sergiosaldana545 Sergio Saldaña

Inglaterra, siglo XIX. Todo Londres quedó conmocionado cuando el asesino vampiro de Whitechapel resultó ser una inofensiva joven. La policía no se lo cree y la población tampoco, por lo que se le lleva a juicio. Allí en el estrado, bajo la defensa de un abogado de amplia experiencia, «Bloody V» contará la historia de su pasión, la que la llevó a donde está. En aquellos días conoció a Demian, un encantador vampiro que prometió enseñarle los deliciosos secretos de la noche. Pero en la oscuridad se ocultan peligros que ni la magia puede destruir. ¿Te atreves a acompañarla en esta macabra y romántica aventura?



Fantasía Fantasía oscura No para niños menores de 13. © Todos los derechos reservados

#romance #sigloxix #inglaterra #terror #histórico #vampiros #monstruos #gótico #sobrenatural #brujería
0
166 VISITAS
En progreso - Nuevo capítulo Todos los domingos
tiempo de lectura
AA Compartir

La dama que caminaba de noche

Las ciudades son como las personas: todas tienen su nombre, otras lo comparten, pero al final cada una tiene su propio carácter y secretos que le avergüenzan, y Londres no era la excepción. Londres ocultaba una conducta inaceptable llamada Whitechapel.

En el barrio de Whitechapel habitaban los más descarriados personajes. Provenientes del este de Europa, o de los rincones más templados del mediterráneo, aquellos comerciantes, criminales, ladrones o exconvictos, huían de sus propias reputaciones, y solo para formar entre ellos un mundo igual o más turbio que sus asuntos. Pero este sitio no era un escondite, y mucho menos uno donde aguardase el progreso o la redención. Allí les esperaban a sus visitantes la plaga y el vicio, e incluso la muerte. Nadie que se jactara de una sana cordura se hubiese adentrado ahí, ni siquiera los más valientes.

Las casas, todas construidas de ladrillos ennegrecidos, conformadas de ventanas quebradas, techos donde se amontonaba el hollín y chimeneas humeantes, estaban tan próximas unas de otras, que se formaban entre ellas tenebrosos callejones adoquinados muy estrechos, en los cuales vagaba una bruma diáfana, verduzca, un tanto sobrenatural. A menudo por estos rumbos caminaban misteriosos caballeros ataviados de chisteras y largas capas que les tocaban los tobillos. En el silencio de la noche se escuchaban a veces los veloces pasos de estos aventureros.

Tales pasadizos eran frecuentados todas las noches por una mujer sin nombre, conocida por las gacetas como «Bloody V», un juego de palabras entre «sangrienta» y «condenada», tradicional expresión inglesa para maldecir un sustantivo en el más puro argot coloquial. El sujeto del apodo era V, y no porque ella dibujara su firma en los vientres de sus víctimas o conociesen su nombre, sino porque había una creencia inusual detrás de su estilo como depredadora: se decía que era un monstruo, un no-muerto como a veces alegaban los más supersticiosos. Sin embargo, «Bloody V» no era un sobrenombre que le satisficiera, así que prefería el que alguna vez le hubo pertenecido.

Victoria, nuestra heroína en cuestión, poseía una abundante cabellera azabache, ondulada, nutrida y resplandeciente, cautivadora ante el candor del fuego y bajo el claro de luna. Tenía iris brillantes, de un suave tono esmeralda. Su rostro poseía facciones finas, angulosas, muy bien apreciadas por sus clientes: hombres urgidos de cariño artificial, que podía obtenerse apenas por un puñado de peniques. Victoria no tenía reparo en darles el placer que merecieran estos desdichados, después de todo ganar dinero en Whitechapel era tarea casi imposible. Luego estaba su cuerpo, congelado en el tiempo como la grácil figura de una muchacha de veinte años, muy bien adaptada a los ceñidos corsés que guardaba en su ropero, desvencijado ya por su antigüedad. Y su piel, pese a su aspecto macilento, no distaba mucho de la tonalidad cetrina que una vez hubo portado con tan orgulloso carisma. Contrario a lo que la gente creería, Victoria no lucía como una aparición: por sus venas corría sangre común que le daba una apariencia llena de vitalidad.

Era bien sabido que, para sobrevivir en Whitechapel, los hombres se las veían negras, pero las mujeres se las veían peor, y si existiese un color más oscuro que el negro, de aquel tendrían teñidos sus destinos. Como Victoria, ellas tenían que vivir de sus cuerpos. Soportaban maltratos, enfermedades degenerativas y malas alimentaciones. Por semejantes razones era normal que algunas padecieran de escorbuto: sus encías se volvían negras o rojizas, sus dientes perdían el esmalte y sus cuerpos se debilitaban. Algunas mujeres aparentaban haber vivido durante muchas décadas, cuando, si acaso, solo habían vivido un cuarto del tiempo que aparentaban. Aunque Victoria no tenía dicho inconveniente, porque ella siempre lucía saludable, y no gracias a una especial bendición. Por ello evitaba aparecerse en una calle más de dos veces a la semana. Si sus clientes la llegaban a reconocer por ser la única meretriz de porte impecable, se haría popular, y se trataba de lo contrario.

Una realidad que afectaba también a la pobre Victoria era el hospedaje, pues esta contaba con apenas un catre, el ya mencionado ropero y un tocador, al cual le faltaba un trozo de espejo. La reproducción de su imagen en aquel cristal no era tan fiel; sin embargo, le era suficiente para retocar sus labios de bermellón y delinear sus ojos. Las paredes y la única ventana tampoco eran los mejores atributos de su única habitación —misma que rentaba por unas tres monedas al mes—, porque cualquier bandido podía acceder a su estancia si así lo quisiera. Se había salvado de dormir, como muchos otros, en un sitio reducido, hacinada junto a una docena de migrantes. No se deleitaba con la mejor seguridad tampoco, aunque, en este caso, ella no temía ante el peligro.

Victoria le dio de su propio mendrugo a un gato negro que solía acompañarla todas las noches, acudiendo a ella como única alternativa. Ya había descansado lo suficiente. Estaba por enfrentar otra jornada de trabajo, y aunque consumía sin dificultad migajas o frutas, su propio trabajo era la cena, como ya lo habría supuesto el lector. Así que emprendió su habitual cometido, cerró la puerta del refugio y miró a ambos lados. El callejón abundaba de niebla, y ni una sombra se proyectaba a través de esta.

Sobre los húmedos adoquines de Greenfield Road, Victoria desempeñaba una veloz caminata, y, a consecuencia de esta, los taconazos resonaban en los muros de ladrillo. Atisbaba sobre sus hombros entre cada esquina, se pegaba a las edificaciones, elegía atajos por los túneles abovedados hacia Plumbers Row y Adler Street, y evitaba las farolas, esto por si alguien la seguía con malas intenciones; era una rutina diaria que no tenía, bien para ella, los resultados que se esperaban. Casi siempre eran otros gatos maullando por ahí, o conversaciones de los dueños de los almacenes, o algún vecino lanzando desperdicios fecales a la calle.

Pero aquella noche, unos pasos sí le seguían apenas a una distancia de diez metros.

Ya se oía el barullo de los burdeles y las tabernas de Whitechapel Road, repletas de los rudos clientes de acentos foráneos, dentaduras incompletas y fétidas ropas que no habían visto un arroyo en días, quizá semanas. Victoria estaba por llegar, y no había puesto atención en que detrás de ella, uno de aquellos caballeros de chisteras y largas capas, se aproximaba con discretas zancadas. En realidad eran dos, y ambos portaban bastones que mecían de manera pendular, denotando así la clase y estilo de sus dueños. Más adelante se ocultaba tras una pila de deshechos otro individuo que le pretendía, con excepción de que este vestía diferente: ceñía a su cuerpo una extravagante túnica blanca que le llegaba por debajo de las rodillas. Una capucha cubría su cabeza, así como su identidad, facilitada por un pliegue triangular sobresaliente por en medio de su coronilla. Vestía un par de pantalones del mismo color y calzaba unos zapatos puntiagudos, marrones, quizá ornamentados. Su indumentaria se asemejaba a la de alguna clase de clérigo pagano.

Nuestra heroína esperaba sobre la avenida, y competía con otras muchachas más jóvenes que ella, aunque no más bonitas. Por en medio de Whitechapel Road transitaban imprudentes diligencias; los látigos restallaban al viento, los cocheros espetaban sus órdenes y el galope de los animales advertían a los caminantes que debían quitarse del camino. Las risotadas adornaban por demás el ambiente libidinoso, pues los piropos forzados estaban a la orden de la madrugada. Cada hombre, por más indecente que pareciese, recibía cinco o más adjetivos buenos, que más bien podían ser descripciones irónicas. No obstante, Victoria no los llamaba por sus carentes atributos; ella utilizaba un método por demás excepcional: con solo mirarlos, una chispa enervaba sus semblantes y una extraña magia parecía entrar por sus ojos, y así acudían, hechizados, a preguntarle el precio de una placentera sesión.

Y a unos cuantos metros, sin que aún se diese cuenta, los mismos individuos que le seguían todavía andaban por las inmediaciones del vicio, mientras eran espectadores de cruentas peleas por los encantos de Victoria. La situación continuó así: los dos caballeros de bastón aguardaban en el lindero de una callejuela, en tanto el clérigo lo hacía detrás de la misma pila de inmundicia, sin siquiera, todavía, haber estado consciente del otro par. Entonces Victoria se dirigió con el ganador de la pelea a un estrecho pasillo, a las afueras de un bar, cerca de la puerta que llevaba a la trastienda. De las ventanas, cubiertas estas por tablas, se infiltraban por los resquicios tenues rayos que aclaraban la escena: él desnudaba los hombros de Victoria y la despojaba de sus prendas con desvergüenza, y se zambullía como un sediento al canalillo de su pecho. Ella había recibido unos cuantos peniques, y les apretaba en la palma de su mano, todo mientras permitía aquel arrebato de lujuria y salvajismo.

Los tres hombres todavía esperaban el momento adecuado, entretanto se susurraban el par varias palabras entre sí, y el solitario se relamía sus bigotes.

Victoria sorprendió a su cliente con un impulso repentino: se lo quitó de encima y lo pegó contra el muro. El detalle le había llamado la atención al miserable hombrecillo, pues, era ahí donde supo que había valido la pena ganar aquella batalla. La muchacha tenía un verdadero ímpetu; no era de las mujeres que se dejaban imponer típicos actos primitivos. Así, entonces, concedió Victoria el atractivo de su servicio: sometió sus brazos, le besó la quijada, luego el cuello y parte del pectoral, donde habitaba una espesa mata de pelo; pero no ejecutó sus labores con asco, y no le juzgó tampoco. Solo le apeteció percibir el tan ansiado líquido caliente que corría bajo su piel, y anhelaba que este lo hiciera sobre su lengua, para que más tarde resbalara por la comisura de sus labios y…

—¡Alto allí! —gritó el clérigo, quien había sacado un arco muy extraño. Le apuntaba a Victoria directo al rostro. La punta de aquella flecha se reforzaba de un peculiar mineral amarillo, diáfano, y que parecía poseer resplandor propio—. No te atrevas a morderlo, demonio, o te atravesaré el cráneo.

—¿Quién es usted? —dijeron al unísono el par de sujetos, que ahora se revelaban como agentes infiltrados—. Lárguese de aquí y no interfiera con nuestra operación, si no quiere que abramos fuego —dijo uno, entretanto ambos ya habían apuntado con sus pistolas.

—Ustedes no entienden… —repuso el arquero. Victoria les lanzó rugidos gatunos, y su cliente, ya sin camisa, se había quedado petrificado, con las manos arriba, como si su consciencia le hubiese traicionado—. Esta no es una dama, sino un demonio. Debo llevármelo para cumplir con mi Señor.

—Nosotros estamos aquí por Bloody V —replicó el otro agente esta vez. Su voz era más gruesa y menos amable—. Es una asesina peligrosa. Creemos que está detrás de los crímenes más atroces que Londres haya tenido en su historia, y usted está perturbando una extraordinaria operación. Venimos de parte de Scotland Yard, caballero. Si no cede ante su locura, no tendremos otra opción más que encerrarlo a usted también.

Una risotada femenina de maldad, como proveniente de ultratumba, estentórea y cargada de rencor, surgió de su delicada garganta. Tanto el cliente como los oficiales se habían quedado con los ojos abiertos y congelados; henchidos de estupor, supieron que las supersticiones de aquel clérigo podrían encontrarse fundamentadas. Victoria reveló una postura defensiva que rememoraba más a una criatura que a un ser humano, así que no hubo más remedio que actuar.

La mujer se acercó primero al par de policías. Su nobleza les había impedido dispararle, porque la dulce apariencia de Victoria, aún mezclada con el auténtico aspecto de una persona, les desproveía de la voluntad para activar el percutor. Y ella se aprovechó de semejante cobardía que, al hallarlos temblorosos, se dispuso a caminar con lentitud en su dirección, a la vez que se burlaba de ellos.

—¡Deténgase, en nombre del rey!

Pero Victoria volvió a encorvarse y enseñó unos alargados colmillos, y ya habiéndose acercado lo suficiente, dio un salto sobrehumano que le permitió posicionarse casi cinco metros sobre sus cabezas. El clérigo también había dudado en su intervención, pues ante él la oscuridad, y la posibilidad de haber disparado contra uno de los oficiales, sembraban en su mente un sinfín de incertidumbres. Aunque, cuando aquel demonio femenino caía como si su peso fuese el de una hoja, el arquero dejó escapar su primera flecha. Sin embargo, Victoria había obrado consciente de su error; el proyectil había rozado su hombro derecho, y este le había arrancado un quejido muy lastimero. Ya arrodillada e indefensa, con los primeros atisbos de miedo en su mirada, volvió a gritarles a los tres con aquella postura de felino acorralado.

El hombre que estaba próximo a ser despojado de su sangre había escapado. Los oficiales no habían dejado ir ninguna bala, y el arquero ya se vanagloriaba de su tiro. Mientras este había ido a recoger aquella flecha, brillante como si tuviera al mismísimo sol en la punta, regresó con la disposición de llevarse a Victoria. Ella seguía echada, apretando su carne, justo sobre la herida que le había provocado tan peculiar artefacto. La herida, con la forma de una línea recta, profunda y negruzca, se esparcía a lo largo de su brazo cual si estuviese conformada de millares de raíces que crecían con efecto inmediato. También salía vapor del corte, y siseaba como si esta hirviera. Incluso la piel comenzaba a despellejársele en menor medida.

Los uniformados seguían pétreos, admirados por la destreza del arquero y abrumados por el efecto que producía el mineral en la carne de la criatura. El clérigo cargaba otro pedazo de aquel cristal y amenazaba con torturarla, y por ello su prisionera no tenía más opción que obedecerle. Los oficiales habían supuesto que tal elemento pudiese ser clave para detener a los no-muertos. Ahora sí, ya toda superstición podía declararse como cierta.

—¡Espere! —dijo un agente—. Debemos atarle las manos con grilletes y encarcelarla. Finalmente este asunto le concierne al Estado.

—¡Este asunto le concierne a Dios! —Les dio la espalda—. Ahora, tú, vil y hórrido demonio salido de las más terribles profundidades del infierno, levántate y camina, o te haré gritar con esta roca que tan bien conoces. —La rodó entre sus dedos, frente a los tristes ojos de la vampiresa, y se apresuró a levantarla del brazo sano. Victoria estaba rendida.

—¡No!

—¿No qué, caballeros?

—Le dispararemos a usted por la espalda si camina hasta Whitechapel Road.

El clérigo llevó su índice y pulgar a la boca e hizo un estridente silbido, por demás melodioso y característico; este había activado una especie de alerta o llamado para sus compinches.

En unos segundos aparecieron de entre los techos más arqueros e individuos vestidos con los mismos atuendos: túnicas blancas reforzadas con bordados cobrizos de símbolos religiosos o encajes que parecían cubrirse de trozos de rocas preciosas. Los peculiares sujetos se habían llevado a Victoria, y a uno de los oficiales ya solo se les ocurrió pitar con el puro silbato. Pero aquel clan, o secta, lo que fuese, se había desaparecido tan pronto como había llegado, y habían subido a la sospechosa al almacén de una carreta, cuyo interior estaba repleto de paja.

Más tarde, una cuadrilla de vigilantes acudió al llamado y estos dieron la notificación. Ahora Victoria estaba rodeada de una hedionda masa de heno y paja. Todavía estaba resentida por el dolor que su brazo provocaba. La herida había dejado de crecerle; sin embargo, la escoriación aun despedía pequeñas columnas de vapor negro. Durante el camino, mientras soportaba el traqueteo de la carreta y las motas de polvo que empeoraban el escozor, Victoria contemplaba la cicatriz e intentaba protegerla con sus dedos. Y es que, como se había especificado antes, la condición de Victoria no le atribuía características de aparición típica de leyendas, o de un muerto en vida, sino que, como cualquier persona, solo padecía de una terrible maldición.

La derrota se imprimía ya en su semblante: echada en un rincón, pensaba en su trágico destino y en lo que harían los cazadores con ella. Vampiresa, le decían, ¡demonio!; pero ella poseía todavía sentimientos, las necesidades que un miembro de la alcurnia tendría, las facultades mentales de un catedrático, o la virtud del hijo de un monarca. Victoria podía saborear el pan; le gustaba beber el agua de un río, percibir el aroma de la humedad, y su cuerpo respondía todavía a su ya programada fisiología. Pero, lo más importante, se les había olvidado que la melancolía era aún parte de su ser, que todavía miraba a las estrellas y se preguntaba cómo se sentiría volver a estar cerca de una fogata; que miraba las planicies y extrañaba correr entre los lirios, o ilusionarse con una vida dichosa, igual que las había en sus novelas favoritas. Victoria volvería al pasado a cambiarlo si pudiese, aunque ya estaba condenada a beber sangre, y su vida dependía de ello porque, en unas horas nada más, si no se alimentaba del vigor de los mortales por nueva cuenta, una misteriosa flama manaría de su cuerpo, su carne tornaría cenizas, su cabello se abrasaría y, con esto, también su esperanza y deseos de redención.

—¡Oye, demonio! —gritó uno de los cazadores, quien viajaba al lado del cochero; este había abierto la ventanilla que comunicaba el pescante con el almacén—. Será mejor que comas. Necesitaremos que estés bien alimentada y recuperada.

Aquel hombre le lanzó una rata muerta que rodó hasta ella luego de haberse deslizado por la pendiente de la pila de heno. Cuando la atrapó, regresó la mirada a la ventana, pero la tablilla ya se había corrido, y entonces no pudo recordar el rostro de su ‘salvador’.

Victoria cogió el animal con ambas manos y supuso que la sangre de un roedor no cumpliría los requisitos que su maldición le imponía, pero era mejor, por lo menos, engañarla. Así que mordió su presa y le disgustó que el pelo se le enredara entre los dientes; aunque, ya con el crecimiento de sus colmillos, Victoria percibió el anhelado y dulce calor esparcirse por su lengua. No sabía tan deliciosa como la humana, y su capacidad fortalecedora era también mínima al respecto. La herida se contraía y parecía curarse a su tiempo, y la pudo haber cerrado de un santiamén de haber penetrado la yugular de un hombre. A pesar de la negrura, Victoria transformó sus ojos en dos rocas de carbón, porque la dilatación le era provocada por una fuerte corriente de placer; esto añadía en su cuerpo las reacciones más exageradas de las que la naturaleza fuese capaz de otorgar.

Después, quizá tras una hora o dos, ya se encontraba en la soledad de una carretera polvosa y rodeada de arboledas. Por la posición del astro, ella supuso que el amanecer estaba cerca y comenzó a ser presa de una terrible angustia. Sabía que, si no se ocultaba en un sitio que proveyera suficiente sombra, el sol le haría el mismo daño que aquella roca de mineral, esta vez a niveles fatales. Y, mientras se aferraba a los barrotes de hierro de la puerta trasera, de doble hoja, divisó Victoria entre la maleza a un ejército de raudos jinetes que se aproximaban con la verdadera intención de destruir la carreta.

Hubo detonaciones, gritos y precipitaciones de astillas a su alrededor. Se había escondido entre la paja. En las paredes se abrían agujeros por todos lados: de arriba abajo, de izquierda a derecha y apenas sobre su cabeza. Si las balas le sorprendían no podían matarla, claro estaba, pero sí podrían causarle una terrible indisposición que requería mejor sangre que la de una rata. Los traqueteos se tornaron más violentos, pues las ruedas se habían despedazado a causa de los proyectiles.

Los caballos, entre tantas amenazas, ataques e improperios, cedieron ante el galope de los otros corceles que, en corro, habían impedido el avance de los cazadores a cualquier dirección. Los animales habían relinchado, con el terror grabado en sus ojos; y los hombres de la carreta donde iba la vampiresa, ya trastornados por el miedo, se dispusieron a obedecer a los oficiales cuando se los encontraron a cada uno con un cañón listo.

—¡Libérenla! —dijo un oficial de prominente barba blanca y largas patillas, quien parecía pertenecer a un alto rango—. Sabemos que tienen a la asesina allí escondida. No pensaban ayudarla, ¿o sí?

—Nosotros no ayudamos a los vampiros —replicó de mala gana el cochero—. Les damos lo que Nuestro Creador nos encomienda. Sugiero que aten a este demonio a un palo y lo expongan al amanecer, el cual ya se aproxima. —Señaló a las colinas, donde el albor podía apreciarse.

—Scotland Yard necesita a esta prisionera. ¿Qué le va a decir el Estado a los familiares de aquellos miserables hombres?

—Ese no es nuestro problema. La justicia se repartirá como Dios decida.

—Ustedes, caballeros, tienen una fama que no nos concierne a nosotros detener. —Y luego masculló con más desdén—: Son ustedes el producto del fanatismo, de la ignorancia, pero es la hipocresía lo que en realidad les motiva, ¿no es así? Ahora, ¿continuarán con sus peroratas o nos batimos en duelo, señores? —Empuñó el arma, y los cazadores abandonaron por fin su necedad: se apearon y entregaron a la asesina que había aterrorizado Londres durante los últimos meses.

Victoria recibió el peso metálico de unos grilletes en sus muñecas, y al tiempo advirtió que los cazadores tenían grabados en los dorsos de sus manos unas imágenes, muy familiares para ella: un tatuaje que representaba a una cruz cristiana al centro de un medallón, conformado por un guilloché y los rayos del sol. Pero antes de pensar más en sus identidades como organización, que bien las conocía, el oficial de la barba blanca la condujo con amabilidad a una diligencia recién llegada, halada esta por cuatro caballos. Era un coche enorme, y la imperial estaba reforzada por cortinas para que ningún curioso se asomase hacia su interior. Así impediría los próximos rayos solares, pensó, pues estaría bien resguardada hasta el día siguiente.

Después, justo antes del amanecer, trasladaron a Victoria de vuelta a Londres, donde recibió el procesamiento que tanto había esperado desde su llegada a Whitechapel. Todavía no la presentaban ante la corte, pero ya se le habían imputado cargos por veintiocho víctimas, todas ellas masculinas: casi todos inmigrantes, gitanos, judíos e ingleses que huían de algún crimen y habían terminado en las manos de «Bloody V»; sin embargo, dos de este conjunto habían sido hombres de sociedad, de modo que la atención burguesa recayó sobre su caso. Horas después de haber sido encerrada en la prisión de Newgate —entretanto se programaba el día de un juicio oficial por petición de los familiares de las víctimas más relevantes—, Victoria se enteró, gracias a unos carceleros que le proveían de diarios, sobre los individuos especializados que le atraparon. Sus nombres no habían sido revelados, pero la ilustración representaba bien a dos inspectores experimentados y altaneros. Aunque después, mientras se aplaudía su captura, surgió un nuevo asesino; aquel contaba con la excepción de ser todo lo contrario a ella, pues sus víctimas eran todas meretrices, y la teoría que circundaba la comunidad de Whitechapel era que fuese un hombre.

—«Jack el Destripador» —leyó.

Había un detalle que le parecía familiar en tal manera de cometer los crímenes, aunque no pudo recordar ninguna razón.

Se sintió conmovida de pronto, porque comparó aquella carnicería con la que había ocasionado. Como había supuesto, también la culpa le consumía cada vez que era embargada por la penitencia de su maldición. No era por sadismo que bebiera la sangre de los humanos. Había, de igual manera, un inexorable terror de morir y no haber encontrado su ansiada redención.

Y luego, días después, cuando un abogado decidió defenderla, Victoria supo que no solo debía declarar sobre todos los cuerpos que había dejado regados por el barrio, sino que también era su misión decirle al mundo quiénes eran los demonios de los que toda la gente hablaba, y de los que la corte había negado su existencia. Su melancolía se evaporó por unos momentos, y, oculta en la sombra del calabozo, a la par que se cuidaba del rayo de sol más cercano, Victoria tuvo la disposición de confesarles todo.

Era tiempo de que el mundo conociese la historia de Victoria Twincastle.

4 de Junio de 2021 a las 23:51 0 Reporte Insertar Seguir historia
1
Leer el siguiente capítulo I

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 9 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión

Historias relacionadas