b43psae Julieta

Ronnie Díaz no es buena haciendo amigos y cuando consigue hacerlo se hace amiga de un criminal y... Bueno, Jeon Jungkook tiene tatuajes y es un solitario lobo malo... El solitario y encantador lobo malo. Y arribó Stoneville esa mañana. Advertencia: -Esta obra trata temas de violencia intrafamiliar y contiene violencia en general. -Esta obra NO contiene sexo explícito.


Fanfiction Bandas/Cantantes No para niños menores de 13.

#sliceoflife #bts #jeonjungkook #badboygoodgirl #emotivo #protagonistafemenina
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Invierno

He pasado casi la mitad de mi vida en salas de espera de hospitales y aún no termino de acostumbrarme. Y ahora, estando ahí, me he dado cuenta de que Jungkook tendido de esa forma es mucho más alto y de que se ve mucho más pálido.

Dejo salir una risita nerviosa, casi involuntaria porque estoy segura de que no tiene ni idea de lo mucho que he estado esperando por él.

Seúl me aterra en todos los sentidos. Su aire desconocido y edificios imponentes me hacen entender que las coincidencias en realidad son una cosa muy improbable.

Y que sí, que Jeon Jungkook es un lobo solitario, pero que en realidad es uno muy encantador.

¿Qué si yo era la chica buena? No sabría cómo responder a eso. Soy más bien algo así como un personaje secundario. Uno de esos que son la mar de extraños, que coleccionan flores e insectos en una caja, de esos que nunca quieren involucrarse demasiado. Sí, un personaje secundario al que por ninguna razón al escritor se le hubiese ocurrido cruzar en el camino de Jeon Jungkook, pero que aun así, nuestras líneas comenzaron a colisionar en algún punto.

Mis dedos se pegan al cristal.

Hay muchas cosas que quiero decir, pero hay muchas cosas más que quiero decir sobre Jeon Jungkook y para eso quizá deba iniciar desde el principio.

Stoneville era un pueblo pequeño, ubicado en alguna parte de América del Norte casi desconocida, que era visitado con regularidad por las ciudades vecinas cuando querían un descanso de la ajetreada vida urbana.

Mis días comenzaban y terminaban siempre de la misma manera. Con Jamie esperándome en la camioneta vieja y tocando el claxon sabiendo que eso nunca haría que me diera prisa.

—Siempre me he preguntado... ¿qué tanto haces que se te hace tarde para todos lados? ¡Carajo! —se quejó mientras me ayudaba a meter mis cuadernos que traía en un brazo y me arrancaba la mochila vacía del otro—. ¿Y por qué nunca guardas tus cosas antes de salir de casa?

—Quise posponer mi alarma, pero terminé apagándola—respondí haciendo a un lado la rama del árbol que siempre se asomaba dentro en nuestro respectivo cajón de estacionamiento para poder entrar, pero me detuve al sentir que estaba dejando algo importante—. ¡Espera! ¡Ya vuelvo! ¡Olvidé las tostadas! —me di la vuelta en un sólo pie para correr de nuevo a casa.

Jamie apretó con más fuerza la bocina del claxon, esta vez riéndose cuando yo gruñí de molestia.

—Buenos días, Ronnie —dijo la embarazada señora Smith, en su delgada bata de tela blanca con una taza de café mañanero en su mano.

«Oh, cielos. Cada día parece más un globo». Pensé yo.

—¡Buenos días, señora Smith! —respondí saltando escaleras abajo, disimulando el último torpe paso.

«Oh, cielos. Casi se parte la cara». Pensó ella.

La señora Smith administraba los Rosewald Apartments, un conglomerado de departamentos modestos ocupados principalmente por pequeñas escorias que no tenían dinero suficiente para alquilar en la parte bonita de Stoneville. Ella era la centinela oficial y su esposo, el señor Smith era el dueño legítimo de ese viejo edificio. Si bien no era el mejor lugar para vivir, las rentas les daban un buen abasto, aunque la mayoría de los inquilinos pidiésemos prórroga porque si no, no llegaríamos al final del mes. Los Rosewald Apartments estaban alejados de la zona centro y casi no había vecinos en más de dos kilómetros a la redonda, pero si había muchos pinos.

Volví abriendo la camioneta y le arrojé su respectiva tostada a Jamie.

—Sólo mantequilla de maní —dije poniéndome el cinturón de seguridad, volviendo a apartar la misma rama del árbol que se metía por la ventana.

Cuando miré mi mano, me di cuenta de que estaba vacía, porque en algún punto de mi maniobra, dejé caer la tostada al suelo.

—A veces me cuesta creer que tengas un IQ tan alto... Oh por... ¿Qué estás haciendo ahora?

—Estoy... cortando esta rama, ¿no lo ves?—respondí abriendo la puerta para no sólo maniobrar a través de la ventana.

Jamie me jaló del brazo, cerrando la puerta por mí haciendo a la escarcha caer por el portazo, y luego metió su tostada a mi boca.

—¡No ahora, idiota! Se te hace tarde—me recordó.

—Cierto.

—¿Estás nerviosa? —me preguntó.

—¿Por qué debería de estarlo? —me encogí mirando por la ventana—. Sólo me entrevistarán. No es tan importante...

—¡La universidad es importante! Puedes hablar conmigo sobre cualquier cosa que te incomode...

—El almuerzo te queda horrible —lo interrumpí —. No me mal entiendas. Me encanta el papel de dinosaurios...

Me miró cuestionando el hecho de que recriminara su fatal sazón, pero felicitase la decoración.

—Sí, bueno... —hizo una mueca—. Tú haces las tostadas y yo te llevo a la escuela. Cincuenta, cincuenta... Además, te subes a la acera cuando te estacionas y vas en medio de los dos carriles.

Abrí mis labios indignada, porque era cierto. Jamie siempre decía que por alguna razón, cuando se trataba de tomar el volante, como que mi brillante cerebro se apagaba y mi más primitivo inconsciente ponía el piloto automático. Era capaz de entender temas complejos, pero no podía encender la camioneta al primer intento.

—Pero volviendo al tema, si yo tuviera tu potencial... Dios, que no habría hecho... —dijo melancólico girando a la izquierda, donde los árboles suavemente escarchados comenzaban a rodearnos.

Mastiqué la tostada, algo chiclosa entre mi boca porque sólo tenía mantequilla de maní y no mermelada.

—¿Odias Stoneville? —pregunté sintiéndome mal por él.

Jamie rió tranquilamente. Tenía un brazo afuera de la ventana. Mi hermano era fuerte, quizá algo robusto, razón por la que siempre robaba una que otra mirada de las chicas del pueblo. En otras palabras, era bien parecido. También era un histérico y realmente había días en los que tenía un humor de perros, pero era una buena persona. Él se encargaba de mí. Y me seguía tratando como a una niña. Los mimos y regaños venían por igual. Y porque yo siempre tenía que ir a urgencias. Y él siempre era el que me llevaba.

Como aquella vez que me rompí la pierna cuando me caí del árbol. O cuando me trague una moneda. O cuando salí descalza en invierno y me dio un resfriado de tres semanas. O cuando una oveja ambulante me atacó.

—No lo odio. Me gusta Stoneville. Tengo un trabajo como administrador de las viñas... Y tengo a Doris aquí. Me gusta mi vida —me miró—. Sólo digo que si tú puedes ir y conocer el mundo, lo hagas. Stoneville es agradable, pero es demasiado pequeño y sé que el mundo es mucho mejor allá afuera.

Sus ojos se entristecieron con esa última línea.

No supe exactamente qué responder. Lo cierto es que a mí sí me gustaba Stoneville. Me gustaba ir al autocinema los sábados con Jamie y comer sándwiches en el lago los domingos. Me gustaban mucho los sándwiches.

Y también recordé que a veces había días buenos en casa y a veces días malos.

Sabía que a Jamie le gustaría tener su propia casa y ganar un poco más de lo que ganaba ahora. Pero Jamie estaba atado a este lugar. Nunca pudo entrar a una universidad porque prefirió quedarse en Stoneville y conseguir un trabajo, porque papá era alcohólico, porque no siempre tenía turno y mamá se quedaba en casa a cuidar de ella y de él cuando estaba. Y porque un día de de estos, mamá y papá terminarían matándose si no estábamos ahí.

—Yo estoy atrapado en este pueblo de locos, pero tú, tú sí puedes ir a donde quieras. Estoy seguro de que te espera un futuro brillante —revolvió mi cabello de forma tosca y juguetona—. Todo el mundo tiene buenas referencias sobre ti, Ronnie. Yo más que nadie, creo en ti.

Sonreí. Jamie era algo así como mi admirador y yo era su fan no.1 en los partidos de futbol. Era tal y como él decía: Cincuenta, cincuenta.

El olor de la tierra fría se hizo más potente y preste atención a cada parada de autobús que íbamos dejando atrás. En ese momento pude escuchar las llantas rozar al asfalto.

—¿Y por qué no te has ido? —pregunté.

Jamie suspiró en una sonrisa pequeña. Supongo que de alguna forma él ya sabía que eso no estaba en sus posibilidades y aún así, pudo usar las palabras correctas para apaciguarme.

—Me iré el día que tú te vayas.

—Trato.

Para cuando volví la vista al frente, la zona rural se había quedado atrás y ahora habíamos entrado en carretera.

Jamie tenía razón. No vivíamos mal, pero podríamos vivir mejor. Quizá podríamos tener habitaciones separadas y también más de un baño. Y también, quizá, si nosotros hubiésemos vivido mejor... Jamie habría podido arreglar el cinturón de seguridad del conductor y no sólo el del copiloto... Quizá y sólo quizá, de haber vivido mejor, Jamie no habría tenido que poner su mano frente a mi pecho cuando una luz nos cegó por el frente.

Un claxon estridente. Y luego nada.

Cuando encontraron el cuerpo de Jamie en la carretera, supe que mi Stoneville quedaría marcado para siempre. Me dijeron que accidentes así ocurrían todo el tiempo, en especial en temporadas de invierno, cuando las llantas derrapaban por muy despacio que fueras. También dijeron que era un milagro que yo pudiera volver a caminar.

Yo no podía pensarlo de esa manera. Los milagros no podían ser así de crueles.

27 de Agosto de 2021 a las 03:08 0 Reporte Insertar Seguir historia
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