ryztal Angel Fernandez

Cinco minutos es suficiente para decir todo lo que debemos decir.


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Solo son cinco minutos

Eyaculó su soledad dentro de la prostituta. Luego, ella se sentó en el borde de la cama y contó los billetes que había en la mesa de noche. Contaba como si estuviera rezando. Una vez que aseguró el número correcto de billetes, procedió a vestirse. Tanimura observaba el ritual de una mujer al vestirse. Primero sus pantis, luego el sujetador, la camisa que mostraba su ombligo, la falda corta y, por último, los tacones. No era una trabajadora social cara, era, más bien, sencilla. En la habitación reinaba el silencio. La nariz de Tanimura percibía el perfume caducado de la mujer. Ninguno iba a decir algo al respecto, solo era una noche para satisfacer la libido, aunque para ella era una noche laboral.

Cuando ella cerró la puerta, Tanimura respingó por el ruido. La calma había sido alterada, pero con el pasar de los segundos, se reestableció el silencio. En lo profundo de su ser, el mundo había dejado de dar vueltas, como si una cuerda que activaba el mecanismo de la vida se hubiera roto. Con el pene enhiesto en la vagina de la prostituta, sentía que el mundo giraba y funcionaba.

Quiso vestirse, pero el sopor sexual abatió sus ganas. Se aovilló y abrazó ambas rodillas. El frío aplacaba cada sensación de calor. No quería arroparse, solo deseaba permanecer en la penumbra. Veía las luces difuminadas de Tokio a través de la ventana. Llovía. Las gotas repiqueteaban en el vidrio y, trazando líneas sinuosas, descendían. Anegado en lágrimas, sollozó. A medida que el reloj anunciaba los minutos pasajeros, recordaba los días soleados con Aiko.

Al dejar de llorar, miró el teléfono, luego la hora. Se levantó y caminó hacia la ventana. No había ni un carro que transitara aquellas calles empapadas. En el fondo de una calle atisbó un charco teñido de naranja. No tenía sentido mirar un charco que reflejara la luz de un poste eléctrico, pero permanecía frente la ventana, cautivado por las ondas que se conectaban con otras ondas. Cada gota que caía, producía una onda en el charco. Entonces nuevas lágrimas cayeron al suelo. Producían el sonido de una gota al caer en un charco. Llevó una mano a su corazón, no latía.

Alguien llamaba a las tres de la madrugada. Tanimura frunció el ceño, miró el teléfono desde su posición. Dudaba, pero su curiosidad venció la duda. Deslizó el botón verde y atendió.

—Cinco minutos más, por favor —suplicó una voz desconocida.

Tanimura, anonadado, miró la pantalla. La pantalla no indicaba número, tampoco contacto desconocido. Un huero espacio quedaba limpio de cualquier rastro de identidad. Era simplemente una desconocida que llamaba a las tres de la madrugada.

—¿Estás allí? —preguntó.

Su voz era suave y jovial.

—Sí —respondió Tanimura.

—¿Tienes cinco minutos para dedicarme? —insistió.

—No tengo nada mejor que hacer —contestó con la verdad.

—¿La extrañas?

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

—No —mintió Tanimura.

—¿Por qué te acuestas con prostitutas? ¿No crees que expande el vacío de tu alma?

—¿Quién eres? No es normal que una mujer llame a las tres de la madrugada para preguntar a un desconocido…

—No eres un desconocido.

Había pasado un minuto. Tanimura quería colgar, pero algo en la voz de aquella mujer lo retenía.

—Estoy desnuda, como tú —prosiguió—. También estoy vacía, como tú.

—Voy a colgar —sentenció Tanimura.

—Permitiste cinco minutos, y apenas llevamos un minuto y treinta segundos.

—No me apetece hablar con una desconocida.

—Tanimura, ¿la extrañas? Dime la verdad, no huyas de mis preguntas.

—¿Cómo sabes mi nombre? Nunca te he visto en mi vida. —Los nervios alteraron su cuerpo, pero no su corazón.

—Es un secreto, como yo.

Por instinto presionó su pecho izquierdo, su corazón seguía sin latir. Aunque estaba sudando, sentía los vellos erizados, respiraba con normalidad, su corazón seguía sin latir.

—Si quieres recuperar tu corazón, debes admitir la verdad —aclaró la voz.

—¿Cuál verdad?

—Ya no está para ti, se fue con alguien mejor. Esa es la verdad. Las personas son efímeras como los objetos que motivan nuestras pasiones, esa es otra verdad. Para no aburrirnos, cambiamos personas por otras mejores como si fueran un carro obsoleto. Como ella no está, buscas cuerpos mejores para olvidarla —explicó.

—Van tres minutos —avisó. Las explicación movió una pieza en su alma, dado que un ardor se manifestó en su estómago.

—¿La extrañas?

—Sí —admitió.

—Dime Tanimura, ¿crees que todos la extrañen?

—¿A qué te refieres? —preguntó, alarmado.

—Cálmate, ella está bien. Sabes que duerme temprano en el apartamento de sus padres. —Se calló por unos segundos—. Me refería a sus otras parejas.

—No me importan los demás.

—Pero a ella sí le importa. Cuando el dolor desaparece y la herida cicatriza, los recuerdos se convierten en lecciones que purifican el corazón.

—¿Eres psicóloga?

—No te convine saber quién soy. Adiós.

Cinco minutos y cero segundos. Tanimura, estupefacto, regresó a la cama. Se le ocurrió llamar a Takahiro, pero no era correcto llamarlo a las tres de la madrugada. Estaba a punto de llamar a Naomi. Ella, quizá, pudiera atenderlo. Llamara a su mejor amigo o su mejor amiga, era un dilema absurdo. Marcó el número de Naomi.

—¿Hola? —contestó.

—Me acaba de llamar una voz que suplicaba cinco minutos de mi tiempo.

Su voz sonaba atropellada por los nervios.

—Habla con calma. —Parecía que Naomi se había levantado para atender a Tanimura.

—Un número desconocido me llamó. Era la voz de una mujer que pedía cinco minutos —más pausado, explicó.

—¿Desconocido? No tengo idea quién llamaría a las tres de la madrugada para suplicar cinco minutos. Deberías andar con cuidado, ya que eres el centro de atención de algunas personas.

—Naomi, hazme un favor, llama a Aiko.

—Hmmm… ¿Por qué no lo haces tú?

—Aiko no quiere ni verme en pintura. ¿Así o más específico?

—Mi amistad con Aiko ha mejorado, pero no se me ocurre una excusa plausible para llamarla a las tres de la madrugada. Además, es probable que esté durmiendo a esta hora.

—Se lo pediré a Takahiro.

Naomi refunfuñó unas palabras ininteligibles.

—Espera unos minutos. —Naomi colgó.

Se sentó en la silla que estaba cerca de un escritorio. La ansiedad dominaba su cuerpo. Transcurría la noche, la lluvia no paraba y seguía sin pasar un auto. El teléfono sonó. Se levantó de un salto.

—¡Naomi!

—No soy Naomi.

Era la voz de los cinco minutos. Tanimura lo comprobó.

—Sigues desnudo —puntuó.

—Estoy esperando una llamada.

El obstáculo invisible para no colgar volvía a retenerlo. Tanimura se inquietó.

—Son las tres de la madrugada, tu corazón no funciona, estás nervioso y tu amiga llamará a la casa de tu exnovia —especificó—. ¿No puedes cerrar los ojos y pensar lo que te dije?

—Quiero colgar.

—No puedes Tanimura, por más que puedas, no puedes negar mi voz. Una vez te pedí cinco minutos. Ahora te pido cinco minutos más.

—¡¿Quién eres?!

—Una mujer con dos piernas, dos brazos, una nariz, dos ojos, una lengua, labios y dos orejas. Soy una mujer desconocida para tu mente, pero, en realidad, nos hemos visto incontables ocasiones.

—¡Es mentira! Usted es de la yakuza. ¿Quiere extorsionarme? ¿Le hará algo a mis seres queridos? ¿Cuánto dinero necesita?

—Amas a Aiko y tu paranoia de amor te hace creer que soy miembro de una mafia. Debo decirte que estás equivocado. Soy una mujer como todas las mujeres que has visto. Apartando el tema, te haré una pregunta.

—No quiero responder ninguna pregunta.

—Aiko vive en Setagaya. Tú vives en Minato. ¿Crees que las líneas del metro conecten espíritus?

—No lo sé. —Tanimura estaba desesperado. No podía colgar, era inevitable escuchar la voz desconocida.

—Supongamos que Aiko quiere ir a Minato, porque, la verdad, ella te extraña mucho Tanimura. Tú te acuestas con prostitutas, y ella está llorando en una cama. ¿Es justo? Yo no lo considero justo. Ella te reemplazó, es cierto, podemos agregar las verdades a nuestra lista de verdades. Sin embargo, por más que trataba de reemplazarte, ella fantaseaba contigo cuando era penetrada por un hombre. ¿Debemos llegar a esos extremos cuando amamos a una persona? Dime Tanimura. Cuando me penetran, no pienso en la persona que amo para llegar a un orgasmo.

—No.

Tanimura lloraba, arrodillado. Apoyaba los codos en la mesa de noche.

—Falta un minuto —avisó—. ¿Tu corazón sigue sin latir?

Asintió, no tenía fuerzas para hablar.

—Interpretaré tu silencio como una afirmación. Adiós.

La lluvia aumentaba su intensidad. No había carro que pasara por la calle. El charco seguía produciendo ondas que se conectaban con otras, y las lágrimas de Tanimura sonaban en el suelo como si cayera en aquel charco.

En su mente vio a Aiko. Sus labios esbozaban una media luna; cabello corto hasta la nuca, resaltaba sus orejas de porcelana; su piel tersa acentuaba sus ojos compactos. Ella estaba tan distante de sus brazos acogedores.

Aiko corría en el parque de Ueno. Él la seguía. Durante la primavera les gustaba recorrer el parque, luego iban a pasear al centro. Aiko no paraba de expresar su alegría de compartir el tiempo con alguien en la megalópolis. Por otra parte, Tanimura estaba cansado de la misma vista, la misma vida, la misma ciudad.

—¡Yo también estaba cansada de Tokio! —decía Aiko—. Hasta conocerte.

La monotonía invadía su vida como una plaga infecciosa. Pero la luz que cambiaba el panorama era Aiko, su razón para sonreír. En un café compartían sus tazas, en las heladerías compraban sabores parecidos y en las tiendas de ropas conocían sus gustos de acuerdo a la moda. Pese que Tanimura se sentía anclado en el vaivén tokiota, poco a poco, Aiko fue dotando de significado los lugares.

Había un sitio espectacular el cual solía ir Aiko cuando se agobiaba del bullicio. En el Tokio Skytree, se abrazaban, y en las noches señalaban las estrellas artificiales que eran las luces de la ciudad. Tanimura no comprendía qué era tan atractivo para Aiko. En los restaurantes pedían los platos de sus gustos y los intercambiaban.

—Quiero aprender a cocinar tus platos favoritos, por eso quiero probarlos —justificaba.

Aiko era una niña atrapada en el cuerpo de una universitaria. Tanimura era hijo de un empresario en Minato, un adulto enjaulado en el cuerpo de un joven. El sentido de la vida lo había perdido hace años, debido que la muerte repentina de su madre trastornó a la familia.

—¡Vamos a la librería! No me gusta esa cara que tienes.

Tanimura era arrastrado, por la delicada mano de Aiko, a una librería en Shibuya. Ya que Aiko le gustaba recorrer las calles de Tokio y abordar el metro, era poco frecuente el uso de taxis para llegar a las localizaciones.

El teléfono interrumpió los recuerdos. Antes de contestar, secó sus lágrimas.

—Naomi —dijo, contristado.

—¿Estás bien? Me preocupa tu voz —dijo Naomi con voz maternal.

—Disculpa, pero quiero ir al tema de Aiko.

—Ella está bien, aunque me sorprende que esté despierta a esta hora —dijo en un tono que denotaba confusión.

—¿Está despierta? —preguntó.

—Sí.

—¿Por qué?

—No quiso decirme.

Tanimura intentó hallar una explicación lógica, pero no pudo.

—Oye, Aiko sonaba diferente —dijo Naomi.

—¿Diferente?

—Su voz era inexpresiva. Intenté animarla, pero se limitaba a escucharme. Incluso pregunté si debía colgar, y ella pidió que le hablara unos minutos más.

—¿Cuántos minutos?

—No fueron cinco, así que no creo que sea la voz desconocida. Aiko no es ese tipo de persona.

—Lo sé, pero la voz aduce que me conoce desde hace un tiempo.

—Oye, son casi las cuatro de la madrugada. Tengo sueño, necesito dormir. ¿Por qué no llamas a Aiko?

Su corazón hubiera palpitado rápido con la pregunta, pero se había esfumado sin una explicación razonable.

—¿Llamarla?

—Sí, tal vez te responda. Aiko habla mucho de ti, ¿sabes? A veces, nosotras las mujeres, decimos lo que no debemos cuando estamos molestas. Quizá Aiko esté preparada para hablar contigo.

—Lo intentaré —dijo Tanimura—. La probabilidad es baja.

—¿Probabilidad?

—Que responda mi llamada.

—Si no lo intentas, nunca sabrás la respuesta. En fin, hasta luego.

—Hasta luego.

La lluvia era más intensa, el ambiente más pesado, y el frío era insoportable. Reunió valor para marcar el número de Aiko y, justo cuando lo iba a marcar, apareció el huero espacio donde debía estar un número o unas letras. Era la voz desconocida. El hechizo envolvente de la enigmática voz se apoderó de su cuerpo. Atendió.

—Cinco minutos más —anunció la voz.

—¿Por qué cinco minutos? —Tanimura se resignó. Combatir con la voz es imposible.

—Cinco minutos es suficiente para hablar; cinco minutos es suficiente para ser felices; cinco minutos es suficiente para decir todo lo que debemos decir; cinco minutos es suficiente.

—¿Eres Aiko? —aventuró.

—No. Lamento decirlo. Quisiera ser Aiko para recibir tu amor, pero no soy Aiko.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Tanimura. ¿De verdad quieres a Aiko?

Se vieron en el jardín de infancia. Aiko y Tanimura.

—Sí.

—¿Cuánto?

Desde la niñez, Aiko y Tanimura se observaban pero no se querían.

—El amor no tiene límites. Puedo quererla hasta el infinito y seguirá siendo insuficiente.

—¿Por qué te acuestas con prostitutas? Sé que piensas en Aiko cuando eyaculas tu soledad.

En la escuela primaria su relación transcendió a un compañerismo. Un simple compañerismo de escuela.

—Mi cuerpo no funciona —confesó Tanimura—. Cuando se despidió, una cuerda se rompió. Con esa cuerda mi mundo giraba. El tiempo se detuvo para mí, pero no para los demás. Estoy roto por dentro, y no eyaculo soledad, dado que estoy sangrando soledad.

—¿Cómo puedes sangrar si no tienes sangre?

—No entiendo.

—Tu corazón se fue cuando Aiko se marchó. Ningún corazón desea estar en un cuerpo mancillado. Tu herida seguía sin cerrarse, estabas aferrado al espíritu de Aiko.

Entonces, los sentimientos de la adolescencia florecieron. Aiko sintió interés por el solitario Tanimura.

—La vida dejó de brillar cuando ella se fue —respondió Tanimura.

—Eso lo dijiste en el funeral de tu madre —afirmó la voz.

Aiko no sabía acercarse a Tanimura. Él rehuía de la presencia afable de la chica, aunque él rehuía del mundo. Un día, Aiko indagó el solista favorito de él. Compró un disco de Tōru Kitajima. Lo envolvió en papel regalo. En el decurso de la semana, se lo dejó en la mochila con una misiva.

—A madre le gustaba recorrer Tokio. Yo no lo entendía, pero la seguía a todas partes. Me gustaba su compañía, sus conversaciones, sus anécdotas… Era adentrarse en su mundo.

—Aiko compartía su mundo contigo, tú le dabas cuerda a ese mundo. ¿Recuerdas lo de las líneas del metro?

—¿La conexión de espíritus?

Tanimura devolvió el disco a Aiko, debido que lo tenía en su colección. Sin embargo, había una nota que expresaba su agradecimiento. Durante aquella clase, ambos intercambiaban miradas. Esas miradas se transformaron en sonrisas. Las miradas que se dedicaban cuando eran niños.

—Ustedes estaban conectados como las líneas del metro. Su conexión es una delgada cuerda. Esa cuerda activaba los engranajes que movía el mundo. Cuando tú y Aiko se alejaron, ya no hay cuerda, no hay nada, solo un vacío, un espacio oscuro.

—¿Somos estaciones abandonadas?

—Sí. La única línea que los conectaba ha desaparecido. La cuerda se ha roto, no existe una conexión.

Tanimura vio la pantalla del teléfono. Cinco minutos y cero segundos. Marcó el número de Aiko. Por suerte, atendió rápido.

—Soy yo —dijo Tanimura. Aguantaba el sismo de sus emociones, no quería derrumbarse.

—No he borrado tu número —respondió Aiko.

Naomi tenía razón, la voz de Aiko había cambiado. Era inexpresiva.

—Te escucho diferente —aseveró Tanimura.

—Estoy muerta —aclaró Aiko.

—Estás hablando conmigo, no estás muerta.

—Ambos lo estamos.

—Aiko.

—Tanimura.

Él anhelaba abrazarla.

—¿Por qué nos separamos? —pregunta Tanimura.

—Fuimos a las estaciones equivocadas —contesta Aiko.

—Tú eras mi línea.

Al otro lado del auricular se escuchaba la lluvia.

—¿Dónde estás Aiko? —Tanimura extendió sus párpados.

—No te importa.

—¡Quiero verte! —Buscó la ropa para vestirse.

—Yo no quiero verte —su voz se quebró.

—Tú eras la cuerda que hacía girar el mundo gris en el que me encuentro. Tu sonrisa coloreaba el paisaje muerto de mi soledad. Tu compañía aliviaba la herida que mi madre dejó en mi corazón. Y es que tú eras ese corazón, tú eras quien latía dentro de mí. Esta sangre que llevaba en las venas, era tu felicidad y mi felicidad.

Primero se puso el pantalón; segundo las medias; tercero los zapatos; cuarto la camisa.

—¿Dónde estás?

—No quiero hablar contigo…

—¡No cuelgues! Cinco minutos, por favor, cinco minutos es suficiente.

—¿De qué estás hablando?

—Cinco minutos es suficiente para estar contigo —suplicó—. No quiero estar solo otra vez. Haré el esfuerzo por cambiar. No puedo seguir esta línea, no puedo seguir en estaciones equivocadas.

—Te espero cerca del parque de Ueno.

Colgó. La llamada duró cinco minutos y cero segundos.

Tanimura presionó el botón del ascensor. Una vez en el exterior, pidió un taxi. El mundo aún seguía con vida. Cuando estaba adentro del auto, evocó que no había visto carros desde la ventana del hotel. Así que sintió un buen augurio. Eran las cuatro de la madrugada. La lluvia continuaba. Marcó el número de Aiko, pero no respondió. Intentó marcar tantas veces como pudo, el resultado fue infructuoso.

En su mente trajinaban los momentos al lado de Aiko. Las noches en el apartamento, las salidas al cine, las bebidas en los bares, las lecturas en el parque… No podía dejar de mirar a su amada Aiko. Extrañaba sus labios de media luna.

Cuando llegó al parque, no le importó la ayuda del taxista para soportar la tormenta. Aiko tiritaba, llevaba una camisa abotonada, falda larga y un abrigo. No tenía un paraguas a la vista. Tanimura tampoco tenía un paraguas, pero con sus brazos era suficiente para cubrir a Aiko.

—¡Cinco minutos! —exclamó Tanimura.

Rodeó a su niña amada, y sus corazones empezaron a latir. Aiko prorrumpió en llanto, pues abrazaba la cuerda que hacía girar su mundo.

—Cinco minutos es suficiente —susurró Tanimura antes de acompañar a Aiko a llorar.

Las manos frágiles de Aiko se conectaron con los dedos gruesos de Tanimura. Las líneas se conectaron. El color regresó, la lluvia amainó. Sus estaciones ya no estaban abandonadas. Bajo las lágrimas del cielo, Tanimura besó a Aiko como la primera vez que se besaron bajo un cerezo.


16 de Mayo de 2021 a las 03:03 1 Reporte Insertar Seguir historia
2
Fin

Conoce al autor

Angel Fernandez Escritor y fotógrafo venezonalo. Nací en Carabobo, Puerto Cabello. Tengo 23 años. Me dedico a mejorar en la escritura y mantener la meta de representar a Venezuela junto a otros escritores noveles en la literatura del siglo XXI. Todas mis obras están registradas en Safecreative.

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YoSoy Giggi YoSoy Giggi
Yo de vdd amé esté relató.
May 29, 2021, 08:07
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