u15949348041594934804 Víctor Andrés

Siempre nos buscamos en la inmensidad de la oscuridad, entre los recuerdos entrelazados al pasado


Cuento Todo público.

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Calles Oscuras

Ahí van, allá vamos. Ellos, nosotros, todos, serpenteando los caminos funestos que nos conducen a la muerte. Las noches son complacientes con nuestros destinos, el mundo mudo nos observa o bueno, intenta hacerlo mientras nosotros, los espectros de la noche danzamos en los extremos de la cóncava ciudad.

¡Tantas cosas que hemos sido, pero nunca humanos! Siempre de todo lo peor, nunca de todo lo mejor, ¡urbe muda que se silencia ante la violencia de los suyos! Las calles son rocambolescas, laberínticas, irónicas y paradójicas, todo eso junto en una sola personificación de los caprichos del destino. Somos la voz que resquebraja el muro del silencio. Caminamos con linternas, iluminando infamemente las calles lóbregas, acompañados por nuestras ilusiones, aferrados a nuestros fracasos, aislados de las oportunidades, temerosos de la existencia.

Somos tantos olvidados en los retablos polvorientos de la memoria, tantos rezagados en el habito de la recordación, tantos olvidados, presos en celdas de indiferencia, pagando condenas injustas, ajuiciados por delito noble de cantar, de gritar mientras todos callaban.

Caminamos con botellas en las manos, algunas vacías, otras tantas llenas. Caminamos esas calles perpetuas en tinieblas, recordando los pasados felices de cada uno, añorando regresar a ese pasado primitivo, buscando con ello poder modificar el presente contemporáneo y evitar la extinción del futuro moderno. Nos vemos sonrientes en las callejuelas, jugueteando en la inocencia de la infancia, corriendo bajo las caricias de las gotas de lluvia, gritando, cantando, bailando, olvidándonos por completo de la complejidad del existir.

Juntos éramos uno solo invencible, separados somos vulnerables, nos han mutilado paulatinamente, somos una gran presencia formada por miles de piezas las cuales han estado desapareciendo en ritmo constante, dejándonos débiles, fragmentados, dejando solo una presencia que se hace ausente a cada paso caminado.

Volvemos a jugar, no hemos parado, aun recorremos aquellas calles con la esperanza de volver a soñar, pero no con pesadillas, sino con opciones de posibilidad. Allí estamos, juntos, felices, olvidándonos de los problemas, siendo ajenos a los caprichos, a los infortunios. Nos miramos, nuestro pasado y presente se encuentran por un instante, los niños buscan con sus ojos respuestas en los nuestros ¡carajo! Y nosotros que estamos llenos de preguntas. La lámpara de la esquina se enciende y nos empezamos a difuminar, desaparecemos, como espectros de regreso a la mortaja, nos evaporamos, uno a uno, dejando en el aire un olor a dudas, dejando en los niños la sensación de abandono.

Las botellas aún no se consumen, la cerveza es buena, sabe bien mientras caminamos embebidos filosofando sobre el eterno retorno, sobre la absurdez de la existencia, sobre la racionalidad de las emociones. Caminamos las calles oscuras cantando “somos pueblo, somos voz, no nos vayan a apagar, somos tantos, somos pocos, muertos todos ¿Qué más da?” los ecos retumban en las paredes carcomidas por la intemperie, los vidrios explotan al chocar las notas con ellos, las casas de la calle abandonadas, solas, olvidadas, dejadas a la suerte del tiempo quien es violento en sus designios y no benévolo al ruego desesperado del que sufre, ¡todo se perdió porque nunca fue encontrado! Concluye diciendo Álvaro a la par que sus ojos se mecen a ritmo del viento suave, todos lo miramos, sorprendidos, pues nunca había dicho nada tan simbólico dentro de lo paradójico de su sentencia. Él que en todas las salidas solo cantaba “no seré un ladrillo más de la pared” ha expresado hoy con sentimiento una verdad que nos pertenece a todos nosotros. Los presentes ausentes.

¡Que cansancio! Entonces nos sentamos en la vieja esquina de siempre a descansar, ahora si se acabó la cerveza, habrá que comprar otra caja, pero después, lo importante en este momento es descansar. Resoplamos, balbuceamos, incluso lloramos cuando la nostalgia nos aborda; fatigados por la exigencia de ser perfectos pretendemos perdernos para volvernos a encontrar, apagamos las linternas para que la oscuridad nos consuma más de lo que estamos ¡al cielo! Grita Patricia y todos miramos, una estrella fugaz pasa efímera encima de nuestras cabezas, nadie lo dirá a voz fuerte, pero todos pediremos un deseo, yo deseo, deseando ando en que por fin logremos volver a vivir. Que cielo maravilloso el de la noche, tan majestuoso, tan luminoso en su oscuridad, tan eterno en su infinidad.

Creo que nos dormimos un rato, al despertarnos nos sentimos pesados, perdidos en nuestra inconciencia, todavía estamos todos juntos, los que hoy empezamos, hoy terminamos, buena noticia. La cabeza nos da vueltas como loca, la ebriedad hace que veamos cosas inexistentes como a nosotros. Nos levantamos y volvemos a caminar, riendo, cantando como se hacía en el pasado, sintiéndonos de nuevo uno solo; iluminamos de nuevo la travesía, no vayamos a caer en un hueco del que no podamos volver a salir. Volvemos a andar, a vagar como almas perdidas en el espacio buscando un lugar confortable de descanso para reposar los cuerpos y sanar el espíritu, buscamos la cabeza, la hemos perdido, buscamos el corazón, se ha escapado, buscamos la fe, nos abandonó en la iglesia del centro, nos buscamos para encontrarnos y recomenzar de nuevo, buscando no fallar.

Caminamos, ya no evadiendo la muerte, pues ella ya nos cobijó hace muchos días atrás. Las calles oscuras son testigas perenes de lo que quisimos ser y lo que nos tocó ser, de los pasos que deseábamos dar y los que nos obligaron a dar, de las decisiones que nos formaron y de aquellas que nos deformaron. Las calles oscuras son testigas de nuestro llanto, de nuestro dolor, de las lágrimas y las suplicas. Las calles oscuras somos nosotros buscando desesperadamente una luz para aliviar la pena.

24 de Julio de 2021 a las 21:13 0 Reporte Insertar Seguir historia
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