joselin-ayala1617486188 Joselin Ayala

Adrien es el menor de los tres hijos del rey Gabriel, pero en su país jamás tendría el derecho de ser llamado príncipe. Todo, por una razón simple que desde su nacimiento estuvo fuera de sus manos: Es un Omega. Tras una cruel y dura guerra, la corona queda en deuda con otra poderosa nación. Al estar económicamente inestables, el rey decide entregar a Adrien dándole dos opciones: Morir en su país o servirle al heredero Couffaine...


Fanfiction Caricaturas Todo público.

#Lukadrien
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Prólogo

Estaba haciendo un gran esfuerzo por contener el llanto. Sentía la mandíbula tensa y una dolorosa opresión en la garganta que desembocaba en su pecho, y el montón de ojos fijos en su espalda. La humillación pesaba cruelmente sobre el omega de ojos verdes mientras le sostenía la mirada al alfa sentado en aquel trono. Su padre, el dirigente del reino, y el hombre que justamente lo estaba negociando como un pedazo de carne que serviría como ofrenda de paz tras una guerra perdida.

—No hay forma de que sirvas de algo en esta corte, muchacho— sentenció el rey Gabriel, sin piedad alguna a pesar de que estaba hablando de su hijo menor, frente a todos los lores y la guardia real. En presencia de sus hermanos mayores: Félix y Emma. Su padre sí los llamaba a ellos príncipes. Porque Félix era un alfa que podría gobernar una vez que el viejo rey muriera, y Emma una digna beta que podría tanto heredar el trono como procrear niños fuertes que crearían alianzas con otras casas del reino. Mientras que él sólo era Adrien, el hijo omega que el rey repudiaba, el que no daba ningún fruto en las clases de combate, al que los hombres no miraban con respeto y que prefería la compañía femenina porque así no se sentía amenazado.

Adrien apartó los ojos por un momento a la derecha del rey, donde un trono más pequeño y sencillo yacía vacío. Su labio inferior tembló y tuvo que morderlo con fuerza para no soltar un sollozo. Bajó la mirada y sus cabellos rubios le ayudaron a que pudiera barrer con disimulo la solitaria lágrima que no logró la mitad del recorrido por su mejilla.

Si tan solo su dulce y bondadosa madre estuviera viva, nada de esto estaría pasando. Su padre no se hubiera inundado en la amargura por el luto, y quizá los comentarios de sus ambiciosos consejeros no hubiesen calado en su mente. El reino no estallaría en guerra en otro fallido intento por conquistar el continente vecino. No lo lograron las dos veces anteriores durante 30 años, y no lo lograron esta vez tampoco.

Y ahora tenían que dar algo a cambio de las molestias por las guerras y conflictos que ocasionaron.

Algo además del dinero que se entregó en parte para cubrir daños.

Querían a alguien de la familia real. Y el mas prescindible era, por supuesto, Adrien. Estaba seguro que, de no ser por el amor y respeto que el rey Gabriel tenía para con la difunta reina Emilie, Adrien habría sido declarado bastardo apenas murió su madre. Pero, entre toda la crueldad de Gabriel, este jamás mancharía la memoria de su querida esposa.

—Padre... por favor— suplicó el pequeño rizado. Apenas estaba por cumplir los 17 años, si no se sentía seguro en su propio hogar, en un reino extranjero se lo comerían vivo —Debe haber un escape a esta condición... yo— titubeó, porque el murmullo de toda la corte, en total reprobación, lo cohibió, pero la mirada de desagrado de su padre fue peor —no tengo a nadie en Azcam.

—¡Niño insolente!— bramó el rey, haciendo que todos callaran, y que los hombros de Adrien se sacudieran con miedo —No eres capaz de hacer nada, escucha bien: ¡Nada por este reino si permaneces en mis dominios!— expresó con furia, las venas de su cuello saltándose por la fuerza de su voz —No puedes heredar, nadie en Maritim Lacus quiere los hijos que puedas engendrar, si es que al menos para eso sirves— apuntó con una mueca de asco, y el pequeño muchacho buscó por un segundo el apoyo de sus hermanos.

Pero Felix lo miró con superioridad, totalmente de acuerdo, y Emma sólo contuvo las lágrimas al igual que él, tocándose el vientre, del cual solo una ligera curvita evidenciaba un embarazo. Para cuando Adrien volvió la mirada a su padre, no pudo frenar las gotas saladas que resbalaron por su rostro.

—Piedad, padre... Por favor, se lo ruego— balbuceó, con la voz quebrada y lenta por el llanto. ¿Por qué quería deshacerse de él? Cuando podía entregar a alguna de sus primas o tías, cualquier noble.

—¡Calla de una vez, no tienes opinión en los asuntos del reino!— gritó y junto con eso golpeó el puño contra el trono —De estas puertas vas a salir cuando se alce de nuevo el sol, y tú vas a decidir si lo haces como el futuro consorte del hijo mayor de la casa Couffaine, o como carne para los sabuesos— decretó, y con un ademán dio por terminada esa sesión —Ahora, largo de mi vista, tengo un reino que atender.

La molestia del rey aumentó visiblemente cuando vio a su hijo menor desplomarse de rodillas. Pero los guardias fueron rápidos y lo tomaron sin cuidado de los brazos, para así sacarlo de la sala del trono.

~~👑~~

Emma le acariciaba el cabello mientras Adrien lloraba en su regazo. Estaba oscureciendo y apenas despuntara el alba él tendría que subirse a un navío para viajar por días hasta la que sería su nueva cárcel. Si su familia lo había repudiado por años, no podía imaginarse cómo sería tener que vivir a la merced de extraños. Estaban recogiendo sus cosas personales, ya no quedaba casi nada en la habitación que pudiera justificar que él, alguna vez vivió allí.

—F-Felix m-me di-dijo...— Lloró, ahogándose para decir las palabras con la mitad del rostro apoyado contra la falda de Emma —, que a los omegas como y-yo sólo los usan...— sorbió por la nariz y enfocó los ojos en los de la mujer, que lo miró con tristeza contenida.

—No, Adrien... Padre te envía a casarte— intentó tranquilizarlo.

—Felix vino a decirme, Emma...— musitó, con la cara roja, y sus bonitas facciones de niño, hinchadas por el llanto —, que soy un juguete para los alfas que gobiernan Azcam— comentó con auténtico miedo —Que me van a violar y usar para tener hijos que jamás me dejarán ver.

Emma apretó los labios, afectada por la desolación de su hermanito, y decepcionada por la maldad de los hombres que se sentaban en el trono. Ella quería creer que no sería así, que Adrien tendría un futuro distinto en el otro reino donde, supuestamente, no menospreciaban a los omegas varones.

—Ellos no son así, tienen una cultura distinta— con cuidado, secó las lágrimas entre caricias al rostro de su hermano, arrullándolo para que se durmiera y la angustia se apagara por un momento —Son una nación más inteligente, más humana... No quieren conflictos, son guerreros hábiles, pero detestan la guerra... Por eso quieren una alianza, por eso padre...— Adrien pareció creerle, porque poco a poco comenzó a calmarse, y todo el cansancio del día se hizo presente en él.

Con una temblorosa mano, acarició el vientre de Emma, y un par de lágrimas resbalaron por el puente de su nariz ante el pensamiento de que quizá jamás conocería a su sobrino.

—Cuando nazca, ¿podrías enviarme un retrato de él o ella?

Emma parpadeó, alejando el llanto.

—Por supuesto, hermanito.

Adrien asintió, dejando un suave beso allí donde crecía alguien que amaba, pero que aún no conocía.

—Y cuando crezca un poco, y comience a parecerse a alguien, pide a un artista que lo retrate contigo— los ojos verdes del menor comenzaban a cerrarse. —Quiero tener esa imagen por siempre. Espero que herede nuestros hoyuelos.

—Cuando esté en edad para viajar, iremos a verte, te lo juro por los dioses— Emma siguió acariciandole el cabello, y cerró los ojos para memorizar ese tacto que tanto iba a extrañar —Armand es un buen alfa, como lo será el tuyo, y no me negará el viaje.

—Serás una excelente madre, lo sé. Como lo fue mamá.

El corazón de la beta se sintió pesado, como si pudiera ahogarla, y cuando bajó la mirada para replicar tal comentario, su pequeño hermano yacía dormido. Se inclinó como pudo, y besó la mata de rizos rubios, dejando ir las lágrimas.

Porque era un mundo cruel e injusto para un ser tan indefenso como Adrien. Y porque quizá toda esa seguridad que ella le prometía, no la iba a tener.

Antes de marcharse de la habitación, pues los malestares de hallarse en estado se lo exigían, Emma elevó una plegaria a los dioses del agua que protegían su hogar: Que la vida de Adrien fuera feliz y que la casa Couffaine supiera darle un hogar.

Y si no hay justicia en este mundo y sólo le deparará dolor y desgracia a su pequeño hermano, que fuese corto y éste pueda descansar en paz con la difunta reina.


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12 de Junio de 2021 a las 18:01 0 Reporte Insertar Seguir historia
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