lukasgress Lucas Gress

A pocas horas del armagedón, un grupo de jóvenes caminan por los despojos de una ciudad en dirección al único edificio en pie: la residencia de una mujer misteriosa que parece ser la única clave para salvar al mundo. Sin embargo, unos secretos yacen resguardados en aquella casa tan peculiar, y su protagonista está a punto de revelarlos.


Ciencia ficción Distopia Todo público.

#tiempo #apocalipsis #cuento
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La residencia de madame Cornet

Ocurrió en una época convulsa. El volcán acababa de registrar su última erupción y la ceniza caía sobre las calles y avenidas como una plaga bíblica. Por si fuera poco, una rebelión se había iniciado en la capital hacía apenas un par de días, y una ola de violentos guerrilleros asaltaba las diferentes demarcaciones del territorio, reclutándo y asesinando personas casi sin ninguna justificación.

Caminábamos por lo que en su tiempo fue la avenida de Juárez, todos en fila india y con los ojos atentos en cada esquina para no cruzarnos con alguna caravana rebelde o patrulla federal que pudiera confundirnos con partidarios del bando contrario. Yo ya le había dicho a Pedro Olivos que aquella travesía era demasiado arriesgada considerando las circunstancias. Pero él, obstinado como era su costumbre, me contestó que éramos muy pobres y que nuestras únicas opciones, además de la que todo nuestro grupo ya había acordado, eran unirnos al partido de los insurgentes o perecer ante las balas cargadas de resentimiento de los federales.

—Eso si de paso no nos violan primero —complementó Margarita Villaseñor, quien, todavía vestida con el uniforme de la preparatoria dos, comandaba nuestra pequeña carava junto con Olivos. —Bueno, a nosotras, claro está.

—¡Eh! ¡Pero que no se crean!, —intervino Silvia Prado— que hoy en día hasta el general más cuadrado saca a relucir sus preferencias. Si fuera tú, Olivos, tendría cuidado de que ningún oficial me vaya a ver con buenos ojos.

—Pues yo sí me hubiera unido a los insurgentes, suponiendo que fueran ellos los primeros en aparecer por Canaritas y no los federales —exclamó Jaimito Gómez mientras hondaba en el aire un machete con tanto óxido que era dificil imaginar que pudiera cortar si quiera un mechón de cabello con él—. Yo sí le ando rebanando el cuello a uno que otro burgués.

—Pero ya te he dicho que no venimos a pelear, Jaime —contestó Pedro Olivos—. Y tira ya esa chingadera, que a la hora de la hora vas a ser el primero en salir corriendo. ¿De qué te sirve? Nosotros no somos salvajes ni pendejos; y esos insurgentes no son ni liberales ni justos, ¿o acaso no has aprendido lo suficiente de la historia de este país? Aquí la mierda prospera más rápido…

—Y eso, porque nunca faltan líderes con hartas ganas de cagar.

—Además, mano —intervino por fin Eric Fernández, quien de los ocho era el más silencioso —uno de esos burgueses a los que tanto desprecias, te va a salvar el pellejo esta noche y hasta te va a brindar una cama dónde dormir. ¿O acaso tú crees que a esta hora tu pinche pocilga va a seguir en pie? Nomás mira hasta dónde se ha elevado la ceniza. No me sorprendería que en la Guadalupana ya todos los techos se hayan venido abajo.

Eric era uno de los mayores del grupo. Antes de la precipitada ola de acontecimientos, había sido profesor de nivel básico en un pueblo donde ahora yacía un lienzo de muerte y roca fundida, y el cual se reflejaba a través de sus ojos ensombrecidos. A su lado caminaba Alberto García, también profesor rural y de la misma edad de Eric. Éste, con un talante menos melancólico que su compañero, tenía como costumbre llevar un cigarro en la oreja y acompañar todas sus frases con un “digo”, que usaba para aligerar la carga de su opinión.

—Esta ya de por sí era una ciudad de mierda, digo, se veía venir que el golpe iba a empezar de este lado del país.

—No seas así, Alberto, que casi la mitad del grupo nacimos aquí.

—Tú no naciste aquí, Diego, no mientas. Tú eres sureño, si no mal recuerdo. Llegaste aquí desde muy chico, que es diferente.

—Soy más chilango que tú, Blanquita. Al fin y al cabo, yo nunca tuve sueños guajiros de haber nacido gringo, como tú comprenderás.

Blanca y Diego eran dos tórtolos enamorados que demostraban su amorío entre querellas y maldiciones mezcladas con adjetivos cursilones que a su edad sonaban chocantes. Es que ambos en realidad eran personas atrapadas en mundos distantes: Diego, bajo la idea de ser un digno descendiente de la solitaria estirpe que describió algún día el laberinto de un Octavio Paz olvidado por nuestros contemporáneos; y Blanca, una risueña pobretona que andaba de bazar en bazar comprando bisutería y ropa americana, diciendo palabras tan añejas como nais, cool, ten-kiu y oh my go’.

—Ya estamos cerca. Una de éstas debe ser —previno Silvia Prado quien, como si llevara una brújula en la mano, exploraba la pantalla táctil de su teléfono mientras alzaba la vista por todo el rededor.

—Ocre 204, decía el mensaje —expuso Olivos.

Sobre una calle inundada de ceniza, atrapada en una espesa neblina y la opacidad del alumbrado público, se levantaba un muro de cantera pulida con cancelería de hierro sólido de color verde y una puerta diminuta sobre la que estaba grabado el número 204, y una insignia que reconocimos de inmediato. Habíamos llegado a la residencia de Madame Cornett.

Estábamos por llamar a la puerta cuando, desde una de las esquinas de la calle, vimos aproximarse a una oleada de al menos veinte jóvenes que corrían horrorizados, perseguidos por las detonaciones de armas de distintos calibres, y un tumulto de carcajadas y gritos belicosos montados en vehículos cuyos escapes soltaban exhalaciones exageradas de CO2. Fue entonces que Pedro Olivos, sin siquiera pensarlo dos veces, alcanzó de un salto uno de los bordes de la marquesina de dos aguas que coronaba la entrada de la residencia, y trepó hasta el otro lado casi con la misma agilidad que cuando era capitán del equipo de basket en a preparatoria.

—¿Qué haces, Pedro? —exhaló acaloradamente,Blanco. Pero Pedro, sin perder ni un sólo segundo en explicaciones, ctuando más bien por mero instinto, accionó el pasador del otro lado en un sólo movimiento y abrió la puerta para que nosotros, y los veinte muchachos que corrían frente a lo que parecía ser un peligro inminente todavía atrapado en la invisibilidad de la neblina, pudiéramos entrar.

En cuanto el último cruzó el umbral, la puerta se cerró de golpe y la atmósfera se reestableció en una noche clara y silenciosa, como ésas a las que Eric estaba acostumbrado a contemplar después de una dura jornada en el salón de clases.

—Es el proyector ambiental —explico Margarita. —Funciona a base de una Pantalla de humo. No se rían, el sentido es completamente literal. Se trata de ondas de video viajando entre moléculas dispersas que flotan como la neblina en puntos estratégicos. La carencia de ruido y todo rastro del caos exterior se debe a los anuladores de ondas de ruido y los ventiladores que hay por toda la residencia.

—¿O sea que tampoco los de allá fuera pueden vernos? —preguntó uno de los veinte muchachos que venían siendo perseguidos por la caravana de rebeldes.

—Ellos ven lo mismos que nosotros veíamos cuando estábamos detrás de ese muro. Una simple fachada atrapada entre la neblina. Cuando el clima es menos denso que hoy, se proyecta un patio vacío. Eso se debe a que las ondas transmiten imágenes completamente diferentes en el exterior y en el interior de la pantalla. Naturalmente el exterior siempre será una ilusión reflejante de lo que hay afuera.

—Aunque no nos vean —intervino una chica que también venía con el grupo de los veinte— ellos pudieron percatarse de que entramos aquí. Con o sin pantalla de humo van a llenar de plomo este lugar. ¡Nos matarán a todos!

—¡Cálmense! —vociferó Pedro— Ningún desgraciado se atrevería a asestar una bala contra la residencia de Madame Cornett. Cualquier atentado contra ella significaría la ruina inmediata para cualquiera de los dos bandos.

—¿Y de qué lado está esa tal madame Cornet? —inquirió la misma chica.

—Del nuestro —concluyó Diego, quien a ese punto llevaba dándose tirones melosos de la mano de Blanca.

—Bien. Al grano —intervino Jaimito, quien sin darse cuenta había tirado su machete oxidado entre el desconcierto junto a la puerta. —¿A dónde vamos ahora?

—Madame Cornett está reunida con algunos burócratas y líderes sindicales en este momento —explicó Eric Fernández, quien venía precisamente de uno de los senderos del patio que conectaban con la puerta principal. —Acaba de decirme por mensaje que entremos por la puerta de servicio y esperemos dentro de la galería. Ella vendrá a nuestro encuentro en cuanto se desocupe.

—¿Y qué hay de nosotros? —preguntó, un tanto histérico, el mismo muchacho que minutos antes había hecho la pregunta sobre la cortina de humo.

—Las indicaciones contemplan a todos. Madame Cornett les manda la más cordial bienvenida. —Luego, dirigiéndose al resto del grupo de los veinte, continuó: —si alguno de ustedes está herido ,notifíquelo de inmediato. En nuestro grupo contamos con dos de los más experimentados estudiantes de medicina de la universidad de Canaritas antes de que ésta fuera arrasada por los grupos de choque.

Ninguno de los veinte presentaba algo más que una cuantiosa incertidumbre. Sin embargo, apenas se percataron de nuestra hospitalidad, atendieron nuestras indicaciones sin tantas preguntas. Entramos por la puerta de servicio hasta lo que parecía ser una casa completamente ajena a la residencia: dos plantas, debajo un pequeño comedor, una cocina y un medio baño bajo la escalera, arriba tres habitaciones y un pasillo en media luna el cual era cortado por otro pasillo más angosto que conectaba con la galería.

—Madame Cornett dice que si tienen hambre pueden disponer de la comida que hay en el desayunador. Intenten ser racionales, se espera que lleguen 30 personas más —volvió a proferir Eric, quien en ese momento se había convertido en una especie de heraldo de nuestra anfitriona.

—Eric, amigo —intervino Pedro. —Lo mejor es que, además de la comida, dispongamos de una cama para descansar. Fue una travesía larga y tanta ceniza me hizo añicos los pulmones.

—Entiendo. Revisaré el cupo de las habitaciones y enseguida vuelvo con las asignaciones de cada uno. Albert, me acompañas.

Mientras Eric y Alberto sondeaban las camas de las habitaciones, el grupo de los veinte devoraba la comida del desayunador, Diego y Blanca se daban arrumacos, y Silvia, Margarita y Jaimito jugaban a las cartas. Yo caminé hasta el largo pasillo de media luna en el segundo piso y entré por el angosto corredor hasta la galería guiado por un presentimiento de nostalgia.

La galería constaba de cuantiosos cuadros colgados en una inmensa pared de azul Francia, con columnas y cornisas de color calizo, las cuales apenas si brillaban con el resplandor de una luna menguante dibujada desde afuera por las partículas del proyector de la pantalla de humo y cuyo resplandor, nítido como si del astro original se tratase, se colaba entre las cortinas traslucidas de la única ventana de la galería. Todos los cuadros eran sobre Madame Cornett: había desde fotografías de acetato, viejos retratos a lápiz, pinturas al óleo y fotografías digitales enormes. Estaban también retratos de su esposo, el difunto coronel Maximino Cienfuegos, y una imagen post mortem de un hijo agobiado hasta la muerte por una nueva epidemia de gripe española que al gobierno se le fue de las manos en el lejano año de 2036.

Aquello era una especie de espejo al pasado, una colección de vidas aglomeradas en un espacio tan diminuto como un carrete antiguo de película. El tiempo estaba allí encapsulado en ese desfile de rostros idénticos pero cuyos elementos ornamentales cambiaban en una vertiginosa cadena evolutiva. Los vestidos, la bisutería y, tal vez menos notorias, las arrugas de la edad de Madame Cornett y su esposo contrastaban notablemente unas con otras.

—Imágenes que hubieran sido capaces de dar la vuelta al mundo, pero que, sin embargo, terminaron para siempre encerradas en esta galería inhóspita e inimaginable.

Pedro Olivos, quien hasta en ese momento me había seguido sigiloso hasta la galería, contemplaba con la misma devoción cada uno de los cuadros.

—No sólo las imágenes —le dije—. ¿Ves esas vitrinas? Allí hay cartas más antiguas que la memoria de la persona más longeva de nuestro tiempo. En alguna de esas cartas se haya el primer esbozo de la inimaginable pantalla de humo; el principio de todas esas máquinas concebidas por nuestros antepasados.

—¿Quién hubiera dicho que sólo los autos voladores serían un fracaso? Lo demás incluso superó lo imaginado.

—Bueno, es que lo de los autos voladores era una idea tan caprichosa como la del helado que jamás se derretía. ¿Dónde queda el sentido de las cosas sin tantas dificultades? Si algún día los hombres hubieran tenido la capacidad de volar o teletransportarse en un instante a grandes distancias, nuestra vida, sencillamente, habría perdido todo sentido.

—Como si hoy tuviera un poco de sentido.

—Curiosamente, la vida me parece un poco más sensata ahora que está a punto de extinguirse.

—Estás siendo muy poco optimista.

—Si no mal recuerdo, hace ya mucho tiempo que no es un pecado prescindir del optimismo de vez en cuando.

—Todo es cosa de perspectiva.

—Mi madre decía que era cuestión de predisposición. ¿Será lo mismo? Cualquiera de las dos cosas resulta una tremenda pendejada. Todos sabemos cómo acabará nuestra historia.

—No todos. Nadie más es un viajero como tú y los Cornett. ¿Dónde la conociste?

—¿A Madame Cornet? En la universidad. Era mi maestra de Ética profesional. Debo decir que la conocí en mis peores días. Si no mal recuerdo, coincidí con ella en un pasillo de la Facultad el mismo día que había intentado arrojarme a las vías del metro.

—¿De veras?

—Sí. Pero no me arrojé porque justo en el instante que iba a hacerlo, alguien más compartió mi idea. ¡No te miento! Estuve a milésimas de segundo de arrojarme cuando escuché los gritos de la gente al inicio del andén y ese olor a sangre.

—Fue durante la “epidemia” de suicidios de los 50’s.

—En realidad fue algo más reciente. Quizás cuando me enteré de mi condición de nómada del tiempo. Esa misma tarde conocí a Madame Cornett y, un día después, el destino final en el que estamos envueltos hoy en día.

—¿La guerra?

—Esto no es una guerra sino una catástrofe.

—Dicen que lo de la bomba en Europa fue un error de curso. Que el proyectil iría al océano, allí donde antes estaban esas islas.

—¡Qué importa ya! Estamos jodidos.

—El país prosperará. Ya lo verás. Estas insurgencias siempre acaban en un relativo estado de paz. Después de todo, las premoniciones no son todavía una ciencia, ni siquiera a estas alturas. ¿Y cómo era Madame Cornett cuando era profesora? Yo la conocí hace muy poco tiempo, antes de que se encerrara en esta residencia y comenzaran las primeras reuniones de la logia.

—Por aquel entonces se decían muchas cosas de Madame Cornett. Que era una oradora brillante, que una personalidad como la suya debía ser invitada a las charlas sobre emprendimiento y couching de vida. Sin embargo, ella siempre fue fiel a su vida como académica, y prefirió enterrarse entre nombres empolvados antes que ser una personalidad. En el aula era una persona completamente distinta. como profesora se nos presentaba igual a otro ser humano, alguien tan imperfecta como cualquiera de sus estudiantes. Es una mujer maravillosa, si me lo preguntas, alguien que no se merece que su rostro y la historia de toda una vida, yazca en este mausoleo azulado.

—Dicen también que es familiar de Carlota, la emperatriz que vino con su esposo en la época de la Reforma.

—Eso dicen.

—¿Ella lo niega?

—No exactamente. Si le preguntas es lo que te contesta: “eso dicen”.

—¿Hace cuánto murió su esposo?

—Oficialmente hace cinco años. Pero Madame Cornett alguna vez me envió una carta diciendome que el llevaba muerto mucho tiempo atrás. ¿Sí me entiendes, no?

—Suponía que ni siquiera ella confiaba en lo que decían los medios. Es más que una teoría conspirativa eso de que dicen que fue asesinado por su propio partido, que llevaba siendo planeado desde que decidió abogar por la destitución del presidente de Estados Unidos. Aun así, ella nunca hizo ningún revuelo.

—Siempre ha sido una mujer discreta.

—Precavida, querrás decir.

—Astuta, a final de cuentas.

—Por eso ella va a ganar esta guerra. Suponiendo que en la guerra en verdad existan ganadores.

—Esto no es una guerra, ya te lo dije, sino una catástrofe. Ni siquiera la diplomacia, la astucia, ni riqueza de Madame Cornett podrán sobreponerse a tales circunstancias. Hemos llegado aquí sólo para pasar nuestros últimos días bajo un techo que nos de calor y consuelo, un lugar de reposo antes de que la salida al otro lado del túnel nos ahorque. El fin de los tiempos está a la vuelta de la esquina, y lo único que consiguió hacer Madame Cornett es usar esta casa, que siempre sintió demasiado vacía, para regalarlos al menos un momento de tranquilidad y de confort. Techo, comida y agua. Somos jóvenes a quienes nos fue arrebatado el futuro, ella lo sabe, y por eso nos da aunque sea una probada de vida en este lugar.

—¿No tienes ni un poco de fe en que saldremos adelante?

—La perdí el día que este mundo se llenó de ciegos. Es casi como decía esa canción, ¿cuál era?

—Y aún así piensas quedarte aquí. Con una mentalidad como la tuya, te imagino más bien luchando en el frente de los anarquistas.

—Madame Cornett y yo somos amigos desde hace tiempo.

—¿Y ella sabe cómo piensas?

—Ella me conoce mejor que cualquiera. Sabe lo que pienso, lo que busco y por qué estoy aquí.

—¿Por qué estás aquí?

—Busco una sola respuesta...

La música de una película perdida en el pasado, las imágenes, los nombres. Todo parecía perfectamente acomodado igual a la última visión ¿Existen otras vidas? ¿Es posible verter los gramos de nuestra existencia entre distintos fragmentos de este caldo cósmico? Tantos sueños entrelazados con el tiempo, y la respuesta volviéndose más difusa con cada nuevo descubrimiento, habían vuelto mi búsqueda una especie de rompecabezas que con el tiempo se fue volviéndo más difícil de ensamblar. Y sólo su nombre como indicio, y esos ojos que nunca cambiaron, y la hulla de sus virtudes, me tenían atado allí, como a un destino; pero, al mismo tiempo, una desición arraigada en un pedazo perdido del tiempo: ¿en el pasado, o en el futuro?

—¿Qué respuesta?

—Estoy aquí porque estoy enamorado—respondí sin siquiera pensarlo. Ya no había mucho por qué reflexionar—. Le amo locamente desde hace mucho tiempo. Tanto la amo, que veo en sus años más razones para atesorarla. Sin embargo, ahora que miro sus fotos, resguardadas aquí para siempre, las cartas con su esposo, los tratados originales que ella erigió y nadie reconoció con su nombre, su gentil forma de ser humano que sólo unos cuantos conocimos; me absorbe una brutal tristeza. Ya no sólo quiero decirle que la amo, sino que siento deseos de morir junto a ella, en este trasto de fragmentos de tiempo. Fundirnos para siempre en esta realidad perdida y reencontranos, por fin, en el silencio total de la existencia.

—¿De veras piensas decirle que la amas?

—En el fondo sé que ella ya lo sabe. Lo sabe desde que nos vimos la primera vez, cuando me contó de su esposo, y confió en mí su mayor secreto. ¿Prima de Carlota, dices? No. Hay cosas que no se explican con adjetivos a los que estamos acostumbrado. Adjetivos filiales a los que ni siquiera les hemos puesto nombres.

—No entiendo lo último que dices. Pero mira, ya viene. Seguro terminaron las negociaciones.

—Así es, aquí viene. Puntual, como siempre, y elegante para presenciar las últimas horas que le restan a este mundo. Igual que la última vez.

29 de Julio de 2021 a las 00:14 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Lucas Gress Lucas Gress (Ciudad de México, 1994). Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Educación por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Primer lugar a nivel estatal en el Concurso de Expresión Literaria sobre los Símbolos Patríos organizado por la SEP, participando como figura educativa del CONAFE. A la fecha ha participado en talleres de creación literaria y narrativa.

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