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Laurel se escapará de su grave situación de violencia por parte de su marido, enfrentando aquel mundo que había olvidado años atrás luego de verse sometida por la cruel figura masculina que se había convertido en el amor de su vida. Se verá atravesada por nuevas experiencias y vínculos que nunca hubiera imaginado que sería capaz de vivir. Y deberá afrontar las consecuencias de descubrir cosas de ella misma que no sabía, y recordar algunas otras que habían quedado en el pasado.


Drama Todo público.

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Aquella fue la última vez que perdonaría. Su cuerpo, entre temblores y estremecimientos ansiosos, apenas se sostenía a sí mismo. Su aguante había llegado al tope. El dolor era insostenible, esta vez no contaba con la energía suficiente para otra mala racha, y sabía que tarde o temprano la habría. Las lágrimas brotaban de a montones como una especie de cascada interminable y le humedecían con violencia el rostro completo, dejándola empapada y miserable. Se quitó los lentes empañados e inhaló con brusquedad en un intento fallido por calmar los nervios. Sabía que esa no era la forma correcta de aminorar sus ataques de pánico, pero en aquel momento sentía que ya no tenía poder sobre su cuerpo, como si de un momento al otro sus músculos y articulaciones no respondieran a sus deseos, mucho menos había sido capaz de controlar la respiración. Se sintió completamente indefensa. Presa de su propio cuerpo y ajena a lo que le pertenecía.

¿Cómo había llegado tan lejos? ¿Acaso era culpa suya por no haberse decidido a irse mucho tiempo antes? ¿Cómo haría, de todas formas, para escapar sin ser vista?

La primera vez que Marcos le había levantado la mano había sido unos seis meses después de que hubieron comenzado a salir. Él se había enojado porque Laurel le había pedido que fuera un poco más ordenado en su casa. Su orgullo de hombre no toleró que lo reprendieran y se convirtió en una bestia enorme y amenazadora, y entre gritos e insultos, estampó su mano en la mejilla de Laurel. Horas más tarde se disculpó llorando y casi que rogando. Aquella primera vez decidió comprender y perdonar. Las siguientes, con tristeza y dolor, se esforzó por convencerse de que algún día dejaría de suceder y continuó cediendo antes las patéticas plegarias de su entonces marido. Pero nunca, jamás, lo había visto enojarse tanto como esta vez. Rojo, violeta, azul, el rostro de Marcos parecía cambiar de colores mientras más se iba enojando. Veces anteriores había querido calmarse a sí mismo con impotencia y la pared se llevaba un buen golpe, cediendo con fluidez al puño y dejando ver un agujero del tamaño de su mano. Pero ahora su ira era tan incontenible, que ni siquiera había pensado en sus impulsos violentos, y sin flaquear estiró los brazos una y otra vez contra su víctima, apresada ahora en un rincón de la casa queriendo escapar de aquella bestia que un día había sido el amor de su vida.

Los temblores fueron disminuyendo lentamente, y de a poco, comenzaba a recuperar la movilidad de sus manos. Había estado encerrada en el baño casi dos horas, y le aterraba imaginar en lo que podría llegar a encontrarse afuera. Se levantó aún con debilidad y se asomó por la puerta sin hacer ruido. Salió con cuidado y recorrió cada rincón de su casa para asegurarse de estar sola. Marcos seguramente había salido para irse a algún bar a emborracharse y finalmente volver horas más tarde, dejándola completamente sola el día entero. Esta vez agradeció que su marido hubiera seguido la rutina de cada uno de sus ataques de ira, pues era su oportunidad para recoger algunas cosas y largarse de allí lo antes posible. No sabía a dónde, ni cómo, pero tenía tanto miedo que por primera vez luego de tantos años sometida a la desgarradora violencia masculina, la impulsividad se había apoderado de todo su cuerpo. Ahora corría por toda la casa guardando ropa y diferentes objetos de valor dentro de un bolso. Se detuvo dubitativa frente a la mesa ratona del living, y la observó, esperando que su cuerpo decidiera por ella. Y así fue. Se agachó y palpó con la mano por debajo de la mesa, buscando una abertura. Cuando la encontró, tiró de ella con destreza abriendo un cajón escondido que contenía los ahorros que ambos habían estado juntando durante el último año para las vacaciones del próximo verano. Tomó todo el contenido, sin dejar ni rastro de que allí hubiera habido algo antes.

Guardó el dinero en el bolso y, una vez más, corrió hasta la puerta para atravesarla sin mirar atrás ni por un solo segundo. Tenía el pulso agitado, pero sabía que no podía detenerse hasta alejarse de allí. Avanzó entre los distintos barrios hasta llegar a la estación de tren, y entre los montones de gente apurada por llegar a subirse, se encontró por primera vez desde el comienzo del incidente de aquel día, pensando en lo que estaba haciendo. Lo único que estaba claro en su cabeza, era que no podía seguir viviendo cerca de Marcos, o terminaría muerta. Por mucho que alguna vez lo hubiera amado, por más cariño que aún le tuviera, aún habiendo compartido tantos años y experiencias, sabía que la nostalgia no sería más dolorosa que una vida atormentada por el miedo a ser la víctima eterna de un hombre poseído por la ira y el ensañamiento, sin la mínima intención de cambiar aquella inconformidad que solo sabía desahogar a través de golpes y crueldades. Ese día se había dignado a irse, pero hace años que se había hecho a la idea de que esa persona cariñosa y delicada que era cuando estaba de buen humor, seguía siendo la misma que la golpeaba una y otra vez siempre que era incapaz de contener la ira dentro de él. No podía permanecer cerca ni un minuto más, de eso estaba segura. Subió al tren, ahora sin temblar, y dejó que la carretera la guiara hacia algún primer lugar.


El tren dio un salto y Laurel se despertó sobresaltada y un poco aturdida. No recordaba en qué momento se había quedado dormida, pero al mirar por la ventana se percató de que estaba a una parada del recorrido final. Decidió que buscaría un hotel para quedarse los próximos días, y en ese tiempo buscaría algún departamento que esté lejos incluso de aquella zona. Se iría a la otra punta de la provincia si era necesario para evitar que su marido lograra dar con ella en caso de que intentara buscarla. Bajó del tren impulsada por la manada de personas que avanzaban por detrás e incluso a través de ella, luchando por mantener el equilibrio.

Durante su adolescencia, Laurel viajaba casi con la misma frecuencia con la que comía. Acostumbraba a pasearse por la ciudad recorriendo los rincones mas inhóspitos que pudiera encontrar, por el simple hecho de sentirse libre de poder largarse a donde ella quisiera, sola y sin ayuda. Caminaba cuadras infinitas de baldosas rotas y se adentraba en trenes y colectivos desconocidos. Una tarde, cansada de merodear sin rumbo, vislumbró a lo lejos un pequeño café escondido entre algunos edificios y supo que moría de hambre. Al llegar, un pequeño escalofrío le recorrió el cuerpo. Cualquier persona con dos dedos de frente hubiera corrido lo mas lejos posible de aquel pedazo de rancho viejo y sucio, pero Laurel vivía por los riesgos. Acto seguido, esbozó una sonrisa y avanzó hacia el interior del salón, amarillento y oscuro, y avasallado por pequeñas multitudes reunidas de a grupos que compartían conversaciones en voz bastante alta, acompañados por una música de fondo que era igual de tétrica que el lugar. Recorrió el local con la mirada, localizando cada rincón, y cuando hubo encontrado aquel que le pareció más cómodo, se dejó caer en uno de los sillones junto a la ventana. El polvo estancado se esparció por el aire como un estallido de escombros al enfrentarse a la explosión de una bomba, pero para Laurel no había nada mejor que un espectáculo de aquel nivel. No es que disfrutara de la suciedad o la falta de higiene, pero sí se sentía muy atraída hacia todo aquello que se viera tétrico, y su insaciable curiosidad por conocer el trasfondo de estos paisajes misteriosos y con un toque siniestro era mayor a cualquier tipo de alerta que su intuición pudiera proveerle. Por eso, esa tarde se dejó llevar por el ambiente de su nuevo descubrimiento. Se pidió un café y unas medialunas y procedió a llenar su estómago vacío que le imploraba con furia que se dignara a ingerir algo lo antes posible, y cuando estuvo a punto de pedir la cuenta para dar por terminada su exploración, la figura esbelta de un hombre se posó adelante suyo. Laurel levantó la mirada de manera contemplativa, sin miedo, por supuesto.

— ¿Está sola? — preguntó el hombre, con un tono amable que no coincidía con la pinta que llevaba. Si Laurel no hubiera sido la persona que era, hubiera evitado aquella interacción a toda costa, pero era Laurel, y aquel hombre misterioso de apariencia oscura no hacía más que llamar su atención con cada segundo que pasaba.

— Si .

— ¿Le molesta si me siento con usted? — Laurel aguardo unos segundos antes de responder nuevamente, como intentando ser prudente por una vez en su vida, pues sabía que probablemente no estaba tomando la decisión adecuada, pero su curiosidad ya estaba por delante y no quedaba nada más que hacer.

— No hay problema, pero tengo dieciocho años, no me trate de usted. — el hombre se mostró complacido y le respondió con una sonrisa desvergonzada, y con tranquilidad, se acomodó en la silla que estaba frente a Laurel.

— Marcos — se presentó el hombre, estirando el brazo. Laurel correspondió el gesto.



Hacía años de la ultima vez que había viajado tan lejos de su casa, y Laurel se sentía abrumada, había quedado atrás aquella chica imperturbable y libre de miedos. Hoy, apenas podía decidir hacia que esquina dirigirse. Los ruidos y movimientos de la ciudad perturbaron con rudeza la calma que tanto le había costado recuperar, pero aún con miedo e inseguridad, se las arregló para acercarse a dos policías que aguardaban quietos junto a la parada de un colectivo. Preguntó con timidez si podían ayudarla a encontrar un hotel cerca y los policías le indicaron el camino. Laurel agradeció con timidez y comenzó a caminar. El miedo que sentía le helaba la sangre y le proveía de unos cuantos escalofríos cada pocos minutos, pero ella no aminoró nunca la velocidad de sus pasos. Caminó con decisión y rigidez a pesar de sentir que las piernas se le aflojarían de un momento a otro y caería sin poder volver a ponerse de pie.

Al cabo de unos quince minutos, se topó con la entrada de lo que parecía ser un disimulado hotel que le venía perfecto, pues no parecía ser muy lujoso. Tenía dinero, pero solamente le alcanzaría para sobrevivir por un tiempo y debía utilizarlo con inteligencia hasta disponer de un nuevo ingreso y espacio para vivir. Laurel se adentró y ahora, un poco más tranquila, procedió a reservar una habitación para cuatro días. Una vez realizado el intercambio, se dirigió hacia la habitación, tiró el bolso a un costado de la puerta y se tumbó en la cama dejando caer todo su peso de una vez.

14 de Julio de 2021 a las 06:10 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Conoce al autor

candela Me llamo Candela, escribo poesía y novelas. Tengo 20.

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