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La visita.

Relato concebido a partir de los extractos dispersos de un diario anónimo, 1988.


Hace rato que la espesa madrugada se ha abierto paso y trae consigo la imposibilidad de mi descanso. Mientras contemplaba bocarriba la espesa negrura suspendida sobre mí ser, reflexioné una vez más sobre las confusas cuestiones que han estado justificando la inmutable inquietud que lleva alargando mis noches desde hace varios años. Se trataba, como era de esperar, de la visita recurrente de los tormentos mentales que, sin que me quede la menor duda a estas alturas, empiezan a emerger en las inmediaciones de la oscuridad cíclica de todos nuestros días. Y cuando ese imponente curso me hace cruzar el discreto umbral de la medianoche, parece sugestionar mi cuerpo y remover en sus adentros, aquellas emociones lóbregas que ingenuamente creía soterradas. Entonces la noche, redunda en ellas fríamente, en busca de respuestas tan desconocidas como las propias preguntas que intuyo, mi subconsciente reclama con sumo desespero al inconsciente más profundo.

Ahora mismo, ese punzante pesar, resultó provenir de no tan lejanas instancias, que rápidamente han surcado los senderos temporales que conectan el pasado con el presente, y es por ello que, me temo, no he visto otra alternativa que dedicarme de una vez por todas a escribir estas palabras, con la intensión, quizá demasiado inocente para admitirla, de acabar con la persecución y el sometimiento de esas angustias que sobre mí y mi familia se han postrado durante tantos años.

A estas alturas, lo que más me desespera es la certeza de que mi razón, cada vez más enfebrecida y frágil ante semejantes presiones, se halle cada vez más lejos de vislumbrar, de forma asertiva y contundente, si el factor causante fue la indeseable visita de aquel extraño individuo extranjero, o peor aún, que se deba al objeto encuadernado que el ser ya mencionado dejó con nosotros aquel funesto día

Me limitaré entonces, como ya he dicho, a volcar en estas páginas amarillentas los hechos tal cual han redundando en mi mente en los últimos años. Y pretendo dejar en ellas, también, mi voluntad de no hacerme responsable por lo que la posteridad y sus agentes puedan sacar de la disposición arbitraria de estas palabras atropelladas. Palabras insulsas que pugnan por expresar, o más que eso, por deshacerse de una vez por todas, del registro mental de estos hechos malditos.

Los inicios de este asunto se remontan, como casi siempre suele ocurrir en estos casos, a momentos de aparente y fidedigna cotidianidad, en la que un factor corrosivo latente, es tan imperceptible que, de ser expuesto levemente y percibido por alguno de los involucrados, entonces, seguramente se habrían evitado muchas de las desgracias que mi familia y yo hemos tenido que afrontar desde entonces. Por el simple hecho de no habernos percatado de que el destino caprichoso había empezado a gestarlas en el preciso instante en el que aquel hombre extranjero visitó nuestro hogar.

Para ese entonces, febrero de 1984, hacía poco más de un año que mis padres habían decidido montar una venta de artesanías en nuestra propia casa, puesto que el negocio que originalmente mi padre habría ideado para sacarle provecho a la casa no había fructificado nunca, parecía conveniente establecer un negocio en el que mi padre, artista y artesano ligeramente reconocido a nivel regional, pudiese lucrarse con sus trabajos de ebanistería y carpintería, así como los más artísticos como las esculturas y los altos relieves de la madera, en su mayoría de carácter religioso, que tanta fascinación me generaban a mí y a muchos otros.

El negocio progresó rápidamente y empezó a hacerse recurren la visita de, en su mayoría, extranjeros que vacacionaban en la isla, y se veían irremediablemente atraídos por lo pintoresco y llamativo que se había convertido todo el frente de nuestra casa, la cual permanecía abierta y abarrotada de todo tipo de objetos y piezas de artesanía regional y nacional, además de la propias realizadas por mi padre, que casi no destacaban en aquel tumulto.

Aquello era fascinante ya que, prácticamente a diario, veía cómo personas de diversas partes del mundo, en su mayoría gringos de pieles enrojecidas por el sol, bajaban de sus carros sin techo, en trajes de baño y aún cubiertos de arena, y desfilaban unos tras de otros por los recovecos de nuestra tienda, como ya he dicho, repleta de todo tipo de piezas del arte coloquial de diversas regiones, sobre todo del estado Mérida y el oriente de país. Muchos de ellos, se retiraban habiendo adquirido algo que conservarían como un recuerdo. Pero lo que más me gustaba era cuando, algunas veces, el visitante, de forma súbita se veía fascinado por alguna pieza más artística y ambiciosa que las repetitivas piezas artesanales. Cuando se fijaban en alguna obra realizada por mi padre, entonces él se acercaba y estaba un rato conversando con el interesando, y por lo general, cuando había decidido aquella persona, llevarse la pieza, le exigía a mi padre, después de tener la obra en sus manos y contemplarla con más detalle, que este la firmase puesto que mi padre tenía la manía de no firmar sus obras, quizá porque lo olvidaba o por otros motivos que solo él sabe.

Y así continuó la armonía de aquella pintoresca tienda, hasta el fatídico día que nos atañe: febrero de 1984. El día exacto, no sé en qué momento lo olvidé y prefiero que así siga siendo, pero por concretar este registro, he de decir que deberían situarse entre los primeros días del mes ya mencionado.

Debí haberlo previsto, sino en el entorno, pues el ensimismamiento de mi edad precoz en ese entonces me hacían prácticamente ajeno a tales estímulos. Sí que en mis adentros, recuerdo las extrañas sensaciones que afloraban, como ahora, y que no podía identificar entonces y que por tanto ignoré, cuando aquella visita se posó en nuestra entrada.

Pasadas las primeras horas del mediodía de aquel día soleado, como una nube espesa que pretender simular un clima de tormenta sobre la geografía en la que se posa, así creo ahora que fue la visita del personaje productor o ejecutor de las desdichas que se gestarían sobre mí y mi familia hasta este día. Sino él como artífice directo, sí como indirecto puesto que su presencia, aunque yo no lo supiera en ese momento, estaba más bien corrompida o envuelta en una espesura de misterio y repulsión que estaba siendo provocada por aquello que en su maletín marrón trasportaba, y cuya intensión en ese momento, sospecho, era deshacerse de ello y propagar así el infortunio y las maldiciones que estarían contenidas en las mugrientas páginas del críptico y grotesco volumen que ahora mismo contemplo frente a mí.

15 de Mayo de 2021 a las 09:18 0 Reporte Insertar Seguir historia
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José Millán Pgxitfidqatqj igxti ie Oqjv Aniqtjg z ea qgvqogqlqcagxi pkfagqdad.

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