u388 Silvia Jiménez

Mi nombre es Silvia y soy una adolescente con una vida monótona y aburrida…y así fue hasta que conocí a Jessica, una adolescente con un toque oscuro, nada popular y que extrañamente, me caía bien. Jamás imaginé que mi vida cambiaría tanto al cruzarse mi destino con el de ella, ya que descubrí que los seres sobrenaturales de nuestras peores pesadillas eran tan reales como la guerra que se avecinaba y de la que yo iba a ser, sin saberlo, un elemento fundamental…


Paranormal Sólo para mayores de 18.

#erotico #romance #demonios #hibridos #humanos #licantropos #reinoenguerra
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CAPITULO 1

Me encontraba sentada sobre las rocas de la playa, viendo el atardecer. El verano se acababa y con ello, se acercaba la vuelta al instituto. Aquel sería mi último año en el instituto y sinceramente, estaba deseando que empezase el año para terminarlo lo antes posible. Mi vida siempre ha sido aburridísima de lo normal que ha sido, aunque supongo que era algo lógico, dado que solo tenía diecisiete años. Convivo con mis padres y mi hermano pequeño en esta maravillosa ciudad de costa, soy una buena estudiante que va sacando el curso por año y tengo una única y maravillosa amiga desde que tengo memoria, Yolanda. Nunca he sido muy popular en el instituto y tampoco pretendo serlo, me conformo con lo poco que tengo porque en el fondo adoro la normalidad de mi vida aunque a veces, me gustaría vivir alguna aventura, como por ejemplo, que el chico que me gustaba desde que tenía memoria también sintiese lo mismo por mí, cosa complicada porque David era un mujeriego.

La voz de mi hermano que me llamaba en la distancia me despertó del trance. Él jugaba cerca, en la arena, con nuestro perro, un precioso labrador marrón que se llama Yaco. Me levanté de las rocas y me acerqué a mi hermano que jugaba bajo la atenta mirada de mis padres. Al parecer, ya era tarde para seguir en la playa y ya habían recogido nuestras pertenencias para volver a casa. Yaco se acercó a mí en cuanto me vio, le hice unas carantoñas y mi hermano me pasó su correa para llevar asegurado al animal, ya que yo era la única que conseguía ponerle la correa sin que él saliera huyendo, ya que no le gustaba la sensación de la correa en su cuello, pero conmigo se sentía tranquilo. Me reí al darme cuenta de que el amor de Yaco era el más sincero y puro que había conocido hasta ese día. Supongo que por eso siempre se ha dicho que el perro es el mejor amigo del hombre, aunque a mí me encantaban todos los animales… o casi todos los animales porque las cucarachas me repugnaban.

Una vez listos, volvimos a casa. Vivíamos a quince minutos de la playa a pie, pero en verano, nos gustaba pasar la mayor parte del día allí a pesar de que mi padre odiaba el sol debido a su piel tan clara y de que mi madre se aburría al pasar tantas horas allí. Los únicos que disfrutábamos allí éramos mi hermano y yo, y a veces, cuando le llevábamos con nosotros porque no siempre podíamos hacerlo, Yaco. Al llegar a casa, nos duchamos por turnos y cuando estuve lista, salí a pasear a Yaco. Aunque había pasado jugando un buen rato, siempre le sacábamos a pasear tres veces al día, antes de desayunar, después de comer y antes de cenar.

Paseaba por el barrio con Yaco, inmersa en mis pensamientos, cuando escuché unas voces fuertes que no sabía de donde provenían. A aquellas horas, aún había chicos de mi edad en el parque que había debajo de mi casa, algunos de ellos, escondidos en la parte más oscura del parque porque estarían tomando alcohol y se supone que estaba prohibido beber alcohol en espacios públicos, pero siempre se saltaban las normas. Yo jamás comprendería qué diversión encontraban bebiendo alcohol, la verdad es que yo jamás lo había probado y no tenía intención de hacerlo en mucho tiempo, ya que la mayoría de los chicos que abusaban de esa sustancia acababan sufriendo problemas de salud y no había necesidad de pasarlo mal por un rato de diversión, ¿no? Yaco empezó a ladrar nervioso, pero no le hice mucho caso y continuamos con nuestro paseo. Entonces, vi salir a una chica de la oscuridad. Salía a toda prisa de allí, parecía disgustada. Ni siquiera se dio cuenta de que se aproximaba a mí y que casi chocábamos, pero la detuve:

-¿Estás bien? –me interesé-.

-Oh, disculpa –se restregó los ojos, secándose alguna lágrima rebelde-.

Y tal como nos encontramos, esta chica se marchó de allí a toda prisa. Era una chica de mi peso y estatura, posiblemente de mi edad, de cabello negro y ondulado hasta la mitad de la espalda, ojos negros como la noche y piel clara. Me di cuenta de que aquella chica me sonaba muchísimo, pero no recordaba de qué. A pesar de que no nos habíamos encontrado en las mejores condiciones, había algo en ella que me llamaba la atención a pesar de que parecía una chica extraña. Yaco siguió ladrando hasta que ella se fue y yo me encogí de hombros ante aquel encuentro tan extraño.

Cuando el paseo terminó, regresé a casa, me cambié de ropa en mi habitación y cené con mi familia. Después de eso, me lavé los dientes y vi un rato la televisión, antes de desearle buenas noches a mi familia y preparar la mochila para el día siguiente, ya que empezaba el instituto. Preparé también la ropa que usaría, unos vaqueros de tono claro, una camiseta blanca de manga corta y unas zapatillas deportivas de color blanco. Una vez que lo tuve todo listo, me metí en la cama para dormir profundamente hasta el día de mañana, día en el que comenzaba el instituto, por suerte, el último año.

Aquella noche, sin embargo, me costó dormir. Imagine que era inquietud por la vuelta a la rutina, emoción por volver a ver a mis compañeros y a sufrir la no popularidad, nerviosismo por volver a ver a David, el chico que me gustaba desde siempre… Finalmente, cuando conseguí dormir, tuve un sueño extrañísimo y que me dejó aún más inquieta…

El sol brillaba con fuerza en lo alto de mi cabeza. Me encontraba paseando por un prado verde con árboles frondosos y arbustos con miles de flores. Olfateé el ambiente primaveral y suspiré encantada. Era un día realmente maravilloso y podía estar aquí, disfrutándolo. Entonces, algunas nubes blancas cubrieron el sol por un instante y me quedé a oscuras. Parpadeé un par de veces y aquellas nubes blancas se habían multiplicado y habían cambiado su color a gris. Volví a olfatear el ambiente y se acercaba lluvia. Miré a mí alrededor para buscar refugio y vi una casa en la distancia. Me acercaría allí, llamaría a la puerta y pediría refugio a causa de la lluvia. De camino a aquella casa, me dio por pensar que era muy extraño que hubiera una casa en el bosque, aislada en mitad de la nada. Al llegar allí, llamé al timbre, pero no abría nadie. El cielo se volvía cada vez más negro y comenzaban a caer algunas gotas. Entonces, oí un estruendo. No podía ser el estruendo de un trueno, era demasiado pronto. Y no me gustaban las tormentas, por lo que necesitaba refugio lo antes posible. El estruendo se repitió, pero le presté atención. Era un sonido acerado. Recorrí la casa por la parte trasera y vi a dos hombres que únicamente vestían pantalones, dejando su torso al descubierto y que entrenaban con dos espadas gigantes. En aquel momento, no les vi la cara y dudé si pedirles refugio. Entonces, ambos pararon y dirigieron su mirada hacia donde yo me encontraba. Tragué saliva. Eran los hombres más atractivos que había visto jamás. Uno de ellos, era David, mi amor platónico desde que tenía memoria, mi compañero de instituto. Su cabello castaño con reflejos dorados se pegaba a su piel clara debido al sudor y sus ojos verdes brillaban con intensidad cuando nos miramos. El otro chico era altísimo y con buen cuerpo, de piel algo más bronceada, cabello negro y ojos oscuros. Ambos me miraban, esperando que hablase, pero no era capaz. Entonces, David se acercó a mí, quedando a escasos centímetros de mis labios, ya que ambos teníamos la misma altura, la de 1,70metros. Volví a tragar saliva, aquella cercanía me estaba matando, sobre todo, al ver que él acortaba la distancia y sus labios se pegaban a los míos en un sutil beso. Correspondí su beso, cerrando los ojos, sin poder creer que él me estuviese besando y que sintiese algo por mí, eso me hacía ser la mujer más feliz del mundo. Pero, al abrirlos, tenía al otro chico delante de mí. Me alejé unos pasos, buscando a David, pero había desaparecido. La lluvia comenzó, pero casi no lo noté. Aquel otro chico me miraba con intensidad y volvió a acortar la distancia para besarme. Debería haberme alejado, pero mis pies no se movían del sitio. No conocía la razón, pero los besos de aquel desconocido me estaban llevando a la locura hasta el punto de hacerme olvidar a David y querer refugiarme en sus brazos…

Me desperté a mitad de la noche, realmente confusa. No era la primera vez que soñaba con David, el chico al que yo amaba desde que podía recordar; pero en el sueño, me besaba otro chico guapísimo y al que no conocía, pero que me había provocado cosas que no acababa de entender. No tenía porque ponerme nerviosa porque un desconocido me besara en sueños, ¿verdad? Miré el reloj y me di cuenta de que en media hora sonaría el despertador para prepararme e ir al instituto. Aproveché esa media hora de más para ir sin la prisa habitual y de paso, olvidarme de ese sueño tan extraño. Me levanté de la cama, me vestí y fui al baño para lavarme la cara, eliminar las pitarras de mis ojos azules y maquillar un poco mi rostro, ya que si no echaba algo de color a mi piel clara, parecía que estaba enferma. Usé un rímel transparente para colocar las pestañas en su sitio, ya que tenía las pestañas muy largas y jamás usaba color, y recogí mi cabello rubio en una trenza lateral. Después de eso, desayuné, me lavé los dientes, me aplique brillo labial, agarré mi mochila y salí de casa.

Durante el camino al instituto, una chica esperaba sentada en el poyete de una tienda. Su cabello, habitualmente negro, tenía unas mechas rubias; su piel estaba más bronceada que habitualmente y sus ojos marrones brillaron con alegría cuando nuestras miradas se cruzaron. Me sentía feliz al encontrarme de nuevo con Yolanda, mi mejor y única amiga en el instituto:

-¡Amiga! –Me saludó con efusividad-.

-¡Buenos días! –La abracé al estar a su lado-.

-¿Cómo estás, aparte de guapísima, amiga? –Me preguntó, dando vueltas a mí alrededor como un buitre-.

-¡Mentirosa, estoy igual que siempre! –Le saqué la lengua-.

-Lo que tú digas –se encogió de hombros-.

-Por cierto, ¿qué haces aquí? –Enarqué una ceja-.

-¿A mitad de camino? Es que salí muy temprano de casa y no quería llegar tan pronto al instituto, así que decidí esperarte –me explicó-.

-Pues, vamos.

Yolanda asintió y ambas caminamos en dirección al instituto, hablando de nuestras cosas. Al llegar allí, vi que había una chica sentada en el poyete de la entrada del instituto. Aquella chica me sonaba y no recordaba de qué. Yolanda, como si hubiera leído mi mente, habló en aquel momento:

-¡Cómo le gusta ser el centro de atención…! –La señaló con reproche-.

-¿La conoces? –Quise saber-.

-¡Claro y tú también! –Cayó en la cuenta-.

-Es que me suena, pero no sé de qué –reconocí-…

-Jessica, le dicen Veneno –me hizo ver-.

-Sabes que no soy aficionada a los chismes –me encogí de hombros-…

-Está en el penúltimo año de instituto y tiene muy mal carácter, por eso le dicen así –me contó-…

-Adelántate, he recordado que tengo que hacer una llamada rápida –le pedí a Yolanda-.

-Como quieras, pero no tardes o llegarás tarde –me recordó, pero mirando con mala cara a Jessica-.

Yolanda entró al instituto, pero no parecía muy convencida. Cuando vi que se alejó, me acerqué a Jessica y me senté a su lado. Al verla de cerca, recordé de qué me sonaba. Fue la chica que vi el día anterior en el parque que había debajo de mi casa. Habían pasado unas pocas horas, pero la expresión de aquella chica se me clavaba muy hondo porque de alguna forma me sentía identificada con ella, ya que no tenía demasiados amigos y no era nada popular:

-Es la segunda vez que te veo tan triste, ¿estás bien? –empecé-.

-Es la segunda vez que te acercas a mí y pareces realmente preocupada, ¿acaso no sabes que soy Jessica, la chica a la que llaman Veneno? –me soltó-.

-Yo solo veo a una chica más. ¿Te puedo ayudar en algo, Jessica? –le ofrecí-.

-¿Cuál es tu nombre? –Quiso saber-.

-Silvia –me presenté-.

-Te agradezco la amabilidad, pero tengo que entrar…Se hace tarde.

Jessica se levantó y entró al instituto. Me encogí de hombros e hice lo mismo. Llegué a mi clase un par de minutos antes de que sonase el timbre. Yolanda ya había elegido un asiento doble para ambas. Le sonreí al llegar a su lado y sentarme junto a ella. Yolanda me miró de arriba abajo y no pudo evitar soltarlo:

-¿Me lo vas a contar? –estalló-.

-¿Quieres saber sobre la llamada que he hecho? –Seguí la mentira-.

-No has llamado a nadie, se ve la entrada desde aquí –señaló la entrada-.

-Lo siento, no quería mentirte –me disculpé-.

-No deberías acercarte a esa chica, es muy rara –me riñó-.

-No creo en las apariencias –le recordé-…

-Pero, ella –intentó justificarse-…

-No creo que a ti te gustase estar sola por los rumores que circulan por ahí, ¿o sí? –insistí-.

-Esa chica no me da buena espina. Si quieres que seamos amigas, me va a costar muchísimo esfuerzo –admitió-.

El timbre sonó en aquel momento y la clase empezó, dejando nuestra conversación inconclusa. Yolanda siempre había sido aficionada a los chismes, pero no la recordaba así de intolerante. ¿Habría tenido alguna vez algún problema con ella del que no era conocedora? ¿Realmente quería ser su amiga porque me sentía identificada con ella o Jessica me daba lástima?

Durante esas primeras tres horas, Yolanda y yo hablábamos de banalidades en los descansos entre clases, como si no hubiera pasado nada. Cuando el timbre sonó anunciando el recreo, Yolanda y yo agarramos nuestros desayunos y nos fuimos a tomarlos a la pista de deporte. Aquel día, nuestros compañeros la estrenaban y les veríamos en la distancia. David estaba rodeado de chicas y de algunos de sus amigos más cercanos. Aquel verano le había sentado bien, le vi más alto y parecía haber empezado a ir al gimnasio, su piel estaba un poco más bronceada de lo habitual y sus ojos verdes tenían un brillo único. Suspiré encantada y como si él me hubiera escuchado, nuestras miradas se cruzaron y me guiñó el ojo. Yolanda y yo nos miramos, sorprendidas ante aquel gesto, ya que David y yo no hablábamos mucho y él nunca había mostrado ningún tipo de interés por mí. Seguramente solo había sido un espasmo involuntario de su carácter mujeriego. Recordé que Yolanda siempre había comentando, en alguna ocasión, que no entendía porque David no tenía ningún interés en mí. Según la opinión de Yolanda, yo era una mujer guapísima con buen cuerpo, piel clara, ojos azules y cabello rubio, según ella, la envidia del instituto, aunque mis ojos azules estuvieran cubiertos habitualmente por lentes de contacto.

Yolanda y yo reímos de aquel gesto mujeriego de David, disfrutando de aquel recreo de regreso al instituto y entonces, una sombra se colocó frente a nosotras. Al alzar la mirada, vimos allí a Jessica. A Yolanda le cambió la cara y aunque intentó disimular el fastidio, se lo noté. Jessica carraspeó un par de veces antes de dirigirse hacia nosotras:

-¿Podría sentarme con vosotras? –pidió-.

-Claro –le concedió Yolanda-.

-Espero no ser una molestia –insistió Jessica-…

-En absoluto –le sonreí-.

-No sé por qué, pero siento que podríamos ser buenas amigas –confesó Jessica-.

-Seguro –Yolanda sonrió falsamente-.

-¿Por qué no? ¡Podríamos intentarlo! –le dije sinceramente-.

-Vosotras os lleváis tan bien y aunque no sois populares, vivís felices… No es mi caso y me gustaría ser feliz –insistió Jessica-…

-Eso no depende de nosotras, es cosa tuya –comentó Yolanda-.

-Pero, tal vez, teniendo amigas, mi vida mejore –insistió Jessica-.

-Será un placer que seas nuestra amiga –intenté tranquilizarla-.

-¡Eso sería genial! –Jessica mostró un atisbo de sonrisa-.

En ese momento el timbré sonó. Eso significaba volver a las clases. Las tres nos levantamos de allí y nos dirigimos a clase. Una vez que Yolanda y yo nos quedamos solas, ella no se pudo contener:

-Entonces, ¿tenemos una nueva amiga? –el sarcasmo hablo por ella-.

-Eso parece –me encogí de hombros-…

-No estoy de acuerdo, pero si crees que así podemos ayudarla –se encogió de hombros-…

-Sé que te preocupan los rumores, pero no debería afectarte –intenté calmarla-…

-Quizá llevas razón cuando dices que esos rumores son infundados y que deberíamos darle una oportunidad –cedió-.

-Seguramente nos estamos perdiendo a una persona maravillosa, persona que por otra parte, nos ha pedido ser nuestra amiga… ¿Cómo vamos a negarle eso a alguien que parece tan similar a nosotras? –apelé-.

-Entonces, tenemos una nueva amiga –Yolanda sonrió, aquella vez, sinceramente-.

Las clases continuaron tres horas más y después pudimos regresar a casa. Estaba deseando volver a casa y descansar. Ese día, al haber sido el primero, aún no teníamos deberes ni materia que estudiar; pero había sido un día largo y estaba cansada, hacía meses que no madrugaba tanto y esa noche no había podido dormir bien por culpa de ese sueño tan extraño del que no había sido capaz de hablarle a Yolanda porque me daba vértigo recordarlo. Sin embargo, a mitad de camino, alguien se acercó a mí por detrás y tocó mi hombro para llamar la atención. Salté del sitio y me calmé al instante al ver a Jessica.

-¡Que susto me has dado, Jessica! –reconocí-.

-Lo siento, no era mi intención –se disculpó-.

-No pasa nada –sonreí-.

-Es que voy a casa de mi abuela y tengo que ir por este camino…Te vi y pensé que podíamos ir juntas hasta que tengamos que separarnos –me propuso-…

-Claro, no es mala idea –acepté-…

-No parezco haberle caído muy bien a Yolanda, ¿no? –me soltó-.

-No es eso, es que ella es muy desconfiada con los desconocidos… A fin de cuentas, yo tampoco te conozco, pero no sé porque me siento identificada contigo y quiero que seas mi amiga –me sinceré-.

-Ahora que seremos amigas, nos conoceremos un poco más… De hecho, esta tarde podríamos vernos para pasear y charlar –propuso-.

-Quizá es muy precipitado –dudé-…

-Espera, te anoto mi teléfono y si te apetece, nos vemos… ¡Ah y díselo a Yolanda! –Me pasó un papel con su número de teléfono-.

-Está bien, haré lo que pueda -guardé aquel papel en el bolsillo trasero del pantalón-.

Seguimos caminando, pero nuestros pasos nos llevaron a la puerta de mi portal. Aún así, Jessica seguía pegada a mí.

-Aquí me quedo –le señalé la puerta-.

-Yo también –asintió-.

-¿Cómo? –Enarqué una ceja-.

-Mi abuela vive aquí –confesó-.

-¿Quién es tu abuela? –insistí-.

-Se llama Carmen y vive en el quinto piso –me explicó-.

-Ah sí, la conozco. Qué casualidad –admití-…

Jessica asintió y ambas entramos al bloque. Yo vivía en un tercero, por lo que me bajé antes del ascensor mientras que Jessica seguía hasta el quinto. Reí al quedarme sola, saturada con tantas emociones; entré a casa, donde dejé la mochila apartada, lavé mis manos y me dispuse a comer con mi familia. Después de eso, vi un rato la televisión y me tomé el café con leche con mi madre, que era una tradición que teníamos desde hacía algunos años. Justo después del café, recibí un mensaje de Yolanda. Aquella tarde, ella y yo habíamos quedado para dar una vuelta y no me pareció adecuado decirle a Jessica que nos acompañara, porque evidentemente, a Yolanda no le caía bien y era un poco pronto para salir con ella. Pero, finalmente, Yolanda me envió un mensaje para cancelar la salida de aquella tarde. No quería quedarme encerrada en casa, así que, le envié un mensaje a Jessica para salir con ella. Mi nueva amiga respondió encantada ante la improvisada salida y quedamos a las seis de la tarde en el portal.

Cuando llego la hora a la que habíamos quedado, bajé al portal donde Jessica ya me esperaba. Ambas llevábamos la misma ropa de aquella mañana. Imagine que Jessica no tendría más ropa en casa de su abuela y yo no tenía ganas de ponerme a buscar modelito nuevo, sobre todo, entre semana.

-¡Hola, Silvia! –Jessica me saludó con efusividad-.

-Hola, ¿qué tal? –La saludé, no tan alegremente-.

-¿Nos vamos? –recordó-.

-¡Vámonos! –la animé-.

Ambas salimos y atravesamos el parque en dirección al centro de la ciudad, donde tomamos un helado mientras charlábamos para conocernos mejor. Finalmente, Jessica y yo teníamos muchas cosas en común. Ella no era nada popular, pero era precisamente porque ella se defendía de los ataques atacando a los que la ofendían y la mayoría de la gente parecía temerla por ello. Yo tampoco era popular, pero si a alguien se le ocurría atacarme, me defendía de sus ataques ignorándolos. Jessica también me contó sobre su familia que estaba formada por sus padres y su hermano menor, otra cosa en común. Me habló de las cosas que le gustaba hacer y las que no le gustaba hacer, de la música que escuchaba, de los libros que leía, de las series que veía… Lo único en lo que no estaba de acuerdo con ella era en la idea que ella tenía de las relaciones con el sexo opuesto. Yo siempre había pensado que podría encontrar al príncipe azul, que podrían existir chicos románticos; pero Jessica aseguraba que todos los chicos buscaban una sola cosa. Me reí al darme cuenta de que en esa idea se parecía más a Yolanda de lo que ambas imaginaban y de que si dos personas pensaban tan distinto a mí, a lo mejor la que estaba equivocada era yo y no existían los príncipes azules…

Precisamente, de vuelta a casa, vimos de lejos a Yolanda. No quise decirle nada a Jessica, ya que ella pareció no verla. Recordé que Yolanda me había dado plantón aquel día y al verla con David, lo entendí. David era el chico que me gustaba y no entendía qué hacían juntos… ¿Acaso Yolanda estaba saliendo con David, aún sabiendo lo que yo sentía por él? Me enfurecí y aunque lo intenté disimular, era muy expresiva y todo lo que sentía se reflejaba en mi cara y Jessica se dio cuenta:

-¿Te encuentras bien, Silvia? –Jessica llamó la atención-.

-Acabo de ver a Yolanda con el chico que me gusta –admití-.

-No te preocupes, seguro que hay una buena explicación –intentó calmarme-.

Miré a Jessica como si no la hubiera entendido. A pesar de que ella misma se había dado cuenta de que Yolanda no tenía afinidad con ella, la estaba defendiendo solo por no hacerme sentir tan mal y exteriorizar que sentía que Yolanda me estaba traicionando. Al día siguiente, hablaría con Yolanda sí o sí. De momento, Jessica y yo nos despedimos y nos marchamos a casa. Sí, sin duda, en Jessica tenía a una nueva amiga…

27 de Abril de 2021 a las 11:46 0 Reporte Insertar Seguir historia
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