yisha_alin Yisha Alin

Jeon Yoongi era un joven temerario y enamoradizo que estuvo a punto de destruir a su familia por culpa de la traición de una mujer. Por eso ahora antepone siempre la lealtad que siente por los suyos a los deseos de su corazón, y accede a casarse con Park Jimin para evitar un conflicto entre dos clanes amigos. Jimin se jura a sí mismo que protegerá sus sentimientos de cualquier humillación. Pero las caricias de Yoongi logran derribar sus defensas y pronto anhela desesperadamente el amor de su marido. Autora: MB Libro #3 "Los hermanos Jeon" Yoonmin +18


Histórico Sólo para mayores de 18.

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Capítulo 1

El día de su primera boda la naturaleza había brillado en todo su esplendor. Hacía un calor insólito para ser enero, el ambiente era muy agradable y la suave brisa hacía ondear el cabello del novio. Era como si el mundo entero se hubiese detenido para presenciar la unión de dos almas.

Park Jimin resopló, ganándose con ello que su futuro marido lo mirase con una ceja enarcada.

¿Qué tiempo hacía el día de su segunda boda? Malo. El cielo estaba nuboso y soplaban vientos de tormenta provenientes del norte. Hacía frío y el aire congelado se colaba en el salón con ráfagas insistentes. Era como si el mundo entero supiera la incertidumbre que le causaba el hombre que tenía al lado y al que quedaría unido para siempre tras pronunciar los votos.

Un escalofrío le recorrió la espalda a pesar de que ambos estaban de pie frente a la enorme chimenea del Castillo.

Yoongi frunció el cejo y dio un paso hacia el doncel como si intentase protegerlo del viento que levantaba las pieles que cubrían las ventanas. Jimin no pudo evitar dar a su vez un paso hacia atrás y alejarse de nuevo de él. Lo ponía nervioso y a él eran muy pocas las personas que conseguían intimidarlo.

El guerrero frunció todavía más el cejo y después centró toda su atención en el sacerdote.

Jimin miró a su alrededor con la esperanza de que ninguno de los presentes hubiese presenciado el intercambio. A su pueblo no le gustaría ver que tenía miedo de su marido. Aunque se lo tuviera.

Jeon Namjoon, el mayor de los hermanos Jeon y el primer hombre con el que se suponía que iba a casarse, estaba de pie al lado de su hermano, con los brazos cruzados. Parecía ansioso porque la ceremonia terminase cuanto antes.

Jeon Jungkook, el hombre con el que casi se casó después de que Namjoon contrajese matrimonio con Kim Seokjin, también parecía impaciente y miraba constantemente la escalera como si fuera a echar a correr en cualquier momento. Era comprensible, porque el esposo de Jungkook, Taehyung, estaba en el dormitorio de ambos, en el piso de arriba, recuperándose de una herida que había estado a punto de acabar con su vida.

A la tercera va la vencida, ¿no?

El rey Sunjong no se había puesto de pie para la ocasión. Seguía sentado junto al fuego, mirando con aprobación cómo el sacerdote seguía adelante con los trámites necesarios. A su alrededor, y también sentados, estaban los Lairds de los clanes vecinos. Todos habían acudido allí para presenciar la unión entre los Jeon y los Park, una alianza que se sellaría con el matrimonio de Jimin con Yoongi, el hermano más joven y el último que quedaba soltero de los Jeon.

Era importante señalar que Yoongi era el último candidato, porque si algo salía mal y también se estropeaba esa boda, ya no quedarían más Jeon con los que poder casar a Jimin, y a esas alturas el orgullo del joven ya no podía soportar otro rechazo.

Desvió la vista del monarca al grupo de Lairds y después hacia su padre y su cara de pocos amigos. El hasta entonces Laird de los Park estaba sentado unos metros separado del resto de los guerreros y en su rostro había una gran mueca de amargura.

Por un instante, las miradas de padre e hijo se encontraron y él le enseño los dientes. Jimin no lo había apoyado para que siguiera siendo Laird. Probablemente había sido desleal de su parte, pero aunque no estaba seguro de si Jeon Yoongi sería un buen Laird, sí sabía que su futuro esposo era un buen hombre.

Se percató de que era el centro de todas las miradas y, nervioso, devolvió la suya al sacerdote al darse cuenta de que se había olvidado de repetir sus votos. Como si no fuera suficiente con eso, además no tenía ni idea de lo que el religioso acababa de decir.

—Ahora es cuando dices que me obedecerás y que me juras lealtad sólo a mí y que me serás fiel hasta el fin de tus días —le susurró Yoongi con voz ronca.

Las palabras le provocaron un escalofrío en la espalda y no pudo evitar fulminarlo con la mirada. —¿Y qué me prometes tú a cambio?

Los ojos verdes del guerrero le recorrieron el cuerpo y, cuando volvieron a detenerse en los del doncel, cualquiera diría que no habían encontrado nada de su agrado. A Jimin eso no le gustó, se sintió como si lo hubiese rechazado.

—Tendrás mi protección y te trataré con el respeto y la estima que se merece un doncel de tu alcurnia.

—¿Eso es todo? —susurró Jimin con sarcasmo, aunque habría dado cualquier cosa por ser capaz de contenerse.

Era evidente que le había tocado la peor parte del pastel. Jeon Namjoon adoraba a su esposo, Seokjin, y Jungkook acababa de desafiar al mismísimo rey para quedarse junto a Taehyung, el doncel que amaba... y dejar plantado a Jimin en el altar.

Él no estaba enfadado, quería mucho a Taehyung y su amigo merecía ser feliz. Ver a un hombre tan fuerte y atractivo como Jungkook declarar públicamente su amor por él había llenado a Jimin de emoción y alegría. Pero al mismo tiempo le recordó lo vacío y estéril que iba a ser su matrimonio. Yoongi suspiró exasperado.

—¿Qué es lo que quieres exactamente, cielo?

Levantó el mentón al oír cómo lo había llamado y lo miró con frialdad.

—Nada. Me basta con eso, pero me quedo sólo con el respeto y la estima, la protección no me hace falta.

—¿Eso crees? —Yoongi enarcó una ceja.

—Sí, puedo protegerme solo.

Él se rió y un segundo más tarde también lo hicieron el resto de los hombres que había allí reunidos.

—Pronuncia los votos, cielo. No tenemos todo el día. Los soldados tienen hambre, hace casi dos semanas que esperan este festín.

Un murmullo de confirmación se extendió por el salón y, al oírlo, Jimin se sonrojó. Era el día de su boda y nadie iba a meterle prisa. ¿A quién le importaba la comida o los estómagos vacíos de los guerreros?

Como si se hubiese dado cuenta de que su prometido se estaba poniendo de mal humor, Yoongi le cogió la mano y tiró de él hasta que sus muslos se tocaron. Jimin sintió cómo la musculosa pierna del guerrero le quemaba incluso a través de la túnica.

—Padre —Yoongi se dirigió respetuosamente al sacerdote—, ¿sería tan amable de recordarle a Jimin lo que tiene que decir?

El doncel fulminó a su futuro esposo con la mirada, mientras el sacerdote repetía los votos. Las lágrimas le escocían en los ojos a pesar de que no entendía por qué. Él no estaba enamorado de Jungkook, igual que tampoco lo estaba de Yoongi. Era su padre el que había tenido la idea de casarlo con un Jeon, y los tres hermanos, igual que el rey, habían estado de acuerdo al instante.

Él doncel sólo era una pieza más en su tablero de juego, de la que se olvidarían de inmediato.

Suspiró y sacudió la cabeza. Era ridículo que estuviese tan triste. Podrían sucederle cosas mucho peores. Tendría que estar contento. Había vuelto a reunirse con Taehyung, el hermano de su corazón, y su mejor amigo estaba ahora felizmente casado, aunque le esperaba una larga recuperación. Y su padre ya no era el Laird del clan.

Miró de nuevo a su padre y lo vio vaciando otra jarra de cerveza. Supuso que no podía culparlo por querer emborracharse, en cuestión de minutos, la vida tal como la conocía se desvanecería para siempre. Sin embargo, Jimin era incapaz de sentir el menor remordimiento.

Su clan podía llegar a ser grande, lo sería, bajo el liderazgo adecuado. Y ese líder nunca había sido el padre de Jimin. Un hombre que había mancillado el apellido Park hasta llegar al extremo de que ahora tenían que pedir ayuda a otro clan más fuerte, y aliarse con él, para seguir adelante.

Jimin cerró el puño derecho. Soñaba con devolverle al clan su antigua gloria. En convertir a sus guerreros en un ejército indestructible. Ahora esa tarea recaería en Yoongi y él se vería relegado a ser solo un observador... sin poder participar en el proceso tanto como deseaba.

Dio un respingo sorprendido al ver que Yoongi se inclinaba para rozarle los labios con los suyos. Se apartó antes de que Jimin pudiese entender qué había sucedido. Se quedó allí plantado, boqueando como un pez fuera del agua, y, levantando una mano temblorosa, se tocó la boca.

La ceremonia había concluido. Los criados, cargados con bandejas repletas de comida que en su mayor parte provenía de la despensa del clan Park, entraron en el salón para empezar a servir el banquete. Su padre había tenido que entregarles esa comida a los Jeon después de perder una estúpida apuesta meses atrás.

Yoongi observó a Jimin un instante y después le señaló que caminase delante de él en dirección a la mesa presidencial. El doncel suspiró aliviado al ver allí a Seokjin acompañando a su marido. En medio de aquel mar de rostros desconocidos, el esposo del Laird era como un rayo de luz. Un rayo de luz cansado, pero reconfortante de todos modos.

Seokjin le salió al encuentro con una sonrisa en los labios.

—Jimin, estás precioso. Hoy ningún doncel tiene alguna posibilidad a tu lado.

Él se sonrojó al oír el halago. A decir verdad, a Jimin le daba un poco de vergüenza haberse casado con la misma túnica que llevaba el día de su casi boda con Jungkook. Tenía la sensación de que estaba muy arrugado y se sentía poco arreglado y nada especial. Pero el tono sincero de Seokjin le dio ánimos y lo hizo sentirse más seguro de sí mismo.

El joven le cogió las manos con intención de reconfortarlo un poco más.

—¡Oh, tienes las manos heladas! —exclamó—. Tenía muchas ganas de presenciar el enlace, espero que aceptes mis disculpas.

—Por supuesto —afirmó Jimin con una sonrisa sincera—. ¿Cómo está Taehyung hoy?

La mirada de Seokjin pareció un poco menos preocupada.

—Vamos, sentémonos para que puedan empezar a servir y te lo contaré.

Jimin se enfadó consigo mismo al notar que buscaba con la mirada el gesto de aprobación de su recién estrenado marido. Apretó los dientes y se dirigió a la mesa, sentándose al lado de Seokjin. No llevaba ni cinco minutos casado y ya se estaba comportando como un tonto sin cerebro.

Aunque, a decir la verdad, Yoongi le daba miedo. Jungkook no. Y Namjoon tampoco le había intimidado.

Pero el hermano menor le asustaba.

Confió en que sentarse al lado de Seokjin le diese un momento de respiro antes de que Yoongi fuese a su encuentro, pero no tuvo esa suerte. Su esposo apartó la silla que había justo al lado de la suya y se sentó tan cerca que todo su muslo quedó pegado al de él.

Sería de muy mala educación y todo el mundo se daría cuenta, si se apartaba y se acercaba más a Seokjin, así que Jimin optó por ignorar a Yoongi. No podía olvidar que ahora él tenía todo el derecho del mundo a tratarlo con esa familiaridad. Al fin y al cabo, estaban casados.

Se quedó sin aliento al comprender que esa noche Yoongi intentaría reclamar sus derechos maritales. De hecho, sólo podía pensar en la noche de bodas y en la importancia que se le daba al acto de perder la virginidad. Todos los donceles hablaban de ello en voz baja cuando los hombres no estaban presentes.

El problema era que Jimin siempre estaba con hombres y que él nunca hablaba a escondidas de nada. A Taehyung se lo habían llevado de su lado mucho antes de que Jimin sintiese curiosidad por esos asuntos.

Debido a la preferencia que su padre sentía por los jovencitos y dado que prácticamente se había pasado toda la vida preocupado por proteger a Taehyung de él, Jimin sentía arcadas sólo de pensar en el mero acto de la copulación. Y ahora se había casado con un hombre que contaba con... bueno, seguro que él contaba con muchas cosas y, que Dios le ayudara, Jimin no tenía ni idea de en qué consistían. La vergüenza le tiñó las mejillas. Podría preguntárselo a Seokjin. O a alguno de los donceles del clan Jeon. Todos eran extremadamente generosos y habían sido muy amables con él. Pero preferiría esconderse debajo de la mesa a confesarles lo ignorante que era respecto a esos menesteres. Jimin podía blandir una espada mejor que muchos guerreros. Sabía luchar. Era rápido y podía ser implacable cuando lo provocaban. No era delicado ni se mareaba al ver sangre.

Pero no tenía ni idea de cómo besar.

—¿No vas a comer? —le preguntó Yoongi.

El doncel levantó la vista y vio que la mesa estaba lista y que le habían servido la comida. Su esposo había tenido el detalle de cortarle un trozo de carne y colocarlo en su plato.

—Sí —susurró.

A decir verdad, estaba hambriento.

—¿Prefieres agua o cerveza?

Jimin nunca bebía, pero en un día como ése pensó que sería una buena elección.

—Cerveza —dijo y esperó a que Yoongi le llenase la copa. Iba a tomarla, pero el guerrero se le adelantó y lo sorprendió probándola antes.

—No está envenenada —sentenció, antes de deslizar la copa hacia Jimin.

Jimin lo miró atónito sin comprender qué acababa de suceder.

—¿Y si lo hubiese estado?

Él le tocó la mejilla. Sólo una vez. Fue una caricia afectuosa, probablemente no podría definirse como cariñosa, pero fue agradable y reconfortante.

—Entonces no te habrías envenenado ni habrías muerto. Ya hemos estado a punto de perder a un Jeon por culpa de un acto tan cobarde y no voy a correr el riesgo de que vuelva a suceder.

—Pero ¡eso es ridículo! —exclamó boquiabierto—. ¿Acaso crees que si hubieses muerto tú habría sido mejor?

—Jimin, acabo de jurar delante de Dios que voy a protegerte. Eso significa que estoy dispuesto a arriesgar mi vida por ti y por los hijos que vamos a tener algún día. Hay una víbora oculta entre nosotros que ya ha intentado envenenar a Namjoon una vez y ahora que tú y yo estamos casados, ¿se te ocurre una manera más eficaz de poner punto final a la alianza entre nuestros clanes que matándote?

—También podrían querer matarte a ti —se sintió obligado a señalar.

—Sí, supongo que es una posibilidad. Pero si muere el único heredero de los Park, entonces tu clan se desmoronará y a Lee Jae Hwan le resultará mucho más fácil conquistarlo. Tú eres el factor clave de esta alianza, Jimin. Tanto si quieres creerlo como si no, sobre tus hombros recae una gran responsabilidad. Te garantizo que no va a resultarte fácil.

—Ya lo sé, nunca había pensado lo contrario.

—Chico listo.

Yoongi jugueteó con el borde de la copa antes de acercarla más hacia Jimin. Entonces la levantó y la llevó a los labios de él, igual que haría cualquier recién casado con su esposo durante el banquete de bodas.

—Bebe, Jimin, se te ve exhausto. Y estás nervioso. Pareces tan tenso que es imposible que estés cómodo. Bebe un poco e intenta relajarte. Nos espera una tarde muy larga.

Yoongi no le mentía.

Jimin se pasó horas sentado, presenciando un brindis tras otro. Brindaron por los Jeon y por la nueva heredera del clan. Namjoon y Seokjin eran los felices padres de una recién nacida que iba a heredar una de las porciones de tierra más grandes y estratégicas de toda Corea.

Brindaron por Jungkook y Taehyung. Por la salud de éste. Y después empezaron los brindis por su matrimonio con Yoongi. En algún momento, el tono de los brindis degeneró y pasaron a centrarse en la reputación de Yoongi como buen amante, hubo incluso un par de Lairds que apostaron sobre cuánto tiempo iba a tardar Jimin en quedar embarazado.

Al doncel le pesaban los párpados y no estaba seguro de que sólo se debiese a lo eterno que se le estaban haciendo esos brindis. Le habían llenado la copa más veces de las que era capaz de recordar y lo había vaciado otras tantas, haciendo caso omiso de lo encogido que se sentía el estómago y de las vueltas que le daba la cabeza.

El Laird Jeon había decretado que, a pesar de la multitud de temas pendientes que tenían por resolver y de la infinidad de decisiones que debían tomar cuanto antes, esa noche sólo iban a celebrar el enlace de su hermano pequeño.

Jimin sospechaba que el responsable de eso era Seokjin y pensó que éste no tendría que haberse tomado tantas molestias. En lo que a Jimin respectaba, no había nada que celebrar.

Miró a Yoongi y vio que estaba apoyado contra el respaldo de la silla, observando aburrido al resto de los comensales. Insultó a un hombre cuando éste hizo una insinuación de muy mal gusto sobre su hombría, y Jimin se estremeció y dejó la mente en blanco para ver si así lograba olvidar el comentario.

Bebió un poco más de cerveza y dejó la copa encima de la mesa con tanto ímpetu que él mismo se asustó. Nadie pareció darse cuenta, algo que probablemente se debía a que había muchísimo ruido. La comida empezó a desdibujarse delante de él y sólo pensar en llevarse algo a la boca, a pesar de que Yoongi le había cortado la carne en pequeños trozos, le revolvía el estómago.

—Jimin, ¿estás bien?

La pregunta de Seokjin pronunciada en voz baja le sorprendió y lo sacó de su estado de ensimismamiento. Entonces miró a su anfitrión y vio que éste se duplicaba ante sus ojos.

—Me gustaría ver a Taehyung —soltó de repente.

Si al esposo del Laird le pareció raro que quisiera estar con su primo el día de su boda, no lo manifestó.

—Si quieres, puedo acompañarte.

Jimin suspiró aliviado y empezó a levantarse de la silla, pero Yoongi lo sujetó por la muñeca y tiró de él hacia abajo con cara de pocos amigos.

—Me gustaría ir a ver a Taehyung, ya que no ha podido asistir a la boda —le explicó el doncel—, con tu permiso, por supuesto.

Casi se atragantó con sus propias palabras.

Yoongi se quedó observándolo unos segundos y aflojó los dedos con que le rodeaba la muñeca. —Puedes ir.

Sonó tan autoritario. Tan... marido.

A Jimin se le encogió el estómago y se disculpó con el Laird. Estaba casado. Dios santo, estaba casado. Se suponía que tenía que pedirle permiso a su esposo. Y que tenía que obedecerlo.

Le temblaban las manos cuando siguió a Seokjin hacia la escalera. Caminaron en silencio con un guerrero de Namjoon pegado a los talones, porque el esposo del Laird no iba a ninguna parte sin escolta. Cielos, ¿acaso Yoongi daba por hecho que él también iba a dejar que lo manejasen tan fácilmente? Jimin se ahogaba sólo con pensar que no iba a poder ir a ningún lado sin un acompañante respirándole en la nuca.

Llegaron a la puerta del dormitorio de Taehyung y Seokjin llamó con los nudillos con suavidad. Jungkook abrió y éste habló en voz baja con el que ahora también era el hermano político de Jimin.

Él asintió y se apartó.

—No se queden demasiado. Se cansa con facilidad.

Jimin observó de reojo al que habría podido convertirse en su marido y no pudo evitar compararlo con su hermano menor, el hombre con el que finalmente se había casado.

Era innegable que los dos eran grandes guerreros, aunque, sin saber muy bien por qué, Jimin pensó que probablemente preferiría estar casado con Jungkook. No parecía tan... frío como Yoongi. Ni tan indiferente. Ni muchas otras cosas.

Jimin era incapaz de determinar el motivo, pero había algo en los ojos de su marido que lo asustaba y lo desconcertaba, que lo hacía sentirse como si fuese la presa de un animal hambriento. Yoongi lo hacía sentirse pequeño, indefenso...

—Hola, Jimin —lo saludó Jungkook—, felicidades por tu matrimonio.

Bastaba con mirar a los ojos del hombre para saber que aún se sentía un poco culpable y, aunque el doncel no le guardaba ningún rencor, al fin y al cabo, el guerrero no había podido evitar enamorarse de Taehyung, todavía le dolía que lo hubiese humillado dejándolo plantado ante el altar.

—Gracias —murmuró.

Esperó a que Jungkook pasase por su lado y entonces entró en el dormitorio.

Taehyung estaba recostado en una gran cantidad de almohadas. Se le veía pálido y tenía la frente arrugada por el cansancio, pero le sonrió a Jimin cuando sus miradas se encontraron.

—Siento haberme perdido tu boda —le dijo.

Jimin le sonrió a su vez y se acercó a la cama. Se sentó en un extremo para no molestarlo, y entonces le cogió la mano.

—No tiene importancia, yo apenas me acuerdo.

Taehyung intentó reírse, pero el dolor le transformó el semblante.

—Tenía que verte —susurró Jimin—, hay algo... necesito pedirte un consejo.

Su primo abrió los ojos sorprendido y miró a Seokjin, que estaba detrás de Jimin.

—Claro. ¿Te parece bien que se quede? Es de toda confianza.

Él miró indeciso en dirección al otro doncel.

—Tal vez podría ir a buscarles algo de beber —sugirió Seokjin—, así tendrán un ratito para hablar a solas.

—No, espera —suspiró Jimin—. A decir verdad me irá bien escuchar también tu opinión. Al fin y al cabo, Taehyung hace poco que se ha casado.

Un leve rubor tiñó las mejillas de éste y Seokjin se rió.

—Entonces pediré que nos suban algo de beber y así podremos hablar tranquilamente. Tienes mi palabra de que nada de lo que digas saldrá de esta habitación.

Jimin le miró agradecido y acto seguido el esposo del Laird se dirigió a la puerta para darle instrucciones a Minho, el guerrero que los había acompañado.

—¿Cómo de gruesa es la puerta de esta habitación? —le preguntó Jimin a Taehyung en voz baja.

—Te aseguro que no se oye nada desde el otro lado —le contestó el joven, con un brillo especial en los ojos—. Dime de qué quieres hablar.

Jimin esperó a que Seokjin volviese junto a ellos y entonces, sintiéndose como un tonto por ser tan ignorante, se lamió nervioso el labio inferior.

—Del lecho matrimonial.

—Ah —dijo Seokjin, comprensivo.

—Pues sí, ah —asintió Taehyung.

Jimin soltó exasperado el aliento.

—¿Qué voy a hacer? ¿Qué se supone que tengo que hacer? No sé nada de los besos ni de la pasión ni... de nada. Yo solo sé utilizar la espada y luchar.

Seokjin lo miró compasivo y la burla abandonó por completo su mirada. Cubrió la mano de Jimin con una de las suyas y se la estrechó cariñoso.

—No hace mucho tiempo, yo estaba igual que tú como estás ahora y les pedí consejos a las mujeres y donceles del clan. Te aseguro que fue una experiencia esclarecedora.

—Sí, yo también he pasado por esto —reconoció Taehyung—. Ninguno de nosotros ha nacido enseñado y tampoco hemos tenido una madre o padre doncel que nos lo haya explicado —miró a Jimin compasivo—. Asumo que tu madre nunca habló de estos temas tan delicados contigo.

Su primo sorbió por la nariz.

—En cuanto me creció el trasero me dejó de lado.

—¿Te ha crecido el trasero? —le preguntó Taehyung, levantando ambas cejas.

Jimin se sonrojó y bajó la vista hacia su regazo. Si Taehyung, o cualquiera, supieran lo que se escondía debajo de aquellas vendas... su esposo pronto lo averiguaría, a no ser que él encontrase la manera de consumar el matrimonio de otra forma.

—No es tan difícil, Jimin —le sonrió Seokjin—. Los hombres hacen casi todo el trabajo y al principio es mejor así. Cuando aprendas cómo funcionan las cosas, entonces ya podrás llevar las riendas.

—Jungkook es un amante maravilloso —confesó Taehyung con un suspiro.

Seokjin se sonrojó y se aclaró la garganta.

—Yo no miento si digo que al principio creía que a Namjoon no se le daba demasiado bien. En nuestra noche de bodas, tuvo que darse mucha prisa, porque nos atacaba el ejército de Lee Jae Hwan. Pero te aseguro que más tarde se encargó de compensarme y vaya si lo consiguió. Con creces.

Jimin miraba alternativamente de un doncel a otro, sintiéndose más incómodo por momentos. Ambos tenían la mirada perdida y les cambiaba la voz cuando hablaban de sus esposos. Jimin era incapaz de imaginarse a sí mismo reaccionando así por Yoongi. Él sencillamente era demasiado... duro. Sí, ésa era una buena descripción.

Una llamada en la puerta interrumpió la conversación y los tres donceles se quedaron en silencio. Seokjin le dio permiso al desconocido para pasar y Minho entró en el dormitorio, mirándolos con desaprobación.

—Gracias, Minho —le dijo Seokjin cuando éste dejó la jarra y las tres copas en la mesilla de noche que había junto a la cama de Taehyung—. Puedes retirarte.

El guerrero frunció el cejo y salió de la estancia. Jimin miró a Seokjin preguntándose cómo era posible que éste aceptase un comportamiento tan insolente por parte de uno de los hombres de su marido, pero el joven se limitó a sonreírle satisfecho y a servir el vino en las copas.

—Sabe que no tramamos nada bueno y lo está matando no poder decir nada.

Seokjin le dio una copa a Jimin y después colocó con cuidado otra en la mano de Taehyung. —Supongo que me servirá para calmar un poquito el dolor —comentó éste.

—Lo siento, Taehyung. ¿Prefieres que nos vayamos? No quiero que te encuentres peor por mi culpa —dijo Jimin.

Su primo bebió un sorbo de cerveza y se recostó en las almohadas con un suspiro.

—No, estaba a punto de volverme loco por no poder salir de estos aposentos. Me gusta tener compañía. Además, tenemos que quitarte ese miedo que tienes a tu noche de bodas.

Jimin vació la copa y extendió el brazo en dirección a Seokjin para que volviese a llenársela. Tenía el presentimiento de que aquella conversación no iba a gustarle.

—No tienes nada que temer —lo tranquilizó Seokjin—. Estoy convencido de que Yoongi sabrá cuidarte —arrugó la nariz—. Da gracias de no tener un ejército pisándote los talones. Yo no tengo demasiado buen recuerdo de mi noche de bodas.

Jimin notó que le bajaba toda la sangre de la cabeza.

—Cállate, Seokjin. No estás ayudando —le riñó Taehyung.

Seokjin le dio unas palmaditas a Jimin en la mano.

—Todo saldrá bien, ya lo verás.

—Pero ¿qué se supone que tengo que hacer?

—Dime qué sabes exactamente —propuso Taehyung—. Será mejor que empecemos por ahí.

Jimin cerró los ojos avergonzado y vació la copa. —Nada.

—¡Cielo santo! —exclamó Seokjin—. Yo era bastante ignorante, pero al menos las monjas del monasterio se aseguraron de que conociera los principios básicos.

—Creo que lo mejor será que seas sincero con Yoongi y le digas que tienes miedo —sugirió Taehyung—. Diría muy poco de él que no se preocupase por los temores de su esposo. Sólo con que sea la mitad de buen amante que Jungkook, te aseguro que no tienes de qué preocuparte.

Seokjin se rió ante esas palabras y Jimin extendió el brazo para que su anfitrión volviese a llenarle la copa.

La última persona del mundo a la que quería contarle que tenía miedo a la noche de bodas era a Yoongi. Seguro que se reiría de él. O, peor aún, seguro que lo miraría con aquella indiferencia que lo hacía sentirse tan... insignificante.

—¿Me dolerá? —se obligó a preguntar.

Seokjin apretó los labios mientras lo pensaba y Taehyung frunció el cejo un segundo.

—No es demasiado agradable, si te soy sincero. Al menos al principio, pero si el hombre sabe lo que hace, el dolor desaparece al cabo de poco y termina resultando muy placentero.

—Repito —se burló Seokjin—, siempre y cuando no te persiga un ejército.

—Deja de decir lo del ejército —lo reprendió Taehyung exasperado—. No hay ningún ejército.

Entonces, los dos donceles se miraron y se echaron a reír hasta que Taehyung se quejó de dolor y se desplomó en las almohadas.

Jimin se limitó a mirarlos y confirmó que eso del lecho matrimonial no estaba hecho para él. Bostezó y, curiosamente, la habitación giró ante sus ojos. Notaba como si la cabeza le pesase una tonelada y cada vez le costase más mantenerla erguida.

Se levantó del extremo de la cama donde estaba sentado y se dirigió hacia la puerta, molesto consigo mismo por su cobardía. Se estaba comportando como un... bueno, como un doncel normal.

Para su vergüenza, cuando el frío viento de la noche levantó las pieles que hacían de cortina y le azotó el rostro, descubrió que en vez de detenerse en la puerta, se había detenido frente a la ventana. —Cuidado, Jimin, ven por aquí —le dijo Seokjin al oído.

Y lo acompañó hasta una silla que había en la esquina del dormitorio, donde lo ayudó a sentarse. —Tal vez sea mejor que te quedes aquí un rato. No sería aconsejable que bajaras la escalera en este estado, y no queremos que los hombres se enteren de que hemos estado bebiendo.

Jimin asintió. A decir verdad, se sentía un poco raro. Sí, sería mejor que esperase a que la habitación dejase de girar a su alrededor.

( . . . )

Yoongi miró hacia la escalera por enésima vez y Namjoon se movió también impaciente. Jimin y Seokjin llevaban mucho tiempo fuera. La noche había avanzado y Yoongi quería poner punto final al banquete de bodas.

Vaya banquete. Su novio había estado tenso y distante durante toda la ceremonia y al llegar al comedor se había sentado en silencio mientras los invitados hablaban a su alrededor.

A juzgar por su comportamiento, era obvio que a Jimin todavía le gustaba menos que a él la idea de haber contraído matrimonio. Los dos habían accedido porque era su deber. Y ahora Yoongi tenía el deber de consumar la unión.

Notó que se excitaba y el deseo que lo embargó lo tomó completamente desprevenido. Hacía mucho tiempo que no sentía algo así por ninguna mujer o doncel. Aunque Jimin siempre le había causado ese efecto.

Se había avergonzado de sí mismo por reaccionar con tanta intensidad ante el prometido de su hermano. Era desleal e irrespetuoso sentir ese deseo quemándole las entrañas.

Pero no importaba lo mucho que se maldijese, bastaba con que viese al joven para que su cuerpo volviese a la vida y ardiese de lujuria.

Y ahora Jimin era su esposo.

Volvió a mirar hacia la escalera y entonces buscó con la vista el consentimiento de Namjoon. Había llegado el momento de que fuese en busca de su doncel y se retirase a sus aposentos.

Su hermano asintió y se puso de pie. Que el monarca siguiese sentado disfrutando de la velada no parecía tener importancia. Namjoon se limitó a anunciar que la celebración había llegado a su fin y que los allí presentes harían bien en acostarse.

Volverían a reunirse por la mañana y entonces empezarían las negociaciones. Namjoon tenía que reclamar el legado que le correspondía a su hija y debían prepararse para la inminente guerra contra Lee Jae Hwan.

Yoongi siguió a su hermano hacia la escalera, donde los estaba esperando Minho.

—Sir Jeon se ha retirado a sus aposentos hace una hora para despertar y amamantar a la pequeña —le explicó a Namjoon.

—¿Y mi esposo? —preguntó Yoongi con voz ronca.

—Todavía está en el dormitorio de Taehyung. Jungkook está en los antiguos aposentos de él, pero está perdiendo la paciencia y quiere volver a su habitación.

—Puedes decirle que Jimin se irá dentro de un minuto —aseveró Yoongi, dirigiéndose hacia la puerta.

Llamó, pero sólo porque era la habitación de Taehyung y no quería sobresaltarlo. Era un insulto hacia él que Jimin se hubiese pasado allí tanto rato, sin participar en los festejos de su boda.

Entró en cuanto oyó que su cuñado le daba permiso.

Suavizó la expresión al ver a Taehyung todavía malherido recostado en las almohadas. Parecía estar a punto de caerse de la cama y corrió a ayudarlo. Bastaba con mirarle a los ojos para ver que estaba exhausto y se quejó de dolor cuando él lo ayudó a sentarse mejor.

—Lo siento —masculló el guerrero.

—No pasa nada —dijo el joven con una leve sonrisa.

—Vengo a buscar a Jimin —frunció el cejo al ver que su esposo no estaba presente.

—Está allí —le dijo Taehyung, señalando la esquina con el mentón.

Yoongi se dio media vuelta y, para su sorpresa, descubrió a Jimin sentado en una silla, completamente dormido, con la boca abierta y la cabeza apoyada en la pared. Escudriñó el dormitorio y se fijó en la jarra de cerveza y las copas vacías.

Suspicaz, se acercó a la jarra y vio que ya no quedaba ni una gota de líquido. Entonces, volvió a mirar a Taehyung, que tenía los ojos abiertos como platos, y a Jimin, que ni siquiera había movido un músculo. Recordó también que durante el banquete su esposo había bebido y apenas comido.

—¡Están borrachos!

—Tal vez —farfulló Taehyung—. Oh, está bien, lo estamos.

Yoongi negó con la cabeza. Tontos inconscientes.

Caminó hacia Jimin pero la suave advertencia de Taehyung lo detuvo:

—Sé cariñoso con él, Yoongi. Tiene miedo.

Él observó al doncel desmayado en la silla y se volvió despacio hacia su cuñado.

—¿Por eso ha hecho esto? ¿Se ha emborrachado porque me tiene miedo?

Taehyung arrugó la frente.

—No te tiene miedo a ti exactamente, aunque supongo que también hay parte de eso. Yoongi, Jimin no... no sabe... ignora... no tiene...

Se detuvo y se sonrojó de pies a cabeza.

—Sé a qué te refieres —lo interrumpió el guerrero, también incómodo—. No te ofendas, Taehyung, pero este asunto sólo nos concierne a nosotros dos. Voy a llevármelo de aquí, y tú tendrías que estar descansando, en vez de bebiendo cantidades indecentes de alcohol.

—¿Te han dicho alguna vez que eres demasiado estricto? —se quejó Taehyung.

Yoongi se agachó y deslizó los brazos por debajo del pequeño cuerpo de Jimin para levantarlo. Le sorprendió ver que apenas pesaba y le gustó la sensación de tenerlo sujeto de ese modo. Era... agradable.

Se dirigió a la puerta y ordenó a voces a Minho, que estaba de pie al otro lado, que abriese. En el pasillo, se encontró con Jungkook, que lo miró confuso e intrigado.

—Ocúpate de tu propio esposo —le dijo con brusquedad—. Seguro que ya ha perdido el conocimiento.

—¿Qué? —exclamó Jungkook, preocupado.

Yoongi hizo caso omiso de la angustia de su hermano y siguió caminando hacia su dormitorio. Abrió la puerta con el hombro y, con cuidado, tumbó a Jimin en la cama. Suspiró y dio un paso atrás para observarlo.

Así que el pequeño guerrero estaba asustado. Y para huir de él se había emborrachado hasta perder la conciencia. Eso distaba mucho de ser un cumplido, pero supuso que no podía culparlo. Él tampoco había sido... bueno, él no había sido muchas cosas.

Negó con la cabeza y empezó a desnudarlo hasta dejarlo sólo con la ropa interior. Le temblaban las manos cuando alisó el camisón de lino por encima del cuerpo de Jimin.

No podía verle nada. Era un doncel delgado, tenía un cuerpo musculoso y bien torneado, muy distinto al de los donceles que Yoongi había visto antes.

Se moría de ganas de levantarle aquella prenda y desnudarlo del todo. Tenía derecho a hacerlo.

Él era su esposo.

Pero no fue capaz.

También podría despertarlo y exigirle que cumpliese con sus obligaciones maritales, pero de repente, se dio cuenta de que quería que los ojos de Jimin brillasen con el mismo deseo que él sentía. Quería oírlo suspirar de placer. No quería que estuviese asustado.

Sonrió y se apartó de la cama. Seguro que al día siguiente, cuando se despertase, a Jimin le dolería la cabeza, y seguro que se preguntaría si había pasado algo durante la noche.

Tal vez la conciencia de Yoongi le impidiese aprovecharse de él y exigirle lo que le pertenecía por derecho, pero eso no implicaba necesariamente que su esposo tuviese que saberlo.

Se tumbó en la cama, a su lado, y los tapó a ambos con las pesadas pieles. El perfume del cabello de Jimin le llegó a la nariz y el calor que desprendía su cuerpo lo atraía sin remedio.

Soltó una maldición y se dio media vuelta hasta quedar tumbado de costado, mirando en dirección contraria.

Para ponérselo todavía más difícil, Jimin murmuró dormido y se pegó a su espalda. Su pequeño y cálido cuerpo se fundió con el suyo de tal modo que Yoongi no pegó ojo en toda la noche.


Yisha

5 de Septiembre de 2021 a las 02:41 0 Reporte Insertar Seguir historia
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