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Max es un joven como ningún otro: dueño de un laboratorio secreto ubicado en una isla remota, tiene el sueño de lograr un descubrimiento revolucionario que cambie la historia de la Humanidad. Con la ayuda de un grupo de científicos rebeldes, irá poco a poco descubriendo secretos del universo y desvelando siniestras conspiraciones.


Ciencia ficción No para niños menores de 13.

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#1. El hombre en la isla


Por: MAGEGG


—Están aquí porque fueron elegidos para trabajar en mi laboratorio —resonó claramente la voz de aquel joven.


El joven de 23 años estaba de pie en medio del círculo, formado por otros cuatro individuos disímiles (dos hombres y dos mujeres), el mayor de los cuales le aventajaba por apenas poco más de diez años en edad.


—En caso de que no se lo hayan imaginado, su viaje hasta este lugar fue patrocinado por mí. Soy dueño y presidente de un laboratorio de talla mundial. Así que les doy la bienvenida a MultiStar.


Gibb, el gordo con playera de Yoda (Star Wars: Clone Wars), lentes especialmente reflectantes y una oscura barba de candado, se rio con escepticismo, sentado en su banquita con los brazos cruzados y una pierna sobre la rodilla.


—Santa madre de los nombres retard —murmuró, enmascarándolo en una tos sarcástica.


Max soltó un bufido irónico, y contraatacó:


—… no tanto como lovelybuns69.


Gibb dio un brinquito de su asiento, visiblemente nervioso, y encogió los hombros, mientras miraba a otro lado.


Max disfrutó el momento, caminó unos pasos alrededor, y soltó:


—Sí. Lo leí todo. Las 347 páginas de tu tema en la deep web. Incluso los comentarios misóginos cada 20 mensajes, y cuando insinúas que la pederastia debería volver a instituirse.


Las dos chicas voltearon, a dedicarle una breve mirada de disgusto. Una gota de sudor le recorrió a Gibb las sienes, se ajustó los lentes, cruzó los brazos y trató de mirar hacia otro lado.


—Fuera de eso, tus teorías astrofísicas son muy buenas —Max se volvió hacia todos los demás, quienes parecían también desviar su mirada, asustados de sus propios secretos—. Lo mismo las de todos ustedes. Es por eso que desde ahora forman parte de mi empresa.


Kat, la chica asiática, con dos cortinas de delgado pelo negro, alzó el cuello negando con la cabeza, aparentemente indignada.


—¿Pero por quiénes nos tomas, por qué no nos enseñas de una vez dónde está la cámara?


Tabatha, una chica pecosa con el cabello cobrizo, retomó su idea:


—Si tu laboratorio es tan importante, ¿cómo es que nunca hemos oído de él?


Max contestó rápido y sin alterarse, con palabras claras y sencillas.


—Hablo de un sitio tan científicamente avanzado que revelar su existencia al Gobierno está prohibido. Incluso el nombre que les acabo de dar es un señuelo que no los llevará a ninguna parte.


Kat emitió una especie de suspiro combinado con trompetilla.


—Y si les estoy hablando de él es porque sé que ustedes ya están dentro —señaló Max. Extrajo su teléfono celular de su bolsillo, y apuntó—. Hace 15 minutos deposité USD$50,000 en las cuentas de banco de cada uno de ustedes. Y habrá más el mes que viene.


Los cuatro invitados se quedaron congelados por un instante. De inmediato, dos de ellos sacaron sus teléfonos y teclearon para ingresar a sus cuentas de banco. En cuanto arrojó la pantalla de inicio, sus ojos se abrieron como platos. Por más de 20 segundos, no fueron capaces de separar la vista de la cifra que se les mostraba.


—… Claro, excepto a ti —Max estiró una mano hacia Gibb—. Porque no tienes cuenta de banco. Pero aquí está tu cheque.

Gibb lo recibió con manos temblorosas, y se quedó mirándolo, comprobando que estuviera a su nombre, al tiempo que se humedecía los labios con la lengua una y otra vez.


—Mi laboratorio es subsidiado por una de las compañías más ricas y exitosas del mundo, que desde luego no les diré de cuál se trata. Pero pueden estar seguros de que es una inversión que vale la pena, ya que con su ayuda lograremos cosas que nadie antes.


En lo que ellos se recuperaban, Max dedicó su discurso habitual:


—Cada uno de ustedes, científicos desempleados, egresados de universidades que no los merecían, ridiculizados por sus investigaciones o simplemente por su aspecto, compartiendo su teoría en círculos tan bajos que resultaría imposible llegaran alguna vez a hacerse famosos. Pero yo reconozco la brillantez cuando la veo, así que desde mañana, trabajarán para mí.


El círculo levantó la vista, sorprendidos por el repentino reconocimiento.


—El chofer pasará por ustedes mañana para llevarlos al laboratorio. Y creo que no es necesario reiterar: no hablen de esto con nadie.


Max quedó de pie, observando a sus invitados, en espera de alguna duda.


—Muy bien. Tengo otros asuntos que atender. Hasta mañana, señores.


Dio un empujón a la puerta de emergencia, y salió. El grupo se puso de pie, desconcertado; ninguno se atrevió a seguir a Max mientras este abandonaba la sala.


Una vez se fue, los científicos empezaron a hablar entre sí, sorprendidos. Todos salvo Gibb, quien desenvolvió una barra de dulce, y comenzó a masticarla con gesto de fastidio.


—Ah, y una cosa más… —la puerta se abrió de improviso y Max asomó medio cuerpo—. A partir de mañana, vas a estar a dieta. Estoy invirtiendo demasiado en ti para que te me vayas antes de los 60.


Gibb se quedó con la boca abierta, Max volvió a salir y azotó la puerta.


Fuera lo esperaba una bicicleta estacionada. Sin hacer mucho barullo, subió y comenzó a pedalear, dejando atrás el complejo donde había sostenido la reunión con los nuevos reclutas. Se alejó rodando por un lado del edifico, paralelo a la larga fila de coloridas personas que hacían su fila para entrar al evento: San Diego Comic-Con.



--O--


6:30 P.M.


Ocaso.


En la cima de su edificio, en una isla apartada al menos 100 kilómetros de cualquier zona habitada, Max revisaba, a solas, su computadora, con algo de tedio.


Había terminado su jornada supervisando las investigaciones del laboratorio, ahora se dedicaba a su pasión: Descifrar las señales del cielo. Vivía, comía y dormía en esa misma sala, una obsesión que consumía su vida, en espera de un logro definitorio.


Las pantallas muestran coordenadas, datos, gráficos y actualizaciones de video en tiempo real de diversos fenómenos astronómicos. Compara los gráficos con atención, hace anotaciones, y por último, se queda observando. Nada ocurre. Suspira. Finalmente, se apoltrona en su consola, sube los pies y comienza a jugar con su teléfono.


Sus instrumentos astronómicos son los más avanzados del mundo, desarrollados con tecnología propia que ni siquiera los ejércitos de cualquier potencia mundial pudieran lograr. Todo, en espera del logro definitivo: un contacto con vida extraterrestre. Si algo llegara a cruzar los cielos terrícolas, sería la primera persona en verlo. Y la primera en estar ahí.


Continúa tecleando en su teléfono, aburrido. Casi bosteza.


De pronto, un fuerte sonido. Una alerta. Una que llevaba toda la vida esperando.


“OBJETO EXTRAÑO ACERCÁNDOSE AL SECTOR”, arrojó la pantalla.


—¡No puede ser…!


“5 VECES LA VELOCIDAD DE LA LUZ”.


Max casi se cae de su asiento, se inclinó prácticamente pegándose a la pantalla, sorprendido.


Sus instrumentos de medición tienen el mayor alcance imaginable, cubriendo rincones de la galaxia. Definitivamente, fue la primera persona en detectarlo. Y apenas un par de segundos después de entrar en el área, el objeto se hallaba en curso de colisión inminente.


“CUERPO SE ACERCA A LA ÓRBITA TERRESTRE”.


Max observó todo, asustado, al tiempo que asombrado.


“VELOCIDAD: ½ VELOCIDAD DE LA LUZ”, informó la pantalla.


La velocidad del objeto se había reducido drásticamente. Ni siquiera la atracción del Sol hubiera conseguido tal desaceleración.


—Calcula el ritmo de desaceleración —Max solicitó a la computadora sin dilatarse.


“EL OBJETO REDUCE SU VELOCIDAD A RAZÓN CONSTANTE DE 50% POR DÉCIMA DE SEGUNDO”.


Max se levantó del asiento, tirando la silla detrás de él.


“Dios mío… Lo está haciendo a consciencia…”, teorizó el joven, sorprendido.


Se perdió un instante en sus pensamientos.


“… No. No está en curso de colisión….” —concluyó. “¡¡Tiene pensado aterrizar!!”


—Computadora: Calcula el sitio de impacto.


“EL OBJETO SE MUEVE EN LÍNEA RECTA, SITIO DE ATERRIZAJE COORDENADAS 46°, 7,5000 MILLAS AL NORTE, ZONA DEL POLO”, arrojó la computadora.


Max no hizo ninguna cosa más. Corrió a toda velocidad y subió las escaleras, presionando un botón en su controlador hasta llegar a la azotea. Se abrió una puerta superior, revelando un moderno vehículo en forma de un jet personal.


“¡Lo sabía! Llegaré antes que nadie”, pensó Max.


El joven subió a la nave con rapidez y se sentó en la cabina. Esta se encendió automáticamente, incluyendo un par de paneles de computadora frente a él.


—Computadora, dirígeme a las coordenadas 46°, 7,500 millas. Modo sigilo —solicitó Max en voz alta.


“DESVÍO DE RADARES ACTIVADO”, emitió la computadora.


La nave se alejó a toda velocidad hacia el horizonte.



--O--


POLO NORTE


Amanecía en el Polo. Apenas llegaban, de forma curva, los primeros rayos de luz. Max, desde su cabina, observó a lo lejos un objeto extraño, descendiendo envuelto en vapor helado.


“VELOCIDAD: 20 KM/H. TIEMPO DE ATERRIZAJE: 3 MINUTOS”, informó la computadora.


Max, sin dejar de ver la pantalla, abrió la guantera de su cabina. Dos guantes de extraño diseño, uno azul y otro rojo.


“Sabía que me serían de utilidad”, pensó.


Tomó ambos guantes y empezó a ajustarlos en sus manos. Al momento de ajustar el puño del rojo, una onda térmica naranja empezó a correr por debajo de su piel.


—Nave, desciende —ordenó Max.


La nave empezó a bajar. A kilómetros de distancia, el objeto alienígena, con un diámetro de unos 10 metros, impactó suavemente contra el suelo, levantando una polvareda de hielo.


—Más te vale que hayas sobrevivido —masculló Max para sí.


La nube de nieve empezaba a disiparse al tiempo que la nave de Max llegó al suelo, extendiendo su tren de aterrizaje. El joven se dirigió a la puerta, con un dispositivo extraño rodeando su cabeza.


La puerta de la nave se abrió y Max salió bajando lentamente las escaleras. Llevaba unos visores cristalinos sobre los ojos, una diadema con antenas en la cabeza, un pesado cubrebocas como máscara antigases, sus oídos cubiertos por lo que parecían dos aparatosos audífonos, todo integrado en un único casco.


Su pecho temblaba mas no de frío sino de emoción, y una fuerte sensación de mariposas le llenaba el vientre.


Mientras las puertas se cerraban, Max se aventuró cautelosamente, poniendo las manos de frente como intentando evitar ser sorprendido. Avanzó de lado, sigilosamente, en espera que el polvo de escarcha acabara de disiparse.


—Muy bien, veamos qué tenemos aquí… Corre análisis.


“- NO HAY EMISIÓN DE TÓXICOS EN EL AMBIENTE.


“- NO SE DETECTAN SEÑALES RADIALES NI FRECUENCIAS FUERA DE LO COMÚN.”


Max presionó un botón en el marco de sus lentes. Su vista cambió a rojo, después a violeta, luego a amarillo.


“- ACTIVIDAD DE RADIO; NORMAL.


“- ÁREAS TÉRMICAS, NORMALES”.


El joven frunció el ceño, intrigando.


“¿Con qué rayos está funcionando su nave…?”, se preguntó Max.


Sin buscar acercarse más, se quedó de pie, observando el hielo dispersarse. No había en los alrededores resto alguno del grande objeto que vio aterrizar. Tan sólo quedaba en el centro un pequeño cúmulo de niebla, que estaba por desvanecerse.


“Vamos”, Max contuvo la respiración.


Y cuando por fin se aclaró, una extraña figura, erguida… Dos extremidades superiores, dos inferiores, tronco y cabeza, erguido, ¡está de pie…! ¡Es humano!


Max lo observó sin dar crédito a sus ojos. Era un hombre maduro, de unos 40 y tantos años, fenotipo caucásica, piel sonrosada, no muy alto, en buena forma, ojos azules, labios gruesos, cabello aparentemente rubio claro, cortado casi al rape.


Llevaba puesto un raro uniforme consistente en una camisa azul con vivos en rojo, y el logotipo de una estrella roja al frente. Sus pantalones y botas eran de corte militar. Estaba erguido, mirando alrededor con expresión de seguridad, casi de altivez.


—¡JO-DER! —Max no pudo evitar exclamar en voz alta, haciendo evidente su presencia.


El hombre le dirigió una mirada, que casi le hizo ponerse a temblar. El sujeto le sostuvo un rato la mirada, y tras un par de segundos pareció preferir ignorarlo.


Max intentó decir algo pero solo alcanzó a atropellar sus propias palabras, contrariado. Finalmente, más decepcionado y confundido que emocionado por la experiencia, atinó:


—¡¿Q---Quién es usted?!


El hombre extraño le devolvió la mirada, abrió los ojos con incredulidad y levantó las cejas, en un gesto aterradoramente humano.


Hvem er du?


Max se sorprendió al escuchar por primera vez su voz. Presionó un interruptor en sus audífonos.


—Traduce —ordenó al aparato.


“NORUEGO”, apareció el texto en el viso de Max. La traducción sonó después en sus oídos: “¿QUIÉN ERES TÚ?”.


—Cambia a traducción automática. Emisor/Receptor —solicitó Max.


La computadora procesó y apareció un icono de un micrófono en la pantalla de su visor. “PREPARADO PARA EMITIR”.

—¿Eres de Noruega? —preguntó Max.

El hombre escuchó, entrecerró un poco los ojos, frunciendo el ceño, al parecer por el sol. Se mojó los labios y contestó:

Stjern-mant.

Intrigado, Max leyó la transcripción fonética en su visor, mientras el traductor corría su análisis de la palabra desconocida.

“- POSIBLE COMBINACIÓN DE PALABRAS: Stjerne = Estrellas | Diamant = Diamante”.

—¿Star-Mant…? —Max movió los labios repitiendo la palabra en silencio.


Se quedó asombrado, sin idea de qué hacer. Tan absorto estaba que no se dio cuenta cuando el hombre comenzó a caminar, y pronto pasó a su lado.


—Espera… ¡Espera, tú! ¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Max en cuanto salió de su estupor—. ¿Eres de los militares?


El hombre siguió caminando, y sin dejar de mirar al frente, respondió.


—No.


Max echó un vistazo atrás, mirando el cráter que dejó al aterrizar y nada más.


¡Espera! ¡¿Dónde está tu nave?!


El hombre siguió caminando a la misma velocidad.


—¿Qué nave? —contestó, nuevamente sin voltear.


Max corrió hasta alcanzar a Star-Mant, y sin saber por qué, le puso una mano en el hombro, aunque sin ánimos de detenerlo. Star-Mant volteó, bajando el ritmo de su marcha.


—¡Eso! ¡NAVE! —Max señaló con el dedo hacia atrás, donde está su propio transporte.


El hombre la miró brevemente, sin interés alguno, y volvió a darse la vuelta y caminar, dejando atrás a Max.


—Lo sé. No nave —contestó Star-Mant, sin voltear.


Max se quedó de pie, contrariado. Se dio la vuelta y miró su jet, sin hallar si regresar o qué hacer.


—¡Oye, oye, ¿A dónde crees que vas? —La voz de Max sonó casi a regaño.


Star-Mant se detuvo un segundo, y volteó.


—La Tierra —respondió.


—¡¿Qué?! — Max parecía a punto de hacer un berrinche. Se encontraba cada vez más contrariado—. ¡¿No tienes idea de dónde estás?! ¡¿O a dónde…?!


El hombre ni siquiera volteó a verlo. Solo siguió su marcha a paso constante.


—¡Dime a dónde te diriges! —Max corrió hasta sobrepasar a Star-Mant y luego se paró frente a él, gritándole casi furioso—. ¡Puedo llevarte, en mi nave! —le ofreció, señalando su jet con el dedo.


El hombre le dedicó apenas una mirada. Tras un segundo, apartó el brazo de Max con su mano y siguió avanzando.


—No. Caminar.


Max se quedó rabiando en su lugar, mientras miraba al sujeto alejarse.


Era increíble cómo en tan solo un minuto Max había pasado del triunfo a la sorpresa, luego al estupor, y ahora a la frustración. Ahora se sentía agotado.


Enfadado, corrió directamente hacia su nave.


“No puedo dejar que esta se me escape”, se dijo Max, de forma maquiavélica.


Subió a la nave y volvió a encenderla. El jet despegó elevándose verticalmente apenas unos 20 metros sobre el suelo, y avanzó en línea recta. Desde la cabina, Max miró hacia abajo: el sujeto seguía caminando sin prisa alguna.


—¡Por la ciencia! —gritó Max entre dientes.


Presionó un botón, y una cuerda se desprendió de la nave. Algo en la punta de la cuerda se abrió desplegando una clase de red. Star-Mant fue envuelto enseguida y presionando un botón Max comenzó a izarlo, mientras el hombre solo mira alrededor, sorprendido mas no preocupado.


—¡Te lo dije! ¡Te llevaré en mi nave! —balbuceó Max, sintiendo cómo triunfaba.


El hombre mira hacia arriba, con una expresión solamente de seriedad.


—Te lo dije. Caminar —expresó calmadamente.


El hombre estiró un brazo hacia arriba, como apuntando a la nave, y de repente su su brazo se estiró con velocidad, tomando una forma como un triángulo terminado en punta.


—¡¿QUÉ RAYOS…?! —Max se cubrió con las brazos mientras la punta ocupaba una de sus pantallas.


El brazo extendido de Star-Mant golpeó directamente un ala del jet, atravesándola como si de una hoja de papel se tratara. La luz de la cabina parpadeó y el fuselaje se enciende en llamas. Max intentó desesperadamente abrir la cabina, contemplando cómo los restos del ala se desprendían.


La nave empezó a precipitarse al suelo, mientras Star-Mant se libraba con facilidad de la red, aterrizando suavemente sobre la costra de hielo polar. Una vez se vio libre, Star-Mant siguió caminando calmadamente, al tiempo que detrás de él la nave de Max se desplomaba sobre el suelo, ardiendo en llamas.


—Odio las naves.


En el sitio del siniestro, el humo empezaba a disiparse. Max acababa de aterrizar en un asiento eyector con paracaídas, con apenas algunos raspones. El joven científico tosió con dificultad, derrotado, y alzó la vista. A lo lejos Star-Mant seguía andando, quién sabe a dónde, sin prestar la menor atención ni molestarse en mirar atrás.


—¡Hijo de $&#...! — rechinando los dientes de furia, sacó un interruptor del bolsillo y presionó un botón.


De inmediato, los restos de su jet explotaron, una y otra vez, borrando cualquier evidencia de que hubiera estado ahí. Seguido de esto, Max sacó de su bolsillo un transmisor especial, y presionó un botón.


“SOLICITANDO NAVE DE RESCATE. DIRIGIÉNDOSE HACIA ACÁ, TIEMPO DE ARRIBO: 1 HORA”


Un foquito en el transmisor comienza a parpadear. Max lo volvió a guardar en su bolsillo.


Cansado y harto de batallar, el joven científico suspiró y miró un momento al cielo.


Pero al cabo, volvió a mirarlo, andando hacia el horizonte. No dejaría ir al sujeto. Arrancó una mochila de emergencia del asiento y la cargó sobre sus doloridas espaldas.


—En el nombre de la ciencia… —suspiró el joven, agotado, mientras emprendía la marcha tras Star-Mant, esta vez cuidadoso de guardar su distancia.


CONTINUARÁ…


CRÉDITOS

Escrito por: Magegg

Max y Star-Mant basados en personajes creados por: Dark Reed

Todos los demás personajes creados por: Magegg

Diseño de personaje: Magegg

Portada e ilustración: Victor Rodriguez

29 de Agosto de 2021 a las 23:48 0 Reporte Insertar Seguir historia
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