u15949348041594934804 Víctor Andrés

Tantos tormentos en tantos espacios llenos de miedo


Cuento Todo público.

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Ausencias

La casa inmensa es llenada por los recuerdos dispersos que al pasar del tiempo se resquebrajan en las manos, la infinitud de los pasillos es la melodía muerta y larga de un poema sin autor. En la espléndida sala busco con desespero calor en la chimenea, acerco mis manos con prontitud al fuego pretendiendo que el calor bueno que regala llegue al corazón y lo arrope con la pureza de su naturaleza. La noche se extiende bendita por la casa; el reloj en su andar anuncia con voz ronca que se acercan las nueve de la noche; la dama aquella se pasea por los rincones de la casa, espiando, susurrando, envolviéndose en las cortinas de seda de las ventanas.

Acerco una pequeña mesa junto a la chimenea, sirvo en la misma copa un poco del mismo vino, ese que nunca se termina pese al consumo excesivo, esa misma botella que me acompaña desde los tiempos aciagos de la soledad, cuando el crepitar de las llamas extermino la pureza de la esperanza. Embriago mis sentidos con el vino, saboreo en mi nariz el dulce aroma de los viñedos del sur, ingiero un trago que degusta el paladar, un trago frío que baja por la garganta y dosifica un poco la intensidad del candor que abriga mi corazón, al llegar a él lo refresca como viento de cordillera, conjugando a su alrededor el verano y el invierno que lo resguardan del asalto de las hojas muertas del otoño. La noche camina como dama señorial arrastrando tras de sí pesadas sombras de remordimiento que al caer el alba se levantan en lamentos funestos que sacuden la calma de los pecadores.

El reloj sigue en su compas sereno, el tiempo camina con ritmo frenético en ciertos espacios, en algunos otros se hace lento, parsimonioso, dándole largas a la tempestad callada de los espantos; en los espacios en donde el tiempo camina a paso largo devora con gula la ternura de los intervalos, descansos en los cuales puede el cuerpo saborear la fruta fresca del consuelo, en esos momentos el sonido monótono de las manecillas del reloj permea por entre las grietas de las paredes la voluntad de quietud irremplazable, cuando llegan esas horas en donde todo transcurre tan seguido, tan funesto, tan rápido que el corazón palpita al ritmo del tictac, la casa se estremece al punto del infarto, el frenetismo de la necesidad de receso se hace desesperante; en esos momentos que normalmente rondan las horas de la media noche, las mortajas de los desamparados se corren de golpe, los cementerios se llenan de escalofríos y sollozos, las calles abandonadas cubiertas de niebla son visitadas por raudos fulgores de espíritus maltrechos. La noche camina casta y lúgubre trayendo consigo incertidumbres ansiosas.

La chimenea pierde su fuerza, la madera seca pierde cuerpo y la llama se desvanece a pausas, dando saltos de fervor que son enterrados por la suprema voluntad de la extinción, las llamas se achican, su grandeza se ve empequeñecida por la condescendencia de sus raíces decididas a no iluminar más, desgastadas, sudorosas, enfermas y agotadas se extinguen sin amparo. Las llamas han muerto, la chimenea es de nuevo una cóncava estructura adornada de oscuridad y cenizas, restos de una luz que fue presente y es ahora un pasado sin nombre. El vino aun no caduca, recostado sobre la silla degusto de una nueva copa pura. La casa es inmensa, pero ante mis preocupaciones es pequeña; todas las luces se encuentran encendidas, sin embargo, hay rincones, lugares en umbrales en donde la benedictina luz no alcanza a llegar, existen escenarios a media luz y otros tantos en penumbras absolutas en donde anidan mis miedos, en donde temo caminar, son lugares en donde el horror se agazapa y vigila, insomne, a este hombre indeciso, aguardando por mis pasos inseguros en aquellas direcciones para abordarme y besarme las mejillas con la frialdad de su verdad, pero morirán esperando porque no caminaré por aquellas trampas, me conservare bajo el manto protector de la luz de la sala hasta que los murmullos cesen y se abra paso entre el firmamento la aurora celestial llamada sol.

La noche avanza sola, como viuda en las iglesias; con profundidad respiro intentando darle control a mis temores; el sueño fantasioso se posa sobre mis ojos, con su canto me arrulla dándome a beber sorbos dulces de descanso, me abraza fuerte cobijando cada parte de mi cuerpo, extiende sobre mí una manta gruesa y limpia, me sumerjo en las profundidades de sus encantos. De repente el hechizo se desvanece como el amor en tiempos de odio, alguna risa sórdida he escuchado retumbar en las concavidades de mi mente, alguna presencia inquieta he sentido pasar por frente mío, sintiendo su aire helado en mi pecho. De inmediato abro los ojos, alejando de mi cuerpo toda posibilidad de concebir el sueño; sueño o pesadilla, mentira o realidad, porque decantarse por alguna pudiendo ser fielmente ambas. En la inmensidad del silencio un sonido tosco se manifiesta, un repiquetear que toma fuerza al paso de los minutos deshaciendo los demonios encapsulados en las burbujas del silencio; el ruido aquel con su eco resuena en la amplitud de la sala, se hace constante y cruje al chocar con el techo; me levanto y camino a la ventana lateral, al descorrer la cortina siento una fuga, como si un espíritu allí cubierto escapase ante mi presencia. A través de la ventana observo la majestuosa noche densa y oscura extenderse infinitos horizontes. La noche llora. Las gotas de lluvia caen sobre la tierra infértil, también caen sobre los vidrios del ventanal, son gotas gordas y grandes, hinchadas de tanto pesar que cargan, a pesar de no verse por la densidad de la oscuridad al mirar al cielo siento el peso de las nubes que se libera a cántaros sobre este campo, las nubes inmensas y regordetas se liberan a medida para evitar caer desparramadas sobre nosotros; la lluvia aumenta conforme pasa la noche, el vidrio empapado no deja ver nada al exterior, las exhalaciones de mi espíritu empañan el ventanal, puede verse en ese vitral como el aire que expulsan mis pulmones dibuja ciertas figuras fatídicas, como si algunos espectros escaparan de la prisión de sus remordimientos y estallaran de recelo contra el vidrio. Las gotas de lluvia son cada vez más gruesas y violentas, el sonido de ellas al chocar con el tejado ya no es aquella melodía que encerraba cierto placer nocturno, su ritmo ya no es como aquel musical clásico venido de occidente, su eco ya no complace, ya no asusta al silencio, en cambio, lo hace despertar con voracidad, a pesar de que la lluvia regala sonidos que son bienvenidos en esta noche eterna, esos sonidos cargan con sensaciones caóticas de barullo y terror, cargan con providencias nefastas que incomodan los oídos, que asalta la debilidad de la calma relativa; la brisa pasa a ser tormenta y con ella se abren las puertas profundas del temor.

Ya no es lluvia tierna sino tempestad escalofriante, el repicar de las gotas en el techo estremecen toda la estancia, la lluvia no vino sola, pues siempre es mejor un viaje en compañía, ha traído consigo al viento y este que es amigo ajeno arrastra bajo sus alas furias iracundas que libera al estrellarlas contra las ventanas, ruge fuertemente, el resoplar de su molestia sacude a los árboles quienes por fuerza obligatoria deben danzar al ritmo propuesto, deben desperezarse, estirar sus largas ramas y bailar con paso dudoso sobre campo minado para evadir el destino oculto que quiere desgajarlos; el aliento frío del viento arrebata de mi humanidad el candor obtenido por obra y gracia de la chimenea, siento como un soplo helado recorre mis extremidades subiendo por las piernas llegando al pecho, se adentra por mi boca y baja raudo hasta llegar al corazón, éste al sentirlo se encoge y late apresurado en busca de ahuyentarlo, pero es infortunado su esfuerzo, la fuerza de ese soplo helado consigue apabullarlo en breves segundos inmisericordes.

Así como todo llega, todo se va, intempestivamente, sin despedida porque volverá. La lluvia cesa y el viento descansa apoltronado sobre una nube; otra vez no se siente nada diferente al palpitar convulsivo de un corazón desesperanzado. El reloj marca las once de la noche, tan cerca estamos de la liberación de las maldades desde el purgatorio. De nuevo observo por la ventana lateral, con extrañeza veo en el cielo una media luna fecunda que engordará como embarazada al final de la semana, la veo radiante pese a la timidez de su brillo, tiene ella razón de su timidez, no tarda en segundos una nube para tocarla, la rodea susurrándole quién sabe que desventuras, la nube aquella la va envolviendo, llegan más nubes que la aprisionan robándole luz al firmamento. La luna ya no está, quizá nunca estuvo, fue una ilusión veraniega en época de invierno. Todas mis cavilaciones se desprenden al sentir un toque seco en la puerta de mi casa, doy un respingo ante la sorpresa, el toque se repite dos veces más, con el susto a mi diestra camino en dirección a la ventana frontal para ver quién es el intrépido que toca a mi puerta, el golpe se repite, en esta ocasión con más fuerza, como si el puño que golpea fuera diferente, la intensidad del llamado crece, arrimo a la ventana lateral, retiro la cortina para observar, el susto observa conmigo al exterior. Soledad absoluta, no hay cuerpo a la vista de mis ojos, quizá muchas almas, pero ningún cuerpo, es solamente un vacío tétrico frente a mi puerta, sin embargo, el golpe sigue cada vez más fuerte sin haber nadie en los exteriores. Aterrorizado me retiro de la ventana, camino a la puerta y por el rabillo observo “no hay nadie” me dice una voz a mis espaldas, “ya no hay nadie afuera porque han entrado” respondo. El golpe a la puerta desaparece después de darle voz a mi profecía, así como desapareció la tormenta y volverán juntos con el viento al dar las doce.

Seguidamente y sintiendo el frío ya insoportable decido subir a mi dormitorio a buscar cobijo y calor en las prendas gruesas de mi cama, me acuesto con los ojos bien abiertos pues no dormiré por esta noche, ni por la anterior ni por la siguiente, no hay tiempo ya de descanso, solo procuro calentar mi alma para que el frío no me la arrebate en primavera. Hay una brisa que acaricia las ventanas de la habitación, viene de regreso la soberbia lluvia disfrazada de anhelo; el reloj marca las once y treinta en punto, de aquí para allá queda en un sopor indescifrable, las manecillas andarían con grilletes en sus pies haciendo lento su camino, el tiempo se estirará como goma, se pegará al destino alargando el dolor.

La noche fue asaltada por los murmullos. La lluvia volvió y con ella una multitud de multitudes cuyos quejidos rasgaban el velo de la media noche; me levanté de prisa y caminé a la ventana, los veía venir desde los llanos alejados que arañan a las estrellas, sentía que eran cientos, mi corazón los veía; de mi casa salía una luz al exterior, la puerta estaba abierta, algunos ya habían ingresado, creo que desde hace días fueron entrando furtivos por las rendijas, sentía que eran muchos, venían con el viento guiados por la luna que de nuevo iluminaba menguante lanzando un haz de luz directo a mi casa. Ya llegan los usurpadores ¿o el usurpador seré yo? Sentí que algo paso presuroso por el corredor, le oí las risas al final del pasillo. La multitud llegaba con sus cantos, lamentos, quejidos y sollozos chirriantes, entraban a mi casa que sucumbía, que se hacía pequeña y me desabrigaba de su protección. Salí de mi cuarto a mirar lo que pasaba, caminé por el pasillo con escalofríos y espanto, sentía unos ojos que me observan a cada paso, expectantes, alertas. Bajé la mitad de las escalas, la sala ya no estaba, todo lo que la llenaba, mis memorias fueron eliminadas por los fantasmas que entre tanto caminar y vagabundear buscando al culpable al fin lo han hallado, los espectros engullían todo, la tierra se abría y de ella brotaba el fuego del infierno dando condolencias a las almas liberadas que salían a respirar el aire fresco de la noche y aguardaban al viento para sanar sus quemaduras. La casa toda era devorada y yo con ella, pues éramos uno solo, empecé a llorar abatido por la nostalgia de la tragedia, creo que grite, porque todos los espectros entraron en silencio, no se escuchaba ni se sentía nada, una calma antes de la tormenta, paso la brevedad del silencio hospitalario y todos en cólera corrieron en mi dirección.

Hui con la valentía y la velocidad que la cobardía regala en tiempos de crisis, quise entrar en mi dormitorio, pero no fue posible, adentro ya se encontraban algunos de ellos destruyendo mi infancia, corrí hasta el final de pasillo e ingrese a un cuarto pequeño, desconocido para mi hasta entonces; la luz parpadeaba constantemente, un cuarto en la bruma total poseído por la inmensidad del miedo, pude observar un candelabro sobre una diminuta mesa, caminé en su destino y lo tome, con él habían unos fósforos, encendí uno y encendí las velas, la luz de la lámpara se extinguió de pronto dejando un umbral de claroscuros. Las velas solo iluminaban una pequeña parte de la habitación que se bifurcaba en ramales sobrecogedores; aquel pequeño cuarto era ahora largo y angosto, pero grande, asimétrico. Las velas me enseñaron que había café en otra mesa pequeña y antes inexistente, la tetera humeaba, o sea que estaba caliente; serví un poco y saboree el aroma del dulce café, lo bebí a sorbos pausados para prolongar su efecto benefactor en mi corazón.

Afuera todo se desmoronaba, sentía el dolor de mi cuerpo en cada momento, sentía como succionaban cada esperanza rota aferrada a los retablos enmohecidos de la casa, lo sentía todo y ese era mi temor, sentirlo tanto, tan vivamente que cada partícula de mi cuerpo se contorsionaba de dolor, cada pared se convertía en polvo al mínimo contacto, cada puerta clausurada era abierta liberando de su esclavitud los fantasmas horrendos del pasado, cada fragmento de recuerdo que se resquebrajaba al chocar con el suelo era un pedazo de sueño que se diluía en agua hirviendo, cada fibra de mi cuerpo se estremecía al oír el rito maldito de la multitud de abandonados que regresaban al lugar que los abandono a exigir presencia, venían a cobrar por sus servicios, una deuda no condonable, no material sino espiritual, no de este mundo terrenal sino de aquel mundo que se esconde en el espacio que forman las montañas con el cielo al rozar el horizonte, la multitud regresó por lo que era suyo, vinieron a cobrar lo que era justo pagarles, debieron regresar porque no encontraron la paz eterna en ese más allá que profetizan las escrituras, regresaron porque la deuda los ha carcomido, al igual que al deudor y éste en la inveterada irreverencia de su inhumanidad no encontró descanso eterno en los jardines de sus añoranzas, no supo desligarse de sus preocupaciones, de su miseria y fue débil ante el deber honesto de dar pago merecido por lo correctamente cobrado. Ante todo y ante todos queda la certeza de la cobardía, del espanto por dar justicia a quienes la claman.

Los estruendos cada vez se acercan más al lugar en el que estoy, las velas apagan lentamente su luz arrebatada por la muerte, la oscuridad se personifica en este pequeño cuarto, unas manos se entrelazan con las mías, un cuerpo con frio de muerto se ajusta al mío, un leve destello de luz brilla, hay un respirar forzado que inunda mis oídos con su lamento, frases y palabras cruzan de un oído a otro yendo y viniendo, subiendo y bajando hasta ingresar a mi cabeza, el eco llega de aquí y de allá, de un lado y del otro, mi cuerpo se desprende empujado por el toque sutil del hacha cayendo al suelo un hilito pequeño de sangre.

Al sentir la cercanía y ya sin cargas que obstruyan el camino salgo corriendo del cuarto, ingreso a la habitación del frente en donde recuerdo existe una puerta secreta por donde desciendo al primer piso y salgo al exterior huyendo de la casa, ya con suficiente distancia me detengo y observo la casa incinerada, dominada por el festín de la multitud, me siento sobre el prado a observar su caída, sin remordimiento porque los pesares y sentimientos ya no tienen espacio, a mi lado se sienta ella a observar y observamos mi agonía por culpa de los murmullos.

24 de Julio de 2021 a las 21:48 0 Reporte Insertar Seguir historia
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