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Jose Marcano


"Xande y el armadillo de plata" nos cuenta la historia de Xande, un chico de 15 años con un sueño, como cualquier otro adolescente, el de el? ser un futbolista reconocido. una tarde de lluvia, con la tristeza de no quedar seleccionado en su equipo, la magia de un extraño amuleto lo llevara a un mundo lleno de misterio y magia. De la mano de su inseparable amigo, un balón de futbol y de su entrañable mascota Zitiki, Xande emprenderá una fantástica aventura, llena de belleza y creaturas extraordinarias en busca de su anhelado sueño.


Aventura Todo público.

#misterio #sueños #futbol #magia #mundo #aventua
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El punto penal

La respiración de Xande se escuchaba como la de un toro

salvaje en plena estampida, corría con sus largas piernas

en enormes zancadas, desordenado en su cabalgar, atropellándose

en su carrera, volando en su pensamiento; seguro

estaba de que era el mismo rayo, sentía que se despegaba del

suelo como si Hermes le hubiera prestado sus zapatillas aladas.

Su rostro marcaba la batalla épica que se libraba en su

interior, producto del esfuerzo; volaba, así lo sentía, lo sabía,

sí, volaba por la banda derecha y el balón rodaba con una rapidez

real contraria a sus pensamientos por la banda izquierda

del campo de fútbol, espacio algo irregular diríase, muy

lejos de ser una mega construcción, más bien muy cercano a

un estadio que puede mirarse con tristes imágenes de la simplicidad.

Con las ganas y la fuerza que le quedaba luego de

esa estampida por todo el campo, el delgado joven de quince

años se perfiló cambiando de dirección desde la banda derecha

hacia el centro del rectángulo grande de la portería rival,

a un metro del punto penal y de manera perfecta, con un salto

que le hizo sentirse dueño del aire, se elevó.

Faltaban segundos de partido, solo faltaba que el árbitro

sonara su silbato para darle fin al encuentro que iba a decidir

no solo la jerarquía entre ambos grupos del club naranja sino

que iba a decidir los veinte jugadores para el equipo definitivo

que representaría al club en las nacionales de ese año.

Allí estaba la oportunidad que llevaba meses persiguiendo

y que hasta hoy le era mezquina, en menos de un segundo

perdonó todo gris vivir que le acompañó hasta ese momento,

vio todo su pasado lerdo pasar por su cabeza, y le sonrió

con esa sonrisa de despedida para siempre, porque para él,

ya no regresaría más, ya no sería más el lento que todo el

mundo señalaba cada vez que iba a entrenar o cada vez que

le daban la oportunidad de entrar a defender la camiseta

naranja dentro del campo de juego, mucho menos la Pereza

como le decían sus compañeros de equipo cada vez que

le tocaba ir por el balón y nunca le llegaba. Quería ganar

su confianza, como le decía su entrenador: «si quieres el

respeto de tus compañeros, no lo conseguirás peleando ni

enemistándote con todo el que te exija más de lo que das, ni

mucho menos queriendo hacer justicia tú solo en cada partido.

Se trata de otra cosa muy diferente, tienes que tener

actitud, respeto hacia tus compañeros, hacia tu entrenador

y lo más importante respeto hacia ti mismo, trabaja en eso

y verás que poco a poco te integrarás y te aceptaran». Esta

era su oportunidad, era el gran salto al logro y al encuentro

definitivo con el fútbol y toda la felicidad que trae consigo,

pues ya las amarguras llegaban hasta hoy, tan grande

como el salto que hizo al encuentro con el balón, un salto

potente e imponente además de elegante. Seguro y fuerte,

su mirada estaba puesta en el proyectil que se acercaba hacia

él con una velocidad centelleante. Encomendado a una

tarea de gloria, el balón iba directo a su cabeza y él sabía

qué hacer, pues lo había practicado una y otra vez, día tras

día, muchas horas en la mañana y otras muchas horas por

la tarde; lo repasaba acostado sobre su cama antes de dormirse

y diez minutos antes de levantarse volvía a la inagotable

tarea del repaso balompédico. En el campo después

que terminaban los entrenamientos cabeceaba una y otra

vez, saltaba una y otra vez, pateaba una y otra vez y luego

repetía la misma rutina de cabeceo, saltos y patadas en sus

sueños. No quería desperdiciar tiempo alguno. ¿Cómo fallar?

No había lugar para errores. Era su balón, estaba en su

campo y era su juego. Hoy era su día, un día azul no gris,

sin lluvia, con un sol expectante viendo el partido, el día lo

tenía todo para triunfar, solo faltaba Xande y el encuentro

con el balón. El último intento y el único que tendría durante

todos los ochenta minutos que duraría el encuentro, pues

al joven futbolista le costaba mucho encontrarse con la esférica.

Amaba la pelota, a su corta edad ya sentía una pasión

desbordada por el fútbol. La mayor parte su tiempo libre la

pasaba con un balón, dormía con él y en sus sueños siempre

aparecía él tras de ella, y ella sin dejarse dominar, hasta

que exhausto de tanto correr caía con rodilla en tierra y se

daba cuenta de que la bola estaba a su lado, todo el tiempo

estuvo cerca de sus pies como queriéndole decir que ella

siempre ha estado allí y que solo él no se daba cuenta, que

la distancia entre ella y él solo estaba en su cabeza.

El balón impactó en su frente como un meteorito cuando

impacta con la tierra. Su cabeza se llenó de luz y gritos

eufóricos de representantes y amigos que se encontraban

allí para dar apoyo a sus jugadores. Los gritos llenos de

euforia que venían desde las gradas pasaron a ser solo murmullos

de personas a lo lejos, en la cabeza de Xande, sentía

como lo tomaban y lo halaban, no podía ver nada, tanta luz

no le permitía abrir los ojos.

—¿Qué ha pasado? —preguntaba, pero nadie le respondía.

—¿Ganamos? ¿Lo hice? —seguían los murmullos a lo

lejos.

La luz se fue disipando de manera acelerada, y al igual

que los murmullos que zumbaban en su cabeza, todo lo fue

devorando una oscuridad impoluta hasta no quedar ningún

rastro de luz. Ya no se escuchaba nada, solo los latidos

de su corazón cansado y temeroso. Para ese momento,

nadie sabía de él, ni él mismo. Todo se detuvo, todo había

desaparecido, todo estaba oscuro. Xande parecía estar inmerso

en un abismal hoyo negro. Flotaba, ya no volaba; su

cuerpo estaba inerte, ya no corría. De repente, un rayo con

un gigantesco estruendo como enviado por el mismo Zeus,

penetró el negro infinito donde se encontraba el perdido

luchador con sus zapatillas aladas, y lo rescató hacia la luz.

Y así como así, abrió los ojos; ahora sí podía ver, aunque la

luz del sol que miraba, preocupado por la suerte del joven,

le molestaba los ojos. Veía a sus compañeros frente a él,

veía que le hablaban pero el sonido del rayo aun aturdía

sus oídos y no le dejaba escuchar otra cosa. Veía como sus

compañeros chocaban sus manos y chasqueaban sus dedos

frente a su rostro, pero él escuchaba nada más que el relámpago

en su cabeza.

Poco a poco el estruendo que atormentaba al soñador

futbolista fue abandonando su cabeza, dejando espacio a

las palabras de sus compañeros que luchaban por entrar y

rescatarlo del limbo donde, decían bromeando entre ellos,

él se encontraba. Hasta que al fin logro ver y escuchar

completamente el mundo real.

—¿Qué pasó?, ¿ganamos? —haciendo una pausa más

larga— ¿Lo hice? —volvió a preguntar.

Esta vez sí le pudieron escuchar los que allí se encontraban,

estaban casi todos sus compañeros: el entrenador,

el árbitro, todos preocupados, rodeando al atontado y fatigado

jugador tendido sobre el suelo, que era más tierra que

césped. Allí en el mismo lugar donde se elevó con aquel

buen salto buscando la gloria de su edad adolescente, todos

lo escucharon y algunos empezaron a reír a carcajadas,

mientras el resto, que eran de su gremio hermano, se mostraron

molestos. Ya era costumbre para ellos ver como su

amigo vivía cada situación de bochorno y torpeza en los

entrenamientos y en los partidos que jugaba siendo siempre

el objeto de burlas de la comunidad naranja que se daba

cita cada tarde de entrenamiento o en cada partido.

—¡Está bien Xande, eres un crack! —con tono enfadado

le dijo Felipe, quien era el jugador líder y capitán de su

equipo.

—¡Un gol no, hiciste dos, el árbitro te regaló el otro!

—Mario, quien no era atleta habitual de entrenamientos, pero

que entregaba el alma cada vez que le tocaba entrar en una

cancha, le habló con una mezcla de sarcasmo y molestia por

la falta de actitud de su amigo, para luego retirarse del terreno

de juego.

El espigado adolescente, sin querer moverse de donde se

encontraba tendido boca arriba, con las manos cruzadas sobre

su cabeza y sus piernas flexionadas con las rodillas chocándose

entre ellas, permanecía con la mirada puesta en el cielo

mientras escuchaba las risas de sus compañeros alejarse, así

como también el regaño de sus amigos. Sentía como se iba

quedando solo, pensaba en el milagro de entrar entre los veinte,

pues, como era obvio y a juzgar por el trato de sus compañeros,

lo que había pasado en el campo no era nada bueno

para él. Repasaba a ver dónde encontraba esa posibilidad que

lo metiera en el equipo, pero a medida que iba buscando y

rebuscando, cada vez encontraba menos puntos favorables.

Estaba difícil, pero su entrenador le había enseñado a no rendirse.

«¿Y cómo no rendirse cuando solo hay tropiezos y más

tropiezos?», se preguntaba. «Si estoy claro en que el problema

lo tengo yo, ¿cómo hago para darle solución?», se cuestionaba

mientras se llevaba las manos a la cara. Y cuando creía que ya

había quedado solo, la voz de Juanpe, su mejor amigo, apareció

irrumpiendo el pensamiento ahogado y sin claridad que

lo mantenía abismado dentro de sí mismo. Juanpe era el único

que seguía de pie cerca de Xande mirando hacia el cielo, esperando

que su amigo se levantara para salir del campo juntos,

pero éste no se levantaba.

—Xande, tú siempre con lo mismo. ¡Despierta amigo

mío! —le hablo Juanpe con palabras firmes y mucha seriedad

a su entrañable amigo.

Juanpe era el portero del primer equipo del club naranja

y junto a él había emprendido el sueño de alcanzar el

éxito deportivo. Se habían prometido llegar a ser jugadores

profesionales, formar parte del seleccionado de su país era

su meta a cruzar. Juanpe era un chico de talla pequeña, no

pasaba del metro sesenta de estatura; en sus inicios le costó

mucha lucha y entrega para poder ser aceptado, ya que la

posición que demandaba le exigía tamaño, peso y fuerza.

El porterito como suelen llamarles a los chicos de pequeña

estatura que juegan la posición de cancerberos, al igual que

su amigo, era de escuálida figura y al contrario de Xande,

carecía de fortaleza física y masa muscular fuerte y definida.

Solo bastó poco más de un año para que el pequeño

portero con una gran fortaleza mental lograra mejorar hasta

el punto de llegar a ganarse la confianza y el respeto de

sus compañeros, colocándole como primer portero del club

naranja; porque lo que le faltaba de tamaño lo compensaba

en entrega y espíritu. Ellos eran compañeros desde que

eran críos, empezaron juntos con la pelota a partir de cero,

aunque Xande poseía más conocimientos técnicos de la disciplina,

era el que estaba más rezagado del grupo.

—¿Qué pasó? Créeme que a mí se me apagaron las luces

—preguntó Xande, un poco contrariado a su vigilante

amigo que aguardaba por él para salir del estadio.

—¿Se te apagaron las luces? ¿De verdad no sabes qué

pasó? —contestó Juanpe con preguntas y prosiguió a responderle.

—¡Pegaste un salto de aquí al cielo! —haciendo sarcasmo

y gesticulando con su cuerpo empezó el relato de la

odisea destartalada de su amigo. —¡Saltaste adelantado y

le quitaste un centro que iba para Felipe… el balón te pegó

en la frente y golpeaste tu cabeza con la de Luis… y madre

chichón se llevó el pobre para su casa!

— ¿En serio, Juanpe? —Xande se tapó la cara con sus

grandes manos—. ¡No , no , no , no! —se repetía una y otra

vez buscando arreglar lo que ya estaba desecho. Ya no escuchaba

el relato de su amigo, Juanpe hablaba y hablaba

con detalles de lo que había pasado en el campo con él, pero

ya había escuchado lo que necesitaba.

—Pues sí, hoy la embarraste… de nuevo —Juanpe, terminando

su relato, se sentó al lado de su compañero que

permanecía tendido en el suelo y con los ojos puestos en su

horizonte le dijo con voz afable: —Sí, fuiste a por el balón,

solo tenías que darle dirección y lo demás estaba hecho —

luego posó sus manos en las rodillas de su triste amigo que

apuntaban hacia el cielo y le pidió levantarse para irse a

casa juntos. —Vamos que ya es tarde.

—No. Anda tú, yo me quedo un rato, si por mí fuera me

quedara aquí toda la vida —Xande estaba derrumbado y

desalentado, de nuevo volvía a chocar contra el muro que

no lo dejaba avanzar. Su inseparable amigo insistió para

que no se quedara solo, pero todo fue en vano, Xande estaba

decidido a quedarse allí, tendido en el suelo, quería

pensar, estar solo, estaba avergonzado y abatido, triste y

con un nudo en la garganta lleno de impotencia y sin saber

a quién preguntarle, pues nadie le respondía, ni fuera ni

dentro de su cabeza.

—Amigo no te desanimes, tienes que hacer todo lo contrario,

levántate y sigue trabajando en eso. Todo es posible.

¿Olvidaste el proyecto que tenemos juntos? —Juanpe trató

de levantar el ánimo a su amigo, pero en ese momento era

imposible.

—¿Seguro que te quieres quedar aquí solo? —Xande no

quiso responder, no quería hablar más y a Juanpe no le gustaba

la idea de dejar a su afligido compañero de juegos y

luchas solo, pero tenía que irse.

—Bueno hermano mío, a pensar en frío, no te queda de

otra, y no faltes mañana, recuerda lo que dice el profesor:

«no temas al fracaso, así que no te sientes a ver el camino,

levántate y recórrelo, porque caminando aprenderás en

cada paso que des, y lo mejor aún es que puedes llegar a la

meta».


4 de Mayo de 2021 a las 16:31 0 Reporte Insertar Seguir historia
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