Cuento corto
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El Libro

Cierto día comencé a escribir un libro. No se trataba de una historia especial, de esas que causan perplejidad en el lector debido a su final inesperado. O aquellas de las que es imposible quitárselas de la cabeza y durante los sueños aparecen, como fotogramas de un viejo film desgastado, las imágenes de los personajes a los que la mente necesita darles una forma, aunque sea imaginaria.

Esta era una historia burda, que caía en lo banal de los clichés más utilizados en la literatura. No pretendía ser sublime o vanguardista. No pretendía ser una historia entretenida, no. Más bien debía ser aburrida, cansadora. Debía ser de una lectura molesta, tediosa. La peor de las historias jamás contada. Esa era su única pretensión, la de no ser pretenciosa.

Una narrativa de difícil lectura, no por sus tecnicismos, no los tenía, sino por su insoportable ritmo de sucesos. Lento. Vacío de contenido. Hechos aislados que no conducían a ningún lado. Tramas inconclusas que comenzaban por la mitad y encontraban su final al principio de otra que comenzaba y finalizaba al mismo tiempo.


Esta historia me absorbía por completo. Aunque no pasaba demasiado tiempo escribiendo como sí lo hacía pensando. No paraban de aparecer imágenes de todo tipo en mi cabeza, a toda hora. Personajes y hechos que tarde o temprano quedaban plasmados en el nefasto producto literario.

La obra íbase convirtiendo en la copia espejada de mis pensamientos. Nada bueno había en ella, nada agradable leíase en sus líneas que sirvieran de consuelo a un alma turbada.

Llegó un día en el que me disponía a escribir una serie de ideas que habían cruzado por mi cabeza durante una madrugada en la que me fue imposible conciliar el sueño, al ver mis hojas desparramadas sobre el escritorio noté algunos fragmentos que no recordaba haber escrito. Primero pensé que simplemente los había olvidado, pero luego fui encontrando más y más de ellos y ninguno me era familiar. Al leerlos detenidamente sentí uno de los mayores miedos que experimenté en mi vida ¡Esos fragmentos no eran míos, jamás los había escrito! Alguien estaba interfiriendo en mi obra.


De repente noté que con estos nuevos agregados la historia comenzaba a tomar forma. Íbase formando un sentido en la trama y una lógica en su narrativa.

Sentí asco. El asco se convirtió en bronca, la bronca en odio ¿Quién estaba haciéndome esto? ¿Por qué me torturaba destruyendo el terrible mundo que había construido? ¡Esta era mí obra! ¡Yo la creé! Era parte de mí. Nadie tenía el derecho a degenerarla.

Decidí quemar aquellos fragmentos que daban un sentido a la historia. Creí que si los destruía todo volvería a ser como antes. Nadie volvería a entenderla. Pero fue inútil. Por cada fragmento que destruía aparecían más. Destruía estos otros y volvían a aparecer nuevamente. Todos queriendo darle un sentido. Todos queriendo acomodar las tramas, vincular a los personajes, acomodar la cronología de los hechos.

Estaban decididos a destruir mi creación por completo. No podía permitirlo. Esta obra era mi vida, mi vida plasmada en papel con tinta. Si la destruían una parte de mí moriría para siempre.

Es así que entendí que si no hubiera cosas por mejorar, tramas que unir, personajes que vincular, entonces no habría forma de arruinar aquella mi historia. Así que, por más que me doliera en el alma, decidí destruirla yo mismo por completo.

Entonces la prendí fuego.

Aquel día mi obra, mi creación más genuina, murió.

Y yo morí con ella

26 de Julio de 2021 a las 03:17 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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Matias Soy alguien que a veces escribe y a veces duerme. Pero jamás las dos cosas juntas. Porque es muy complicado.

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