claramaio Clara Maio

Una desaparición. Un asesinato. Una mujer sola en un país extranjero en busca de su primo. Un importante mafioso a la caza de un asesino. Sus vidas se entrecruzan. Sus casos los unen. El destino los golpea hasta sacudir sus mundos perfectamente estructurados. Celtia Castro y Donald Tramp son como la noche y el día. Ella odia todo lo que él representa. Y él no va a cambiar por ella. ¿Estarán destinados a estar juntos o todo acabará cuando resuelvan sus casos?


Romance Suspenso romántico Sólo para mayores de 18.

#romance #asesinatos #investigación #detectives #desaparición #mafioso
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CAPITULO 1

— ¡No te saldrás con la tuya!

—¿Qué se supone que he hecho esta vez?

—Has asesinado a Velázquez. Acabaré por demostrarlo.

—¿Velázquez ha muerto? —preguntó con una inocencia que, si no lo conociera, hubiera creído que su reacción era sincera.

—Esta vez te encerraré para el resto de tu mísera vida.

Donald Tramp observó al alterado fiscal de distrito con una de sus características miradas indiferentes, tantas veces ensayada en esa misma sala de interrogatorios.

—¿Tienes pruebas? Porque si no, estamos perdiendo el tiempo. Los dos.

El timbre grave de su voz sonó demasiado seco y condescendiente como para que el fiscal no sintiera hervir la sangre.

—Tarde o temprano acabaré contigo. Desde ahora no podrás hacer ningún movimiento sin que se sepa en mi oficina. Estarás vigilado día y noche. Sabré hasta cuando te echas un pedo.

Los labios de Tramp se curvaron en una sonrisa burlona, si bien sus ojos negros permanecieron impasibles y fríos.

—Me elogias con tantas atenciones. No creo ser merecedor de semejante privilegio.

El fiscal enrojeció por la furia contenida.

—¡Eres un maldito cabrón!

—Es una de mis virtudes. Ahora, si no tienes nada más, tengo asuntos más importantes que atender.

Se dirigió a la salida con pasos lentos. Antes de salir, lo miró por encima del hombro.

—Te debo una invitación —sonrió Tramp como un niño travieso, mostrando sus dientes blancos y perfectos—. Las puertas de mi casa siempre estarán abiertas para ti, pásate cuando desees. ¡No olvides la orden!

En cuanto cerró la puerta, el fiscal no logró contenerse por más tiempo y lanzó un fuerte gruñido amenazador, cargado de frustración.

— ¡Cerdo arrogante! ¡Será cabrón!

—No se apure, señor, lo cogeremos tarde o temprano.

—Eso llevamos diciendo años.

***

El agua de la piscina se mecía por el suave ritmo que marcaba la mujer mientras practicaba largos para alejar el aburrimiento.

Cuando los pasos firmes resonaron en las baldosas de piedra, se apresuró a salir con una sonrisa de bienvenida asomando a sus labios. Sin detenerse a alcanzar una toalla, corrió hacia el hombre bien trajeado, que se había detenido junto a la orilla, y buscó los labios que recibieron los suyos con muy poco entusiasmo.

—Jenny, sécate o estropearás mi traje.

Mientras se apresuraba a obedecer su orden brusca, él aprovechó para escabullirse y entrar en la casa.

En el silencio de su despacho, se sentó en el sillón tras el gran escritorio y practicó sus ejercicios de respiración, para tratar de recuperar la calma y pensar con lucidez.

Mientras las ideas empezaban a ponerse en orden, Bousman entró en el despacho, como la mayoría de las veces, sin llamar y con la prisa de un fugitivo.

Donald Tramp le dirigió una mirada interrogante.

—Lo sé, jefe —aseguró antes de ser reprendido—, pero se trata de algo muy importante.

El secretario parecía la imagen misma de la incredulidad y sorpresa. Tramp se sintió intrigado, y antes de que tuviera tiempo de preguntar, ya lo estaba poniendo al corriente.

—No se lo va a creer. Hay un coche de policía ante la verja misma de la mansión.

—¿Solo uno?

—Solo uno que se pueda ver —respondió, desconcertado por cómo su jefe se tomaba la información.

—¿No deberíamos hacer algo para impedirles que hagan eso? ¿Denunciarlos por acoso o algo por el estilo?

—Tranquilízate. Tengo el placer de comunicarte que ahora tengo escolta policial.

—¡Escolta policial?

No se podía saber si el secretario estaba más asombrado porque el jefe mafioso tuviese semejante escolta, o por su falta de indignación ante el acoso.

—Así es. A donde vaya, ellos vendrán detrás.

—Pero eso es horroroso —gritó Bousman.

—¿Qué me vas a contar?

Donald Tramp comenzó a pasearse por el despacho como un animal enjaulado, pensativo y buscando una solución a su problema.

—La policía cree que yo asesiné a Velázquez, o que ordené su muerte, y no me dejarán en paz hasta que me tengan entre rejas.

—Pero nosotros no lo hemos hecho —protestó el secretario, ofendido.

—Ellos no opinan lo mismo.

—¿Y qué vamos a hacer? No podemos estar así toda la vida. Además, tenemos que cerrar muchos negocios esta temporada y si la policía nos vigila tan estrechamente, puede frustrarnos muchas operaciones.

Se sintió conmovido por la preocupación de su joven secretario, confirmando con ello que no se había equivocado al involucrarlo en sus negocios. Bousman estaba completamente en sus manos desde que le había salvado la vida años atrás, pero no se había aprovechado. Se limitó a emplearlo cerca de él en lo que mejor sabía hacer: transmitir órdenes a los demás subordinados. Era como la prolongación de sí mismo y confiaba ciegamente en él. Hasta ahora no le había decepcionado.

—Les entregaremos al culpable —decidió—. Con él entre rejas tendrán que olvidarse de mí.

—¿Tiene alguna idea de quién es?

—Eso es lo que tendremos que averiguar.

—¿Por qué no se lo dejamos a la policía?

Los ojos de Tramp se empequeñecieron cargados de decepción.

—Vamos! Sé sincero. ¿Crees que esos incompetentes cogerán al culpable? Son de ideas fijas y creen que fui yo. Al ser el principal sospechoso se encargarán de buscar las piezas que encajen en su propósito y se olvidarán de las que no les conviene.

—¿Qué se le ocurre?

—Al parecer, Velázquez pasaba información a la policía.

—Ya me habían llegado los rumores. El muy cabrón nos traicionaba y nosotros sin sospechar nada.

—El que lo mató lo planeó todo para que pareciese un ajuste de cuentas. Velázquez fue golpeado y torturado hasta morir. Tenía la cara y los dedos tan desfigurados que sólo pudo ser identificado por el tatuaje de su brazo derecho —le informó con el desprecio marcado en su voz.

—Pero esa no es nuestra manera de actuar. Un par de tiros o un poco de cemento como lastre es mucho más rápido y limpio.

—Eso le da igual a la poli —sonrió el mafioso—. Velázquez estaba desnudo cuando fue encontrado y la autopsia demuestra que había tenido relaciones sexuales antes de morir.

—¿Qué importa que echara un polvo antes?

—Pues que podemos tener un testigo o un cómplice.

—No lo había pensado de esa manera.

—Alguien quiere que cargue con las culpas, pero, ¿quién?

—Un enemigo.

Tramp elevó la mirada al techo.

—De esos tengo de sobra. ¿Pero quién tiene las suficientes agallas para hacerlo?

—Será una pregunta retórica...

—La lista sería muy larga —hizo una señal con la mano como para quitarle importancia—. Ya sé que me he creado muchos enemigos, es lo que tiene este negocio.

—¿Y si nos estamos olvidando de algo?

Bousman se cohibió ante la mirada directa de su jefe.

—¿Y si la muerte de Velázquez no tiene nada que ver con nosotros y el que usted sea el principal sospechoso sea solo una coincidencia y no la causa?

Tramp permaneció pensativo unos instantes.

—Tendremos que averiguarlo.

—¿Por dónde empezamos?

—Averigua lo que puedas sobre la vida de Velázquez. Puede que nos estuviese ocultando más cosas de las que pensamos.

—Me pongo a ello ahora mismo, señor.

—Será divertido ser los buenos por una vez —Sonrió con sorna mientras se paraba frente al gran ventanal con las piernas abiertas y los brazos cruzados sobre su ancho pecho, en una pose que recordaba a un fiero guerrero de época pasadas. Contempló con desagrado a la bella mujer tomaba el sol junto a la piscina.

—Una cosa más, Harry.

Sin dejar la vista que tenía desde la ventana, detuvo a Bousman antes de que llegara a la puerta, quien esperó paciente sus siguientes palabras.

—Deshazte de ella.

Esa frase le era ya tan familiar que nunca necesitaba que le fuese especificado a quien se refería cuando hablaba de «ella». Siempre significaba la mujer de turno.

—Ahora mismo, señor.

—Y Harry —Tramp se volvió hacia él—, cuando digo que te deshagas de ella, me refiero a que la mates a que la eches a la calle. No deseo malentendidos.

—No habrá malentendidos.

Los dos se sonrieron porque sabían que él nunca se deshacía de sus chicas de esa «forma» tan sórdida.

***

El hotel en el que estaba alojada era, sin duda, el mejor de la ciudad. Los altos ejecutivos podían hacer desde comidas de trabajo a una reservada cita personal en el acogedor comedor privado preparado para ello. En el bar, reconocido en toda la ciudad por la preparación de toda clase de bebidas, se reunía lo más variado de la sociedad. Amigas desocupadas para cotillear sobre los últimos chismorreos. Agentes de bolsa camino de algún negocio importante. Abogados contrincantes que resolvían sus diferencias entre copa y copa. Incluso, reyes del hampa cerrando algún negocio sucio.

El ascensor abrió sus puertas en la enorme entrada. Una muchacha vestida con discreción, salió apresurada. Se dirigió hacia el mostrador de recepción con un caminar firme y seguro. El hombre detrás del mostrador comenzó a hablar antes de que le preguntara.

—No hay noticias, señorita Castro.

La boca femenina se retorció en una mueca de preocupación que intentaba ser una sonrisa de agradecimiento.

—En cuanto tengamos noticias, la avisaremos inmediatamente.

Se detuvo junto a los dos importantes clientes que los estaban esperando en el bar. Se encontraba más inquieta de lo que parecía a simple vista. Trató de aparentar la mayor calma posible cuando interrumpió la charla afable de los hombres.

—Hola. Soy Celtia Castro, la ayudante personal del señor De Lizandra. Él ha tenido una urgencia médica y no podrá venir. Espero que no les importe tratar conmigo.

—Es con el señor De Lizandra con el que teníamos que hacer negocios. Si él no está lo bastante interesado como para presentarse en esta reunión, lo mejor será dejarlo —decidió unos de los hombres.

—¡Esperen! Puedo cerrar el trato en lugar del señor De Lizandra. Estoy al tanto de todos los detalles y también estoy autorizada para tomar cualquier decisión.

—No tenemos nada en contra de usted, señorita, pero nos gusta hablar directamente con nuestros clientes.

—De todas formas, habrían tenido que hablar conmigo. Soy su intérprete, el señor de Lizandra no habla su idioma y siempre me necesita cuando hace negocios en el extranjero.

—Esperaremos por su jefe. Dígale que si quiere cerrar el trato sabe en dónde encontrarnos. No olvide que nos vamos de la ciudad pasado mañana.

El ultimátum de despedida la sumió en una profunda depresión. Iban a perder un negocio muy importante para la empresa familiar. Sin embargo, lo que más miedo le daba era que sabía a ciencia cierta que si Alberto De Lizandra había desaparecido, solo podía ser porque algo malo le había ocurrido. Decidió que no podía retrasar más denunciar de su desaparición.

30 de Julio de 2021 a las 17:47 0 Reporte Insertar Seguir historia
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