Don Fulano Seguir historia

isa ISA GARCIA

Don Fulano ha crecido a la sombra de la Ignorancia, su profesora de escuela. Y hoy sale a beber...


Aventura Todo público. © sí

#Isa #Don Fulano
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La historia de un hombre

Al hombre que lucha por mantenerse en pie,

a orillas de la vida.

Mi padre.

Tras incontables lunas en blanco, ahora, cuando alguien me toma del hombro pretextando un consejo y, al son de sus cuitas, me narra, de por medio un suspiro, las venturas y desventuras de su última juventud, ida al garete tal cual la niñez, es decir, al vaivén de las horas, yo, Don Fulano Cuadrado, que a juzgar por lo que dicta la inscripción de mi cédula todavía tengo edad, quilates con qué desdeñar los geriátricos, sobre todo si se llaman De La Misericordia y son propiedad del Estado, hago memoria y pesco alevines en pozos vacíos. «Un día soleado de mayo…», entonces concibo una luz y apunto en el diario:

Un día soleado de mayo, mientras erraba por ahí como alma sin dueño, con mi sombrero cachaco y mi vestido de fiesta, un tris copetón porque era domingo y ya pronto, en los albores del lunes, iba a cobrar la pensión que, pese a mi afición por degustar de las mieles del amor prohibido y con más veras del que ha sido consumado a mansalva, símil del poder sanador de las flores, me había dejado de herencia la finada Ignorancia, un guijarro, después de pispiar a la chica magra de carnes y estrecha de nalgas que se asoleaba, por lo visto en la yerba, tan libre de culpas como una monja Devota Descalza, me golpeó la cabeza. Y, como en eso se me fueron en conjunto todas las luces, de las tinieblas solo vine a salir cuando en el pabellón C del hospital de caridad al que me había llevado el destino, por no decir los buenos oficios de la gente sin nombre que siempre está dispuesta a hacer de la excepción una regla y, por ende, a no caerle al caído, pestañeé y mi vecino de catre, un fotógrafo de los de antes, de trípode y fuelle, de boina y gabán, de paso remolón y paraguas, de sonrisa a media asta y tirantes en vez de correa, le dijo a su vecino de catre, un tipo aguerrido por fuera y, Dios solo sabe por qué, enfermizo por dentro: El del meteorito está que sale del trance.

Cosa ésta, prosigo, que ahí mismo no me hizo pensar en lo que había sido mi suerte, porque qué se va a imaginar uno, pregunto, que las rocas enormes apresadas en brillantes estelas de fuego que atraviesan distancias ingentes, no sé si galaxias, telón de fondo de historietas como Superman o Flash Gordon, terminan, después de ingresar a la Tierra, como los pesos tras pasar por la segadora de Hacienda, en meros centavos, y que aun así tengan la osadía, las piedras, de noquear a un Fulano. ¿Ah? ¡Imposible! O diga usted lo contrario si hoy, que ni día de celo ni guarda, al lavarse el sobaco o rastrillarse los dientes, ahí, desnudo frente a su otro yo del espejo, alcanzó a figurarse un cielo como cuna de tanta desgracia.

Y, por lo mismo que no, aquí atizo el recuerdo, me quedé ovillado en el catre, respirando como una estrella de mar y haciendo memoria, Ignorancia, de los mimos a que me tenías acostumbrado cuando, al cabo de una noche de trompicones y juerga, pescaba, acaso no por desavenencias ancestrales del clima, un resfriado, una venérea, una ira, un olvido, hasta que la enfermera, una matrona indócil de trato, llegó como un Hitler a tomarme los signos vitales y mi vecino, el fotógrafo, me tendió, no sé si con el ánimo de salvarme el pellejo, la tapa de un diario. El hombre del meteorito, entonces leí el titular y, para mi total desconcierto, noté un tris más abajo, apenas bordeando la primera estrofa del cuerpo, Don Fulano Cuadrado, mi nombre. Nombre que, dicho sea de paso, tiene sus raíces en las taras globalizantes de la mujer que me dio de mamar como si fuera su hijo, carne de sí, y a la que yo, incluso ahora cuando de ella ni siquiera los huesos, todavía llamo Mamá.

Mamá Dorita para ser más exacto y, en lo que aquí nos concierne, la garante ante el cuerpo llagado de Dios, nuestro Señor Jesucristo, Ser Celestial que, por lo demás, como todo lo sabe y todo lo puede, sabrá en qué momento del día y en qué tiempo verbal conjugar la noticia según la cual, aparte de ti, mi infinita Ignorancia, vieja amiga, sabia profesora de escuela, ella también ha aportado lo suyo, digamos su granito de arena, en la siempre frustrada rehabilitación de mi alma, tanto de la veracidad de esta historia como de la exactitud de la hora a la que fui dado de alta. Lo que es igual a decir a las tres menos cuarto o, según el prístino reloj de los hechos, después de echar a la suerte un par de barajas, veintiuna, ocho loco, con mis ya referidos vecinos y, con mayor precisión, antes de que el doctor Julio Manrique, un pasante con cara de niño y ojos de soñar más bien poco, me dijera, previa palmadita lisonjera en el hombro: No se podrá quejar, Don Fulano, la mayoría sale de aquí para el hueco sin saber cuándo pasaron sus quince minutos de fama.

Una frase que hizo a tal punto mella, vea usted la ironía, en las terminales nerviosas de mi aporreada cabeza, que hasta fue causa primera, soplo divino, de una idea que en mí relumbró como la quimera del oro, indicio además de que todo volvía a ser como antes, en especial aquí, junto al lunar donde echa raíces la única rebelión, cuatro pelos, que le resta dignidad y apostura a mi calva, y que, en síntesis, se podría resumir de la siguiente manera: Cómo no sacarle partido —pensé—, a la fama que, gracias al buen pulso y mejor tino de Dios, me ha llegado, literalmente, de golpe y, como al físico Newton, caída del cielo. Idea, repito, que, después de tomar forma de faro, me hizo apurar las tres firmas, todas garabateadas bajo los cánones de la caligrafía científica, cuya finalidad, al margen de la letra menuda, era exculpar al cuerpo médico, incluyendo a la enfermera neonazi con cara y cuerpo de haberse desayunado al marido, de cualquier contratiempo futuro.

De modo que, surtido este trámite, yo, que ni corto ni perezoso, dejé la oficina ubicada en la planta del sótano uno, área destinada al Departamento de Trabajo Social, adonde me había remitido previamente el doctor y, sin reparar en el ambiente malsano, que era el común denominador del lugar, volví al pabellón C del hospital de caridad en busca de quien, pegado al catéter, se aferraba como un perro a su hueso y, en ello, a la ilusión de la vida. Léase aquí mi amigo, el fotógrafo. Un hombre éste, permítame y se lo presento de nuevo, luengo de trompas, estrecho de talle, falto de afecto y, en lo relativo a este caso, generoso de veras. Generosidad que, pasando por alto su apego ya registrado, quedó al descubierto tan pronto como, tras sopesar mi argumento: No sea que la fama requiera de pruebas, se sacó el pan de la boca, su crucigrama una y otra vez enmendado, con tal de no dejarme pendiendo del hilo falaz de un testimonio incompleto.

Porque luego no le falten cinco centavitos pa'l peso, Fulano, así cacareó él desde su lecho de enfermo, ya oloroso a pobre diablo y morfina, después de ordenar para mí todas las hojas del diario, domingo 5 de mayo de 1974, recuerdo, con el cual encarné el papel de pájaro loco, dueño de las llaves del mundo y, por qué no, de ángel guardián, capaz de absolver o condenar a cuanto miserable se topara aquella tarde conmigo y, con perdón de su fe, hasta de ir más allá y, en un santiamén, recuperar los jirones del tiempo perdido, que para entonces ya sumaba tres noches de tajo y una mañana de tiro. Cosa que de anclar mi guargüero, pensé, allí donde la gente, fulano, mengano, perencejo y zutano, tan descreída del nombre que hasta sin previo aviso, y como si hete ahí: Sigue, Cuadrado, que estás en tu casa, se cita, La Isla de Boris, quiero decir, vieja cantina de meretrices, gañanes, zafios, timadores, melancólicos, agiotistas, charlatanes, literatos, cacos, leguleyos, soñadores, liberales, inescrupulosos, cristianos, actores, bohemios, ilusos, banqueros..., éste, que ni pintado de cómplice, me hiciera el dos para, con dos, de un soplo, ya entrado en gastos, echarme tres tragos.

No obstante, de esto, mi sueño, vana esperanza, la inmortalidad de las flores. Un adelanto que hago antes de que aquí, en el hogar geriátrico De La Misericordia, propiedad del Estado, me corten el chorro y, por política impúdica, decidan, a la luz de la luna, empujarme a deponer la escritura, lo cual sucederá tan pronto como la encargada del último turno, la enfermera Margot, especialista en atender las contingencias propias de la tercera edad y en evacuar los subsiguientes desastres, haga sonar la campanilla que guarda con celo a la altura del cielo y, en vez de invitarme a pasar manteles, me indique que ha llegado la hora de ir a reñir con no sé cuántos carneros. Y todo porque ya abismado a la calle, se sobrentiende, retomo, del Café Girones a la Primera de Mayo, nada más hacerle el quite a la suerte, 0781 según la sabia predicción del lotero, un transeúnte de esos que fueron paridos con el mero propósito de pasar y ver a la gente pasar, haga de cuenta un viajero, se acercó y, tras decirme: Señor, disculpe, tiene algo raro en el rostro…, echó por la borda mis planes futuros. ¿Cuáles?, del uno al cinco: a) Beber a costillas del diario. b) Adoptar la pose serena del héroe inmolado. c) Echarme un discurso inspirado en la experiencia de Lázaro. d) Pescar aventuras carnales río abajo, adonde van a parar los ahogados. e) Perder la cabeza.

En todo caso, cuánto despilfarro ahí no más, haga la cuenta y calcule, por morder el anzuelo y aplazar aguardiente, juerga y mujeres hasta no someter mi disfraz al rigor de un espejo. Digo yo, Titán de titanes porque, aunque de la edad de los siglos, el del Renault 4 que tuvo a bien prestarme su único ojo, que para colmo de colmos era el ojo siniestro, no tuvo reparo en ser lenguaraz y decir: ¡Qué mierda, Fulano! Un líquido espeso de textura viscosa brota de manera incipiente por cuanto orificio amuebla su cara. Aspecto horroroso, sin duda, por el cual volví, no sin antes temer lo peor: Que, en su infinita generosidad, mi amigo, el fotógrafo, me hubiera legado, tal cual un tío millonario del que nada se sabe y menos se espera, una cepa maligna de sí, al hospital de caridad donde, en aras de decir la verdad, fui tratado como un espécimen sin ningún parangón, conejillo de indias, y con especial atención, aquí rompiendo la norma de salubridad Nº2, un día, dos días, tres días, hasta que el pasante Julio Manrique, ahora con serios ademanes de zombi, me dijo: No se podrá quejar, Don Fulano, la mayoría, como su amigo, que en paz descanse, el fotógrafo, llega aquí con las horas contadas y, por el contrario, usted, que ya salió indemne un vez, ahora resultó siendo un bendito: el hombre del meteorito que exuda petróleo.

Sí señor, tal cual como usted lo figura, crudo, petróleo, en una palabra, oro negro, y en conjunto: Así, con dinero, hasta podré prescindir de la fama, o por lo menos por ahí, como perro batiendo la cola, se me iba el cacumen y, desorbitados en lujos, los ojos, cuando dos hombres vestidos de negro, cuervos de gafas oscuras, emergieron cual submarinos de guerra y, sin previo aviso, me pincharon el globo. Usted sabrá cómo son éstas cosas —dijeron—, el petróleo, Fulano, es propiedad del Estado. Y dicho esto, éste, cuya sacra invención, y si no míreme a mí y, por su propia cuenta, concluya, tiene como única finalidad ocultar la hoz del pagano, tomó posesión de lo suyo, que en dado caso era mi propia persona.

Pero, como lo de uno es lo de uno, ya puesto a disposición de la ley, de la que por Ignorancia sabía que, además de ecuménica, en lo particular, también leonina, yo, que de bobo ni un pelo, le canté la tabla al que pude. Cosa ésta, el cantar, de la que, a Dios gracias, quedó testimonio y testigo. Es decir, una cuartilla escrita, como para honrar tu memoria, mi finada Ignorancia, en letra cursiva, con las eles muy largas, como el tipejo atildado que mira hacia el cielo queriendo, a expensas de caer del balcón, tomar un trozo de luna, y las eses, que ni pintadas de molde, como rosaleda de camino sinuoso, con las oes abiertas como boca de rosa de China y las ies, en cambio tan achaparradas y solas, como quien se esconde detrás de un baúl figurando así hacerle el quite a la muerte y nada de nada, de la que bien valdría la pena evocar, aunque solo fuera a modo de télex, la estrofa primera: Si el Estado estuviera donde debería de estar, él, en persona, animal o cosa, aquí estaría, pero, como es de suponerse, no está.

Éste, a mi modo de ver, un documento emotivo, grácil como la poesía de Whitman o el vuelo estacionario de un colibrí ante un suculento manjar de heliconias y, aunque a ratos rocoso y adusto, lo cual sería entendible porque, además de falto de tacto, yo, hombre de nariz aguileña y errar patiabierto, nací estrecho de miras, también, a juzgar por algunos gracejos y dichos que, si no sonaban como quien habla en inglés y dice: los Campos Elíseos, sí se asemejaban, en cuanto a accidentalidad y otros vicios, a varios lugares comunes, muy elocuente, del que fue legatario, o si se quiere testigo, el pasante Julio Manrique, a quien, no sé si por piedad o por saña, que así de anguloso y chueco anda el querer del destino, me volví a topar, ahora como guarda auxiliar del ala sur del presidio, un reducto invisible por cuanto que había sido erigido a la sombra De La Misericordia, no la de Dios sino la del diablo, y al que, siempre y cuando uno fuera catalogado como «Secreto de Estado», se llegaba, si bien tras superar otra serie de pruebas, a través de un pasadizo disfrazado de bandeja en la morgue, y con quien, más por necesidad que por gusto, llegué a intimar al punto de oírle decir, acerca de compaginar dos actividades en apariencia disímiles: Hay que rebuscarse la vida, Fulano, porque la medicina está en crisis.

Y como tal confesión se me hizo digna de alguien con quien hasta bien valdría la pena soplarse unos tragos y, por qué no, en dado caso de amanecida y mariachis, inclusive ser un pelín manilargo y, entre chalequeo y abrazo, permitirse licencias más hondas, afectaciones de hermanos, con especial énfasis en la que remite al llorar, esa tarde, además de leer de corrido mi escrito y confiar a su juicio alguno que otro desliz de pensamiento, obra, omisión, le pedí, ya como amigo, su arma de dotación para, Dios mediante, con ella volarme de cabo a rabo los sesos. Una flaqueza de espíritu a la cual me plegué, aquí tal vez convencido de que no hay mal que por bien no venga, un dicho muy tuyo, mi finada Ignorancia, con tal de no dar mi brazo a torcer: firmar el contrato que, desde la notificación del hallazgo aurífero, me había ofrecido el Estado, ente que para entonces seguía sin darme la cara, y bajo el cual todo lo mío, siempre y cuando esto tuviera algún valor material, era suyo. Contrato al que yo me oponía sistemáticamente, y he ahí el motivo de tan brutal represión, porque éste, en contravía de lo que dicta la lógica en cuanto a sus primeros axiomas, no aplicaba al contrario. O sea, lo suyo, que incluso incluía lo mejor de mi propia persona, de ningún modo contemplaba ser mío.

Sin embargo, como el que es nunca deja de ser, premisa de la que dan cuenta, además de las peras, los olmos, el pasante Julio Manrique, a quien le lucía, igual que a la noche la luna, el pelo al rape, las botas pisahuevos de corte milico, la Magnum calibre 38 que llevaba al cinto como si con ella pudiera desoír la voz del destino y el quepis azul que, a raíz de una impecable justeza, le imprimía un aire rabino, se abstuvo de facilitarme su arma diciendo: Ni de fundas, Fulano, mi deber de galeno, como para no hablar de mi legado cristiano, es mantenerlo con vida.

Una falacia a la que, por cierto, me opuse inquiriendo: ¿Vida ésta, Manrique? ¿Vida la del gato encerrado en un ataúd de cemento?

—¡Ay, Fulano —fue su respuesta—, cómo se nota que usted jamás ha pagado un impuesto!

—Ni que fuera mi sombra, Manrique, su perspicacia me deja sin habla.

—¿Sí ve lo que digo?, no se le puede mamar gallo a la patria.

—¿Aunque ésta no sea más que la alegoría del yugo y el asno? —Pregunté reparando en la numeración de mi traje de rayas. Lo cual me dio mala espina porque ésta coincidía con la del billete que, henchido de fama y fortuna, le había despreciado al lotero.

—¡Pilas, Fulano!, que las paredes no oigan.

—No me venga con éstas, que me da pie pa' pensar que el Estado es un amasijo de piedra.

—Pues propiedades sí tiene.

—¿O sea que estoy en lo cierto?

—Por favor, Fulano, sea más claro.

—Está bien, no le voy a mentir, tengo serias razones para pensar que su jefe no existe.

—Qué importa, Fulano, téngale fe.

—Cuando las paredes me hablen.

—¡Pilas!, no se pase de listo.

—Lo siento, no era mi intención ofenderlo.

—Pero inferir que el Estado es un ente arquitectónico…

—¿Y no? ¿No será por ahí?

—Dirá filosófico.

—Cómo se le ocurre, Manrique, yo acostumbro dejar en paz a los muertos.

—Cuánto cuento, Fulano, cuánta incultura le ha dejado la calle.

—Tal vez la Ignorancia.

—¿Quién?

—Mi maestra de escuela, ¿acaso no le he hablado de ella?

—Que yo recuerde, jamás.

—¿Y no será que usted anda mal del recuerdo?

—Pues ya que usted lo menciona, hace poco perdí la esperanza.

—¡Válgame Dios! ¿Y cómo ha seguido adelante sin ella?

—Aferrado al trabajo, Fulano, como la gente decente.

—Pobre diablo, Manrique, usted no tiene la culpa, pero alguien no le habrá enseñado a pensar sino a ser.

—¡Ah, sí!, ¿en tan bajo concepto me tiene?

—Y si le digo, peor.

—Entonces no me diga nada más, hijuetantas… —dijo él antes de atentar a tiros contra el yacimiento de petróleo que, conforme a la lectura que había hecho con su ojo clínico de galeno cristiano, se hallaba, en contubernio con el mundo de las ideas, entre mis sienes derecha e izquierda.

Y bueno, como lo que vino después, salvo por algunos detalles, me refiero a haber pescado alevines, a haber pasado un sinfín de lunas en blanco, a haber soñado con pozos vacíos, a haber estado varios días a oscuras, a haber sostenido un encuentro inenarrable conmigo, a haber tejido un señuelo para atraer al papel este recuerdo, a haber sido hechizado por el canto de alguna sirena, a haber visto al pasante Julio Manrique aperado de herramientas quirúrgicas tratando de enmendar de algún modo la plana, a haber asistido a una retahíla de terapias de choque, a haber oído un buen día a alguien diciendo: Cámbiele la edad a Fulano, cámbiesela aquí, al lado del sexo, que al fin y al cabo, como todo en la vida se reduce a papeles, así lo mandamos, con sus dolencias del cuerpo y el alma, a morir al geriátrico, no es de fiar, he aquí la historia de cómo, tras mi última juventud, solo me quedó la Ignorancia.


21 de Marzo de 2017 a las 16:24 0 Reporte Insertar 5
Fin

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