holoceno11701 Jorge B. Mahoney

Una última misión. Adam Coll llevaba toda una vida realizando viajes tripulados a través del espacio interestelar, se suponía que una nueva asignación equivaldría solo a una excursión más en la estadística de sus logros.


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#física #accidente #plasma #fractales #Cuásares #stalker #Tannhaüser #Cosmonave #nave #misión #tarea #Expedición
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LA NAVE STALKER - Ω

Adam Coll llevaba toda una vida realizando viajes tripulados a través del espacio interestelar, se suponía que una nueva asignación equivaldría solo a una excursión más en la estadística de sus logros. Sin embargo, estaba estipulado que esa sería la última de sus misiones, al menos eso era lo que fechaba el cronograma del reglamento interno de vuelos intergalácticos SPACECOM-1.


Muchos navegantes intergalácticos, tan experimentados como Adam, ni siquiera llegaron a completar la mitad de las misiones que les fueron encomendadas, sin embargo, el comandante Coll había superado el récord de años en el espacio. A pesar de su corta edad, Adam había sido el piloto de pruebas más joven y brillante en la historia que hubiera ingresado en la agencia de vuelos experimentales del país. Gracias a su inteligencia y el haber tomado decisiones acertadas en los momentos más difíciles, logró ascender rápidamente dentro del escalafón de viajes, consiguiendo establecer un registro de misiones impecables y sin haber sufrido un solo accidente.


El hombre más experimentado de agencia SPACECOM no solo había navegado hasta los confines menos pensados del universo, Adam Coll sabía lo que era acariciar el plasma atrapado en el interior de los cinturones de Van Allen, supo apreciar de cerca las bandas de polvo frío de la nebulosa de Unicornio a más de 5200 años luz del planeta tierra, fue el único que logró cruzar por el centro de la polvorienta NGC 2170, la nebulosa de reflexión más brillante en la constelación de estrellas masivas de monoceros, una verdadera isla celeste. Había explorado, inclusive, más allá de los confines de Orión y visitado de cerca los discos de acreción que giran alrededor de los agujeros negros, sin contar varios de los soles fríos de las galaxias más lejanas.


Fueron frecuentes los encuentros del comandante Coll y su orgullosa tripulación con naves antiguas durante sus diversas expediciones. Naves abandonadas a la deriva en el profundo espacio sideral, muchas de ellas, por cierto, que jamás alcanzaron su destino final, bien debido al agotamiento del combustible frío o por haber perdido la bitácora de navegación, teniendo que vagar por el resto de la eternidad a través del silencioso y solitario cosmos.

No era la primera vez que Adam llegara a abordar grandes vehículos espaciales en sus vuelos, muchos destruidos en su totalidad y en ocasiones intactos, en busca de posibles sobrevivientes o bastimentos para su tripulación, incluso partes y dispositivos reutilizables necesarios para su propia nave.


Para el comandante no resultaba sencillo tener que despedirse de aquellos que no lo lograron, o en ocasiones decir adiós a generaciones enteras de cadáveres sin descomponer —momificadas por la falta de oxígeno en algunos casos—, que en su momento llegaron a formar parte de un personal indispensable de muchas de aquellas enormes flotas estelares tripuladas. Era común el que algunas de ellas fuesen impactadas por meteoritos de forma inesperada, navegando a altas velocidades a través del espacio sideral. Lo menos que podía hacer un comandante como Adam Coll y su tripulación para honrar a los hombres que al igual que ellos dedicaban toda una existencia en favor de la ciencia, era guardar respeto y silencio cada vez que su nave surcaba por entre aquellas necrópolis de cadáveres que gravitaban inertes en compañía de los diferentes cuerpos celestes o cinturones de asteroides.


***


La Stalker- era el nombre oficial de una ultra moderna cosmonave de última generación, la que fue asignada al comandante Coll dos meses antes de despegar hacia la que sería su siguiente y última misión, la que una vez concluida pasaría a retiro. Dos semanas antes de que partiera hacia un destino prefijado, pero que aún no se había hecho oficial, Adam fue condecorado con la sexta estrella de honor y mando por el rector superior de las naciones unificadas. Jamás antes llegó a ser ascendido comandante alguno al sublime grado de la sexta estrella.

La cosmonave Stalker-Ω, como preferían llamarla sus constructores, había sido confeccionada con materiales que siempre constituyeron un misterio, y que aún estaban consideradas como un secreto no revelado por los estados de la unión —en sí, constituía una fortaleza espacial con autonomía de mando, acaso de toda una flota proyectada para llevar a cabo una navegación perenne.

Aquella no solo se trataba de la última de sus misiones, sino, además, del viaje más largo realizado jamás en toda la historia de las naciones de la unión. Se suponía que por primera vez Adam y su tripulación viajarían seguros, o al menos con un mínimo de incertidumbre ya que durante todo el proyecto la prioridad número uno que se consideró fue el factor seguridad. Sus mejores ingenieros acababan de diseñar un campo invisible que actuaba como escudo protector para resguardar la nave de las ocasionales lluvias de aerolitos, así como de la posible chatarra espacial, producto de colisiones de otras naves con trozos de cometas desintegrados que pudieran quedar vagando de manera errática y dispersos por los confines inexplorados del cosmos. Así mismo, incorporaba un sistema de desaceleración de gravedad ideado por el propio Adam, para aquellos planetas de gran masa gravitacional, además de un sistema de inversión de densidad para el caso de orbitar planetas con más de 12 masas terrestres. En esta última misión, el trabajo del comandante Adam Coll consistía en recolectar muestras de polvo interestelar más allá de la nebulosa de Tannhäuser para evaluar tres aspectos importantes: 1) La pérdida de masa en estrellas moribundas, 2) mejorar el conocimiento sobre las variaciones de luz en algunos cuásares, y 3) investigar la física de los fractales meteorítitos.


***


Hacía poco menos de un año que la Nave Stalker-Ω había partido desde la tierra con rumbo fijado hacia la lejana nebulosa de Tannhäuser. Como todos los días, el comandante aún permanecía recostado en su módulo de descanso. A pesar de haber estado sumido durante largas horas en una suerte de sopor profundo, Adam estuvo haciendo memoria de cuando regresó de su penúltima misión. Apenas podía acordarse de algunos detalles triviales, tal vez los menos importantes, ni siquiera de cuando él y su tripulación celebraban el éxito total de la tarea.


«Debió ser algo más de cuatro años, mucho antes de que fuera considerada la posibilidad de que asignaran la Stalker-Ω a la tripulación y a mí —evocó, sin estar completamente seguro—. Qué curioso, no entiendo cómo es que no tengo memoria acerca de cuál era el propósito de aquella misión».


Lo último que Coll pudo recordar, antes de volver a caer profundamente dormido, fue que durante aquél viaje la nave más antigua que había visto estaba siendo atraída con rapidez por la gravedad del pequeño núcleo rocoso de Saturno. Se trataba de uno de los últimos vehículos espaciales de un arcaico programa del proyecto Helios llamado Urano. Por sus siglas sabía que la nave había partido de la tierra en el año 2046, de eso hacía casi 650 años ya. Adam parecía estar algo confundido. No terminaba de entender, qué rayos hacía una nave del proyecto Helios buscando atravesar las capas de hidrógeno de Saturno, puesto que para entonces la tierra no contaba aún con la tecnología suficiente siquiera para viajar más allá de las fronteras de un planeta tan masivo, constituido casi todo por helio e hidrógeno.


A pesar de ser un planeta con una masa 318 veces mayor a la de la tierra, Adam ya había tenido la oportunidad de orbitar cerca de los dos grandes vórtices anticiclónicos ubicados al sur y bajo el ecuador jupiteriano. El comandante Coll sabía que aquel no era el planeta más masivo de los que había conocido, excepto que su atmósfera se mantenía cubierta todo el tiempo por masas de nubes y que estaba dominado por un alto estado de turbulencia.


Sintiéndose algo incómodo, Adam comenzó a moverse de un lado para otro hasta que despertó de repente.


«¡Maldición, no puede ser!, ya tenía que haber estado en el puente de mando. Qué sensación tan extraña, es como si no fuese yo mismo. —se dijo mientras tomaba nota de la hora para la bitácora de vuelo—. Podría jurar que hubo… no, debo estar confundido.


»Mi reloj biológico debió haber quedado suspendido, o tal vez será que me estoy poniendo viejo para estas misiones. Me pregunto, ¿por qué habrá tanto silencio?


Adam echó de nuevo una ojeada al reloj que había en el panel sobre la pared para verificar el tiempo transcurrido de la misión a partir de las 00 horas, momento en que partieron desde la tierra. La lectura indicaba 325 días terrestres: 33 horas: 7 minutos: y 13 segundos. Es la misma que cuando entré a descansar, se había dicho. No había tiempo para reiniciar el contador, y aun cuando aquél era un problema que lo podía solucionar el técnico de instrumentación, no dejaba de ser extraño. El comandante volvió a comprobar el reloj del panel.


«Más que imposible, diría que es del todo absurdo. ¿El contador de tiempo de la Stalker-Ω, detenido? —se dijo, en un intento por reconsiderar una explicación—. Espero que sea eso y nada más.


Advirtió entonces cuando dos hojas de papel sobre las que había efectuado algunas anotaciones algunos días antes y que reposaban sobre su mesa de noche, se levantaron y flotaron tímidamente debido a momentánea ingravidez para aterrizar sobre el piso de su módulo de descanso. Insistió en que no era habitual el que algo así sucediera en una nave de semejante envergadura. A continuación, pasó la mano una o dos veces frente a los ductos de salida del aire. A Adam le reclamó la curiosidad el hecho de que no estuvieran funcionando.


«Será mejor que envíe dos hombres a revisar los equipos de enfriamiento».


Este era el primer viaje de la nave Stalker, y el programa exigía realizar un viaje más allá de las estrellas frías. La nave que comandaba Adam había superado más de 1200 pruebas de simulación y fue sometida a las más críticas e inimaginables condiciones de severidad posibles, considerando inclusive situaciones de ataque inesperados debido a varios enemigos imprevistos. En otras palabras, la Stalker-Ω había sido diseñada para no fallar jamás.


«A menos que se trate de una broma de la tripulación. ¡Un momento! ¿Qué diablos está ocurriendo aquí? ¿Una corriente de aire en el interior de la Stalker…? —especuló—. ¡Aquí control-1!... ¡Adelante control-2!... No hay respuesta. Mmmm... qué extraño. ¡Revisar comando de voz! Algo no debe estar marchando bien. ¡Demonios! Vamos, ¡personal del puente de mando, respondan por favor!».


Adam se vistió tan rápido como pudo. Era la primera vez que se quedaba dormido más de la cuenta, tal vez por ello se le hacía raro que nadie de su personal de tripulación se hubiese comunicado con él.


«Me pregunto ¿qué estará sucediendo? —caviló, mientras hacía una inspección minuciosa a la habitación—. Todo esto es muy inusual».


Si bien el comandante Coll tenía un extraño presentimiento desde el mismo momento en que despertó, nada parecía dar pie para pensar que algo dentro de su módulo de descanso lo estuviera incomodando. Era imprescindible ir hasta el puente de mando para averiguar lo que indicaba el cerebro central. Sin embargo, ni siquiera por su mente rozaba lo que pudiera estar sucediendo.


«Algo está fallando. Se supone que todos en la flota conocemos de memoria el protocolo —se dijo—. El reglamento es claro: informar primero. Cualquier duda, por muy pequeña que sea, es siempre una duda».


Adam consultó la hora en su reloj de presión-pulsera, tampoco este daba señales de estar funcionando de forma correcta. Cada reloj del personal, cada uno de los instrumentos estaba sincronizado con la nave de manera que cualquier desperfecto pudiera ser reparado sobre la marcha y de inmediato. Los contadores de tiempo estaban construidos a base de cristales de Germanano embebidos en un pequeño coloide de plasma sellado al vacío. Se supone que no debería haber cabida para una falla, excepto, que el problema venga de la sala de instrumentación, se había dicho.


«Al menos que en este momento estemos atravesando por un campo magnético muy denso —pensó con suspicacia—. No obstante, eso sería lo mismo que... Ni pensarlo, es poco probable que un reloj de quantum, falle alguna vez».


Tan pronto como descansó los cinco dedos sobre el troquel en forma de mano que había a un lado de la puerta, esta respondió enseguida a la lectura de presión dactilar. Sin embargo, la puerta no volvió a cerrarse. Aquello era una clara señal de que había un problema de mal funcionamiento en la nave.


«¿Será posible que un virus se haya alojado en el cerebro central y esté contaminando todas las unidades? —elucubró el comandante en frío, mientras trataba de encontrar otra posible respuesta a todo lo que estaba sucediendo.


»En caso de que haya una rotura en el núcleo frío del reactor, estamos condenados. No quisiera ser pesimista, pero será mejor que avise a todo el personal, debemos estar preparados para la peor de las eventualidades.


Las demás puertas del resto de las habitaciones que había en el pasillo, excepto la suya, estaban cerradas. Nada de aquello parecía cobrar sentido. Adam abandonó su habitación cápsula, no sin dejar de experimentar una latente preocupación. De pronto notó que había demasiado silencio en el túnel que conducía al puente de mando, lo que le pareció más extraño aún. Era de suponer que algo así sería del todo improbable, puesto que dicho corredor era un sitio de tránsito frecuente del personal que circulaba a diario en la flota. Además, de manera constante había técnicos de guardia estudiando los paneles y tomando lecturas de sensibilidad en los diferentes sensores de aproximación. Aunque el cerebro de la nave, La SKUS-I, podía corregir de manera automática cualquier error de lectura haciendo ella misma una simple compensación, desde el mismo día que partieron de la tierra, Adam estableció como prioridad que sus técnicos de instrumentación tomaran lecturas de forma mecánica cada media hora.

La experiencia y los años le habían enseñado que, bajo ciertas circunstancias, era más confiable si algunas decisiones fuesen razonadas por humanos y no dejadas al libre albedrío de un cerebro biomecánico.


«Que extraño es todo. No veo a una sola persona caminando por el pasaje del túnel. Me pregunto dónde se habrán metido los técnicos. —advirtió el comandante Coll, parándose en medio de la bifurcación del pasillo central y mirando en todas direcciones».


Enseguida se dio vuelta para revisar los medidores de presión, sabía que estos nada tenían que ver con el contador de tiempo.


«¡Todas las lecturas del panel, absolutamente todas, están en blanco! Pero… ¿qué mierda significa todo esto? —se preguntó—. ¿Acaso la nave ha sido…? ¡Imposible!, ni por un segundo quisiera imaginarme lo que estoy pensando».


Apenas avanzó unos pasos más adelante, un aterrador frío sideral que invadía el corredor y que rápidamente comenzaba a escaldar sus mejillas, dio pie a que se preguntara por el personal de relevo de la tripulación, el que siempre se desplazaba de un lado a otro por el túnel de ronda, o en la mayoría de las ocasiones prefería aguardar por el cambio de guardia en la sala de descanso y recuperación.


«¿Nadie del personal de relevo? —observó molesto—. ¿Dónde carajos se han metido todos?».


Adam aceleró el paso. En varias ocasiones intentó comunicarse con la sala de instrumentación, pero nadie del personal contestó jamás sus llamadas. Al no lograr respuesta, consideró que lo más acertado sería presentarse en el puente de mando para averiguar cuál era la anomalía que estaba presentando la Stalker-Ω. De pronto, un extraño y profundo olor a plástico derretido le confirmaba que algo grave estaba sucediendo. Lo reglamentario en este caso era que hubiese personal médico yendo y viniendo, y que las luces de emergencia sanitaria estuviesen todas encendidas indicando nivel de prioridad rojo-2.


Entonces se detuvo en el panel de control siguiente, con la firme esperanza de tener mejor suerte esta vez.


«Me parece estar viendo una luz titilando —se dijo mientras afinaba la vista de lejos y a punto de alcanzar la próxima estación—. ¡Maldición!».


Apreciando que todos los sensores de temperatura parecían haberse congelado, ya que indicaban lecturas incoherentes, Adam no entendía cómo podían sus compañeros estar tolerando temperaturas semejantes dentro de la nave, ni aun llevando puestos los trajes térmicos especiales. El comandante Coll no estaba muy seguro, pero creía estar sintiendo un frío pegajoso en sus manos, luego sintió que sus pies se estaban endureciendo. Notó que al final del pasillo se veía el letrero que decía retorno y puesto de comando, faltaba poco para llegar.


«¡Aprisa, Adam!», susurró entre dientes.


Cuando estuvo a punto de cruzar hacia el puente de mando, el comandante Coll se detuvo repentinamente encontrándose con algo inesperado. Tratar de concebir aquel magnífico agujero, tan grande y perfecto como el que estaba viendo, y que atravesaba las paredes de la nave Stalker-Ω, su propia nave, de un lado al otro, era algo que por nada del mundo podía caber en su imaginación.


—¡Por todos los cielos... el campo! —dijo, mirando hacia los elevadores de emergencia, y enseguida algo que parecía ser un pedazo o los restos de una de las turbinas de enfriamiento—. ¿Cómo es que el campo magnético no funcionó? ¿En qué momento…? Es ridículo, ¿por qué nadie me avisó lo que ha sucedido? ¡¿Dónde está el cuerpo de emergencias?, alguien tiene que estar atendiendo a los heridos!


La zona de los reactores de propulsión, incluso los elevadores, prácticamente habían desaparecido. Toda el área se había fundido. Tampoco quedaba nada de los remos transversales de ventilación.


—Sea lo que sea que haya hecho ese maldito agujero, se llevó toda la sala con él —dijo en voz alta, como si hubiese estado hablando con alguien más.


Siguiendo por el pasillo advirtió enseguida que ya no había paso hacia el puente de mando. Adam bajó las escaleras regresándose por el corredor central, atravesó la sala principal de reuniones y al ver la puerta abierta entró y se detuvo un momento en su interior. Las paredes habían desaparecido, lo que antes fue una estancia para la toma de decisiones y notificaciones importantes, ya no existía. Solo lápices, algunas tazas y una veintena de hojas sueltas, flotaban ahora ingrávidos en toda la estancia.


«¿Qué habrá sido de los almacenes de reserva y emergencia que están situados abajo, por qué no ha sonado siquiera la alarma de alerta secundaria? ¡¡¡Adelante central, contesten!!! ¡Rayos! —maldijo Adam confundido, como si le costara concebir toda aquella desastrosa situación.


»¿¡Qué es lo que está ocurriendo aquí, por qué rayos no puedo escuchar las voces del personal!? Parece como si todos... como si todos hubieran abandonado la nave.


La escalera que daba acceso al domo de defensa había sido arrancada desde la base. Los escudos regenerativos, que en caso de combate permitían a la nave Stalker adaptarse a la artillería de fuego del enemigo, estaban desactivados. Tampoco había manera de subir hasta el reactivador de energía por fases —allí podía apreciarse otro hoyo gigantesco que antes no existía, y que permitía ver las estrellas del otro lado del fuselaje blindado— A pesar de todo aquello, la nave parecía continuar manteniendo su autonomía de rumbo. ¿Qué significa todo esto?, se preguntó Adam.


—¡Es ridículo! ¿Acaso mi tripulación me está tomando el pelo? ¿Cómo es posible que pueda ver las estrellas de afuera y respirar sin necesidad de un traje? ¿Por qué el ingeniero de cabina no está en su puesto? —se cuestionó Coll una vez que se presentó ante el domo central de instrumentación. Nada había que hacer, pues para ese momento no podía más que contemplar horrorizado la destrucción que había a su alrededor—. ¡¿Qué demonios está sucediendo en mi flota, que todo parece andar patas arriba?! ¿Acaso hubo una suerte de guerra entre los miembros de la tripulación y alienígenas, necesito saber quién es el responsable de lo que está ocurriendo en mi nave?


Adam estaba a punto de entrar en shock.


De pronto pasó a la cabina principal de vuelo y, aunque el resto de las cosas parecía estar en su lugar, las pocas luces que debían señalar el status de la nave indicaban falla en el funcionamiento, las demás estaban apagadas. Por ningún lado se veía al personal de control. ¿Cómo demonios se supone que una fortaleza semejante podía mantener su rumbo si no estaban sus ingenieros de navegación?, se preguntaba. Ni siquiera un lejano eco podía escucharse. Sin embargo, el comandante Coll tenía la impresión de que había una pesada carga de miradas clavadas en su espalda. Adam hizo una última mueca con la boca, al fijarse en una nube brillante de polvo mezclada con micro cristales extraños suspendidos y que flotaban por toda la sala de instrumentación. Luego capturó un bolígrafo que estaba orbitando frente a él, se lo quedó mirando por unos segundos y después lo soltó.

Al fin, el comandante Coll se sentó en su puesto de mando y miró al frente como de costumbre, parecía como si nada de todo aquel desastre lo sorprendía ya. Tal vez comenzaba a tomar consciencia y aceptar lo que había ocurrido. Después de reflexionar por unos segundos, apartó con cuidado algunos escombros que había sobre su pequeña consola de decisiones y, después de cerrar un grupo de interruptores, resignado, comenzó a contemplar cómo su nave continuaba moviéndose por el frío y silencioso espacio sideral sin el personal de siempre que la estuviera guiando. En ese instante, varias luces de la estropeada pizarra de control se encendieron sin explicación alguna, como si sus circuitos hubieran recobrado la energía y comenzaron a funcionar, pero Adam ni siquiera se impresionó con ello. Con dominio total de sus emociones, igual que el más experimentado de los comandantes intergalácticos, Adam Coll solo se preguntaba una cosa:


«¿Dónde terminará mi viaje esta vez?».


Una escolta de estruendosos aplausos se escuchó enseguida en medio del puente de mando, sin embargo, el comandante Adam Coll, como si lo hubiera estado esperado, ni siquiera se movió de su asiento.


—¡Bienvenido una vez más al puente principal de mando de la nave Stalker-Ω, comandante Coll! Fije usted las nuevas coordenadas —dijo una voz que sonaba familiar y que parecía venir desde el puesto del ingeniero de vuelos.


Alguien que había más adelante, la oficial principal de vuelo que acababa de sentarse frente a la mesa de controles, sin quitar en ningún momento la mirada de la ventana de observación preguntó:


—¿Tiene planeado marcar un rumbo en particular para hoy, comandante?


—¿De veras cree usted que haga falta, teniente? —respondió Adam sin darse la vuelta, advirtiendo al fin que toda la tripulación del puente de navegación y mando estaba completa.


—¡No señor! —sonrió la hermosa oficial, quien era su asesor principal de navegación y mano derecha.


—Muy bien señores, activar propulsores 1, 5, y 7, apagar todos los sensores de temperatura. De ahora en adelante mantendremos el rumbo prefijado hasta donde nos lleve el destino.


La tripulación de cabina junto con los ingenieros de navegación, así como el personal técnico de mantenimiento, se vieron las caras satisfechos y aprobaron continuar con el mismo curso establecido desde que partió la nave desde la tierra.


—¡Qué grato es tenerlo de vuelta una vez más entre nosotros, comandante Coll! —dijo el ingeniero de curso al mando, al tiempo que regresaba a su lugar para tomar el control en su panel de instrumentación.


Adam Coll, comandante de la moderna fortaleza interestelar Stalker-Ω, terminaba de vislumbrar que el escudo invisible construido por los ingenieros de la agencia espacial SPACECOM-1 no había surtido el efecto esperado y, que él, al igual que el resto de su tripulación, habían perecido en el mismo instante cuando una inesperada nube de aerolitos viajando a alta velocidad, los que seguramente formaban parte de algún asteroide desintegrado, impactaron la nave. Ahora, los restos de su flota interestelar vagan por el cosmos con rumbo desconocido, al igual que muchas otras naves, esperando quizá que algún nuevo comandante intergaláctico les rinda honores algún día, honrándolos en silencio y diciéndoles también, adiós para siempre...

15 de Junio de 2021 a las 12:30 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Conoce al autor

Jorge B. Mahoney Geólogo. Autor de "RELATOS SOBRE LO INESPERADO", "EL MENSAJERO" "EL FANTASMA DE LAS NIEVES "(en revisión) "TRILOGÍA DEL TIEMPO" (en revisión) "SAGA ÉPICA" (borrador en revisión)

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