patypixie Patricia Pixie

Dos chicas, polarmente opuestas entre sí, unen sus voces para crear un acorde perfecto.


LGBT+ No para niños menores de 13.

#amor #maestra #musica #escuela #lesbico
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Veinticinco chiquillos escandalosos son un dolor de cabeza para cualquier persona, incluso para un corazón dulce como el de Leticia. Ella hacía un esfuerzo día a día para hacer que sus alumnos tuvieran un poco de cariño que pudiera alegrar un poco sus días. Aunque la mayoría de ellos, honestamente eran como pequeños rayos de sol la mayor parte del tiempo, había veces en que alguno de ellos, ya sea por tener algunas dificultades en el ámbito familiar o por no comprender bien alguna materia de la escuela, se sintieran un poco decaídos, y entonces, era entonces cuando “Miss Lety”, como los niños generalmente la llamaban, hacía gala de sus mejores armas para sacarles aunque sea una pequeña sonrisita. Algo que a un adulto le podría parecer realmente insignificante, como una paleta de caramelo o una estampa de la caricatura del momento, para un chiquillo podría ser un motivo suficiente para dibujar una sonrisa sobre su rostro.

Ella lo sabía, y por eso, faltando una semana para el regreso a clases, se encontraba en el supermercado, eligiendo con mucho cuidado algunas estampas y dulces (sin mucho azúcar, porque luego los papás se enojaban con ella), para darles algún pequeño obsequio a los alumnos más destacados o a los que necesitaran de un detallito que les alegrara el día. Después de elegir una de estampas de corazones, otras de unicornios, unas de RiverFight (un juego de video que traía de cabeza a muchos niños) y otras de la Princesa Catarina (las niñas morían por ese anime), Lety se disponía a ir al pasillo de los dulces, cuando una cajita brillante llamó su atención. Se trataba de las “Sun Grain”, unas ricas galletas integrales, sin mucho azúcar, que según los blogs de padres y madres de familia, los niños amaban. Además, venían envueltas en paquetitos individuales, lo que las hacían ideales para dárselas como un pequeño obsequio. “Genial”, murmuró Lety para sus adentros. Eran las últimas galletas que quedaban en la tienda. Ella se agachó para tomar la caja. Sin embargo, cuando estaba a un segundo de tomar entre sus manos la cajita de galletas, unas manos delgadas y ágiles se la arrebataron por un costado sin mediar palabra alguna.

— ¡Ups! Para la otra, muévete más rápido—exclamó con una aguda vocecilla la persona dueña de las manos ágiles.

— ¡Qué grosera!֫—exclamó Lety, alzando la vista como rayo— ¿Qué en tu casa no te enseñaron buenos modales?

Cuál fue su sorpresa al voltear y darse cuenta de que había iniciado una pelea con una chica de cabello claro, bastante alta y mal encarada, que la miraba con un cierto desdén.

—Pues sí, me enseñaron buenos modales—sonrió burlonamente la rubia—Pero también me enseñaron a no dejarme ganar por cualquier personita insignificante.

— ¿Me estás llamando ordinaria? ¡Vaya contigo! Te podría decir algunas verdades, pero no tengo tiempo extra como para perderlo contigo. ¡Quédate con las galletas, maleducada! —replicó Lety, soltando las galletas con una expresión de disgusto sobre su rostro

—A tus ordenes, princesa—canturreó la chica alta, dándose la media vuelta con una sonrisa malvada sobre su rostro—Ha sido un placer negocios contigo.

— ¡Ugh, como digas, pesada! Espero que nunca más nos volvamos a topar

—Lo mismo digo, cariño. No te conozco, pero estoy segura que eres el tipo de gente con la que jamás me gustaría tener algo que ver.

Lety se dio la media vuelta, tomó su carrito y se dirigió a las cajas a toda prisa, casi empujando a una viejecilla en el camino. Francamente, no le había molestado tanto lo de las galletas. Después de todo, probablemente volverían a resurtirlas pronto o podría ordenarlas por internet. Lo que le había molestado era el recordar que ella parecía ser un imán para ese tipo de personas tan groseras. Desde el jardín de niños, hasta las reuniones mensuales con los padres de familia de sus alumnos, Lety estaba segura que desde el día de su nacimiento, alguien le había puesto en la espalda un enorme letrero que decía “Patéame”, porque parecía estar destinada a ser víctima de las más raras agresiones por parte las personas más raras, como aquel compañero de la primaria que le quería arrancar uno de sus aretes a mordidas.

Pero afortunadamente, también la vida la había hecho muy paciente, y por eso, se había salvado en más de una ocasión de meterse en pleitos innecesarios con gente que parecía no tener ni el más mínimo sentido de la decencia. Por eso, Lety optó por no pensar en la rubia, pagó sus compras y se subió en su auto, enfilando rumbo a casa.

Allí la esperaba su rechoncho gato Miles, que la saludó frotándose contra su pierna y emitiendo un adorable ronroneo de bienvenida. La joven comenzó a vaciar sus bolsas del supermercado, cuando de pronto, su teléfono móvil comenzó a repiquetear incesantemente. De mala gana por la confrontación en la tienda, Lety tomó el teléfono y vio que se trataba de un mensaje de parte de mamá. El texto decía: “Hija, ¿te encuentras bien? Hace mucho que no nos escribes o nos llamas. Por favor, no te olvides de nosotros. Con mucho amor, mamá y papá”

Lety no pudo evitar sentir que sus ojos se humedecían un poco al leer ese mensaje. A pesar de todo, a pesar de los malos momentos que ella les había hecho pasar y algunas lágrimas que ella les había hecho derramar, sus padres siempre estaban al pendiente de su bienestar. Ella simplemente sonrió, con un extraño dejo de melancolía, recordando por un instante cómo solían ser las cosas cuando ella vivía en la casa de sus padres.

—Pero esa es historia pasada— le dijo ella a su gato Miles, mientras acariciaba el lomo del minino—Lo que nos queda es esperar al futuro con optimismo. No hay de otra

Miles respondió frotando su blanco pelaje contra las piernas de su dueña. Lety le dio un buen estrujón, mientras observaba por la ventana las estrellas que comenzaban a iluminar el cielo de la ciudad.

6 de Agosto de 2021 a las 15:41 0 Reporte Insertar Seguir historia
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