Cuento corto
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El acorde de Tristán.

Aquel sábado, los susurros del viento sobre las copas de los árboles parecían revelar algo que todavía no sabía. Durante el Otoño, las noches en el Centro Cultural Universitario poseían un encanto íntimo y melancólico, el aceite dorado de las lámparas iluminaba cada uno de sus rincones de tal manera que uno sentía menos el paso del tiempo.


Atravesé la explanada con el corazón latiéndome con fuerza, con las palmas de las manos empapadas de sudor, y una vez que estuve frente a la magnífica sala Nezahualcóyotl, mis piernas comenzaron a temblar. Aquella noche, el edificio poligonal estaba envuelto por un halo de misterio y una extraña impresión se me clavaba en el pecho; la sensación de que una fuerza desconocida me había conducido a ese preciso momento.


Quizá el suceso que estoy a punto de narrar resulte común y mundano a quien lo lea, no obstante, estoy férreamente convencida de que un mundo quimérico y fascinante se esconde en lo cotidiano. Tan solo de recordarlo se me enchina la piel.

Un fin de semana antes, acudí al programa número seis de la OFUNAM, entonces sucedió. Me encontraba saliendo de las taquillas cuando una mujer me abordó y me ofreció una entrada gratis para el próximo concierto (al que, por cierto, no tenía planeado ir). Y aunque en un principio la rechacé, la mujer insistió tanto que terminé por aceptarla. Me explicó que dicho boleto formaba parte de su paquete de temporada, sin embargo le era imposible asistir y no quería que se desperdiciara. Sé que sonará extraño, pero, no exagero al decir que cuando la mujer me entregó el boleto, yo sentí que me entregaba la llave de una puerta que conducía hacia lo mágico, hacia lo inesperado.


Y quizá no estaba tan equivocada, después de todo, ¿no es la música una prueba evidente de que la magia existe? Además, ¿no es curioso que de las 2,229 butacas disponibles, me haya tocado precisamente el asiento número 34 de la fila C, en el primer piso? ¿Por qué ese asiento y no otro? Bien lo diría más tarde un maestro de Historia del arte citando a Borges durante la charla introductoria previa al concierto: “todas las cosas están unidas por vínculos secretos”.


Respiré hondo, intentando calmar mis nervios. Le di el boleto al hombre de traje negro que se encontraba en la entrada, tomé un programa de mano y bajé las escaleras hasta la luneta correspondiente. Las luces disminuyeron su intensidad para dar inicio a la conferencia. El tema principal de aquella noche era el misterio del momento en el que nos descubrimos enamorados. El maestro, un hombre mayor y con voz profunda, nos explicó la manera en que los primeros tres compases del Preludio y muerte de amor de Tristán e Isolda de Richard Wagner lograban expresar un hecho tan milagroso.


Tristán e Isolda cuenta la historia de dos amantes cuyo amor se transforma en una violenta pasión después de beber una pócima. Una pasión que los condena y los consume, llevándolos a quebrantar valores como el honor, la fidelidad y la lealtad. Ya lo decía la pluma de Gottfried von Strassburg:

“Cuando por fin la muchacha y el hombre, Isolda y Tristán, hubieron bebido los dos la poción, entonces hizo su aparición ese poder que roba al mundo todo su descanso, el amor, acechador de todos los corazones, quien se introdujo sigiloso en el de cada uno de ellos. Antes de que se dieran cuenta, plantó su bandera triunfante y sometió a ambos a su poder. Se convirtieron en un solo ser unido, ellos que antes habían sido dos y estado separados”


Sus palabras cobraban vida y se acercaban a mí, magnificando las emociones que me habían acompañado desde mi llegada al recinto. Me sentí fébril y delirante, e inevitablemente vino a mi mente un nombre en específico; la última persona de quien me hubiese imaginado enamorarme, la única felicidad que deseaba y que no podía tener. No, uno no decide cuando enamorarse, uno lo descubre y cuando sucede no hay marcha atrás: nadie puede escapar de su dominio y su voluntad, lo sientes en todo tu cuerpo, en tu corazón, en tu piel…


La charla terminó, pero las luces no se encendieron. De pronto, el nombre que había aparecido en mis pensamientos, se convirtió en un rostro que emergió en la penumbra, en el asiento número 33. Me estremecí. Y una especie de ensoñación, donde alcancé a distinguir los “vínculos secretos” que tan estrechamente me conectaban a él, se apoderó de mí. Me sentía extasiada y el aire apenas me alcanzaba para respirar. Me encontraba sumergida en un estado hipnótico y los anhelos más íntimos de mi corazón se desvelaron de una forma extraordinaria.


Nos miramos con toda el alma, nuestros ojos lo decían todo. La orquesta comenzó a tocar y el enigmático acorde de Tristán adivinó nuestra suerte…

28 de Julio de 2021 a las 23:51 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Amapola _c Escritora frustrada/aficionada. Conservo la esperanza de dejar una pequeña huella en el corazón de mis lectores.

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