criseme Cris Eme

El aviso de un cadáver avistado a altas horas de la madrugada desencadenaría en el veterano inspector madrileño David Aranda un grotesco y terrorífico viaje al pasado que había creído desterrado de su vida.


Crimen No para niños menores de 13.

#policia #madrid #crimenenserie
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Voz Rota


La melodía de su teléfono móvil resonó por toda la habitación golpeándose contra las paredes y obligándole a volver a la realidad de una forma poco delicada.

El inspector de policía David Aranda se removió entre las sábanas y tardó unos segundos en ubicarse en el tiempo y el espacio, recordando dónde se encontraba y qué era aquel condenado sonido que le había despertado. Pronto lo averiguó y se apresuró a descolgar, tratando de espantar los últimos coletazos del sueño en su cuerpo:

—Aranda —fue todo lo que dijo antes de permitir a su interlocutor tomar la palabra al otro lado de la línea—. De acuerdo, voy para allá.

Colgó y abandonó definitivamente la cama para comenzar a vestirse para salir. Al momento, escuchó el inconfundible sonido de unas patitas que le hizo sonreír y dejar lo que estaba haciendo:

—Oye, ahora no podemos jugar, me tengo que ir —susurraba mientras acariciaba a su gato de color anaranjado, quien se concentraba en restregar su cabeza contra su mano sin dejar de ronronear— Galo, déjame vestirme.

Pero el gato no parecía dispuesto a obedecerle y le siguió por toda la casa mientras él terminaba de prepararse para salir. Consultó el enorme reloj que coronaba la cocina mientras buscaba algo que llevarse al estómago y maldijo para sí al ver que apenas daban las cuatro de la mañana.

Resignado, tomó a Galo entre sus brazos y le dejó en su cesta entre ronroneos y caricias. Después de cerciorarse de que todo se encontraba en orden, cerró la puerta y abandonó su vivienda.

Tomó su vehículo al final de la calle y prendió un cigarro antes de arrancar el motor y maniobrar para perderse por las calles de Madrid. La radio marcaba las cuatro y media la mañana.

Ya no quedaban rastros del sueño en su cuerpo y se encontraba más espabilado de lo que acostumbraba cuando le llamaban a aquellas horas intempestivas. Arrojó el cigarro por la ventanilla y se perdió en sus pensamientos hasta que llegó a su destino. Un polígono a las afueras de la capital donde permanecían abiertas un par de discotecas a aquellas horas de la mañana.

Pudo ver que todo el equipo de criminalística ya se encontraba reunido a escasos metros de una de las discotecas donde algunos curiosos revoloteaban en busca de respuestas a lo que había ocurrido allí, siendo atajados de inmediato por los agentes de la policía.

David salió del coche distraído y de pronto una voz le sacó de sus pensamientos. Volvió la vista atrás y se topó con el rostro cansado de la subinspectora Paula Salas, su joven subordinada que había promocionado al puesto recientemente:

—¡Inspector, buenas noches! —le saludó resignada mientras llegaba a su altura.

—Lo mismo para ti, Salas —le contestó él— ¿Te han sacado de la cama o aún andabais de juerga?

Ella sonrió y le aseguró que, antes de la llamada de comisaría, se encontraba tan dormida como lo había estado él. David sólo asintió, fingiendo que la había creído.

Ambos se acercaron hasta la supuesta escena del crimen donde todos se encontraban trabajando y pudieron reconocer entre la multitud a la jueza de guardia Páez, a quien nunca parecía vencer el cansancio o el hastío por la profesión.

—Inspectores —la voz del médico forense les llamó la atención y le vieron alzar la mano, indicándoles que se acercaran a él.

Entonces vieron por primera vez el motivo por el cual habían sido llamados. Se trataba de un hombre joven de cabello oscuro y delgado, que había sido degollado y le habían dejado allí postrado decúbito supino, con las manos unidas a la altura del pecho. Tenía los ojos abiertos de par en par y la boca también abierta de forma artificial, dando una imagen un tanto escabrosa.

David le observó un momento con el ceño fruncido. A simple vista podría pensar que habían colocado el cuerpo simulando un enterramiento, pero la posición de los ojos y boca descartaban por completo esa idea. Se agachó junto al médico forense y siguió observándolo fijamente. Tenía la terrible sensación de haber visto una escena así antes, pero no lograba ubicarlo en su mente:

—¡No puede ser! —de pronto la voz alterada de la subinspectora Salas ascendió sobre los demás, provocando que su atención se volviera a ella.

A su lado, todavía en pie, la joven contemplaba el cuerpo tendido con el rostro desencajado y profundamente conmocionada. Se había llevado la mano a la boca y parecía que estuviera a punto de hiperventilar:

—No, no puede ser él… es imposible —balbuceaba para sí misma incapaz de apartar los ojos del cuerpo.

—¿Quién es, Salas? ¿Le conoces? —se apresuró a preguntarle mientras se levantaba y se ponía a la altura de la acongojada agente.

—Es… es Héctor San Lucas, inspector —contestó Paula mientras trataba de recuperarse del disgusto que llevaba—. El 48 de la Fila… ¡Dios, no me lo puedo creer!

Ante aquella respuesta, David se volvió hacia el médico forense con la esperanza de poder ampliar la información que su subinspectora no terminaba de otorgarle:

—El 48 de la Fila es el nombre artístico de Héctor San Lucas, un conocido cantante de pop español, inspector —contestó el médico, quien, acto seguido, se volvió hacia la subinspectora—. ¿Está segura, Salas? ¿Reconoce al 48 de la Fila en este hombre?

Sin embargo, no era necesario que Salas contestase. El rostro consternado de la joven era una prueba más que suficiente. Era el 48 de la Fila; ella lo sabía.

—Agente Montero —David llamó a uno de los policías que se mantenía guardando el perímetro de seguridad—. Llévese a la subinspectora Salas a dar una pequeña vuelta para que pueda tranquilizarse, por favor.

El joven agente asintió y procedió a acompañar a su superiora, quien parecía bastante alterada para negarse a abandonar la escena de un crimen.

Una vez se cercioró de que su compañera se encontraba fuera del alcance de su vista, David volvió a enfocarse en su trabajo. A su alrededor, la policía científica realizaba la inspección ocular de todo el escenario y podía escuchar el sonido de los flashes de las cámaras tomando fotografías de todo el lugar.

La jueza se posicionó por fin a su lado y entonces el médico comenzó a hablar:

—Se trata de un varón caucásico de entre treinta y cuarenta años. A primera vista, no hay signos de lucha y cuenta sólo con una sección en la garganta, un corte limpio que le provocó la muerte. Podríamos pensar que el agresor le atacó por la espalda y no hubo posibilidad de defensa. Por la temperatura del cuerpo, podríamos calcular la hora de la muerte hace dos o tres horas como mucho, pero necesito examinarlo de forma más concienzuda.

—Doctor —comenzó a hablar el inspector inquieto por una idea que no dejaba de atormentarle— ¿Usted conoce al músico del que hablaba la subinspectora? —al recibir asentimiento por parte del médico, continuó— ¿Podría hablarme un poco más de él?

—Bueno, le conozco por mi hija —contestó aquel hombre mientras se dedicaba a su trabajo sobre el cuerpo—. Por lo que me ha contado, salió de un concurso de talentos de esos tan exitosos de la televisión y se puso ese nombre artístico tan raro por haber ocupado el puesto número 48 en la fila de los castings del programa en Barcelona. Tiene mucha popularidad entre las mujeres de la edad de mi hija y de la subinspectora Salas. Puede que ella también fuera seguidora suya.

De pronto, un golpe de clarividencia le asaltó ante las palabras del médico forense y, en cuestión de segundos, lo vio todo claro. Recordó por fin el motivo por cual aquella escena le resultaba tan familiar y sintió cómo se le helaba la sangre a cada recuerdo que desbloqueaba su mente.

Año 1995. Acababa de ser nombrado inspector en la comisaría de la Policía Nacional en el distrito de Chamartín de Madrid y se había topado con el caso más raro de su carrera.

Tres muertos con una diferencia entre ellos de escasos tres días que seguían un mismo patrón: los tres habían sido degollados a la altura de las cuerdas vocales, habían sido colocados en una posición que simulaba un enterramiento, aunque tiempo después, descubrió que lo que simulaban era estar cantando con un micrófono en las manos, y todas tenían una profesión común: cantantes de éxito.

Consternado por la resolución a la que había llegado, abandonó la escena del crimen sin despedirse de nadie, aún incapaz de procesar lo que acababa de descubrir. Se sentía en un manojo de nervios, aquello no podía ser posible.

—Discúlpeme, inspector —la voz de la subinspectora Salas trató de colarse en sus pensamientos, pero apenas la escuchaba— No debería haberme puesto así, pero es que… bueno, hace unas horas estaba en un concierto suyo y jamás hubiera imaginado encontrármelo así… Pero ya vuelvo al trabajo, le prometo que no volverá a ocurrir.

—Salas —la llamó finalmente saliendo de su trance y haciendo callar a su compañera—. Necesito que vayas a comisaría y busques entre los expedientes del año 1995 el de los crímenes del mudo.

—¿Tu primer caso? —preguntó la subinspectora abandonando también los formalismos; de pronto pareció llegar a una conclusión y se apresuró a añadir— ¿Insinúas que…? Pero eso no es posible, David. No puede ser él…

—Lo sé, está muerto —le interrumpió David sintiendo que le iba a estallar la cabeza— Lleva muerto exactamente un año.

—¿Crees que será un imitador? —preguntó Paula, tratando de poner luz al asunto.

—Tiene que serlo, la otra opción es completamente imposible —contestó él mientras se encendía otro cigarro y expulsaba el humo de golpe—. Este asunto no me gusta nada.

—Voy a comisaría, entonces —resolvió Paula finalmente dirigiéndose a su coche—. Cualquier cosa que encuentre, te mantendré informado.

Entonces ella desapareció y le dejó solo con sus pensamientos. Su mente había hecho grandes esfuerzos en olvidar aquel episodio tan oscuro de su vida y ahora volvía a su vida de la forma más escandalosa que jamás hubiera podido imaginarse.

Vicente Gallardo era su nombre. Fue un cantante de coplas muy conocido en sus años de adolescencia hasta que un fatídico accidente le arrancó la voz de forma permanente, destruyendo su carrera en cuestión de segundos.

Aquello fue el detonante de los crímenes del mudo, denominados así por la prensa del momento. El primer caso que llevó como inspector de policía y, también, su primera detención exitosa.

No había sido un crimen difícil de resolver. Él, especializado en victimología —una ciencia poco desarrollada en aquellos tiempos— y el rasgo narcisista e impulsivo de Gallardo, quien buscaba el reconocimiento de la prensa y satisfacer la rabia que sentía al ver lo que él había perdido en sus víctimas, fueron el cóctel perfecto para identificarle y reunir las pruebas suficientes para meterle entre rejas.

Vicente Gallardo, “el mudo” acabó sus días en la cárcel, acusado de tres asesinatos y, con su ingreso en prisión, pudo cerrar uno de los casos más extraños de su carrera y del país. Sin embargo, siempre tuvo la sensación de que aquello no podía haber terminado de una forma tan simple y parecía que la vida había acabado por darle la razón.

—¡Inspector! —uno de los peritos de la científica se acercó a él apresurado— Hemos encontrado una tarjeta de memoria debajo de la víctima.

—Muy bien, procésenla y clasifíquenla con las demás pruebas —contestó extrañado por la intromisión de su subordinado.

—Creemos que debería inspeccionar el contenido usted mismo —contestó el perito con un gesto que le inquietó.

Tenso, el inspector sacó su móvil e introdujo la tarjeta de memoria en él después de que el perito le asegurase que ya lo habían procesado y estaba libre de elementos dañinos para su teléfono. En aquella tarjeta había un único archivo de audio y eso provocó que frunciera más ceño.

Con la curiosidad escalando su cuerpo, pulsó el botón de reproducción y lo que escuchó a continuación provocó que el corazón diera un violento vuelco en su interior. Era una voz robótica, creada por alguna aplicación de ordenador para que el mensaje que le había sido entregado fuera más escalofriante. Sobre todo, sabiendo de quién se trataba el emisor.

Buenas noches, inspector Aranda. Seguramente a estas alturas usted esté realizando un agradable viaje al pasado. Buenos tiempos aquellos años noventa, ¿verdad? Me dirijo a usted con un solo propósito: anunciarle mi regreso desde el mundo de los muertos para volver a asesinar juglares, ya sabe, como me gustaba llamarles antes de darles caza.

Espero que disfrute con este primer aperitivo… porque muy pronto usted y yo volveremos a encontrarnos y, esta vez, será a usted a quien le robe la voz.

Tras una macabra carcajada artificial, el audio llegó a su fin y después de ello, se hizo el silencio. Un silencio pesado y oscuro que sólo provocó que el miedo y la consternación se hicieran insoportables dentro de él.

El mudo había vuelto y esta vez no estaba seguro de a qué era a lo que se estaba enfrentando.

22 de Mayo de 2021 a las 11:39 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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Cris Eme Madrileña. Escritora y opositora. A la deriva por la fina línea del mundo real y el mundo de los sueños

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~trzp~ ~trzp~
¡Excelente, historia! Lo disfrute de verdad.
November 17, 2021, 03:31
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