calmada. Se mantuvo muchos días firme en su posición. Estaba decidido a no dar ni un centavo a su hijo si seguía empeñado en estudiar para médico. Pero después de mucha insistencia de su familia y de grandes reflexiones, acabó cediendo a modificar un poco sus planes (aunque no demasiado).

Dos años después que Charlie, había nacido Emily, nada similar a él en ideales ni en valores personales. Ella era la única de los cinco hijos en haber adoptado radicalmente los mismos pensamientos y el mismo temperamento que su amado padre, a quien siempre defendía ante sus hermanos más pequeños. La única de estos en llevarle la contra siempre era su hermanita, o, como ella le decía, “el machito respondón”.

Emily era de esas chicas de mentes huecas y almas vacías a las que Charlie se refería. Era soberbia, orgullosa, malhumorada con todos los miembros de la familia que no consintieran en tratarla como la chica más maravillosa del mundo. Vivía el día entero escuchando detrás de las puertas o husmeando en la vida ajena para ir a contarle luego los chismes de la casa a su padre, y el resto salía a repartirlo por toda la ciudad. Casi siempre los grandes rumores empezaban por ella, aunque nadie sabía decirlo con exactitud. Por eso siempre, a los ojos de la sociedad ella era una perfecta dama, aunque sus costumbres no dijeran lo mismo.

Emily se ocupaba demasiado en cuidar las apariencias. Vestía elegantemente y conocía hasta los últimos detalles de la moda. Perfectamente arreglada, tras pasar tres horas frente al espejo, asistía a fiestas donde era elogiada por las grandes señoras, admirada por los presuntuosos pero ricos jovenes, y envidiada por el resto de las muchachas. Incluso sus propias amigas la detestaban un poquito, puesto que ella era su prepotente y altanera líder, y ser su amiga significaba “existir” para las otras muchachas tontas de su edad. Aunque es necesario reconocer que no existía en la mayor de las MacCallister una verdadera belleza. Su cabello era de color rubio oscuro y sus ojos claros; pero su mirada era un tanto vacía, y cierta falta de atractivo en ella (de lo cual se burlaban muchas de sus supuestas amigas a sus espaldas), lamentablemente no era compensada en ella con humildad o con calidez, lo que le hubiera venido muy bien de vez en cuando.

Probablemente ese fuera uno de los motivos ocultos de su desprecio por su hermana menor. La pequeña había heredado la belleza de su madre y le había sido dada mucho más de sí misma. No era rubia ni de ojos claros, pero su pelo negro y sus ojos marrones iban muy bien acompañados de simpatía, amabilidad y honestidad. Y, a pesar del gran desinterés de esta por el cuidado de su apariencia, se podían ver en ella algunos rasgos peculiares desde muy pequeña que su hermana mayor había llegado a envidiar.

Aún así, Emily seguía siendo la favorita y ese era su único consuelo, por eso se comportaba tan correctamente cuando estaba a la vista de toda la sociedad, especialmente en fiestas o reuniones de gala. Claro que siempre se las arreglaba para sacarle la lengua a su hermanita desde el otro lado de la mesa sin ser vista y, de esa manera, hacerla enojar y quedar en ridículo.

Esta era la “niña de los ojos” de su padre.

Cuando cumplió sus dieciséis años, se realizó su presentación en sociedad en el Club y fue todo un éxito. Los muchachos la rodeaban, sus amigas la envidiaban más que lo usual, y el jefe del señor MacCallister, al conocer a su distinguida familia, lo felicitó por su buena labor como jefe de hogar.

A esta fiesta la niña asistió con un vestido color rosa, muy incómodo para ella, y tuvo que comportarse muy bien para ayudar a su padre a causar una buena impresión. Estuvo sentada toda la noche en un rincón del salón, soportando que las únicas que se le acercaran fueran las viejas pellizconas de mejillas, a quienes ella casualmente les causaba gran ternura.

Su nuevo amigo, Stephen, la invitó a jugar afuera, pero se rehusó tras ver la mala cara que le puso su padre. Y, como si una mala cara no bastara, el señor se acercó a su hija y, frente a todos sus amiguitos, la sacó del salón zamarreándola por el brazo y le advirtió que si hacía algo que arruinara el “gran día de la familia”, no volvería a tocar una pelota de fútbol por el resto de su vida. Los demás niños no se burlaron; por el contrario, se entristecieron mucho por ella. Pero ella se sintió humillada, y con razón.

Al llegar a su casa se encerró en su cuarto sin decir una palabra a nadie. Su madre sólo supo lo que pasó hasta el día siguiente, cuando se encontró con la mamá de Stephen en el mercado y esta le dijo: “No sabes la historia ridícula que nos contó nuestro hijo anoche, estos niños sí que tienen una gran imaginación...”. Y luego de relatar la historia de su hijo se rió como si fuese algo en verdad gracioso. La señora Eleanor sólo sonrió para disimular. Ella ya había aprendido que los niños suelen decir la verdad en asuntos como esos.

La niña pasó una larga semana sin dirigirle la palabra a su padre, ni una sola palabra. Hasta que al fin una mañana se vio obligada a pedirle que le alcanzara el pan durante el desayuno.

Cuatro años después que Emily vino Jack. Jack era el más callado de todos los hermanos, siempre metido en su mundo, en los libros, en los deportes, en sus amigos. Pero su inteligencia salía a relucir cuando hablaba, siempre de forma rotunda y solemne; no decía demasiado pero todo lo que decía era importante (y esa es una acción que muchos habladores deberían imitar). Aún así, no se parecía a su hermana mayor. Quería ser un gran atleta, ir a las Olimpíadas algún día, ganar medallas de honor, hacer un bien por la sociedad. Sus hermanos lo alentaban. Después de todo, la única que no se llevaba bien con los demás era Emily; pero entre los otros cuatro había un alto grado de compañerismo. Y los tres chicos se parecían también mucho entre sí, físicamente e interiormente. Pues, como todo pensamiento individual en esa casa, los sueños de Jack se veían obligados a mantenerse en secreto.

Este niño-joven aún tenía mucho por vivir y había decidido esperar, como su hermano mayor, a que llegara el momento correcto para hacer sus correspondientes confesiones a su padre. Mientras, pasaba el tiempo con sus hermanos más pequeños y, cuando se encontraba entre los niñitos riquillos de su colegio, se limitaba a comportarse correctamente y a simular simpatía, o se apartaba con la excusa de estudiar para no tener que soportar sus tontas conversaciones.

Dos años después que él había llegado Peter. Él pasaba su tiempo construyendo cosas, coleccionando figuritas, mirando al cielo o jugando con sus amigos y sus hermanos. Su madre le decía “Peter Pan”, porque siempre andaba soñando con volar. Él era verdaderamente un eterno niño por su inocencia, por su carácter tierno y sensible, continuamente haciendo bromas, provocando risas, para hacer sentir bien a los demás cuando estaban tristes. “La risa es el mejor remedio” era su filosofía de vida.

Al señor Charles le molestaba que él estuviese más interesado en el bienestar de los demás que en el suyo propio. Pero, al igual que Charlie y Jack, Peter no cuestionaba los ideales de su padre. Era tranquilo y dedicado en lo que hacía. Incluso a veces le gustaba ayudar a su madre con los quehaceres de la casa. El señor MacCallister no sabía nada de esto, por supuesto. Tampoco Emily, porque lo habría contado todo enseguida. A él no le avergonzaba, a nadie le molestaba; el hecho es que su padre solía decir que las tareas de la casa eran para las mujeres, y al pequeño no le gustaba ver a su madre limpiando y fregando todo el día sola. Era un niño de buen corazón y su madre siempre le decía que eso era lo mejor que podía tener un hombre.

Por último había nacido la pequeña rebelde, dos años después que Peter. Y así había quedado completa la familia MacCallister.

La menor había llegado para cumplir con todo lo que le faltaba a sus hermanos de descaro y osadía. Rompía con todos los esquemas de la alta sociedad de Rosebay y se oponía totalmente a las ideas tradicionalistas y conservadoras. Estaba más que decidida a demostrar que ella también ocupaba su lugar en el mundo, y por eso y por todo lo demás había llegado a provocar el desagrado de su padre, pero el respeto de sus hermanos varones y de su querida madre.

Algunas veces la niña se preguntaba cómo había sido posible que sus padres se unieran, siendo ambos tan opuestos, tan contrarios en caracteres, en sentimientos. Cómo su madre podía haber amado algún día a un hombre así, al punto de casarse con él siendo tan joven. Pero esta pregunta hubo de permanecer sin respuesta aún por muchos años más.

13 de Septiembre de 2021 a las 02:09 0 Reporte Insertar Seguir historia
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