rubiagenerica Sofía Hourclé

¿Es posible adoptar a un oso a una familia rota? - El destino cruzará los caminos de un oso pardo y un estudiante de zoología hacia la formación de su nuevo concepto de familia.


Cuento Todo público.

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Nunca nadie supo de dónde salió.

Tenía sólo ocho años cuando, después de haber cruzado el cerco del bosque, vi una enorme silueta que se rezagaba entre los arbustos y la enredadera que lo abrazaba. Era oscuro, pero no tanto, se sacudió y al alzar la cabeza, él también me divisó. Mi cuerpo sintió millones de agujas clavarse entre los infinitos poros de mi piel; centenares de cosquilleos comenzaron a erizar el escaso vello de mis brazos, y otras incontables sensaciones invadieron mi estado en aquel momento. Un gélido bufido me petrificó y el pavor de estar ante una bestia gigantesca me paralizó sin rodeos. Lo único vivo en mí era el respirar; en él, eran sus orejas en alerta, su ronca exhalación, su mirada asesina, sus ocelos efervescentes de sangre. El frío del clima no permitía ni una sola gota de sudor en mi frente, pero el pánico obviaba la censura. Titubeé, por un instante amagué a correr, huir de allí, pero dos piernas no logran ganarle a cuatro. Atisbé varias veces a mí alrededor, pero nada ni nadie podían ayudarme. Volví la mirada al suelo y vi una rama bifurcada. La tomé, pero el brusco movimiento sólo provocó la ira del gigante. Rugió. Él rugió. Meneó la cabeza hacia ambos costados instruyéndome con señales inentendibles. Temibles garras emergieron desde la flora que lo recubría; negras y parco, como los mismos ocelos turbadores que vigilaban cada movimiento que realizaba. El respirar era pasivo, bastante inquietante. Hice un ademán con una mano para atraer toda su atención en esa, y con la otra le atiné con la rama. Unos instantes luego, esprinté en dirección opuesta.


En aquella instancia de huida no existía la posibilidad de que algún pensamiento rondara por mi cabeza sobre una estrategia perfecta de escape; simplemente corrí. Cuanto más movía las piernas para ganar velocidad, tanto más el aire salía de mis pulmones a mayor desesperación. Las imágenes de mis brazos sacudiéndose a los costados del torso para impulsarme con el aire, mi cuello recto, erguido, tenso; mi habilidad de atletismo alcanzando un punto culmine en la carrera por sobrevivir, y las hojas y ramas de algunos arbustos crecidos que arreaban mi rostro una vez fueron reales coyunturas en un presente. Empero, ahora se convirtieron en vívidos recuerdos. Mi cabeza no entendía muy bien la situación: ¿Estaba huyendo? – pues sí - ¡estaba huyendo!, ¿Aún me persigue? – Volteé el cuerpo y la cabeza hacia atrás y vislumbré un tumulto de carne de tupido pelaje oscuro que seguía muy de cerca mis desmesurados pasos - ¡sí, me persigue! – me dije a mí mismo que debía correr sin importar mi condición física, mi asma, mi diabetes, todo. Mi cuerpo entero generaba fricción, la cadera crujía como madera vieja, el cuello se tensaba cada vez más y mis piernas ganaban velocidad y rapidez. Mi acechador corría de forma mucho más veloz, pero pude perderlo de vista cuando me lancé por una colina y descendí en picada. Los raspones en los codos, el rostro lacerado y la piel desquebrajada no eran absolutamente nada en comparación al peligro acechante detrás de mí. Al llegar al llano, me esforcé por ponerme de pie. Luego, corrí. Me detuve, inspiré, y después corrí. Más tarde no supe hasta dónde llegué; lo único que sabía era que, al parecer, ya estaba a salvo.


Recobré el aliento luego de unos segundos prolongados al esconderme dentro del hueco de un tronco grueso y viejo. Con las mangas del suéter me secaba la transpiración de la sien. Tragué varias veces antes de observar a los alrededores para ver si esa bestia aún seguía merodeando, pero nada. Todavía experimento la sempiterna sensación del bufido de la álgida ventisca sobre mi humedecido rostro jovial, perteneciente a la etapa de la mocedad latente. También, recuerdo que sobre la base del tronco hueco yacía una pequeña borla de madera deformada: la arranqué de su lugar y la arrojé hacia el césped rociado con la humedad del ambiente. He llegado con vida al día de hoy y aún no he descifrado el porqué arrojé el trozo de madera hacia el suelo - ¿acaso la inmadurez propia quiso que el monstruo me encuentre?, llamarle la atención - ¿o quería enfocar mi mente en otra cosa para deshacerme del miedo que me abrumaba? – debo admitir que eso sólo fue debido a un impulso de total irracionalidad. Consecuente a ello, mi acechador se guio por el sonido de la borla que arrojé. Sus pasos resonaban entre los cuerpos de los árboles; ese mismo sonido grave en eco transmitía el peso del animal. Desde mi punto de vista, esa cosa era enorme. Debería pesar al menos unos 1000 kilos. No estaba seguro, porque de lo único que estaba seguro era que debía escapar de allí. Primero, tenía que distraerlo; crear una distracción temporal. La borla que había arrojado era un recurso que ya no podía volver a usar. Mi estrategia continuaba en pie, pero por desgracia los recursos a mi alcance eran limitados. La ruta de escape era estrecha; a cada respirar las posibilidades se reducían. En aquel momento, enclaustrado por los barrotes que me disgregaban de la cordura a la locura, simplemente cerré los ojos y, al no ver nada, comencé a recordar el pasado no tan lejano: sentado en casa tomando un vaso de leche caliente mientras esperaba que las galletas en el horno estén listas. ¿Qué fue lo que me arrastró hasta aquí? Aunque se vuelva confuso, todavía recuerdo vicisitudes más difusas y más antiguas en las cuales los deseos más latentes eran exiguos en su totalidad.


Sin más pensar, abro los ojos y allí lo veo con el hocico bien abierto abalanzándose hacia mí para morderme: la bestia se lanzó sobre mí pero no pudo penetrar mi carne con sus dientes, sólo alcanzó a lacerarme el brazo con sus enormes garras. Me atinó, pero logré escabullirme al final. El tronco seco y muerto en donde me encontraba era el refugio y la protección que necesitaba, o al menos así lo creía. Me agaché más y me arrastré por dentro del tronco hueco. La bestia no se quedó de brazos cruzados: introdujo sus garras dentro de la coraza de madera y reiteradas veces trató de tomarme por la pierna, pero por suerte nunca pudo, de lo contrario no estaría aquí contando lo sucedido. El canal del tronco se hacía más estrecho ya que le había crecido una protuberancia dentro y el pasar se tornaba dificultoso, casi imposible. De igual modo, no paré de empujar y patear cualquier obstáculo dentro de éste. Espeté la madera con la pierna y luego pasé a través. El animal quita las zarpas del tronco e intentó tomarme de otra manera. Encuentra un hoyo y vuelve a sumergir sus quiméricas garras en un intento por herirme; de nuevo falla. Mientras tanto, yo sigo retorciéndome entre el espeso mar de madera y luchando por no ser capturado. En pocas palabras, presenciaba cómo una criatura conformada por puntas filosas y pelos que se extendían hasta su lomo se introducía en el tronco hueco y emitía sus reiterados e incesantes ataques contra mí. En ese mismo instante, había olvidado que tenía un hermano y una hermana, que yo era hijo de mis padres, que mis abuelas me habían regalado una bolsa llena de dulces y que no entendía muy bien de dónde provenía Santa Claus. Mi mente y mi madurez habían alcanzado el estrato culmine de toda norma de supervivencia.


La madera comenzaba a quebrarse y detrás le seguía una gran zarpa que presionaba hasta alcanzarme. Los trozos separados de la madera seca conformaban un arma afilada contra la bestia: tomé uno lo bastante puntiagudo y se lo incrusté en el metacarpo. El rugido de dolor retumbó dentro del tronco y resonó por todo el bosque. Cuando retiró las garras, usufructué el momento para escapar por el hoyo que había generado la bestia. Al salir, sin importar nada, corrí lo más deprisa que mis piernas podían soportar. El monstruo, cegado por la ira, empujó el tronco con las patas traseras hasta colisionar contra un árbol. La vibración se extendió hasta la copa de éste mismo y la nieve acumulada en las alturas comenzó a deslizarse por las ramas desnudas hasta impactar contra el suelo helado. El peso de la nieve fue la fuerza que sepultó mi cuerpo pero no el espíritu. La inefable sensación de estar sumergido en la helada y no poder ver el ambiente que te rodea ni exhalar un suspiro porque la nieve se apodera de tu garganta, paralizando las cuerdas vocales, sin poder gritar por socorro, ni poder mover a gusto tus extremidades, era el recuerdo de una pesadilla hecha realidad. ¿Qué es esa sensación de absoluto punto de congelamiento ramificado? Desperté en un páramo blanco, carente de calor y de oxígeno. Comencé a nadar entre la espesura blanca y pude salir antes de que la bestia me capture. Impulsé mi cuerpo hacia arriba, ejercí una fuerza inmedible al colocar mis pies sobre una superficie desconocida y empujar, con las manos, lo que aprisionaba mi cuerpo. Primero saqué una mano, luego el brazo y luego pude respirar- ¡Sí! – el reconfortante aire que expandía mi caja torácica y el esfuerzo por inspirar y exhalar me otorgó aún más fuerzas para huir de la prisión congelada que envolvía, como una hoja de parra, todo mi cuerpo.


Detrás de mí la bestia se aproximaba apoyada sobre tres patas. Cojeaba, pero enfurecida, se decidió por aniquilarme. Me quité los restos de nieve y, aunque temblaba por el congelamiento, comencé a correr siendo ajeno a toda sensación de calor. La fricción al correr era tan sólo ficción. Estaba helado; pareciese que los huesos se quebrarían con tan sólo el bufido de un bebé y la carne aterida se tornó medrosa a cualquier tacto. Mis zapatos yacían llenos de agua y hielo: pesados y duros como una roca. Mis músculos se esforzaban el doble, y todo mi pecho se volvió azul como el mar. Desde luego no quería voltearme a ver que me esperaba. A duras penas podía moverme: agilidad reducida, destreza perdida y esperanza destruida. La respiración del monstruo acariciaba mi espalda, las puntas de sus zarpas rozaban conmigo y el cansancio se estaba apoderando de mí poco a poco. De todas formas esforcé mi cuerpo al punto de acalambrarme ambas piernas hasta caer al suelo. El impacto fue seco y severo; todavía, si me toco el lado izquierdo del rostro, puedo sentir aquel golpe frío contra la nieve. La cara pálida, el cuerpo adolorido y las piernas entumecidas- pensé – mi corta vida acabará aquí, se acabó, moriré – entonces cerré los ojos y esperé mi momento. Afrontando mi destino, allí aguardé: aún seguía con vida. Abrí los ojos bruscamente, me volteé y no vi nada. Al parecer, la criatura se había marchado, pero ¿a dónde? Y ¿por qué? Me puse de pie sin más pensarlo y, ya estando menos exasperado, decidí huir con seguridad pero sin poder creerlo- en aquel momento supongo que no estaba pensando la situación del todo bien- en vez de irme para la dirección opuesta del peligro, decidí darme la vuelta y buscar al gigante. Lo insólito me espetó; sin duda alguna algo había pasado para que aquel monstruo se olvidase de mí y se alejara o que alguien o algo lo haya alejado de mí. En ningún momento presencié un cambio en la circunstancia actual. Busqué en los alrededores por algún indicio con el fin de saber qué ha ocurrido en realidad, pero por desgracia inigualable, el páramo congelado era lo único que me acompañaba allí. Al no hallar nada, regresé a casa contento de estar sano y salvo.


Dorothy, mi madre, expresó su inmensurable alegría al verme volver a casa luego de tanto tiempo de haber estado fuera. No hubo oportunidad para una reprimenda por no haber regresado para la merienda; sólo se agachó y me abrazó y creo que la sustancia húmeda en mis hombros eran sus mismas lágrimas. Su alborozo se mezcló con el suplicio de saber que algo me pudo haber ocurrido. Apenas pude reaccionar para abrazarla al unísono; me paralicé y ningún halo de emoción iluminó mi rostro. Mi expresión llana acompañando mi palidez era la única imagen que transmitía. Inmóvil e inmutado, dejé que ella me abrace y que llorara en silencio. Luego de unos minutos más tarde, mi padre llega a casa; había salido a buscarme. Se acerca y me toma del brazo preguntándome qué había ocurrido y dónde estaba con un tono de absoluta consternación y tristeza – todavía que lo pienso, no entiendo por qué no dije nada. No existían palabras en mí, sólo el alivio de seguir con vida. Tampoco estaba cohibido ni traumado, simplemente callado. Aquella inolvidable experiencia había marcado una nueva cualidad en mí: me había hecho impávido.


Con extrañez en mi historia, comencé a ser más curioso aún. Mi madre me interrogó sin cesar y, junto con mi padre, pudieron obtener algo de información acerca de lo que había sucedido. Les conté todo: el encuentro, la caída, las heridas y la desaparición. Luego de la conversación, me levanté de la mesa y me fui a la cama. Allí me recosté con la ropa puesta y pernocté hasta algún día en el calendario del mismo mes.


Mi madre preocupada había pedido consenso en el pueblo para salir a atrapar o ahuyentar a la criatura ya que al estar merodeando tan cerca del poblado sería una gran amenaza no sólo para los niños sino también para cualquiera que se movilice allí. Cuando ya me había despertado, mis padres juntos con otros vecinos de buena voluntad se habían reunido con palos y redes. Sin escrúpulos, se dirigieron hacia el bosque, incluso la policía local intervino en el conflicto. Todas las personas asistieron, o al menos los que conocía yo: adultos, ancianos, jóvenes, etc. La red más grande que llevaron medía como unos seis metros de largo. Todos estaban entusiasmados por hallar a la criatura al igual que yo, pero la diferencia era que yo sólo quería saber si todavía merodeaba por allí. Mi madre insistió en que permaneciera en casa, pero después de cinco minutos que salieron con los vecinos, escapé y tomé otra dirección. Entré al bosque ese día a la tarde; caminé sin cejar ni un momento y cuando menos lo esperaba, el bufido tórrido del gigante estremecía mi espalda: Se posó detrás de mí pero no atacó. Esperó paciente a que me fuera en silencio pero no hui. La bestia se posa sobre sus dos patas traseras y sacudiendo la cabeza me indicaba el camino para que me vaya, pero extrañamente no me fui. Permanecí allí no sé por qué. Pareciese que el monstruo estuviese perdiendo la paciencia, pero aun así no me atacó. Los instantes más lacónicos en dónde lo lógico no encuentra sitio existente para mostrarse son los mismos instantes que perduran en circunstancias extremas en las cuales tan sólo un minuto se prolonga de manera sempiterna en tu memoria durante toda tu vida. A todo esto, yo nunca comprendí nada de lo que había presenciado.


Por desgracia, la gente del pueblo apareció y rápidamente le lanzaron la red sobre su lomo. Al capturarlo con éxito, comienzan a rodearlo para incrustar los salientes en los extremos del tejido carcelario en el suelo y así poder mantenerlo acostado en la tierra. Un hombre que se acercó hacia mí me empujó intentando alejarme de la peligrosa bestia y me caí. Ésta yacía recostada con el cuello extendido sin poder moverse y al llegar más gente comenzaron a apalearla en la cabeza para embobecerla. Finalmente la policía llegó y se encargaron de la criatura: dos policías uniformados y armados obstaculizaron el paso para los civiles, se colocaron en frente de la bestia y abrieron fuego. No vi la ejecución completa pero logré contar cinco tiros. Cuando los demás empezaron a movilizarse y a retirarse, me acerqué y allí lo vi: el mismo temible monstruo que una vez me atacó furioso ahora yacía sobre el prado con dos impactos de balas en el cráneo y tres en el resto del cuerpo. Cuando ya todos se habían marchado, yo me quedé allí solo contemplando el cadáver. Toda impavidez resultó ser una falsedad y pequeñas expresiones de pesadumbre comenzaron a brotar de mí ser. Luego de un tris, la nieve que descendía de la copa alta de los árboles empezó a acumularse sobre el cadáver y a cubrirlo como la mortaja natural que el bosque le concedió para que su descanso eterno no sea interrumpido. El último copo de nieve terminó por recubrir su nariz y, de este modo, la evidencia del asesinato cometido desapareció. No comprendí el proceso doloroso de su muerte y antes de irme de aquel lugar, aunque el clima gélido no transmita fuertes aromas, un apestoso olor a pescado llamó mi atención. Busqué de dónde provenía y entre unos arbustos cortados y, ramas rotas y hojas secas, encontré un hoyo en el suelo. Me acerqué y, entre la espesura, sólo pude distinguir un pasadizo: era la entrada a una madriguera que se había construido y que no era tan reciente. Me aventuré en las profundidades de su interior y hallé la respuesta a todas mis dudas: el hocico de un osezno tropezó con mi nariz. Al principio me aterré, pensé que me atacaría pero él sólo me observó y se acurrucó sobre un montón de pescados muertos. Era un colchón de escamas y aletas que lo acobijaban. Acompañado de su soledad y de los sonidos de su propio respirar, esperó con la cabeza metida entre sus patas a la madre para que regresara por él. Ahora lo entiendo, no era un monstruo, ella era su madre que velaba por su pequeño y la razón por la cual me atacó se encontraba en frente de mis narices- ¿Qué hicimos?- me pregunté reiteradas veces - ¿Acaso era ella el monstruo o por el pavor que nos atormentó éramos nosotros el monstruo? – No pude entender, yo sólo tenía ocho años, yo sólo hui aterrado…


Volví a mis cabales cuando le extendí la mano al osezno y esperé a que me olfateara, pero no hizo nada, sólo esperó allí entre la álgida bruma que recubría la entrada de la madriguera. Tan sólo contaba con un pullover de lana que recubría mi cuello. El viento empezó a golpearme en mi rostro y manos; el frío se estaba apoderando de mí. Mi temperatura corporal estaba descendiendo de modo paulatino. No tenía el pelaje del pequeño osezno que me protegía de la helada, así que con un poco de aflicción por él me retiré. En el camino a casa pensaba en el pequeño: ¿esperará allí a su madre? Quizás se canse y se vaya.


Al llegar a mi cálido hogar, lo primero que hice fue dirigirme hacia la chimenea, abrigarme con otro pullover y calentarme frente al gran hogar de piedra. Mis padres todavía no habían llegado y en silencio yací sobre la alfombra que recubría y ornamentaba gran parte de la sala de estar pensando en muchas cosas. El propio silencio de la casa hacía de mi residencia allí una aciaga experiencia. El ambiente de la sala era luctuoso, y los recintos contiguos se tornaron espeluznantes porque la madera cerca del fuego comenzó a crujir como los dientes de una bruja anciana deseosa de comida. La penumbra que generaba la luz del fuego formaba siluetas y figuras extrañas en el suelo y paredes a mí alrededor. A mayor distancia del hogar, las figuras se iban deformando a lo largo de la sala: unas más escuetas y aplastadas y otras eran grandes cabezas transparentes alargadas que se movían al compás del crepitar en la chimenea. Recogí mis manos y observé el techo, el alfombrado, las paredes, las pilastras que acompañaban los costados del hogar, las patas de las mesas, sillas y muebles y lo peor el arbusto que tocaba la ventana: su sombra proyectaba una mano lúgubre que rozaba con mis piernas recogidas. Me puse de pie y me alejé del hogar. Ya había entrado en calor así que comencé a encender todas las luces que mi casa podía proveerme para que las sombras que me atormentaban desaparecieran de mi vista. Lo había logrado encendiendo todos los interruptores de la sala de estar, pero al instante que las volvía a apagar, las sombras volvían al acecho con remilgo. Ellas estaban allí: hablaban, no se movían, simplemente me señalaban.


Subí las escaleras hacia mi cuarto y me acosté en la cama. Cubrí todo mi cuerpo con frazadas y me dormí. Los lejanos sonidos de mis padres que llegaron a casa me despertaron en la noche. Amagué a levantarme de la cama para saludarlos pero no lo hice. Permanecí en la cama y continué durmiendo; no quería que nadie me viera. Quería estar solo. Sin embargo, luego de un corto lapso de tiempo, mis padres suben al cuarto y me arropan juntos. Ambos demostraron compasión y afecto incondicional por mí, pero yo no los saludé. No estaba enojado, sólo que no los saludé. Volví a caer en mis sueños y hasta la mañana siguiente no me desperté.


Vislumbré un brillante halo de luz que penetraba en mi retina. Por unos segundos me cegó, pero luego vi mi cuarto. El invierno se veía prometedor con aquella entrada apacible de luz por mi ventana, pero sólo se trataba de la carente espesura de la nieve. La nieve que se había acumulado en mí alfeizar se derritió por la ilusión canicular de que la primavera se avecinaba. No obstante, me levanté de la cama y saludé a mis padres desde luego. Comencé mi desayuno en paz hasta que oigo a mi padre decir que iría a la tienda a comprar pescado para la cena de hoy. En aquel instante recordé el futuro infortunio del osezno en la madriguera - ¿todavía seguirá allí? – pensé. Sin más, terminé el desayuno y me dirigí hacia el lugar del asesinato. Mi corazón palpitaba cada vez más deprisa sin saber si se trataba de miedo o curiosidad; quizás ambas. Al llegar al lugar en donde estaba la duna de nieve que escondía el cadáver debajo, busqué en la periferia y hallé la madriguera. Ahora con más luz pude notar que no era tan profunda y el osezno se encontraba allí, solitario y acurrucado, exhalando suspiros prolongados y esperando el retorno de su madre difunta. Alzó la cabeza por unos segundos para observarme atento, pero luego la agachó y permaneció acurrucado y expectativo; aislado y luctuoso; solo y con el ánimo difunto. Ahora todo el pesar recayó en mi consciencia. Rápidamente volví corriendo a casa para buscar alimentos y provisiones para el pequeño osezno. Al llegar, busqué con desesperación en cada alacena y en cada rincón latas de pescado o cualquier alimento no perecedero. Hallé lo que pude y volví corriendo a la guarida. No se fue a ningún lado, allí estaba recostado sobre la pila de cadáveres de pescados hediondos. Le cedí la comida y gustoso se acercó a mí. Le tendí una lata de pescado y se la devoró: la tomó con sus dos patas delanteras y lamió hasta el último trozo de pescado triturado. Luego le di pan y también lo degluto. Le di otra lata de pescado y otra de mariscos y se las comió todas, incluso mordía las latas. Cuando le di toda la comida que llevaba conmigo, salió de la madriguera y buscó entre mi ropa si aún tenía más pero ya se me había acabado toda. Comenzó a quejarse del hambre pero permaneció a mi lado. De alguna manera sabía que yo lo alimentaría. En aquel momento no sabía qué hacer- piénsalo, un niño de ocho años junto a un animal salvaje, ¿qué pude haber hecho? – No lo pensé varias veces, simplemente acudí a ayudarlo porque después de todo estaba solo y la madre difunta no lo asistirá nunca más. Sin embargo, no podía llevármelo a casa- aún me imagino cuál hubiese sido la reacción de mis padres al ver el “pequeño” amigo que llevaba a casa- era inocuo, pero nadie lo vería así.



Durante la mañana, me concentraba en los quehaceres cotidianos y realizaba toda faena obligatoria; durante el resto del día, todos los días, le llevaba provisiones a su exigua madriguera y a veces me quedaba un poco más de tiempo junto a él para hacerle compañía. Nunca me habían interesado tanto los animales, y menos uno como éste; en poco tiempo aprendí más acerca de su dieta, aprendí que hibernan una vez al año, que les encanta el salmón y la miel, pero sobre todo que son muy compañeros. Debido a mi interpretación de comportamiento animal, me había dado cuenta de que al llegar mi partida a casa, el osezno padecía la soledad como una herida física. Al año, había crecido un tanto más de estatura y además se encariño conmigo: recobró parte del júbilo perdido y me tomó afecto extremadamente incondicional, y creo que yo también. En parte sentía pena por él y su madre fenecida, pero luego de unos segundos vislumbraba el latente alborozo que expedía a su andar. Era una criatura aterradora - ¿lo creen? – yo no, por supuesto. Pensándolo bien, era como mi amigo, un compañero extraño y curioso, y a pesar de los decires, era inofensivo ante mis ojos- jamás podré decir que lo adopté como mascota, porque más bien compartíamos el mismo nivel de socialización.


Hallé bastante apacible la sensación de aventura que siempre colocaba en frente de mis narices; aunque durante todo el invierno estuviese bastante somnoliento (ya que esa es una de sus mayores características), siempre quería ir más allá del bosque; por tanto fuimos a recorrer las afueras. Fue entonces cuando empecé a estudiar el comportamiento animal en diferentes biomas más tarde en la universidad- recuerdo aquella vez que caminamos varios kilómetros, jamás los conté, pero se sintió exhaustivo y entretenido. Nunca lo domestiqué, pero sí le enseñé a vivir en manada aunque esa naturaleza no esté en sus genes.


Cuando tuve edad suficiente para encaminarme hacia una vida de estudio y profesionalismo, me dediqué a aprender sobre la vida animal y escogí Zoología. Descubrí un mundo lleno de curiosidades y maravillas que la mayoría de las personas desconocen. Quería aprender todo sobre ellos, en especial sobre los osos. Mis padres alentaron mi dedicación al estudio pero jamás se cuestionaron por qué los osos- ahora que me lo planteo, quizás habrá sido la mera culpa, o el sentimiento de poder gozar del mejor compañero que nunca antes pude haber tenido: Ursidae.


Ursidae- Sí, así es- ese fue el nombre que escogí para el osezno, que por cierto, ya había crecido lo suficiente para dejar de llamarlo osezno. A pesar de haberlo nombrado con una palabra procedente de la terminología técnica en latín, esa palabra cargaba con un gran peso sentimental- Debo admitirlo, y sobre todo a la edad de cuarenta y seis años que es incuestionablemente cierto lo bien que se relaciona una persona estudiosa con la misma materia de aprendizaje. Verán, alguien que no es muy popular durante su juventud, encuentra plácido otras cosas en la vida. Lo mío era Ursidae: mientras aprendía más sobre él y los de su tipo, tuve la experiencia de poder confirmar que él también aprendía aún más de mí y los de mi tipo. Su instinto animal siempre lo conservó, incluso salió a flote en las circunstancias más salvajes- y puedo decir lo mismo de mí.


Helen, ese era su nombre (me tomo de la cabeza). Todo comenzó aquel día, al llegar tarde a la segunda clase de Química Biológica- sí, bastante acertado; y no, ella no era una estudiante- Mi nombre y mi número de matrícula no aparecían en la base de datos de la universidad; por tanto no se me permitió cursar esa cátedra. Los directivos exigieron que renovara mi estadía o que volviera a completar todos los datos del informe universitario, y fue en aquel entonces cuando conocí a Helen: una mujer mayor que yo, simpática, pelirroja, aventurera, y audaz. No conocía mucho sobre las materias y las carreras que proporcionaba el plantel de la universidad, pero aun así estaba allí. Trabajaba como secretaria administrativa de la carrera de Zoología, así que me la había topado varias veces. La primera vez fue aquella, cuando por un tonto papel no me dejaron asistir a la segunda clase de Química Biológica y luego tuve que pedir los apuntes a otro estudiante. Todavía recuerdo lo primero que me dijo: “así es la burocracia, ¿no?”- no entendía mucho sobre la materia de estudio que comprendía yo, pero incluso así era muy curiosa y ensimismada en querer aprender más sobre todos los temas que el mundo abarca. Al principio éramos amigos, me ayudaba con el papeleo de la universidad y yo le explicaba todo lo que aprendía en las clases. Comenzó a interesarse más por los animales y su mundo. Le mostré a Ursidae, y hasta se encariñó con él, también.


Las experiencias que cada individuo puede contemplar conforman la esencia única que generan sensaciones vívidas y reconfortantes, las cuales, por su parte, son lo que es la vida en sí. Ninguno de los dos sabíamos qué era la comida Thai, entonces ordenamos dos cazuelas en un restaurante un poco caro (pero lo valía), juntamos provisiones, y acampamos en el bosque dónde se encontraba Ursidae; asimismo, lo invitamos a que se nos una en el festín. Aunque el clima era frío, lo bueno era que no nevaba. Durante el atardecer, reímos, platicamos, contamos historias de momentos pasados y, al caer la noche, contemplamos las luces lejanas que brillaban en el cielo nocturno. Ninguno sabía sobre constelaciones ni astronomía propiamente dicha, tampoco sabíamos que aquella noche de invierno, ante el cálido fuego de la fogata, comenzaríamos una relación romántica dándonos nuestro primer beso. Esa noche no pudimos separarnos, dormimos en su apartamento.

Al principio cada paso en la relación era una aventura y una experiencia nueva. Experimentamos todo lo que teníamos a nuestro alcance: comida nueva, lugares para visitar, conocimientos enriquecedores, incluso sexo. Conocí a sus padres: gente bastante simple, tenían una visión del mundo simplistas y escueta, pero me agradaban. Sus conversaciones se volvían triviales, pero al final resultaban ser amenas. Mis expectativas de mi nuevo mundo eran cada vez mayores comparadas con mi reducido mundo social a la edad de ocho años. Formalicé con una mujer, con Helen, conocí a su familia y ella la mía; estreché nuevas manos al graduarme de mi carrera, obtuve un premio por ser el estudiante más dedicado, colgué mi título de profesional en la pared de la sala de estar de la casa de mis padres; la misma sala en dónde me rezagué entre el fuego y las sombras que se proyectaban sobre las paredes aquella noche de culpa y asesinato. Ahora, podía pararme frente al cuadro que demostraba todo el gran esfuerzo en mi vida, pero lo que en verdad era mi esfuerzo y dedicación yacía en mí y en alguien más…- sí, eso jamás lo olvidaré.


Eran las 18.00 horas, me senté sobre una piedra cuya superficie era plana y curiosamente cómoda. Entre mis manos tenía una lapicera y un cuadernillo de notas simples; esas típicas lapiceras de estudiante, aunque de hecho ya no era uno. Era un profesional – pero, ¿saben qué?, nunca lo sentí como un avance preponderante en mi vida, lo que sí lo fue era inminente en aquel momento- en fin, luego de darme cuenta de que era un profesional, mientras tanto, mordía de manera desesperada el capuchón de la lapicera. Las ansias y el nerviosismo eran culminantes expresiones de la concentración sobre mi experimento: Ursidae. La investigación que estaba llevando a cabo era complicada para estudiar a fondo pero a la vez simple. En su adormecimiento general, se había recostado sobre el césped cubierto de nieve y había posado sus patas delanteras delante de su hocico; extendió las patas traseras y relajó todo el esqueleto. En el ínterin, tomaba nota de la reacción y del comportamiento que generaba un alimento a base de potasio y carbohidratos con suplementos químicos para aletargar su digestión y poder observarlo mejor. Cuando empezó a entrecerrar los ojos, me acerqué y pasé la mano sobre el grueso pelaje de su lomo; sentí la áspera textura de cada cabello que conformaba con decoración el símbolo de fortaleza del país de las estepas siberianas. Lóbrego, tupido y espléndidamente agraciado en carácter y hermosura; todos los detalles de terminación en sus patas plantígradas, sus garras en punta, su hocico marrón y respingado, su coraza lanuda negra que cubría todo menos su nariz, su respirar, su mirada…- era como si supiese la verdad de lo que había ocurrido hace ya 17 años pero el parpadear lento y laxado me transmitía amnistía por el hecho y clemencia por la culpa que sentí desde aquella vez. Él no necesitaba recordar, ni tampoco yo; ambos miramos hacia delante, y fue aquel día, aquella vez, parado frente al oso recostado, que presentí que alguien más me observaba. Ursidae levantó una oreja y abrió un ojo para ver quien se acercaba y cuando volteé, allí la vi: vestía un pantalón ancho y largo que le cubría hasta los pies y la campera le llegaba hasta por encima de las rodillas- ese abrigo no era de ella, era mío y era mi favorito más que nada por cómo lo lucía ella más que yo- pero traía algo consigo, entre sus brazos y a la altura del estómago. Dejé a un costado el anotador y la lapicera, justo sobre la pata de mi oso. Ella se acercó, a paso mesurado con una sonrisa de alegría y a la vez de consternación. Se colocó en frente de mí a tan sólo unos pocos centímetros, me tomó de la mano, la apoyó sobre su abdomen y me dijo: “Di hola” (ríe de forma pausada mientras recuerda y lo cuenta)- no entendía hasta que… (Hace una pausa y se seca las lágrimas)- Aún no la conocía, no sabría sus gustos ni sus ideas, ni su manifiesto, pero allí estaba mi futura hija: Evelyn. La abracé, a Helen, y no la solté por unos largos minutos- Ese día, aquel mismísimo instante, pasará a la eternidad de mi memoria, junto con el recuerdo que tuve cuando tenía ocho años. Sin embargo, ese momento era inefable ante los demás- había podido comprender y celebrar la creación de la vida y sobre todo poder comprender el amor paterno. Jamás la dejaría sola, le enseñaría todo lo que sé y juntos, con Helen y Ursidae la protegeríamos de cualquier peligro o circunstancia complicada. Juntos comprenderíamos los misterios del universo, los enigmas de la Zoología, la evolución, aprendería a defenderse cuando tenga suficiente edad, conseguiría un empleo digno y viajaría tanto pueda con su situación económica y con los deseos que rijan en su interior. La amo, no la conocía, pero ya comprendí el amor incondicional.


A los ocho meses Helen tuvo parto natural, sufrió durante horas, pero al final conocimos a Evelyn. Pesaba dos kilos y setecientos gramos. No tenía cabello y no cesaba de llorar. Había utilizado sus pulmones y sus ojos por primera vez en su vida. Claro, su vida, tan sólo estaba durando unos minutos. Respiraba al compás de Helen y yo lo único que hacía era sostener su diminuta mano derecha y ella tomarme del dedo índice con todas sus inmedibles fuerzas, las cuales resultaban ser una suave caricia para mí.


Evelyn creció, desarrolló sus piernas para los saltos, corridas y juegos a la edad de ocho años. Era una niña saludable y curiosa, igual que sus padres- pero los problemas comenzaron a aparecer. Helen era perfecta, Evelyn aún más, pero la gente del poblado empezó a quejarse con protección de animales con respecto a Ursidae. El oso se había vuelto muy sobreprotector por Evelyn, le había tomado un afecto tan incondicional como el mío y el de Helen, pero el problema era que es un oso. Otros niños se acercaban a Evelyn para jugar o por motivos varios y Ursidae reaccionaba diferente: se tornaba hostil y defensivo con Evelyn y eso podría traer complicaciones legales a futuro. Helen no estaba de acuerdo, pero era la única opción, además que obtendríamos mucho dinero por él- para ser honesto, ese oso marcó la mayor parte de mi infancia, tanto los momentos malos y los buenos; no podía simplemente deshacerme de él, pero la gente continuó presentando quejas y solicitudes, y no pude no ceder ante ellos.


Al mes siguiente, un circo pequeño ambulante se instaló un par de días en nuestro poblado. Les ofrecí a Ursidae por un precio razonable y al ver que era un oso lo bastante obediente y entrenado no lo pensaron por mucho y aceptaron el trato- Aunque él ahora me mire a los ojos y el perdón de su compasión sea tan sempiterna como mis sublimes recuerdos, jamás me perdonaré por lo que hice en esa situación- Lo encadenaron desde las patas delanteras, le montaron un collar de acero que le apretaba la garganta y lo enjaularon como a un animal rabioso, pero el único que estaba rabioso allí era mi persona. La insulsa expresión de abandono y desdén que invadía el rostro del oso espetaba en mí y levantó de las cenizas del olvido la mera culpa que tuve a los ocho años de edad. Su hocico pasaba entre las rejas, su bufido desmesurado cálido como mi ira, y sus orejas largas y tupidas conformaban el mensaje de la despedida con la manifestación de pura melancolía y con aire de sollozo y añoranza precoz, aunque no hablase, sé que me dijo de alguna forma y otra: “Adiós” (se voltea y le acaricia el lomo con cariño).

Volví a casa con el dinero en mano, para darle la noticia a Helen con aflicción. La verdad era que no podía ocultar mis sentimientos negativos por vender a Ursidae, pero en ese momento parecía ser lo correcto, hasta que la realidad de la gente de mi poblado demostró lo contrario. Al llegar, veo la puerta de mi hogar abierta. Ingreso, los muebles estaban intactos, el orden no llamaba la atención, pero la escena de Helen yaciendo sobre la alfombra de la sala con el corazón destrozado irrumpiendo en llanto una y otra vez fue lo que culminó en un desastre emocional para mí. Las palabras no le agraciaban, no podía hablarme, simplemente lloraba y maldecía una y otra vez (se toma de la cabeza como si no quisiera recordar). Pregunté centenares de veces qué había sucedido y dónde estaba Evelyn, pero todo lo que hacía era negar con la cabeza y señalarme hacia la ventana la cual tenía uno de los vidrios rotos. Me aproximo hacia el alfeizar y observo una nota con letras de imprenta de diferentes fuentes pegadas a la hoja y en silencio, de pie aunque abatido por dentro, leí la demanda monetaria que exigían mientras las luces azules y rojas iluminaban el frente de mi casa y el impávido y pálido rostro que nunca jamás volví a tener, desgraciadamente, lo porté como máscara propia. Las sirenas de los coches debían de resonar, pero por alguna extraña razón no las escuchaba- y de hecho no era tan extraño- lo único que sentía era mi agitado respirar y el latir pronunciado del corazón de mi hija. ¿Dónde estará? ¿Por qué ella? Tan sólo tenía ocho años de edad. Despertaron en mí el oso fiero que llevaba dentro, los encontraría y no dudaría en reaccionar lo más agresivo posible. Los aniquilaría, los destrozaría, los mutilaría, los… - y un policía calmó mi voz diciéndome que todo se resolvería, que con el dinero en mano podría rescatar a mi hija y fue así como confié en las palabras de unos inútiles. Sus miradas sincronizadas y sus acciones organizadas; pareciese que ellos ya conocían el paradero de los secuestradores - ¿y cómo sé que eran muchos?, sólo mero instinto.

Las horas transcurrieron, los siguientes días se avecinaron, y ninguno conseguía una respuesta anónima, hasta que un supuesto policía me asegura entregarle el dinero al secuestrador ya que se había contactado con él. El resto de los oficiales lo siguen y me prometen encarcelarlo y devolverme a mi hija. No obstante, las mentiras bien orquestadas y planificadas a largo plazo se vuelven el telón que abre y cierra el espectáculo de la realidad en la que vivimos; uno de los policías que había seguido al otro había encontrado a mi hija, en el bosque, en el mismo bosque donde se rezagaba Ursidae (comienza a hipar)- un padre no debería levantar en brazos el cadáver de su propia hija, ni la madre presenciarlo. Todo por lo que uno había luchado y logrado, todo aquello por lo que uno amó y desarrolló, todo lo que se conoce había fenecido en el umbral del anterior asesinato. La gente del pueblo jamás se ofreció a ayudarme en mi búsqueda, ni siquiera en apoyo emocional. Ahora ya nada se podía hacer al respecto.

Helen comenzó a distanciarse de mí, alegaba ver el rostro de su hija en mis melancólicos ojos cansados y yo no podía cesar de pensar en que todo el tiempo me equivoqué. El policía, la gente del pueblo, el asesinato, el secuestro, el oso…- ya nada me ataba a aquel poblado del demonio. En unos pocos días, Helen simplemente me abandonó: tomó un vuelo a Francia en dónde residía su prima que era artista y creo que vivió allí la mayor parte de su vida. Jamás la volví a ver. Al abandonarme, se vaporizaron mis sueños con ella y todo lo que había anhelado. Empero, no todo había culminado. Todavía mi corazón latía lleno de rencor incontenible.


Una noche, ya ni me acuerdo de qué año ni de qué vísperas, entré en hurtadillas al campo externo del circo el cual había regresado y entre jaulas y grilletes, allí lo volví a ver a mi viejo amigo incondicional. Era lo único que me quedaba. Su frente caída, su hocico humedecido por incontables gotas de llanto, y su afligida expresión de absoluta tristeza era el vívido símbolo que lo representaba por su estadía en aquel circo. Mi equivocación fue haberlo vendido y aceptar una deuda en billetes la cual la pagaría con sangre más tarde. Por un tiempo, había renunciado a todo lo que amaba, incluso la Zoología, pero me di cuenta que todavía respiraba, con dolor, pero lo hacía. Con una barreta, no era mucho sin embargo era lo que tenía a mano, irrumpí en la jaula que lo encerraba, doblé unos cuantos barrotes y antes de que los cirqueros apareciesen con sus armas de fuego, juntos escapamos hacia la cruda libertad. Supongo que lo que me merecía en aquel entonces era una buena sacudida por parte del oso, pero en su lugar, como un buen canino, me lamió y rozó su hocico lleno de lágrimas de alegría y agradecimiento contra mi rostro. Cuando no tenía nada en mí, lo tuve a él- volví diez años atrás en el tiempo.

La gente del pueblo buscaba al oso desaparecido junto con la policía. De igual modo, no tardaron mucho en vislumbrar que había sido un robo ya que había dejado el barrote junto a la jaula. Tonto de mi parte, pero ya no me importaba nada. Ya no podía volver a mi propiedad, de alguna manera sabían que se trataba de mí, así que juntos nos dirigimos a las afueras del poblado las cuales lindaban con aquel bosque histórico. Mientras caminábamos a la par, oímos un ruido detrás de nosotros y allí yacía con remilgo un policía uniformado con su escopeta recortada en mano- era tan vívido como el recuerdo de los policías que asesinaron al primer oso. Me ordenó que me detuviera y abandonase todo plan ridículo. ¿Plan ridículo? - ¿Acaso quién era él para ordenarme algo? – y entre los halos de luz que se escurrían como líquido entre las frondosas copas de los pinos, pude distinguir el mismo rostro sádico de aquel policía que se llevó mi dinero y con él la vida de mi hija. Me acerqué con rapidez, él no reaccionó así que lo golpeé en la frente. Lo tumbé, le quité la escopeta y recordé cuando juré no titubear ante una situación agresiva, en especial con respecto a mi hija. El arma ya estaba cargada, le apunté y esperé. Mi cuerpo emanaba una ira incontrolable que se podía atisbar desde las lejanías; por tanto, volví a apuntarle, mirar por la rendija de la mira y esperar a que el destino se apoderara de mí. No obstante, no fue así. Mis manos ya estaban manchadas con culpa e ira, así que Ursidae tomó las riendas de la situación y le incrustó la cabeza en el suelo partiéndole el cráneo y las vértebras del cuello. Las garras le desfiguraron y el trastazo lo mató al instante. Ursidae me miró a los ojos y me lamió las manos para que soltara el arma. Perplejo ante el cadáver destrozado, solté el arma sin vacilar. Me alejé del muerto y caminé junto al oso en silencio. Ninguno de los dos teníamos un destino fijo, pero ambos sabíamos que si no nos íbamos del pueblo tendríamos consecuencias severas a futuro.

Ya no había retorno, no existía una mera posibilidad de que regresara a dónde estaba, aun así eso no significaba que no hubiese esperanza. Los dos caminamos más de lo que nuestros miembros pudieran resistir. No estábamos huyendo de nada ni de nadie, simplemente buscando un nuevo comienzo. Luego de pasar a través de Caballo Blanco, fuimos cuesta arriba por Yukon, evitando Dawson. Después, caminamos una distancia inmedible hasta llegar al norte de Aklavik y allí nos detuvimos en un asentamiento pequeño. Para ese entonces, el clima había calentado lo suficiente como para que no nevase. Nos quedamos el tiempo justo para tomar provisiones y descansar luego de nuestro viaje. Al retomar el movimiento, nos dirigimos hasta la costa opuesta a las Islas Richard y a partir de allí fuimos bordeando la costa del Mar de Beaufort hasta llegar a nuestros vecinos invadidos: Alaska- debo decir que el cruzar la frontera con un oso doméstico no presentó ninguna dificultad posible. De hecho, Ursidae cuidó bien de mí; cada vez que le observaba aquellos ocelos oscuros, no evitaba recordar el paradero que alguna vez tuve a los ocho años. Sin embargo, curiosamente, los sucesos que experimentamos mientras viajábamos hicieron que cambie la forma de ver a mi compañero. El velo de protección y cuidado que sacudía sobre mis narices como si yo fuese su segunda vida era la razón por la cual me aventuraba sin temor a cualquier destino que se nos presentara en el camino. Un puño de tiempos pasados golpeó mi presente y recopilé mis últimos días antes de la partida de mi pueblo: ya no quedaba vida detrás, solo pesares incontenibles y recuerdos ficticios que fluían en una memoria, quizás, inventada.



Se cumplió el año y nuestra ruta cruzó con Fort Yukón, una ciudad lo bastante acogedora al paso en donde la mayoría de los ciudadanos provenían de Texas. La ciudad se caracterizaba por el sumo sosiego saliente de todo hogar y todo edificio que se encontraba allí. La comida era buena, aceptable para mi estómago, y sobretodo barata. Los pocos días que estuvimos allá se proyectaron como en un sueño: la gente pareciera no importarle que caminara por las calles de su ciudad con un oso a la diestra. Asimismo, sus rostros parecían descontinuados de la realidad misma- no recuerdo haberle visto los ojos a nadie y no tengo recuerdo alguno de un rostro nítido. El lejano viento del norte, procedente de la bahía, inundaba la superficie urbana con un ulular aturdidor que ahogaba todo sonido ajeno a la naturaleza. El ruido de los cláxones no existía, los coches se deslizaban sobre pistas suaves de asfalto en las que todo sonido e impacto desaparecía sin dejar rastro de su existencia, y las personas allí gozaban del silencio regente. La ciudad entera palpitaba como los últimos días de un anciano que conoció la plenitud de la vida pero que se había hartado de ello. Con Ursidae montamos viaje hacia la bahía ya que, su viento norteño producía ese constante sonido que aclamaba nuestra presencia; a lo lejos, entre la bruma de la soledad y la placidez, nuestras siluetas se fueron desvaneciendo como cuerpos pintados a la acuarela. Era el propio viaje – quizás estoy divagando – la cercanía de nuestra paz. Cuanto más nos movíamos, tanto más rozábamos con la felicidad, hasta que nos topamos con el límite.

Finalmente llegamos a la bahía: Bahía Prudhoe. Era un día lluvioso, sobrio y frío. La llegada a otro mundo se nos presentó como realidad: un nuevo despertar de conciencia. Sólo sabía que estaba decidido a empezarlo todo otra vez, aunque las interminables memorias arduas de mi pasado no tan lejano me complicaran mi objetivo, pensé- junto a Ursidae, ya no tendría que recordar, al igual que él no recordaría la tarde de asesinato atroz.

El pueblo de Prudhoe era un lugar ameno, tranquilo y prometedor para llevar a cabo una vida nueva. Los edificios no sobrepasaban los tres pisos de altura, las calles estaban cubiertas con un suave y resbaladizo manto blanco que llegaba hasta los extremos de la avenida principal, y las plazas que estaban vacías de niños también se encontraban vacías de espíritu. La carente multitud de gente hacía del páramo desolado un ambiente liderado por el sosiego absoluto, pero también era un mundo lleno de otras virtudes secretas en las que el silencio no permitía compartirlas. Pequeños asentamientos lejos de la avenida principal se asemejaban a la clase de refugio temporal que andábamos buscando. Muy ansiosos, nos acercamos a una vivienda de hormigón: paredes simples, de colores crudos y de recubrimiento bastante austero; pareciese que el lugar se comprometía a la sempiterna soledad agria, pero algo en lo profundo mostraba a cualquier viajero exhausto el camino a un buen cobijo provisional sin expectativas peyorativas. Deslicé mi mano sobre la áspera textura de la puerta principal: eran tablas de madera vieja que estaban quemadas por el frío. Algunas partes contaban con hoyuelos en su superficie en las cuales se podían desprender con facilidad las astillas que conformaban el interior de cada hueco. Si pasaba el dedo por allí, podía sentir la fragilidad de la madera. Con la mano derecha la empujé de manera muy suave y el rechinar generado por la sequedad de ésta misma sosegó nuestra inquietud.

Era la mera penumbra que se rezagaba sobre el ambiente vacío a medida que la puerta se abría; el descarnado chillido seco cesó y el viento se abrió paso hacia el interior de la casa de hormigón- ¡¿Hola?!- grité varias veces, a lo que nadie respondió. Sólo el respirar pasivo del fiero animal que me acompañaba era el único sonido ameno que sí ameritaba una contestación. Comenzamos a adentrarnos en las diferentes salas de la vivienda: la sala de estar o sala principal era la más extensa de todas. Las dos habitaciones eran más pequeñas; cada una de ellas conformaba la mitad exacta de la sala de estar. En la trascocina, había una gran olla vacía y harapienta- se ve que del uso quedó sin reparo- pensé. Las demás salas estaban bien pero el óxido en las cañerías y la humedad en las junturas de las paredes con el cielo raso eran la vívida señal de que dicha casa había sido abandonada hace ya bastante tiempo. Ursidae buscó en ambos cuartos un recoveco en el cual reposar y descansar luego del largo y agotador viaje. Por el otro lado, yo comencé a verificar que todas las tuberías del baño y de la cocina funcionasen pero supuse lo que temía: ninguna de éstas servía. La electricidad había sido cortada y cualquier suministro posible que podía llegar a tener la casa no existía en lo absoluto. Empero, las paredes, el techo y el acogedor suelo eran las características que cualquier vivienda no puede prescindir. No contaba con agua para un baño caliente, no tenía ninguna despensa en la cual guardar alimentos, tampoco calefacción ni una cama en dónde dormir, pero al menos tenía techo. Se podía llegar a decir que era un “techo propio”.

Ubicado justo en el centro de la sala de estar, yacían los pies derrumbados y cubiertos de polvo de un hogar a leña. Busqué entre recovecos y los meandros de cada sala toda basura y escombro que pudiera ser incinerado en el hogar. Atisbé ramas, hojas secas, papeles y fotos de antaño. Antes de quemarlas, las observé con detenimiento: pareciese que dicho lugar solía ser un comedor público y en la olla que estaba en la trascocina se preparaba la sopa para los más necesitados- definitivamente detrás de cada objeto y sitio existe un centenar de historias por relatar. No pensé más y quemé dichas evidencias para calentarme durante la helada noche. Una tras otra las incineré con indiferencia y desinterés, hasta que una de ellas me hincó en la curiosidad: una mujer con aire de sosiego que vestía harapos sonreía de manera inefable ante el camarógrafo. Su mirada dedicada y su postura determinada en demostrar lo que simplemente era- ¿quién era aquella mujer? - enfrascado en mis pensamientos deductivos, repasaba en mi cabeza los centenares de posibilidades. Hasta la fecha nunca supe de quien se trataba; cuando apareciste – bueno, el resto de la historia ya la sabes (le extiendo a la mujer la foto que por poco incineraba) – Heme aquí, la verdad nunca me imaginé que llegaría a tal sitio, ni menos con Ursidae a mi lado (la mujer toma la foto y me observa fijamente). Tampoco pensé que te encontraría (la mujer sonríe, muy leve). Cuéntame tu historia: dime, ¿cómo llegaste aquí?



13 de Agosto de 2021 a las 16:34 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Sofía Hourclé Escritoria (obvio) porque si estoy acá es por algo, ¿no? Bue.... Vamos de nuevo: Escritora Bilingüe, Traductora Nacional, Creadora de contenidos en Youtube, Instagram, Pinterest y Twitch, Educadora en idioma extranjero (inglés) sí.... doy capacitaciones. Pero sobre todas las cosas, soy la rubia genérica que comenta sobre temas que nadie más preguntó. Welcome to Jurassic Park (ninuninú - musiquita de intro)

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