ondrealion Ondrea Lion

Comenzar desde cero en una nueva ciudad nunca es fácil, y Zuri no sabía que la mano amiga que la ayudaría, sería el camino para encontrar de nuevo el amor.


Cuento Sólo para mayores de 18.

#erotico #romance #jovenadulto #pasión #erótica #amor #adultojoven #erótico
Cuento corto
0
102 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

RELATO. ÚNICO CAPÍTULO

Recuerdo que tenía dieciséis años cuando conocí a Duncan; mis padres habían muerto y vivía con mi anciana y enferma abuela, y a esa edad tuve que, además de estudiar y ayudar en la casa, trabajar para ayudar con los gastos.

Era barista en un café cuando él entró con su chaqueta de cuero y su casco para la moto, sus cabellos castaños hasta los hombros ondeaban con cada uno de sus movimientos y sus preciosos ojos grises me conquistaron desde el momento en que me sonrió. No me importó que tuviera veintiocho años, su fascinación por mí fue suficiente para caer rendida a sus pies.

Duncan era el gerente de una tienda de muebles para el hogar, ganaba un buen sueldo y a los pocos meses de conocerlo me mudé a vivir con él. Inicialmente me daba dinero para mi abuela, pero poco a poco fue disminuyendo el monto, luego me convenció de que abandonara la escuela y mi trabajo, y de pronto me convertí en su prisionera, controlaba cada uno de mis movimientos: lo que comía, vestía o a dónde iba. Tenía terminantemente prohibido salir de la casa sin él, y todo debía estar limpio y con la comida lista cuando él llegara.

Mi inmadurez me hizo pensar que eso era así, creía que era normal que fuera rudo en la cama y que yo debía obedecerle.

Cuando recibí la primera bofetada, sentí que fue mi culpa, que yo lo había ocasionado. Luego vinieron los puñetazos, los halones de cabello y las patadas. No eran constantes, quizás una vez cada dos meses pero por mucho tiempo pensé que yo era responsable de que él me pegara.

A pesar de que controlaba mi teléfono y mis redes sociales, no podía controlar lo que yo veía en la televisión, y así descubrí un programa donde se hablaba de violencia de género, aprendí que no era normal lo que yo vivía y que lo mejor para mí era huir de esa situación.

Denunciarlo no era una opción, su padre era jefe de policía y lo había rescatado de más de una situación comprometedora; si abría la boca era probable que fuera yo quien terminara en la cárcel así que desaparecer era mi mejor opción.

Para ese momento ya era mayor de edad, mi abuela había muerto, no tenía un título de la escuela ni la confianza para independizarme, así que poco a poco fui creando las circunstancias para escapar.

Investigué precios de boletos para irme de la ciudad, y posibles trabajos que conseguir, manipulé situaciones para poder reunir dinero, fue un proceso lento y aterrador porque sabía lo que me podía ocurrir si él descubría que estaba acumulando recursos para alejarme de la espantosa vida que vivía.

Una noche, luego de emborracharse hasta perder el conocimiento, aproveché la oportunidad para huir, corrí con todas mis fuerzas hasta tomar el transporte público que me llevó a la estación de autobús que me sacaría de la ciudad.

Ese día fue la última vez que vi a Duncan, las películas te hablan del psicópata obsesivo que te persigue por todo el país, sin embargo ese no fue mi caso. Mi ex era demasiado egoísta y lleno de sí mismo para correr detrás de una mujer; supongo que se molestó y rompió unas cuantas cosas, pero estoy segura de que poco tiempo después consiguió otra chica a quien utilizar de saco de boxeo.

Realmente no puedo saberlo con seguridad porque más nunca me acerqué a la ciudad ni lo contacté a él ni a sus conocidos. Lo único que pude hacer fue denunciarlo anónimamente en foros virtuales utilizando VPNs con la esperanza de que otras chicas se ocuparan de esparcir la información. No sé si funcionó o no, o si mis denuncias tuvieron algo que ver, pero en algún momento descubrí que su padre no pudo salvarlo de sí mismo y terminó encerrado un tiempo en la cárcel.

Luego de escapar, no pude respirar con tranquilidad hasta que llegué a mi nuevo destino, pero la suerte estaba negada a sonreírme, asustada todavía, en un lugar desconocido y con la paranoia carcomiéndome al imaginar que Duncan podía averiguar dónde estaba, un ladronzuelo me asaltó robándose mi pequeño equipaje y bolsa con todo mi dinero, y para cerrar la noche con broche de oro, una lluvia torrencial cubrió la urbe y me encontré perdida y sin saber qué hacer. No valía de nada que hubiera averiguado un motel cercano para quedarme unos días mientras conseguía trabajo, porque no tenía cómo pagarlo.

Con los pies adoloridos, en un lugar extraño sin tener a nadie a quien acudir, agotada y desesperada, me apoyé en la pared de un callejón junto a un restaurant en una zona que lujosa, suponiendo que sería seguro tomarme un momento para pensar qué podía hacer.

La angustia se apoderó de mí, por más que mi cabeza daba vueltas no conseguía una solución, tenía pensando comprarme un celular al llegar a la ciudad, por lo que no tenía ni siquiera cómo investigar la ubicación de un albergue para indigentes. Desconsolada comencé a llorar, mordiendo la tela que cubría mi brazo para evitar hacer una escena, no deseaba llamar la atención, solo desahogarme.

—¿Estás bien?

Esas fueron las primeras palabras que escuché de Teo, la voz más hermosa que he oído en mi vida; gruesa y carrasposa, tenía la habilidad de despertar cada célula de mi cuerpo.

Traté de secar mis lágrimas para no poner en evidencia qué tan desgarrador era mi llanto, aunque realmente era algo imposible de ocultar. Debía enfocarme en el extraño hablándome ya que mi experiencia con Duncan me decía que no confiara en nadie, mucho menos en una voz que era capaz de hacerme sentir de la manera que la suya lo estaba haciendo.

Verlo no mejoró la situación, esos ojos verdes, rostro perfilado como una escultura, piel bronceada y cuerpo de atleta me hizo maldecir la existencia de los hombres, no podía volver a caer en las redes de una cara bonita, así que con seriedad le dije:

—Estoy bien, gracias.

—No pareces estar bien, ¿puedo ayudar en algo? —preguntó él.

—No, gracias —contesté de manera tajante.

Quise girarme e irme de manera teatral pero la verdad era que no tenía a dónde ir, así que solo esquivé su mirada dirigiendo la mía hacia la oscuridad del callejón.

—¡Teo! ¡Vamos! —llamó un chico que parecía ser su amigo. Otros dos lo acompañaban.

—Nos vemos allá —aseguró Teo dando un par de pasos hacia atrás, dándome espacio, lo cual percibí como una señal de que no debía sentirme amenazada, pero de igual forma no podía evitar sentir desconfianza.

Comencé a caminar hacia el callejón aunque sabía que era absurdo considerando que no tenía salida, debía indicarle de alguna manera que no lo quería cerca de mí.

—Oye —me llamó sin moverse—. Solo quiero ayudar, ¿necesitas ir a un hospital? ¿Quieres llamar a la policía? ¿Te gustaría que llame un taxi para que te lleve a algún lado?

Comencé a sollozar en silencio, sus preguntas me recordaban lo sola y desamparada que estaba, giré para rechazar su ofrecimiento una vez más, pero su postura me calmó de repente, se encontraba de pie con una mirada bondadosa, y supe que de alguna manera la vida lo había enviado como un salvavidas en medio de un mar tempestuoso.

—¿Conoces algún albergue público donde pueda pasar la noche? —pregunté avergonzada.

Él me miró por un par de segundos procesando mi petición.

—No, pero puedo averiguar. Estas empapada, ¿quieres entrar a secarte un poco mientras localizo uno? —invitó señalando el restaurant.

La puerta lateral del local se abrió, y un empleado salió con unas bolsas de basura.

—Teo, ¿sigues por aquí? —preguntó el trabajador.

—Sí, necesito entrar un rato —replicó el aludido tomando la decisión por mí.

Aprecié el gesto, me estaba congelando y necesitaba calor. También tenía hambre pero decir algo al respecto sería demasiado pedir; un techo y calefacción sería suficiente por los momentos, quizás al salir el sol tendría la cabeza más despejada para decidir el siguiente paso a dar.

Sin cruzar palabras ambos supimos que había aceptado su ayuda, entramos y Teo me guio hacia una parte de la cocina del restaurant que tenía una pequeña mesa con un par de sillas. Con un elegante gesto me pidió que me sentara, yo lo hice sin chistar.

—¿Puedes traer un plato de minestrone bien caliente, por favor? —dijo él hablando con el empleado, luego se dirigió a mi—. Voy a buscar una chamarra para que te quites la que tienes.

A pesar del calor del ambiente, la ropa mojada no ayudaba, lo ideal era cambiarme pero no tenía nada que ponerme, cuando Teo llegó con un abrigo nuevo también llegó la sopa, no estaba en posición de avergonzarme y cohibirme por necesitar abrigo y comida, di las gracias, me quité mi suéter mojado poniéndome la prenda seca, y comencé a comer. Me sentí llena de vida de nuevo.

—¿Estás en peligro? —preguntó Teo, estuve a punto de ahogarme con el líquido caliente en mi boca.

—Ya no —repliqué con la intención de retribuirle su generosidad con honestidad.

Él me observó pensativo, obviamente sintió curiosidad pero supo que debía ser cauteloso con sus preguntas. Esa fue otra razón por la cual sentirme agradecida.

—¿Estás segura? ¿Necesitas informar a la policía de algo, o alguien, que pueda hacerte daño?

—Sí, estoy segura —afirmé—. Acabo de llegar a la ciudad, no hay nadie aquí que quiera perjudicarme, por lo menos no premeditadamente.

Teo hizo una mueca con su boca que me pareció una sonrisa, su mirada era hipnotizante, no me observaba como si sintiera compasión hacia mí, más bien era como si estuviera intrigado, como si yo fuera un objeto que debía descifrar, estudiar, no sé, así que de pronto me sentí incómoda y él pareció notarlo.

—Dices que acabas de llegar, ¿dónde está tu equipaje?

Pausé mi comida por unos segundos, me daba vergüenza admitir que era una inútil, mentir no tenía sentido y ya había decidido ser sincera, no había motivos para echarme para atrás.

—Me asaltaron y robaron todo —admití.

Vi como la cabeza de Teo fue juntando las piezas, había escapado de algo, era nueva en la ciudad y no tenía dónde caer muerta.

—Mi familia es dueña de un hotel cercano, puedes quedarte ahí hasta que puedas resolver tu situación —ofreció él.

Un miedo irracional me invadió, o quizás no era tan irracional. Duncan fue amable y encantador cuando lo conocí, tal y como lo estaba siendo Teo, no podía ser tan idiota y volver a caer en la misma trampa.

—No, gracias. De verdad, con saber la existencia de un albergue cercano y las indicaciones para llegar es más que suficiente. Muchas gracias por la ayuda, el abrigo, la comida…

—No, no es suficiente. Permite que te ayude, tengo un techo que ofrecer y donde puedes quedarte por un tiempo —dijo Teo interrumpiéndome.

—¿Por qué quieres ayudarme? —escupí con desconfianza.

Él guardó silencio por un momento antes de contestar:

—Porque puedo.

En ese momento sentí que nuestra atracción era mutua y eso era todo lo que ocurría, yo era una chica bonita que él podía ayudar, pero no estuve dispuesta a arriesgarme a que me engañaran de nuevo.

—Gracias por el ofrecimiento, pero yo solo necesito un trabajo y un lugar donde quedarme. Un albergue me puede servir durante las noches mientras busco trabajo de día —dije de manera tajante.

—¿Qué trabajo tienes en mente? —interrogó él.

Estaba realmente agotada y no deseaba seguir hablando, pero no había motivos para ser mal educada solo porque existía una probabilidad incalculable de que él fuera otro patán como Duncan.

—No tengo mucha experiencia, trabajé un tiempo como barista en un café, y ayudé un poco con la administración. Tal vez pueda ayudar con limpieza o cocina, realmente estoy dispuesta a trabajar en cualquier oportunidad que me ofrezcan.

Teo se disculpó y levantó del asiento para hacer una llamada, yo terminé mi comida y acepté gustosa el café que me ofrecieron, me sentía incómoda y fuera de lugar pero no tenía otra opción que esperar por él. Regresó a la mesa y comenzó a conversar conmigo sobre el restaurant donde estábamos, sobre la amistad de sus padres con el dueño y los famosos que eran sus platillos, sabía que estaba haciendo tiempo, pero no sabía para qué, con la barriga llena y el calor confortándome no quise preguntar mucho, solo dejar que las cosas fluyeran.

—Teo —llamó una mujer mayor entrando por la puerta lateral.

—¡Raquel! —gracias por venir—. Te presento a… Lo siento, no he preguntado tu nombre.

Sentí compasión, realmente se veía avergonzado.

—Zuri. Zuri Zamorano —dije.

—Zuri, mucho gusto —saludó Raquel con una seria sonrisa. Me sentí intimidada.

—Raquel trabaja para mi familia, ella puede acompañarte para el hotel y mañana se encargará de acordar una reunión con el departamento de Recursos Humanos para conseguirte un trabajo en uno de los restaurantes. Tenemos varios hoteles, cada uno con diferentes establecimientos, por lo que estoy seguro de que encontraremos algo para ti, podrás quedarte en alguna habitación hasta que consigas un lugar que puedas pagar. El resto de los detalles podemos ir resolviéndolos a medida que vayan apareciendo —dijo Teo haciendo que mi cabeza diera miles de vueltas, no podía creer mi buena fortuna.

—Muchas gracias —balbuceé con lágrimas en los ojos, utilicé las pocas fuerzas que me quedaban para evitar que se escaparan.

—No hay nada que agradecer, podía ayudar y lo hice —replicó él con una sonrisa que me sacudió por completo.

—Vamos, Zuri —ordenó la mujer, quien, a pesar de su seriedad, desprendía una energía de amabilidad difícil de ocultar.

—Hasta luego —se despidió Teo sorprendiéndome, pensé que vendría con nosotras.

Supuse que quiso garantizar que me sintiera segura y por eso se encargó de que la mujer se ocupara de llevarme al hotel y de todo lo demás. Me giré para decirle:

—No creo que pueda encontrar las palabras para decir cuán agradecida me siento.

—Me sentí inspirado —confesó.

Parecía que quería decir algo más, me miraba fascinado y eso me causó escalofríos. Él pareció percatarse porque desvió la mirada hacia Raquel, le hizo una seña de despedida y se alejó de nosotras.

Mis días mejoraron de una manera extraordinaria, me hospedaron en un hotel donde me ofrecieron un puesto de barista en una de sus áreas de restauración, un par de meses después conseguí un pequeño apartamento en las cercanías, y poco tiempo después me ascendieron a anfitriona en uno de los restaurantes más lujosos de la franquicia de hoteles de la familia de Teo.

Por primera vez en mi vida era independiente, y poco a poco fui reconstruyendo mi autoestima, me encantaba trabajar y procuré tener una ética laboral impecable, era puntual, amable y procuré demostrar iniciativa e ingenio. Me gané el cariño y respeto de mis compañeros, y eliminé por completo mi vida social, Del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, nada de citas ni salidas. Sabía que en algún momento debía comenzar a confiar en las personas pero no estuve preparada para ello por mucho tiempo.

Luego de aquel día que conocí a Teo lo vi pocas veces, nos cruzábamos cuando él visitaba los establecimientos y siempre me regalaba una sonrisa y una mirada especial, a veces me preguntaba si todo estaba bien o simplemente inclinaba su cabeza a forma de saludo. Era como si quisiera convencerme de que realmente me ayudó porque podía, no porque estuviera interesado en mí. Probó muy bien su punto, si hubo algo en lo que estuve clara es que no estaba interesada en mí.

Casi un año después de haber llegado a la ciudad, me encontraba trabajando el turno de cierre cuando Teo apareció con un grupo de personas, evidentemente era una reunión de trabajo. Me sorprendió verlo tan serio y actuando profesional considerando que no debía tener más de veinticuatro o veintiséis años. Se veía muy joven para ser un ejecutivo hotelero.

El encuentro se extendió, y cuando llegó la hora de cerrar me dieron órdenes de quedarme. Eran las dos de la mañana cuando terminaron, y llamé a un taxi porque no quería probar mi suerte e irme caminando a mi casa como estaba acostumbrada.

—¿Necesitas un aventón? —preguntó Teo junto a su carro de lujo donde lo esperaba un chofer.

—No, gracias. Acabo de llamar…

—Cancélalo, vamos —me interrumpió. Sus palabras sonaron más a una súplica que a una orden y accedí de inmediato.

Durante el trayecto Teo fue respetuoso y amable, la atracción que había entre ambos era latente y por ese motivo me molesté conmigo misma, ¿acaso no recordaba que las apariencias engañaban? No pudimos conversar mucho porque el camino era corto, tampoco pude concentrarme mucho en lo que decía, él era realmente hermoso.

Sus ojos verdes brillaban de una manera fascinante, sus cortos cabellos rubios caían descuidadamente sobre tu frente y orejas, era perfecto y ni siquiera lo intentaba, su naturalidad era seductora. Aquel ser frente a mi parecía perfecto, decía las palabras adecuadas en el momento adecuado, tenía una energía que transmitía confianza.

No deseaba compararlo con Duncan pero era inevitable, Teo me gustaba y me horrorizaba cometer el mismo error.

Lo mejor que podía hacer era evadirlo e ignorar cuánto me atraía, porque me gustaba la ciudad, mi trabajo y apartamento, no podía cometer la estupidez de perderlo todo por volverme a fijar en un hombre que aparentara una cosa y resultara ser otra. Estaba bien así, apreciaba mi soledad, llegar a la hora que quisiera, limpiar y cocinar cuando lo necesitara, ordenar las cosas a mi gusto, era dueña de mi vida y no renunciaría a eso por nadie.

Poco podía imaginarme lo que pasaría unos minutos después, Teo se ofreció acompañarme hasta la puerta, no le gustó la zona donde vivía, le pareció que la calle era muy oscura y no aceptó mi negativa, caminó junto a mí hasta la puerta del edificio.

Cuando introduje la llave en la cerradura y me giré para despedirme, una magia nos rodeó. Sé que suena infantil y tonto describirlo así pero no sé cuáles otras palabras utilizar, fue como si el mundo a nuestro alrededor desapareciera y solo existiéramos nosotros. También sé que muchas personas describen momentos de la misma manera, pero como dije, no encuentro palabras para explicar la manera cómo nuestras miradas se engancharon, mis ojos como el ámbar y sus ojos como el jade contemplaban la boca del otro, invitándonos a acercarnos y eso hicimos.

Solo un hombre me había tocado antes que él, y siempre pensé que su rudeza y la incomodidad que me hacía sentir era un problema mío y no de nuestra relación.

Esa noche descubrí lo que era un beso de verdad, esa sensación de pertenecer en los brazos del otro, de llenarte de euforia y placer simplemente por un contacto de labios que se fueron abriendo hasta darle paso a nuestras lenguas. Ambas parecían conocerse de toda la vida y sabían exactamente qué hacer para provocar una urgencia por las caricias del otro. Nos abrazamos con fuerza dejando que el beso continuara su curso.

Supe que lo quería en mi cama pero al mismo tiempo me espeluznaba la idea de repetir la historia, sin embargo, con aquel pánico que luchaba con mi excitación le pregunté:

—¿Quieres subir a mi casa?

Él abrió sus ojos y sonrió, ¡por supuesto que quería! Sin embargo su mirada cambió cuando notó mi miedo, no pude ocultarlo, estaba temblando.

—En otra ocasión —replicó él acariciando mi mejilla con su pulgar antes de rozar mis labios con los suyos y desaparecer en la noche.

Me sentí aliviada y triste al mismo tiempo, pero esa noche dormí profundamente feliz.

Al día siguiente hice todo lo posible para no pensar en Teo, me concentré en mi trabajo hasta que llegó el final de mi jornada. No supe nada de él, y me convencí de que lo de nosotros fue un solo un beso, por lo que fue una bendición para mi vida que él no hubiera aceptado mi invitación.

Pasaron dos días más, y en la tercera noche luego de nuestro encuentro, me estaba esperando a las afueras del restaurant con una rosa roja en sus manos:

—¿Te puedo acompañar a tu casa? —preguntó.

Yo asentí aceptando la rosa, los dos nos miramos, nos queríamos besar pero lo evitamos, simplemente caminamos en silencio por unos minutos.

—Tengo ganas de verte desde aquella noche —confesó Teo de pronto.

—¿Por qué no lo hiciste? —curioseé.

—Por varias razones —dijo él.

Parecía que se debatía sobre hablar o no, y yo no podía apaciguar las ganas de saber todo sobre él, su voz era un bálsamo para mi alma y escucharlo se sentía divino.

—¿Cuáles razones? —pregunté animándolo a hablar.

—Por una parte no quiero presionarte, sé que no conozco tu pasado, pero la noche que te conocí me dijiste que ya no estabas en peligro, lo que me indicó que alguna vez lo estuviste. Quiero que te sientas segura conmigo, por eso he tardado tanto en dar los pasos. Me gustas desde la primera vez que te vi.

Su confesión provocó cosquilleos en todo mi cuerpo, me sentí feliz por sus palabras, sin embargo, preferí mantenerme cautelosa.

—¿Y por otra parte? —interrogué.

—Me encuentro en una posición de poder. Mi familia es dueña del lugar donde trabajas, y así como quiero que te sientas segura conmigo, no quiero que sientas que debes corresponderme porque tengo la facultad de despedirte —explicó.

Me sorprendió oír su razonamiento, porque no sabía mucho de sobre los hombres. Duncan, sus amigos y primos, eran como unos cavernícolas que pensaban que las mujeres eran una posesión que debían obedecer todas sus peticiones. Sus palabras me confundieron y no supe qué decir, estaba tan ensimismada en mis pensamientos que el sonido de su voz me erizó cuando agregó lo siguiente:

—Así que te estoy hablando con honestidad para que tú lleves las riendas de nuestra atracción. Me gustas, quisiera compartir más tiempo contigo, pero si no sientes lo mismo, o prefieres que guardemos las distancias, lo respetaré. Solo puedo darte mi palabra con dos cosas; la primera, es que tu trabajo nunca será afectado por mí sin importar lo que pase, y lo segundo, es que si me das una oportunidad, seré siempre honesto y respetuoso. Aunque supongo que como no me conoces, no puedes garantizarlo, solo puedes dar un salto de fe, y yo aceptaría intentarlo a la velocidad que tú plantees.

Mantuve mi silencio mientras procesaba sus palabras, no podía negar que me intrigaba y deseaba explorar lo que él me hacía sentir, como tampoco podía negar mis traumas y miedos. Dar un salto de fe parecía la expresión correcta para definir el confiar en su palabra e intentar tener una relación con él.

Al detenernos en mi edificio lo miré, y me conmovió su rostro, mi silencio le estaba afectando, su ceño fruncido mostraba cuán desesperado estaba por conocer mi respuesta.

Tomé la iniciativa de besarlo, y él me estrechó con determinada pasión, nuestras bocas se unieron manifestando el júbilo de volver a encontrarse, y mis involuntarios gemidos provocaron que él me apretara aún más.

—Vamos a conocernos primero —susurré sobre sus labios.

—Por supuesto, ¿hay algo que quieras saber ahora mismo?

Solté una carcajada que pareció satisfacerle por su reacción al sonido.

—Quisiera saberlo todo, pero estoy cansada —admití.

El me besó de nuevo, prometiéndome encontrarse conmigo al día siguiente.

Lo fui conociendo poco a poco, descubriendo que cada una de sus palabras resultaban ser ciertas, era una persona honesta y trabajadora, y yo no entendía por qué se había fijado en mí, eso era lo que no me permitía ser feliz por completo, pensar que en cualquier momento descubriría que yo no valía la pena.

Creo que nunca conoceré a alguien tan paciente como Teo, cada encuentro estuvo cargado de besos, y cada avance era dado con mi aprobación. La primera vez que entró a mi casa quedó encantado de la sencillez de mi decoración ecléctica, nos besamos en el sofá donde le rindió adoración a mis senos como si fueran dos diosas que salvarían su vida, cuando le pedí que se detuviera, lo hizo de inmediato. Sonrió, me besó y prometió que nos veríamos al día siguiente.

Y así fuimos estrechando nuestra relación, con palabras y caricias desnudamos nuestras almas y nuestros cuerpos, dos años después estábamos locamente enamorados, a veces nos quedábamos en su casa, a veces en la mía, él parecía no tener distinción entre mi fortuna y la suya, siempre me hizo sentir que era un suertudo por haberme conocido.

A pesar de que discutíamos por tonterías, como todas las parejas lo hacen, solo una vez pude vislumbrar la ira que era capaz de sentir. La vez que le conté mi historia con Duncan.

Realmente me aterrorizó verlo tan molesto, comenzó a trazar planes para darle caza y caerle a golpes, lo quería en la cárcel siendo el juguete sexual del algún prisionero violento. Todo lo que dijo me hizo cuestionarme estar con él. Cuando le expliqué que prefería que las cosas se mantuvieran como estaban, que saber que iba a tener contacto con él me estresaba e iba a ahondar más mi trauma, se tranquilizó de inmediato.

Se disculpó mil veces aquella noche, me dijo que estaba pensando en su molestia y no en el dolor que yo pudiera estar sintiendo, y fue así como descubrí que defendía a los suyos con su vida, que podía lidiar con cualquier daño que le hicieran a él, pero no sabía cómo manejar que hirieran a alguien que él quería.

Nos besamos confesándonos cuánto nos amábamos, supimos que estábamos hechos el uno para el otro, y que era nuestro destino estar juntos.

Una noche me llevó a la azotea de su edificio, pequeñas luces blancas estaban guindadas como si fueran luciérnagas iluminando el ambiente, flores blancas por doquier desprendían un aroma delicioso, una pequeña mesa de dos puestos con manjares y una manta con cojines fueron el escenario perfecto para pedirme matrimonio. Le dije que sí sin dudarlo.

Me besó como nunca me había besado, acarició mi piel sin dejar ni un solo espacio sin tocar, lamió y succionó las puntas de mis senos arrancándome suspiros, trazó caricias con sus dedos en los pliegues de mi entrepierna haciéndome gemir, luego su lengua continuó el trabajo de sus manos provocando espasmos de placer, y al penetrarme, mirándome a los ojos, le repetí que lo amaba cuando alcanzamos el orgasmo.

Poco podía saber yo lo que pasaría los días siguientes, hasta ese momento no había sido presentada formalmente a su familia, yo no lo había querido, me daba vergüenza, no me sentía digna de su amor, y por lo que pude atestiguar cuando los conocí, su familia estuvo de acuerdo conmigo.

Hicieron lo posible y lo imposible por detener nuestro casamiento: hablaron, lloraron, gritaron y amenazaron. Me ofrecieron dinero para irme del país, me despidieron del trabajo, y fue tan agotadora la batalla que decidí complacer sus deseos.

No tomé su dinero, solo empaqué mis cosas y me fui de la ciudad, ya lo había hecho una vez siendo más inexperta, y en esta ocasión contaba con unos ahorros y con la planificación de pagar por adelantado un hospedaje en mi nuevo destino: un pequeño pueblo costero del este donde podría conseguir trabajo en cualquier restaurant de los muchos que existían para los turistas. El lugar tenía un poco más de ocho mil habitantes y la corriente de visitantes era extensa, por lo que podría llevar una vida tranquila sin perder la costumbre de atender comensales que era lo que realmente me gustaba hacer.

No iba a cometer la bajeza de irme sin despedirme, y a pesar de que tenía rota el alma por terminar mi relación con Teo, más me dolió que él no pusiera resistencia, incluso parecía aliviado de que yo desapareciera de su vida. Me alejé de aquel lugar para recomenzar mi vida por última vez, porque si de algo estaba segura, es que no me mudaría de nuevo por un hombre.

***

Brizo resultó ser un lugar encantador, sus habitantes me recibieron como si fuera uno de ellos de toda la vida, me protegían como lo harían por un ser querido cercano, y a pesar de que intenté llevar una vida privada y alquilé una pequeña casa a las afueras, era inevitable que estuvieran pendientes de que nada me faltara; eran así, como una gran familia.

Conseguí trabajo como anfitriona y mesera en el restaurant de mariscos más famoso de la zona, el sueldo era modesto pero las propinas de los turistas eran sustanciosas, comencé a ahorrar considerando la posibilidad de comprar el lugar que rentaba y, quizás en un futuro, abrir mi propio restaurante. Mis metas se enfocaron en mí y lo que haría con mi vida el resto de mis días.

Jonás cambió las cosas cuando tenía un poco más de un año en Brizno, él era dueño de varios botes pesqueros y se encargaba de surtir a varias tiendas y restaurantes de la región. Era una persona humilde a pesar de su éxito y no ambicionaba más que una vida tranquila. Se fijó en mí, pero yo no en él, y así comenzó su conquista.

Fue paciente y estratega, no me acosó ni exigió nada, solo fue adentrándose en mi vida de forma gradual. Inicialmente lo comencé a considerar como un amigo, no sentía atracción por él ni deseaba una relación romántica, pero con el pasar de los meses ese cariño comenzó a evolucionar, lo conocí bien, a él y a su extensa familia, y muchos comenzaron a promover una posible unión.

Tres años después de haber llegado a lo que consideraba mi hogar definitivo, estaba comprometida por segunda vez. No estaba enamorada, lo admito, pero sus besos no me molestaban y hacer el amor no provocaba fuegos artificiales aunque se sentía agradable.

Luego de lo vivido con Teo dudaba de que alguien me hiciera estallar de placer como él lo hacía, sobre todo porque nunca lo dejé de amar, sin embargo, Jonás podía darme estabilidad y compañía, y su amistad lo era todo para mí.

Vivimos separados durante nuestro periodo de noviazgo. Había accedido a ser su esposa, pero me gustaba mi privacidad y deseaba vivirla por el tiempo que me quedaba como soltera. Mi prometido era un hombre calmado, por lo que sabía que la convivencia sería similar y eso me agradaba, y tener unas semanas más de soledad me permitiría ajustar mis expectativas para la nueva etapa que iba a comenzar.

Sé que suena calculador y frío, pero en el fondo me agradaba la idea de nuestra relación a largo plazo. La primera que tuve fue dolorosamente tormentosa, y la segunda extremadamente caliente, ambas me dejaron destruida y estar con alguien predecible me garantizaba la paz que deseaba vivir.

Era un cálido jueves en la noche cuando llegué agotada a mi adorada casa: una pequeña estructura de madera con un porche, tres habitaciones, dos sanitarios, una pequeña sala de estar y la cocina con su mesa y sillas para cuatro personas. La había pintado de azul y blanco porque me pareció apropiado con el lugar y la amaba. Jonás me había dado carta abierta para remodelar su casa como quisiera cuando nos casáramos, pero yo estaba considerando que viviéramos en la mía. Sé que era más pequeña que la suya, pero como él era capaz de hacer lo que fuera por mí, sabía que podía salirme con la mía si así lo quería.

Mi calle era poco iluminada por su lejanía, por lo que utilicé la linterna de mi celular para guiar mis pasos.

—Zuri —llamó la voz inconfundible de Teo desde la oscuridad donde se ubicaba el balancín de mi porche.

Pensé que me iba a desmayar al oírlo, me pregunté inmediatamente qué hacía ahí.

—¿Podemos hablar? —suplicó él con ese tono que tanto conocía.

—No hay nada de qué hablar, Teo. Nos enamoramos, nos comprometimos, tu familia se negó, permitimos que ellos decidieran por nosotros y nos separamos. ¿Qué más se puede decir al respecto? —repliqué encendiendo la luz externa de mi casa con el interruptor cerca de la ventana que daba al frente.

Me sorprendió detallarlo, estaba delgado, pálido y demacrado, unas profundas ojeras hacían ver como si sus ojos estuvieran hundidos, y a pesar de eso, me parecía siendo tan hermoso como el primer día. Lo amaba, nunca lo había dejado de amar. Mis ojos se llenaron de lágrimas y con firmeza me sacudí las ganas de llorar.

—Sé que tienes todo el derecho de pedirme que me vaya, pero, ¿puedes escucharme primero?

Ahí estaba su voz de súplica de nuevo, esa que cualquier otra persona podría considerar como una manipulación pero que yo sabía que era sincera.

No dije nada, solo lo invité a pasar con un gesto, él suspiró agradecido y se detuvo en medio de la sala de estar a esperar a que yo le ofreciera asiento, lo vi ojear los alrededores con aprobación, siempre apreció mis gustos para la decoración y pude notar en su mirada que le agradaba el lugar donde vivía.

—¿Quieres café? —pregunté entrando a la cocina para preparar un poco para mí, acostumbraba a tomar uno con leche y galletas dulces al llegar a casa.

—No, muchas gracias —negó él siguiéndome.

Le indiqué que se sentara en la mesa y él lo hizo.

—¿Cómo me encontraste? —curioseé intrigada.

—Le pagué a un detective privado —admitió sin miramientos. No debía extrañarme, tenía los medios para eso y mucho más.

—Supongo que es muy importante lo que tienes que decir —dije sin encararlo.

Pretendía estar tranquila pero me sentía mareada con la cabeza dando vueltas y el cuerpo temblando. Traté de esconder mi reacción por su presencia mientras preparaba mi acostumbrado bocadillo.

—Sí, y ahora que te tengo en frente no sé cómo decirlo —confesó él.

—Siempre fuiste una persona honesta, no te detengas ahora. Di lo que quieres y ya —repliqué deteniendo lo que hacía. Estaba actuando de manera automática en la cocina porque era una rutina, pero realmente tenía el estómago revuelto, y tanto el café como los dulces me caerían mal sin intentaba consumirlos.

—Te amo, Zuri, no he dejado de amarte ni un segundo desde que te fuiste —escupió sin anestesia.

Yo me giré y lo fulminé con la mirada, mi respuesta llegó a mis labios sin filtro:

—¿Cómo te atreves a aparecerte y decirme que todavía me amas? Han pasado más de tres años, Teo, ya yo pasé la página y no tienes ningún derecho a venir a importunar mi vida. Cuando me despedí no hiciste nada por detenerme, ambos dejamos que tu familia nos separara, y es muy tarde ya.

—Lo siento, Zuri, realmente lo siento. No puedo justificar mi comportamiento, no puedo justificar mi sumisión, no puedo justificar no haber luchado por ti. No puedo justificar nada, solo me queda suplicar por tu perdón —dijo él dejándome más anonadada de lo que estaba, se puso de pie pero evité que se me acercara con un gesto de mi mano.

—No hay nada que perdonar, Teo. No te odio ni te guardo rencor, puedes estar tranquilo en ese sentido —admití obviando el hecho de que todavía lo amaba.

—Solo estando contigo es que he sentido que la vida vale la pena, que cualquier contratiempo y obstáculo es insignificante, muchas veces me he preguntado si fuiste un sueño porque me cuesta creer que alguien tan maravilloso se fijó en mí.

—¿Qué dices, Teo? No hace falta palabrerías sin sentido, sabes muy bien que soy una chica sencilla sin educación ni talentos especiales, llamarme maravillosa es una zalamería desalmada —lo interrumpí contrariada.

—No sabes lo que dices, Zuri. Cuando amanecíamos juntos, no podía creer mi fortuna por tenerme a mi lado, solo me he sentido realmente vivo estando contigo, para mí no ha existido ni un antes, ni un después, mi vida fuiste y eres tú —insistió.

—Teo, por favor, no entiendo qué haces aquí diciendo estas cosas, ha pasado mucho tiempo y es cruel que estés aquí irrumpiendo mi paz, por favor. Basta, si eso es lo que querías decir ya lo hiciste, ahora, por favor, vete —dije sin poder evitar que un par de lágrimas escaparan de mis ojos.

—Cruel ha sido el tiempo que he estado sin ti, no me he perdonado haberte dejado ir, me ha destruido por completo, no importa cuánto dinero tenga, solo tú has tenido valor en mi existencia —replicó él provocando que mis piernas flaquearan, por lo que tuve que buscar asiento. Él se apresuró a arrodillarse frente a mí.

—No —le dije—, levántate, no te quiero de rodillas.

Teo ignoró mis palabras y tomó mis manos entre las suyas.

—Perdóname, por favor, te necesito, necesito tu voz, tu aroma, tus abrazos. Daría mi vida por sentir tus brazos rodeándome una vez más, que me estreches con toda tu fuerza y me mantengas a tu lado, congelar el tiempo y permanecer juntos para siempre —dijo besando el dorso de mis manos.

Sus palabras me estaban perturbando, mis lágrimas se convirtieron en cascadas indetenibles, y él continuó hablando:

—No creo que puedas imaginar lo agradecido que me siento de haberte conocido, por enseñarme a ver la vida a través de tus ojos optimistas, por acostumbrarme a disfrutar cada detalle que ofrece cada día: el olor a pan recién salido del horno, las estrellas brillando en la noche, el color del cielo al amanecer… No quiero pasar ni un minuto más sin ti, no quiero y no puedo. Nuestra separación me está haciendo perder la razón, me condena a días miserables, sin ti nunca podré ser feliz.

—Basta, Teo, por favor —supliqué yo—. Ya es tarde, ya es tarde.

—No digas eso, te lo ruego, no me rechaces. Si me perdonas me dedicaré a agradecerte todos los días que aceptes que compense estos años separados, que me permitas hacerte feliz. No puedo más con este dolor, dejarte ir ha sido el peor error que he cometido, y no quiero que se me vaya la vida lamentándome no poder estar contigo — suplicó él.

—¡Basta, te dije! —sentí la necesidad de gritar, y me levanté del asiento para alejarme de él—. Hablas de ti, de tu dolor, de tu felicidad, de lo que tú quieres, ni una sola vez me has preguntado si yo quiero estar contigo.

Teo se levantó y era innegable que se encontraba devastado, pero me conocía, me conocía mejor que nadie, siempre fuimos sinceros y nos dijimos todo, él sabía que todavía lo amaba aunque tratara de aparentar que no.

—Si me dejaste de amar, entonces te imploro que me des la oportunidad de enamorarte de nuevo —solicitó con firmeza.

—Te dije que ya es tarde —repetí sacando mi anillo de compromiso del bolsillo de mi pantalón, el cual guardaba ahí mientras trabajaba para que no se me perdiera.

Pude observar cómo el rostro de Teo se fue desfigurando mientras observaba como me colocaba la alhaja en el dedo anular, una flecha en el pecho le hubiera hecho menos daño.

—No, por favor, no —dijo sentándose de nuevo—. ¿Quién es?

—¿Importa? —replicó.

—¿Lo amas? —quiso saber.

No le respondí nada, no quería mentirle, no podía.

Él supo la respuesta, el silencio era todo lo que necesitaba para reunir el valor e intentar besarme, y yo no pude negarme. Lo extrañaba y necesitaba por más que lo bloqueé de mi mente y lo espantaba de mi cabeza cada vez que lo recordaba.

Me rodeó con sus fuertes brazos y unió sus labios a los míos, suspiré extasiada y sentí como si hubiera estado perdida y hubiera regresado a mi hogar, su delicioso aliento me envolvió e intoxicó como si él fuera una botella de alcohol y yo una alcohólica, su lengua encontró la mía desesperada por acariciarla de nuevo, y de esa manera nuestras ropas fueron volando por los aires hasta que nos encontramos desnudos sobre el suelo de la cocina, donde me penetró con fuerza al notar que mis jugos prepararon mi entrepierna para recibirlo, mientras daba estocadas suaves y duras buscando alargar el momento, me miraba a los ojos, me besaba la boca y el cuello y me susurraba palabras de amor en el oído.

Me juró amor eterno, me prometió que compensaría no haber luchado por mí antes, y me aseguró que pasaría el resto de su vida haciéndome sentir amada.

Extasiados y agotados con nuestras respiraciones aceleradas todavía, pensé en Jonás y en la traición que estaba cometiendo. Me levanté en silencio y busqué mi ropa, mi sostenedor estaba sobre el refrigerador, y mis bragas dentro de una taza vacía, sus calzoncillos estaban sobre un helecho que colgaba junto a la ventana, y así estaban el resto de nuestras prendas regados a nuestro alrededor.

—Esto no puede ser, Teo —dije tajantemente—. Me gusta este lugar, tengo planes y no puedo deshacerlos por ti. Este pueblo me ha acogido como uno de los suyos, mi prometido es muy querido y romperle el corazón sería devastador para muchos, no solo para él, también para mi paz. Lo siento, como te dije, ya es muy tarde.

Teo se vistió sin pronunciar una palabra, lo conocía, estaba reflexionando y maquinando una respuesta adecuada, no dudaba de que la conseguiría y que sería mi perdición:

—No quiero interrumpir tus planes, ni menoscabar tu paz y el hogar que encontraste. Si me lo permites, hablaré con tu prometido y le explicaré que vine para recuperarte, y también lo haré con cada persona del pueblo para que sepan que no quiero hacerle daño a nadie, solo quiero recuperar a la persona que es capaz de hacerme sentir que vale la pena vivir.

—¡Estás loco! No puedes hablar con Jonás, ni con la gente del pueblo. No puedes poner mi mundo de cabeza porque de pronto tuviste una epifanía. Lo nuestro se acabó —repliqué realmente molesta.

Teo se acercó a mí como un huracán besándome como solo él sabía hacerlo, haciendo que mis rodillas flaquearan al igual que mi voluntad, ¿a quién quería engañar? Cuando interrumpió nuestro beso, pude preguntar jadeante:

—¿Pretendes mudarte a este pequeño pueblo, chico de ciudad?

—Sí —replicó con firmeza—. Salí de casa con una maleta y con los ahorros en el banco por mi trabajo. Le informé a mi familia que renunciaba a la empresa y que no me buscaran, que te iba a recuperar y que me quedaría donde tú estuvieras.

—Esto es una locura —dije apoyando mi frente en su pecho, él me besó la coronilla diciendo:

—No, no lo es. Seremos felices juntos, ya lo verás.

—No lo sé, Teo. Me perturba mucho hacerle daño a Jonás y a su familia, me duele pensar que la gente del pueblo me va a rechazar y te va a rechazar —susurré realmente preocupada.

—¿Dudas de mis encantos? —preguntó simulando un tono ofendido.

Solté una carcajada y lo abracé con fuerza.

—¿Dónde están tus cosas? —curioseé.

—En un hostal en el centro del pueblo.

—Creo que debes quedarte ahí hasta que afinemos los detalles, necesito hablar con Jonás primero. Eso debo hacerlo yo —le dije.

—Yo también debería hablar con él, tomar responsabilidad del daño que le vamos a causar —insistió Teo.

—Un paso a la vez —repliqué realmente preocupada.

Sí, íbamos a causar daño y eso me encogía el estómago.

Nos besamos durante un largo rato antes de que tuviera que obligarlo a irse, lo cual hizo eventualmente de manera renuente.

Las cosas no fueron tan difíciles como había pensado que podían ser; Jonás se comportó como un caballero, comprendió que siguiera enamorada de Teo y sinceramente deseaba mi felicidad, todos fueron mucho más comprensivos de lo que hubiera podido imaginar, estoy convencida de que ellos sabían que no lo amaba, y que apoyaron la relación porque no les gustaba verme sola.

Teo se ganó los corazones de todos, habló de frente con Jonás y su familia, y poco a poco fue conquistando el cariño de cada habitante que conoció. Por un tiempo trabajó en una posada como gerente, sus conocimientos citadinos le vinieron como anillo al dedo a los dueños del establecimiento más popular del pueblo, y luego, con sus ahorros y con los míos, la compramos y mientras yo trabajaba en el área de alimentación, él en el alojamiento.

Su familia intentó disuadirlo para que volviera a la ciudad asegurando que aceptaban nuestra unión, pero ambos nos negamos, habíamos conseguido un lugar donde éramos dichosos y respetados, donde tuvimos a nuestros dos hijos y fuimos felices hasta el fin de nuestras vidas, y donde nos reencontramos para amarnos como solo nosotros sabíamos hacerlo.


FIN

10 de Mayo de 2021 a las 14:32 0 Reporte Insertar Seguir historia
0
Fin

Conoce al autor

Ondrea Lion "Las palabras viajan de mi imaginación a mis dedos..." Me encanta la lluvia y el café junto a un buen libro, y la música es mi mejor compañía cuando escribo, puedo, literalmente, imaginarme historias detrás de una canción. Me gusta mucho leer los comentarios de los lectores en mis obras, es como si tuvieramos una complicidad junto con la historia. Muchas, muchas, muchas gracias por leerme, siempre alegran mi día :D Instagram: @ondrealion

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~