holoceno11701 Jorge B. Mahoney

Mr. Sat salta de un avión, aparentemente sin paracaídas. ¿Acaso es un truco, un acto de ilusionismo? pero Kamil Lazar es muy ambicioso, solo quiere obtener dinero con el espectáculo, aun a expensas del riesgo y la vida de sus saltadores.


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SALTO MORTAL

Kamil Lazar siempre fue un hombre codicioso, sumamente taimado, cuyo desmedido apetito por hacer fortuna rápido lo empujaron a llevar a cabo negocios de lo más torcidos. Desde que comenzó a trabajar por primera vez, no había una sola actividad donde hubiera participado en la que sus compañeros de trabajo no tuvieran la sospecha de que estaban ante un timador, de allí su apodo de “El Farsante”.


Luego de haber heredado un afamado circo, valiéndose de un testamento de origen dudoso, Kamil terminó perdiéndolo tres años más tarde al producirse un pavoroso incendio desatado durante una fría madrugada. Algunos rumores decían que sus propios trabajadores habían provocado el fuego debido al descontento general que existía y porque Lazar exigía que, en las funciones del circo, los acróbatas —sobre todo trapecistas, escapistas y domadores de animales salvajes— tenían que ejecutar actos por demás arriesgados. Con el tiempo no solo comprendieron que a él no le importaba sus vidas, sino que mientras se llenaba los bolsillos, tampoco les cumplía su promesa de mejorarles el salario.


Con el transcurso de los años, pensando siempre en la manera de hacerse con una actividad que le generara grandes sumas de dinero a través de la realización de actos temerarios, Kamil Lazar cambió su negocio de cirquero por el de acrobacias aéreas. La obtención de una licencia no le fue fácil, pero al final logró su cometido moviéndose en el medio haciendo como siempre, negocios oscuros, comprando conciencias, así como haciendo ver que ofrecía a los acróbatas seguros de vida inmejorables.

Durante los primeros años del nuevo oficio las cosas comenzaron a marchar de maravillas, cada vez que organizaba alguna función temeraria, ofrecía bonos especiales para estimular a que sus muchachos tomaran ciertos riesgos para así motivar a los espectadores. Cada nuevo acto que preparaba resultaba más arriesgado que el anterior, por lo que la insensatez de sus exigencias rayaba en la locura. Muy pronto la mala suerte comenzó a tocar las puertas de su negocio.


Durante un acto —al que llamaba vuelo mortal— donde se requería saltar y abrir tres paracaídas, uno en cada etapa del vuelo, y que consistía en liberarse de dos de ellos durante la caída y antes de llegar a tierra sorprender a los espectadores abriendo un tercer paracaídas sorpresa, dos de sus mejores hombres perdieron la vida una mañana. Pese a que sus muchachos no querían repetir semejante acto de nuevo, al final y después de negociar algunos convenios “mejorados”, estos terminaron asumiendo el riesgo debido al suculento bono que les ofrecía. Durante algunas semanas no hubo sorpresas desafortunadas, y los chicos fueron ganando confianza a medida que los días iban transcurriendo. Pese a ello, durante la sexta presentación, cuando se ejecutaba el último salto del día, ocurrió lo inesperado. La muerte en total de cinco paracaidistas había alimentado la adrenalina y el morbo de algunos espectadores, puesto que muchos pagaban para ver la siguiente ejecución animados solo por la posibilidad de que pudiera ocurrir un nuevo accidente fatal. Aunque el grueso de su equipo abandonó la horrible idea de querer lanzarse bajo los términos exigidos en el contrato, el resto terminó marchándose días más tarde. Kamil prometió, sin embargo, que el “Show” iba a continuar.


Atraído por lo suculento del “bono ofrecido”, siempre se aparecía algún nuevo osado buscando fama.


La muerte de una pareja de jóvenes —quienes se lanzaron abrazados y había planeado casarse a la semana siguiente— al intentar completar la tercera etapa de aquel absurdo acto, terminó desmotivando a los nuevos integrantes del grupo. Una supuesta investigación explicó que un error se había presentado cuando la pareja intentó abrir el paracaídas de forma incorrecta. Muchos no quisieron correr el riesgo por miedo y prefirieron seguir realizando el salto tradicional de costumbre, aun cuando Lazar había ofrecido bonos mucho más altos.


Al poco tiempo un número importante de espectadores ya no estaba interesado en pagar una suma alta solo para presenciar un acto sencillo de lanzamiento en paracaídas, ya que comenzaban a verlo como ordinario y aburrido. Afirmaron que viajarían a otra ciudad para presenciar saltos parecidos, con la diferencia de que podrían hacerlo sin tener que pagar un solo centavo. En el fondo, muchos tan solo esperaban contemplar un accidente fatal, pero no habiendo nadie que se atreviera a ejecutar aquel espectáculo de nuevo, el negocio de Kamil Lazar comenzó pronto a declinar. Con el tiempo, el empresario tuvo que resignarse a que el último de los acróbatas renunciara a su empresa. No tardaron en llegar los acreedores y aparecer fuertes demandas por los seguros no pagados… Lazar perdió hasta el último avión después de que su piloto lo demandara también por incumplimiento de contrato.


***


A punto de cerrar su oficina, cierta mañana se apareció ante su puerta un hombre delgado, de aspecto cómico, aunque muy extraño. El hombrecillo tocó varias veces desde la ventana de afuera.


—¡Quiero el puesto! —exclamó el estraño por el resquicio de la puerta.

—¡La puerta está cerrada, y ya no quedan vacantes!, así que olvídelo, amigo —dijo Kamil sin levantar la mirada.

—¡Usted se lo pierde! —soltó de nuevo, de forma presuntuosa.

De alguna manera, el hombrecillo se las había arreglado para entrar.

—¡Oiga!, ¿cómo hizo usted para entrar? —preguntó Kamil—. Yo mismo cerré esa puerta con llave.


El misterioso sujeto no pareció haberlo escuchado, por el contrario, estuvo husmeando por su oficina y comenzó a mirar algunas fotografías que había colgadas sobre la pared, luego introdujo el brazo dentro de una caja abierta y sacó un portarretrato en el que se veía a un hombre joven a punto de montarse en un antiguo avión monomotor.


—¿Es usted? —preguntó el extraño.

—Eso fue hace mucho tiempo —dijo Lazar a secas.

—No es muy bueno mintiendo.

—¿Cómo dice?

—Que el de la foto no es usted —sentenció—. ¿No escuchó lo que le dije? Quiero el puesto.

—Ya se lo dije, no quedan vacantes. ¿Acaso no ve que estoy cerrando, me voy de aquí?

—Pero antes tiene que ver mi acto.

—¿Su acto…?, no me haga reír —dijo Kamil escrutándolo de pies a cabeza—. Yo sé reconocer a un paracaidista cuando lo veo, y puedo asegurar que usted no es uno de ellos.

—Créame, lo digo en serio, soy un acróbata­, un acróbata de las sorpresas. Se sorprenderá cuando vea lo que puedo hacer.

—Mire señor, la verdad es que no pienso perder más tiempo con usted. ¿Es que no lo entiende?, estoy quebrado, amigo, no tengo un solo centavo para cubrir los gastos. Hace quince días perdí a dos de mis mejores estrellas —dijo—. Olvídelo, mejor búsquese otro trabajo. Además, me quitaron mis dos bimotores y luego renunciaron mis dos pilotos —finalizó diciendo, mientras se ponía de pie y se dirigía hacia la ventana para señalarle el hangar vacío.

—Eso no va a ser ningún problema, Kamil, yo tengo el mío estacionado en la entrada de tu hangar —aseguró—. Lo único que tiene que hacer es mirar mi acto especial y se convencerá.

—Ya le dije que no, así que móntese en su auto y devuélvase por donde vino. ¿Será que piensa que voy a alquilar una avioneta y pagarle a un piloto solo para ver a un novato lanzarse en paracaídas?

—Sí.

—Idiota.

—¿No me cree?, pues entonces véalo por usted mismo —dijo el extraño colocándole la mano en el hombro a Kamil—. Vea hacia allá.


Lazar se asomó a la ventana, como el que no quiere y vio a un bimotor nuevo estacionado en la entrada del hangar.


—¿De dónde carajo salió eso? Yo no recuerdo haber escuchado aterrizar a ningún… ¿Eh?


Kamil afinó la vista y por un momento creyó distinguir a lo lejos una silueta que parecía estar haciéndole señas con la mano desde la cabina del piloto, pero se dijo que aquello no era posible. Juzgó entonces que tal vez todo era producto de su cansada imaginación. En ese instante se dio vuelta y continuó diciendo:


—Le suplico que no me haga perder el tiempo, ya no estoy para bromas de mal gusto.

—Eso fue lo que pensé —asomó de entrada—. A ver ahora si esto lo termina de convencer.


El extraño visitante se inclinó a un lado y levantó un maletín que había a sus pies.


—¿Qué rayos es eso? —preguntó Kamil.


El hombrecito presionó enseguida dos cerrojos que había a los lados, y dando vuelta al maletín lo abrió para que viera en su interior.


—Tenga, esto será suficiente para que cubra las deudas que tiene.

—Oiga… Mire, yo no sé quién es usted ni lo que quiere, señor…

—Puede llamarme Señor Sat, o simplemente Sat, si prefiere.

—Bien, Señor Sat o como quiera que se llame, no piense que me va a convencer. Le repito, sé reconocer a un paracaidista cuando lo tengo frente a mí. Resulta que toda mi vida he trabajado con ellos y mi experiencia me dice que usted…, ¿cuánto dice que hay allí?

—Suficiente, amigo Kamil, suficiente para cubrir todas las deudas que tiene y pagar a sus acreedores.

—¡Pues Vaya!, siendo así…

—Es todo suyo, lo único que yo quiero es que vea mi acto especial y si no queda convencido, puede quedarse con el maletín también… —insistió el señor Sat.

«Aunque sí que sé reconocer cuando se me presenta un buen negocio, si lo sabré yo —se dijo de forma irónica—, y más cuando me lo propone un fanático retrasado, hijito de papá y mamá que solo busca obtener un poco de fama».


El ojo perverso de Kamil Lazar palpitó igual que una lejana estrella latiendo en la oscuridad. Su mente pérfida le decía que estaba viendo una oportunidad de oro, y él estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario con tal de quedarse con el contenido de ese maletín.


«O este tipo es un idiota exaltado o tan sencillo como que está loco de remate, así que voy a seguirle el juego —murmuró—. Ciertamente debe creer que soy alguien muy importante».

—Bien amigo, usted se ha ganado sus veinte minutos para que yo lo vea realizar su acto —dijo con hipocresía—… Aguarde un momento, creo que en mi oficina aún conservo un buen paracaídas. Hasta puede quedarse con él si gusta.

—No me hará ninguna falta, quiero decir, tengo el mío dentro de mi transporte.

—¿Transporte…? ¡Oh, sí claro! Bien, entonces buscaré algo para poder apreciarlo durante la caída. Amigo, dígame algo, ¿seguro que sabe lo que está haciendo? —dijo mientras buscaba algo en el cajón de su escritorio.


Kamil salió de la oficina con unos prismáticos de largo alcance en la mano, y cuando se preguntó por el visitante, advirtió que su avioneta ya estaba sobrevolando en círculos la zona donde aterrizaría el paracaidista. Enfocó hacia arriba cuando de pronto observó que el extraño venía en caída libre a toda velocidad, con una aceleración de aproximadamente 9.8 m/seg²


«Pero ¿qué mierda? —dijo limpiando con su camisa las lentes de los prismáticos—. No quiero pensar de que se trate de algún suicida trastornado, pero juraría que el muy idiota no lleva puesto ningún…».


Por primera vez en su vida Kamil sintió que un ligero escalofrío le arañaba los tobillos. Si bien no estaba seguro, por lo que podía apreciar tenía la impresión de que el hombre no llevaba paracaídas encima. De repente se figuró que podría tratarse del diseño reciente de algún prototipo.


«Sí, supongo que es eso», pensó.


Loco o no, ya era tarde para advertírselo. Lo cierto era que cada segundo que transcurría, Sat iba ganando velocidad y su distancia al suelo se estaba haciendo cada vez más corta.


Inquieto, Kamil miraba su reloj cada segundo.


«Han pasado más de tres minutos —se dijo—. Ya debió haber abierto el paracaídas. ¿Qué mierda tiene este loco dentro de su cabeza?».

Cuatro minutos, y Sat seguía cayendo sin haber abierto ningún paracaídas.

«¿¡Qué carajos estás haciendo allá arriba!?, ¿¡por qué no terminas de abrirlo de una buena vez!? —especuló intranquilo—. No entiendo en qué consiste tu acto especial».


Kamil abrió el maletín y tragó un sorbo de saliva. Miró de nuevo su reloj.


«¡Ya no hay tiempo, estúpido, tenías que haberlo abierto apenas hace minuto y medio!... Pero ¿qué rayos está ocurriendo contigo?, ¡no te entiendo! Yo sabía que no eras ningún acróbata, ¿cómo pude dejarme convencer por este maldito loco? ¡Dios, se va a matar y me echarán la culpa de todo por haberlo enviado allá arriba!».


Kamil se puso las manos en la cabeza y comenzó a caminar de prisa de un lado a otro mientras agitaba los brazos exaltado, en vano trataba de hacerle señas. Una vez más consultó su reloj y comenzó a gritar como un desaforado. Por unos instantes tuvo la paradójica impresión de que el tiempo se había detenido. Algo no parecía estar bien, pero aquel hombre no terminaba de caer al suelo, tal vez se trataba de un severo desorden sintomático provocado por la terrible ansiedad que sentía.


«Tengo que salir huyendo de aquí, me echarán la culpa de todo».


Kamil maldijo mil veces, los segundos transcurrían lentamente mientras veía cómo Sat se aproximaba al suelo en cámara lenta. De repente volvió en sí, no terminaba de asimilar las razones por las que Sat aún no había abierto su paracaídas. «Qué espera», se dijo en un segundo de lucidez. De nuevo miró a través de los prismáticos, solo que esta vez advirtió que Sat había extendido los brazos como si se tratara de un clavadista a punto de improvisar el salto del ángel luego de lanzarse del trampolín más alto —tal vez aquello era una señal de que al fin lo abriría—, pero no fue así. Enfocó a continuación su cara y afinó un poco la imagen para ver mejor.


«Pero ¿qué mierda estás haciendo?», se dijo.


Kamil tenía la grotesca impresión de que Sat lo estaba mirando desde arriba, venía sonriente.


«¡Oh, no, maldito suicida, harás que me quiten todo mi dinero!», pensó.


Ya era tarde, aunque su paracaídas hubiese abierto, el tiempo que le restaba no era suficiente para sobrevivir al impacto, venía en picada y estaba demasiado cerca del suelo. Sin atreverse a cerrar los ojos, Kamil observó de nuevo con sus prismáticos y lo último que vio lo aterrorizó, Sat lo miraba mientras le mostraba el pulgar levantado en señal en señal de éxito.


«¡Estúpido de mierda, mil veces estúpido! ¡¿Qué coño has hecho?!».


Y en ese momento ocurrió lo que tenía que suceder, el cuerpo de Sat impactó contra el suelo rebotando apenas unos pocos centímetros hacia arriba igual que un pesado Medball. A pesar de la distancia, Kamil alcanzó a escuchar un sonido seco y apagado, ya había escuchado ese golpe antes, parecía como si un saco muy pesado de papas lo hubiesen arrojado desde la azotea de un edificio de diez pisos y se hubiera estrellado contra el pavimento.


Dominado por una suerte de paroxismo que casi rayaba en la locura, Kamil corrió hasta el lugar del impacto sin dejar en ningún momento de aferrarse al maletín, sin embargo, se detuvo a varios metros de distancia del cuerpo. En su cara se adivinaba cierto grado de excitación placentero. Sat yacía inerte boca abajo, ligeramente enterrado, como si alguien hubiera intentado sepultarlo y al no culminar el trabajo lo hubiera abandonado luego. Kamil se desplazó a uno y otro lado del cuerpo, ansioso, echándole en cara todo un rosario de culpas y exonerándose al mismo tiempo de cualquier mínima responsabilidad que pudiera tener. A punto de sufrir un ataque de histerismo, Kamil Lazar abrió el maletín y enseguida volvió a cerrarlo. Metió el ojo hacia todos los rincones, veía a todos lados con mirada sospechosa, y por un momento pensó en huir del lugar de manera furtiva antes de que alguien se diera cuenta de lo que había ocurrido.


«Puede que tenga algo de tiempo todavía, diré que no tuve nada que ver con su muerte o que no lo conocía… Además, todos sabrán que ese no era uno de mis aviones —se dijo aprisionando el maletín entre los brazos—. Debo tomar en cuenta todos los escenarios posibles».


Cuando Kamil estuvo a punto de tomar esa decisión, escuchó un sonido extraño cerca del cadáver, sonaba como si un pedazo de tela estuviera tratando de desgarrarse. Sus dientes rechinaron y tuvo miedo de mirar el cuerpo de Sat.


«¡Carajo!», susurró entre dientes. Otro sonido extraño escuchó, en esta ocasión fue como si alguien hubiese tosido o escupido tierra por la boca. Se dio vuelta, pero nadie estaba detrás de él. En ese momento se volvió hacia el cadáver de Sat y de manera sorpresiva vio como este había recogido ambos brazos y se levantó de un salto como si nada. Kamil dio tres pasos hacia atrás al ver que Sat se sacudía las ropas hasta ponerse frente a él.

—¿Qué le ha parecido mi acto? —dijo sonriente y apuntando sus dos pulgares hacia arriba—. Algo sobreactuado tal vez, ¿eh?

—¿¡¡¡Q… UÉ… QUEEE!!!? —tartamudeó Kamil espantado.

—Quise decir, mi actuación. ¿No le parece fuera de lo común? Bueno, quizás… desacostumbrado. Debo reconacer que otros saltadores no suelen hacerlo de la misma manera.


A Kamil Lazar no le salían las palabras de la boca, esta se abría y se cerraba de una forma mecánica, parecida a la de los muñecos que usan los ventrílocuos durante sus actos. De seguidas levantó los ojos y miró hacia el cielo, como si hubiera querido reconstruir las secuencias de los hechos.


—¿¡¡¡DESACOSTUMBRADO!!!? Pero…, es que usted aún está con… Un momento, yo no, no entiendo nada… —balbuceó, mientras le apuntaba con el dedo y al mismo tiempo señalaba hacia el cielo—. ¡Por Dios…, está vivo! ¿Cómo es posible…? Permítame quitarle… esta basurita del hombro.

—Sí, a veces sucede.

—¿A veces…? Quiero decir, ¿cómo demonios pudo hacer un truco de ilusionismo tan… tan…

—¿Tan perfecto…? Bueno, me temo que eso es un secreto profesional —replicó guiñando el ojo con picardía.


Sin haberse tranquilizado aún, Kamil palpó y revisó a Sat en la espalda y buscó alarmado su paracaídas por los alrededores del lugar donde había aterrizado. Notó casi convencido de que este había saltado sin el paracaídas, o al menos eso creyó.


—Pero ¿y su… paracaídas?

—¡Oh, eso!... Mejor dicho, se refiere a que salté sin… —dijo Sat llevándose las manos al pecho—. ¡Woops!, pues creo que olvidé ponérmelo.

—¿Olvidó…? Señor Sat, la verdad es que no sé cómo pudo arreglárselas para hacer ese truco del engaño, pero sea como fuere, es increíble. En todos mis años, he visto a personas hacer cosas increíbles, pero nada como eso que acaba usted de hacer.

—Señor Kamil, aún no me ha dicho si le gustó mi acto especial.

—¿Especial?, ¡por todos los santos, claro que es especial, es el acto más extraordinario que haya visto en mi estúpida vida!, es solo que todavía…

—¿Es eso un sí, o prefiere que lo haga de nuevo?.... Oiga señor Kamil, ¿le gustaría verme haciéndo mi salto especial, digo, en forma de clavado? No lo he improvisado aún, pero estoy seguro de que debe ser algo sencillo. Mire, solo tengo que subir a mi nave y saltar de nuevo, incluso, lo haré a mayor altura.

—¡¡¡No, no, no, eso no va a ser necesario!!! Lo que acabo de ver no tiene precio… quiero decir, no hace falta. ¡Oiga, señor Sat, ¿está seguro de poder repetir ese salto de nuevo… usted sabe, sin que se le rompa un solo hueso?, quiero decir…

—¿Sin morir en el intento?

—Bueno, si… más o menos eso —asomó Kamil, dejando escapar una risita nerviosa, a la vez que sudaba de forma copiosa.


Muy al contrario de lo que hizo Kamil Lazar, Sat soltó enseguida toda una retahíla de carcajadas en forma vulgar, las que parecían no tener fin.


De repente Sat paró en seco y dejó de reír.


—¿Cuándo comenzamos?

—¿Comenzar, dices?, … pues… ¡cuando usted quiera, señor Sat. ¡Claro, en el momento que usted lo diga! —sonrió excitado…


Por la oscura y perniciosa mente de Kamil Lazar revolotearon cualquier cantidad de pensamientos sombríos, pero lo que más le latía era poder hacerse con una gran fortuna a costa de un acróbata ingenuo y estúpido como Sat, quien parecía que lo único que le importaba era que alguien apreciara que su acto de ilusionismo hubiera sido algo por demás especial.


«Solo di mañana, pequeño imbécil —exageró el empresario Lazar —. Tan solo dime cuándo y comenzamos».

—¿Pues, le parece bien mañana mismo, en este mismo lugar y hora?


Sorpresa para Kamil.


—¿Mañana…? ¡Per… perfecto, claro que sí! Podemos aprovechar que mi hangar está aquí, justo al lado. Esta misma tarde localizaré a un grupo de recolectores y contrataré propagandistas para que se encarguen de hacer publicidad por toda la ciudad. Solo debo armar las gradas que guardo allí mismo, no necesito nada más. Verá que en una semana o menos tendré en mis bolsillos una gran suma de… quiero decir… habremos ganado mucho dinero. ¡Oiga, señor Sat, ¿seguro que podrá saltar sin romperse una pierna y sin que nadie descubra ese increíble truco de esconder su paracaídas?

—Por supuesto —sonrió con malicia—. De eso me encargo yo.

—¡¡¡Magnifique, amigo Sat!!! ¡¡¡Magnifique…!!! —dramatizó Kamil Lazar, juntando los dedos índice y pulgar, aderezando al mismo tiempo sus palabras con un toque afrancesado.


***


A la mañana siguiente el show se encontraba a punto: gradas adornadas con impresionantes globos de colores y papel crepé, vendedores de todo tipo de chucherías, así como los mercenarios de la fotografía, sin faltar un aparataje publicitario de hermosas jóvencitas en minifaldas cheerleading un grotesco espectáculo con altavoces a todo volumen anunciado como “EL VUELO DE LA MUERTE”, además de varias taquillas para la venta de boletos. Sobre gigantescas vallas publicitarias que había distribuidas por toda la ciudad, así como a la entrada del hangar se entregaban panfletos con el mismo nombre.


Momentos antes de comenzar, Kamil anunció su acróbata a los ansiosos espectadores, a quienes aseguró ofrecerles un espectáculo jamás visto por ojo alguno, y prometió devolverles el dinero en caso de que no quedaran satisfechos. Un sonriente Sat, vestido impecablemente de negro con una capa de fondo rojo, se despidió del público y fue a subirse a su aeroplano. Del mismo modo, un Kamil muy nervioso, aunque satisfecho y con una sonrisa de oreja a oreja, tamborileaba sus dedos sobre un púlpito improvisado ante cientos de espectadores ávidos de presenciar una función jamás vista antes.


Cinco minutos más tarde, su nuevo acróbata se encontraba sobrevolando en círculos, a poco más de 12.800 pies sobre la zona del aterrizaje. Solo aquellos que llevaron consigo unos prismáticos de largo alcance pudieron divisar cuando un diminuto punto negro saltó al vacío desde el monomotor. Sentados sobre las gradas, los espectadores aguardaban excitados el momento de ver lo prometido, sin sospechar en lo más mínimo el desagradable espectáculo que estaban a punto de presenciar. Por su parte y como de costumbre, Kamil se encargaba de animar el festín, mientras contaba los largos segundos a través de un potente megáfono.


Cuando faltaba apenas un minuto para el aterrizaje y viendo la rapidez con que cada vez más el paracaidista se acercaba a tierra sin abrir el paracaídas, algunos espectadores empezaron a bajarse nerviosos de las gradas, otros, un poco más alarmados, les dio por correr espantados, mientras que las mujeres comenzaron a gritar debido a la desesperación. Sin embargo, Kamil, quien ya sabía cuál sería el desenlace, añadía su dosis de estruendo anunciando el tiempo restante con el megáfono.


—¡30seg! …, ¡¡20seg!! …, ¡¡¡10seg!!! …


De pronto: ¡Bum!, de nuevo aquel golpe seco.


Todo fue silencio y confusión, miles de arrugas se antojaron de aquellos rostros con semblante nauseabundo. Los atónitos espectadores habían presenciado algo indescriptible, cuyo sabor se adivinaba más allá de la muerte… El silencio se prolongó por algunos segundos más… Repentinamente comenzó un sonoro repique de tambores que dejó en suspenso y confundió a todos. «Qué podía significar eso, ¿por qué un repicar de tambores luego de aquello tan asqueroso que habían presenciado», se preguntaron muchos de los que estaban presentes. Pero 5 segundos más tarde se escuchó una suerte de fanfarria, mejor dicho, una victoria cirquera que anunciaba una culminación triunfal…


¿Triunfal?


—¡Qué reviva el ave fénix! —gritó el ambicioso showman a través del megáfono.


Sin haber comprendido el significado de aquella ridícula fanfarria, los desconcertados espectadores volvieron las caras para mirar a Kamil Lazar, pero enseguida se dieron vuelta de nuevo para seguir contemplando aquel cuerpo inerte yaciendo sin vida en el suelo. ¿Qué rayos fue lo que había salido mal?, ¿no se suponía que el paracaídas debía abrirse en el aire antes de tocar tierra, o acaso el acróbata era tan estúpido como para arriesgar su vida de verdad y saltar sin él? Pero de manera inesperada y como un ave inmortal renaciendo de sus ya extintas cenizas —tal como lo chilló Kamil a través del megáfono— Sat pegó un salto repentino y abrió los brazos frente a un público todo confundido.


—¡Y esto ha sido todo por hoy, amigos, les prometo que mañana será otro gran día! —exclamó Kamil—. ¡Los invito a que pasen por las taquillas y compren sus boletos para la próxima función!


Los desconcertados espectadores salieron en estampida y corrieron como dementes hacia las diferentes taquillas para comprar las nuevas entradas, sin falta la función se realizaría al día siguiente. Aun cuando las entradas se agotaron en minutos, a Kamil no le importó extender su sombrero de copa para aceptar dinero en efectivo.


Esa noche Lazar se sumió en una borrachera de felicidad, ni siquiera se atrevía a creer el que se hubiera conseguido con alguien tan idiota y que arriesgara su vida como el tal Sat. El éxito de ese día no solo había sido abrumador en cuanto a ventas, sino que desde esa misma noche comenzó a vislumbrar un futuro muy prometedor. Kamil solo pensaba en sus planes futuros —por supuesto, en los de él nada más— Se dijo que quizá pagaría las deudas que tenía, siempre y cuando pudiera amasar una inmensa fortuna, no antes.


«Extraño sujeto, este», pensó Kamil.


Kamil en ningún momento le mencionó nada acerca de ofrecerle un seguro de vida, ya que pensaba que no le haría ninguna falta y porque este había conseguido burlar a la muerte por medio del mejor acto de ilusionismo que había conocido.


«¡Es un maldito genio…! Tan solo me falta averiguar cómo es que logra realizar esa increíble ilusión, que me revele cuál es el secreto de tan maravilloso truco. Después me libraré del pobre… —dijo frotándose las manos—. Siii, así es, no vaya a ser que la ambición se le meta en la cabeza de pronto y se le ocurra más tarde querer chantajearme».


El segundo salto fue mucho más espectacular todavía —un clavado, tal como le había ofrecido a Kamil dos días atrás— el cuerpo de Sat literalmente terminó clavándose en un montículo de arena y quedó enterrado casi hasta la cintura. Esa mañana, el público espectador estuvo a reventar. Las gradas, las que fueron triplicadas en número, no solo fueron insuficientes, sino que las diez mil entradas que habían sido programadas se agotaron en cuestión de minutos, porque más tarde se acercaron turistas de algunas ciudades vecinas quienes vinieron solo para cerciorarse de que no se trataba de un truco barato y que de verdad un individuo era capaz de retar a la muerte arrojándose de un aeroplano sin paracaídas.

Kamil no tardó en comprarse dos aviones monomotor nuevos y una lujosa limusina último modelo.


***


Cierto día, en momentos que Kamil contaba todo el dinero que había recaudado durante algunas funciones, Sat se apareció por su oficina.


—¡¡¡Querido amigo, Sat!!! —exclamó eufórico—. ¿Estamos preparados para el salto de mañana?

—Mañana no saltaré —aseguró.


A Kamil por poco le da un infarto.


—¿Cómo que no saltará? —dijo, arrojando los billetes que contaba dentro de una caja negra que había al lado de su escritorio.

—Pues, que no saltaré mañana.

—Pero ¿Y mis… digo, nuestros clientes?

—Ese es tú problema.

—Querrás decir, nuestro problema.

Sat sonrió por lo bajo y negó con la cabeza.

—No.

—¿Acaso te pago poco, es eso? —por un momento Kamil se sintió confundido—. ¿Es más dinero lo que quiere, señor Sat, o piensa que me estoy aprovechando de usted?

—No. Yo estoy seguro de que una persona tan honesta como usted no se atrevería a hacer algo así, señor Lazar, y menos a mí.

—¿Entonces qué es lo que quiere? … ¿Un pequeño adelanto? Mire, aquí en mis manos tengo algo guardado para usted —dijo asomando un insignificante fajo de billetes.

—No es eso, puede quedarse con todo el dinero.

—Pues, entonces dígamelo sin tapujos, mire que las entradas ya han sido vendidas todas y usted no puede fallarles a sus clientes. Tiene que haber algo que yo pueda hacer por usted para que salte mañana.


A Kamil Lazar comenzaba a molestarle ya el fulano señor Sat.


«Mmmm… Ahora lo veo más claro, se había tardado el hombrecito este en subírsele los humos», caviló.

—A menos que…

—¿A menos…? —repitió Kamil, dejando un suspenso flotando en el aire.


El señor Sat sacó detrás suyo una hoja que llevaba guardada y le dijo:


—De ahora en adelante, si quiere que yo salte para usted por lo que le resta de vida, señor Kamil Lazar, tendrá que firmar este contrato.

—No hay ningún problema, amigo Sat, tan solo tenía que habérmelo dicho antes —sentenció con hipocresía, apresurado y sin pensar—. Deme acá ese papel… ¿Contrato dice? Pero… ¿Qué clase de contrato es ese? ¡Un momento, déjeme leer ese pedazo de papel!


Aquella simple hoja se desenvolvió convirtiéndose de repente en un grueso folio con cientos y cientos de páginas, pero Kamil debía firmar tan solo una de ellas.


—¡Esto es ridículo!, ¿cómo piensa que voy a leer todo ese documento para luego firmar la última página —refutó—. Eso me llevará al menos dos meses leerlo todo, para entonces la gente que ha pagado por adelantado para ver nuestro espectáculo pensará que los he timado y terminarán demandándome, hasta puedo ir a prisión y se acabarían mis… digo, nuestros días de gloria, espero que usted entienda eso.

—Como le dije, ese no es mi problema, puesto que yo no quiero un solo céntimo de ese dinero.

—¿Qué no quiere dinero…? ¡Demonios!, ¿entonces qué es lo que quiere, maldita sea?

—Si lo prefiere, para no tener que leer y luego firmar, hay una salida más rápida y efectiva que un simple pedazo de papel. Un simple juramento bastará, algo así como un pacto de sangre.

—¿Un pacto de… sangre, dice? —resaltó Kamil desconcertado.

—Sí, un pacto de sangre, Kamil. He visto cómo lo hacen en las películas de vaqueros e indios, eso podría servir. ¿Ha visto en el cine cuando sellan un pacto haciendo un juramento de sangre al estilo indio? Es algo muy simple.

—¿Al estilo… indio? No entiendo, lo que quiere decir.

—¡Es muy sencillo!, ahora mismo le muestro.

—Pero…


En ese momento Sat alargó el brazo dejando ver una horrible garra con las uñas curvadas y, haciéndose un pequeño corte en la palma de la mano, se la mostró:


—Así, ¿vio que es muy fácil!

—¿Usted quiere que me haga un corte en la mano… como hizo usted?, ¡Oh, ahora entiendo lo que quiere decir!


Aunque a Kamil aquello le pareció por demás infantil y gracioso, pensó en que no tendría nada de malo seguirle el juego a un retardado fanático, siempre y cuando al final pudiera obtener lo que quería. Después de todo, siempre había creído que el fin justificaba los medios.


«Tengo la leve sospecha de que este Sat como que es más estúpido de lo que aparenta, está viendo demasiadas películas», preconcibió.

—Bueno… en ese caso, déjeme revisar por encima de mi escritorio, quizá aún conserve una pequeña navaja en alguna parte —dijo Kamil mientras escudriñaba el mesón y algunos cajones—. Bueno, solía guardarla por aquí.

—No se preocupe por eso, señor Lazar, yo mismo puedo hacerle una igual a la mía.


Kamil estuvo a punto de abrirle la palma de la mano. Sin embargo, lo pensó un momento mientras contemplaba aquella suerte de garra de rapiña portadora de unas aterradoras espuelas en forma curva.


—Mejor será buscar algo un poco más higiénico, en lugar de usar esa peligrosa zarpa, ¿no lo cree, señor Sat?

—Como quiera —consintió indiferente.

—Dígame algo, señor Sat, ¿podría adelantarme algunas condiciones antes de sellar ese pacto? Me gustaría saber cuáles son los términos de ese juramento y hasta dónde abarca —preguntó desconfiado. Por un momento su mente se había esclarecido—. Reconsiderando todo este asunto del contrato de nuevo, la verdad es que ha sido muy poco lo que me ha dicho al respecto.

—Se trata tan solo de un compromiso, como cualquier otro. Es por ello que le ofrezco dos opciones, para que escoja la que le parezca más cómoda.

—No sé, esto me huele a gato encerrado, y eso del pacto de sangre como que ahora no me está gustando, me da mala espina.

—Bueno, en ese caso… —Sat haló el folio de papeles y lo hizo girar sobre la mesa para que firmara de una vez.


Nuevamente algo le decía a Kamil que no firmara. Tiró la pluma sobre la mesa y se puso de pie.


—¿No estará usted pensando quedarse con mis galpones y apropiarse del negocio una vez que firme ese… testamento?

—No, amigo Kamil, ya le dije que no me interesa para nada el dinero, puede quedarse hasta el último centavo.

—Entonces sea más específico conmigo, me parece que esto no tiene pies ni cabeza ¿Qué demonios es lo que quiere de mí?

—¡Su alma, señor Kamil, su alma!

—¿Mi alma?, pero ¿qué ridiculez es esa de que quiere mi alma?

—Así como lo está escuchando, Kamil Lazar, no es complicado. Usted será dueño de una inmensa fortuna, podrá tener toda una flota de aviones si quiere, obtendrá fama como nadie y podrá ser dueño de medio mundo si lo desea, yo en cambio, tan solo quiero algo insignificante de usted: su alma oscura y perversa, lo más depravado que hay en su corazón.

—¡Pero eso es ridículo!, ¿cómo piensa obtener mi…?

—Usted no se preocupe por eso, ese es mi problema. Y si prefiere no firmar, debido a lo extenso del documento, será mucho más rápido y fácil si tan solo hace lo mismo que yo —dijo Sat mostrándole de nuevo la pequeña herida que había en la palma de su mano.


Kamil tenía un mal presentimiento. En primer lugar, un contrato tan extenso como una biblia, y luego aquel ridículo juramento indio del pacto de sangre al que no le veía nada de gracioso. Ambas cosas parecían tan absurdas como inexplicable lo era aquel extraño acto de ilusionismo.


«Pero si yo mismo vi cuando se arrojó de ese aeroplano varias veces, no hay manera de que haya un truco, y menos retando la muerte desde 12.000 pies de altura».


Sat se acercó a Kamil Lazar y lo cogió por el brazo con la intención de hacerle un pequeño corte en la mano.


—¡Tu alma, Kamil Lazar, solo quiero tu alma! —susurró con su fétido aliento mientras acercaba su afilada zarpa al empresario.


Aquellas palabras resonaron en sus oídos como unos ecos temblorosos que parecían haber emergido de ultratumba. Kamil quiso liberarse, pero su garra era fuerte como una mordaza.


—¡Es tarde Kamil, tu alma será míaaaa!


En un arrebato de furia, tratando de zafarse de aquella mano corsaria, Kamil Lazar gritó espantado:


—¡¡¡MALDITO LOCO… LÁRGATE AL INFIERNOOO DESGRACIADO!!!

Y en ese preciso instante, el señor Sat, además del maletín junto con todo el dinero que había en la caja negra bajo el escritorio de Kamil, se esfumaron como por acto de magia, quedando tan solo un tímido vaho gris suspendido en el aire, en el mismo lugar donde estaba Sat, vapor que se fue desvaneciendo poco a poco hasta que desapareció…

17 de Junio de 2021 a las 00:25 1 Reporte Insertar Seguir historia
1
Fin

Conoce al autor

Jorge B. Mahoney Geólogo. Autor de "RELATOS SOBRE LO INESPERADO", "EL MENSAJERO" "EL FANTASMA DE LAS NIEVES "(en revisión) "TRILOGÍA DEL TIEMPO" (en revisión) "SAGA ÉPICA" (borrador en revisión)

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Muy bueno!!
June 18, 2021, 19:24
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