rodeon Matias

Una historia para nada original pero que nunca se escribió.


Cuento Todo público.

#Tareferos #Eldía
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El Día

Tal vez estas líneas que escribo hayan perdido todo sentido el día en que una persona las encuentre, desparramadas debajo de los escombros, y las lea, tratando de descifrar cómo es que llegamos a este punto. Como es que la humanidad hubo perdido todo gen civilizatorio y vióse reducida al status salvaje, animalesco, que hoy impera entre todos nosotros.

Ni siquiera yo puedo recordar con todos los detalles los acontecimientos que llevaron a la humanidad a su colapso total. Y créanme que no es debido a su lejanía temporal, dios sabe que no ha pasado demasiado tiempo, sino por la rapidez con la que se dieron los hechos. Y pensar que todo ha sido por culpa de una planta. ¡Una maldita planta!

Trataré de hacer memoria e intentaré recuperar los hechos cronológicamente remontándome hacia el inicio del debacle mundial.

Comenzaré explicando resumidamente en qué consistía el viejo negocio de la ya extinta Yerba Mate, causante de tantos males.

Cualquiera que haya vivido en Argentina o en regiones aledañas sabrá reconocer rápidamente el nombre de esta planta, la cual, a pesar de ser protagonista del desastre y el caos mundial, hoy en día no muchos la recuerdan.

Con esta bendita planta se podían preparar variadas infusiones, entre las que se encontraba el famoso mate, o su primo hermano el matecocido. La yerba mate era para quienes la consumían más que una simple planta. La yerba mate era una identidad, era una especie de marca o distintivo que revelaba en cualquier parte del mundo cuales eran tus orígenes. La yerba mate unía a las personas, sus infusiones ni siquiera eran de lo más sofisticadas, no lo necesitaban. Su sabor era amargo y fuerte para quienes se iniciaban en el ritual del mate. Sin embargo poco a poco el sabor era asimilado y disfrutado por el paladar.

La yerba mate podía ser consumida durante todo el día. Bien temprano a la mañana era un clásico, sus propiedades causaban un efecto energizante que podía espabilar hasta al más madrugador. A media mañana también se la consumía, y si el día comenzaba a ponerse caluroso el tereré era la opción ideal para aplacar la sed. Al atardecer el ritual comenzaba de nuevo y podía extenderse hasta altas horas de la noche.

La yerba mate siempre estaba presente, a toda hora del día, casi de manera inconsciente. Todos la consumían despreocupadamente, incluso daba la sensación de que la gente creía que la yerba aparecía mágicamente en las góndolas de los supermercados, dentro de deslumbrantes paquetes, con diseños de todo tipo para atraer a los clientes. Habían en estos lugares yerba mate de todas las variedades: saborizadas con diferentes especias y hierbas o, como se le decía en algunas regiones de Sudamérica, “yuyos”. Los grandes paquetes con la famosa “yerba canchada” para el tereré. Incluso existía la yerba mate saborizada con cítricos o frutos tropicales como la naranja o el maracuyá. Además de las infaltables selecciones Premium.

Pero no, la yerba mate no crecía en los supermercados. La yerba crecía en inmensos campos cultivados. Hectáreas y hectáreas de plantas de yerba mate creaban un paisaje desolador en una pequeña región del país. Algunos llamaban a este paisaje el infierno verde, contrastando con quienes veían en la yerba al oro verde. Ambas posturas eran correctas, lo que para unos era oro para otros era el infierno.

Los tareferos bien conocían el infierno, y no intento sobredramatizar, porque la situación era verdaderamente dramática. Tarefero era el nombre con el que se conocía al encargado de cosechar la yerba mate. Hombres y mujeres, familias enteras incluyendo a los niños, se internaban en el yerbal desde el amanecer para cosechar las hojas que perpetuarían la tradición del mate. En aquellos tiempos un tarefero podía cosechar hasta cuatrocientos kilos de yerba por día con sus propias manos, lo que le garantizaba una exigua remuneración económica que le servía apenas si para sobrevivir.

Para comprender mejor lo absurdo del salario de un tarefero hay que saber que del precio de un kilogramo de yerba mate, el veinticinco por ciento era repartido entre el Estado, el productor, el contratista y el tarefero. El setentaicinco por ciento restante se lo quedaban los grandes molinos de yerba y las grandes empresas y comercializadoras. Se pude ver el estado de esclavitud al que estaba condenado el tarefero y la enorme plusvalía producida por el negocio.

Y sin embargo la disputa más grande siempre era el precio de la yerba.

En el famoso negocio de la yerba reinaba la nefasta teoría del derrame. Se creía, neciamente, que si el productor recibía un mejor precio por el kilo de hoja verde, entonces más recibiría el contratista y éste podría garantizarle un mejor salario al tarefero.

Pero esto no era más que una estúpida fantasía. El tarefero siempre salía perdiendo, nada garantizaba que su salario algún día sería dignificado. El escaso monto que recibían no les alcanzaba para poder tener una obra social que le garantizara prestaciones en salud que cubrieran las enfermedades más comunes en este trabajo: desvío de columna, artritis, problemas en los riñones, rodillas y manos destrozadas y ni mencionar las intoxicaciones por el uso de agrotóxicos.

Las mujeres embarazadas que trabajaban en los yerbales muy a menudo daban a luz a niños deformes o con múltiples trastornos a causa de los pesticidas.

Años y años de sometimiento sin que apareciera un atisbo de dignidad para la vida de estos trabajadores.

Y la sociedad seguía tranquilamente con su ritual del mate, un mate manchado con sangre y trabajo esclavo. Un mate manchado de una injusticia centenaria que no era más que otra de las muchas injusticias que azotaron a este mundo.

Llegó así el día en que no soportaron más. Decidieron no soportar ni un segundo más de explotación. Los tareferos resolvieron que si no podrían acabar con su explotación entonces acabarían para siempre con la yerba mate. Y eso fue lo que hicieron.

Lo primero que surgió entonces fue un paro generalizado. Todos los tareferos de Argentina, Brasil y otras regiones cercanas cesaron sus labores de cosecha.

Estuvieron muchos meses sin trabajar, exigiendo un cambio estructural en el sistema. Pedían que su trabajo sea finalmente dignificado o nunca más volverían a cosechar. Para poder subsistir crearon pequeñas comunidades autosuficientes, apoderándose de bastos campos con yerbales, impidiendo el paso a cualquier persona que no sea tarefera o que estuviera en contra de sus reclamos.

El Estado Nacional envió a las fuerzas del orden a desalojar esas tierras por medio de la represión pero los tareferos eran tantos y estaban tan bien organizados que era imposible sacarlos a todos sin causar una masacre. No sería bien visto por la opinión pública que el gobierno asesinara a unos trabajadores que estaban reclamando por sus derechos.

Incluso, al comienzo del paro, la mayoría de la población estaba de acuerdo con el reclamo de los tareferos y apoyaban la huelga.

Pero un día la yerba comenzó a escasear en las góndolas de los supermercados y la gente comenzó a ponerse nerviosa. Exigían al gobierno que haga algo al respecto porque el país y el mundo no podían seguir con un déficit de yerba mate.

A esta altura comenzaron a cesar las exportaciones, y países como Siria, Libia y Turquía ya no recibían el producto. Las constantes olas inmigratorias que llegaron al país desde esas regiones y que luego volvían a sus orígenes habían instalado el consumo de yerba mate también en estos países. Por lo que la escasez de yerba también comenzó a afectar a sus poblaciones.

Los propietarios que aún tenían el control de sus tierras comenzaron a hacer inversiones millonarias en maquinarias que suplanten el trabajo humano. Comenzaron a cosechar algunas toneladas pero a menudo las máquinas amanecían completamente destrozadas y prendidas fuego.

Los tareferos ya se habían vuelto un cuasi grupo paramilitar. Cualquiera que intentara cosechar, cultivar o trabajar de cualquier manera con la yerba mate era amenazado de muerte. El gobierno ya no daba abasto para combatir a estos nuevos guerrilleros que cada vez reclutaban a más gente. Muchos otros trabajadores explotados se unieron a la causa. La explotación laboral era, desgraciadamente, una pandemia que nunca pudo erradicarse del todo en el planeta. En ese entonces existían cerca de doce millones de personas víctimas de trabajo forzoso en el mundo, diez millones de estas personas eran explotadas por la práctica del trabajo forzoso del sector privado, y el restante por los Estados del mundo, guiados por nefastos intereses políticos y económicos.

Es así como se unieron a la lucha los movimientos indigenistas del Brasil, en donde se consideraba al indígena como la mano de obra más barata del mercado, como si el tiempo y la vida de una persona pudieran calificarse en términos monetarios.

También se unieron los trabajadores de las plantaciones de cacao. Los trabajadores de la industria aserradera, que se encargaba de destruir la selva y los bosques a costa de la vida de miles de personas. Quienes trabajaban en los campos de caña de azúcar, históricamente precarizados. Los mineros que extraían el carbón y los otros, que arriesgaban su vida en la búsqueda de diamantes u oro, a menudo expuestos a las inclemencias del cianuro.

Todos estos y muchos otros tantos se unieron en una lucha sin retorno.

Es así que la población comenzó a desesperarse por conseguir yerba. Sólo un kilo de yerba mate podía costar una fortuna. Comenzaron los saqueos a los negocios. Hordas de personas enrarecidas por la abstinencia intentaban ingresar a los molinos y acopiadoras en busca de un poco de la preciada yerba. Pero rápidamente eran repelidos por los tareferos guerrilleros que no estaban dispuestos a claudicar.

El caos fue contagiándose a otros países además de Argentina y Brasil. Comenzaron los disturbios en Uruguay, Chile, Paraguay, Bolivia y rápidamente seguía extendiéndose.

Mientras tanto en Libia los científicos comenzaron a crear una variedad que pudiera ser cultivada con éxito en esas regiones. Al enterarse de esto los tareferos supieron que sus esfuerzos no serían suficientes. Siempre se podría reemplazar al trabajador con máquinas. Siempre existiría alguna región en el mundo en donde se pudiera acondicionar el terreno o crear nuevos métodos de cultivo para poder hacer crecer a la bendita planta.

La solución debía ser drástica, de raíz. Es así como con ayuda de botánicos, bioquímicos, genetistas e infectólogos crearon una peste que destruyera a la Yerba Mate.

Cuando lo hubieron conseguido comenzaron a infectar a todos los yerbales. Ingresaban a escondidas a los bancos de semillas e infectaban todas las muestras.

Rápidamente la peste comenzó a expandirse y los yerbales se secaban y morían poco a poco. En cualquier región en donde se intentase plantar yerba los esfuerzos eran en vano. Incluso en Libia comenzaron a morir las plantaciones. Nunca se supo cómo llegó la peste hasta allí. Algunos dicen que fueron un grupo de partidarios de los tareferos infiltrados en el gobierno quienes contaminaron los plantines y los cultivos. Bien podría ser cierto, porque a partir de entonces en ninguna región del globo era posible plantar Yerba.

Las grandes potencias comenzaron a unir sus fuerzas armadas para acabar con los tareferos que ya iban camino a convertirse en el mayor grupo armado del mundo. Miles de trabajadores explotados de todo el mundo uníanse a sus filas diariamente a un ritmo imposible de frenar.

El caos se expandió por todos lados. No había un solo lugar en el mundo libre de protestas y disturbios. La clase explotada por fin se había levantado y ya no había forma de que volviera a dormirse.

Aún recuerdo el sonido ensordecedor de la primera bomba. Y la calma desoladora que dejó a su paso. El lejano hongo de fuego iluminando la noche.

Y sólo fue la primera de muchas.

Rápidamente el mundo olvidó el origen del conflicto. La batalla era ahora entre explotadores y explotados. Como lo fue siempre en realidad.

Las bombas resonaron en todo el mundo como un coro de destrucción masiva que iba matando lentamente, no solo a la humanidad, sino al planeta entero. Aunque pensándolo bien era algo que pasaría tarde o temprano.

Luego llegamos hasta el punto en el que estamos ahora, poco más de diez años ha pasado de aquella primera huelga ¡Qué tan diferente está el mundo ahora! Las cosas en ese entonces estaban mal, pero podrían haber mejorado.

Al comienzo de mi relato culpé a una planta de todos estos males. Me retracto, una planta no puede ser culpable de nada. Los culpables somos y siempre hemos sido nosotros. El egoísmo y la avaricia. El sentimiento de seguridad que nos brindaba el ignorar las injusticias. Querer que todo continúe como está porque el cambio era un esfuerzo muy grande. El consumismo desmedido que terminó consumiéndonos a nosotros. El ser humano como un recurso que podía ser explotado para beneficio de otros que no eran diferentes a aquel más que en la posición de privilegio de la que gozaban por puro azar del destino.

Cómo me gustaría volver el tiempo atrás y hacer algo cuando aún estaba a tiempo. Yo fui uno de los que siempre miró al costado.

Pero de nada sirve arrepentirse cuando el daño está hecho. Ya es tarde para aprender lecciones. Ya es tarde para hacer cualquier cosa.

Seguimos matándonos unos a otros pero ahora por la supervivencia. Hace meses que no me topo con un grupo de gente, o siquiera con otro humano. La última vez que vi a uno intentó acabar con mi vida para robarme mis prendas.

En esto nos hemos convertido, ya dejamos de ser seres sociales. Decir que somos como animales sería ser muy justo. No llegamos ni a eso.

Con respecto a los tareferos los últimos rumores que oí hace algunos años fue que habían tomado por la fuerza el Banco de semillas de Svalbard en Noruega. Se decía que ese lugar contenía la última reserva de semillas de yerba mate. No sé si eso fue realmente cierto, o si aún siguen ahí, pero sí sé una cosa: esa planta nunca morirá del todo, es más, creo que nos reemplazará.

Algún día el mundo entero será un gran yerbal.

26 de Julio de 2021 a las 02:52 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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Matias Soy alguien que a veces escribe y a veces duerme. Pero jamás las dos cosas juntas. Porque es muy complicado.

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