A
Aria Evangeline


A veces, el peso de nuestras acciones caen cuando es ya es demasiado tarde. Yo no puedo hacer otra cosa más que arrepentirme y orar en búsqueda de perdón.


Cuento Todo público.

#245 #225 #rey
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Un rey ha muerto

Un rey ha muerto.

Pero a nadie le importa; las banderas no descienden, los súbitos no se lamentan, las campanas no repican y los cielos no lloran.

El ataúd de madera se alza sobre el altar; parece estar teniendo un tranquilo sueño, marchitándose en soledad, al igual que los cientos de rosas rojas que lo abrazaban mientras la cálida luz de las velas iluminaba su frío rostro.

Las puertas de la iglesia se abren y el sonido de mis pisadas interrumpen el silencio del lugar, camino hacia el féretro, sin embargo mis piernas tiemblan y me fallan, haciéndome caer de rodillas en mitad de las escaleras que elevaban el presbiterio.

—Ruego tu perdón, hermano —digo sintiendo una terrible culpa que me atormenta y recrimina; el peso de mis acciones caen sobre mí, como un montón de gigantescas rocas desde lo alto de un peñasco. Siento odio de mí mismo y tengo motivos muy válidos para hacerlo.

Con mis piernas aún afligidas me levanto y subo, peldaño a peldaño, hasta llegar hacia él y tomo con suavidad su fría y encadenada mano, obligándome a recordar que esa fue su última voluntad; pero no puedo deshacerme de la voz de mi conciencia preguntándome una y otra vez: “¿qué le has hecho?”.

Recuerdo el pasado; cuando éramos pequeños niños inocentes que jugaban por los pasillos del castillo, ignorantes de la crueldad del mundo en el que vivimos. Él siempre fue tímido... y vergonzoso, demasiado inseguro, bueno y humilde; no servía para ser rey. Esa es la excusa que me doy a mi mismo.

Mientras las lágrimas se acumulan en mis ojos pasan por mi mente los momentos divertidos que vivimos juntos, e incluso aquella terrible noche en la que decidimos escaparnos para jugar en el monte, sin saber que una tormenta se avecinaba. Por aquél entonces los dos éramos muy pequeños, pero yo era el mayor, por lo que debía cuidar a mi hermanito, que temblaba de miedo mientras se refugiaba en mi regazo a la vez que los potentes truenos caían cerca de la pequeña cueva en la que nos habíamos ocultado. Me quité la capa y en un inocente acto infantil lo pasé por encima de su cabeza, como si aquello lo fuera a proteger.

Aquel suceso tan sólo quedó en un susto que jamás olvidé; cientos de hombres de las tropas de padre salieron en nuestra búsqueda al percatarse de nuestra ausencia, por lo que regresamos a salvo al palacio una vez la tormenta se calmó.

Cuando padre falleció ambos heredamos nuestros reinos y a pesar de que no me encontraba conforme con la extensión de mi territorio, pudo reinar la concordia; hasta el día que madre falleció.

En ese momento me dejé llevar por mis confidentes y mi sed de avaricia; formé un ejército y dirigí la marcha hacia el reino de mi hermano, que no se esperaba ,en absoluto, el asalto su castillo.

Tan sólo unos pocos caballeros custodiaban los muros de la fortaleza y a mis tropas no les supuso ningún reto.

Mientras la corta batalla se llevaba a cabo, los sirvientes y plebeyos huían a refugiarse a la torre del homenaje, sin embargo ese no era el lugar a donde yo me dirigiría. Acompañado de mis tres hombres de confianza, subí las estrechas escaleras hasta la capilla, donde se encontraba mi hermano, arrodillado ante el altar y las impotentes estatuas de los santos.

No sé giró al escuchar el sonido de mi espada al ser desenvainada, pero percibí como su cuerpo temblaba en respuesta y continuaba orando en silencio. No pude hacerlo.

—Respetaré tu vida, hermano —dije bajando mi espada hasta que la punta de esta rozó el suelo y él me miró a los ojos, desarmándome por completo; no supe descifrar la emoción que se reflejaba en los suyos.

De aquella capilla salió con los pies encadenados rumbo al castillo que sería su prisión, pero cuidé de él con esmero; jamás le faltó de nada y siempre mantuvo sus honores de rey en aquella jaula de oro, con la esperanza de salir de ella algún día.

Transcurrió más de una década cuando me llegaron noticias desde aquél lugar: había enfermado y se encontraba grave. La preocupación me invadió; lo hice traer a mi lado y llamar a los mejores médicos del país, pero no vieron salvación alguna para su mal.

Fue en ese momento en donde el arrepentimiento comenzó a florecer en mí. No pude mirarlo a su rostro sudoroso y jadeante que inhalaba con dificultad.

—Quitadle los hierros —ordené a mis fieles caballeros.

Pero él se negó.

—Me hiciste vivir prisionero los últimos años de mi vida —dijo buscando mi mirada en vano —. No quisiste liberarme cuando estaba sano y me niego a serlo en el umbral de la muerte. Suplicó, hermano, que me entierres con las cadenas que durante tanto tiempo han atado mis pies y manos.

Esa noche murió, pero a nadie le importa; las banderas no descienden, los súbitos no se lamentan, las campanas no repican y los cielos no lloran.

17 de Junio de 2021 a las 22:18 0 Reporte Insertar Seguir historia
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