loganpenn1989 Logan Penn

Mis dedos golpean constantemente el teclado mientras los demonios intentan salir para volverse parte de las sombras y las alcantarillas de las grandes ciudades. Pero todo se reduce a la literatura; aquellos monstruos, fantasmas, seres humanos perdiendo todo rumbo de cordura, se quedan aquí, a la luz de la luna mientras escribo intentando sobrellevar todo este mundo apacible y a la vez caótico. Logan Penn-


Horror Horror gótico Sólo para mayores de 18.
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La apuesta


Larry se encontraba sentado en su taburete en el bar con un sentimiento de nerviosismo moviéndose por su estómago como si fuera comida mala. Había matado a un hombre, y todo lo que pensaba era en los ojos del pobre tipo antes de morir. Sus ojos abiertos, dejando ver la piel rojiza por debajo de sus pupilas; sus manos temblando, extendidas, pidiendo que parara, que dejara todo lo que estaba haciendo: «Me estás matando. Necesito tu piel» Decía el hombre que se encontraba en el suelo, mientras Larry no dejaba de darle golpes con el martillo; el arma subía y bajaba, lanzando gotas de sangre en aquel callejón lleno de sombras como cortinas.

El pobre Larry se encontraba en un momento malo de su vida y aquello que le había sucedido en aquel callejón era una especie de detonador, el cual, haría que todo después parezca inverosímil.

Había trabajado en una obra en el centro de la ciudad. Se la pasaba pensando en el reloj. Que el maldito día terminara de una vez por toda. Se encontraba cansado, con las piernas débil y los brazos gozando de un estrés muscular insoportable.

Todo el día se la había pasado levantando el martillo y derribando la pared de concreto que tenía en mente, pues para un chico de 27 años, ese era su único trabajo ahí sin gozar ningún tipo experiencia previa.

En aquel edificio todo se iba a remodelar. Desde el piso, hasta el techado. Larry tenía el trabajo de derribar las paredes, y la paga diaria era solo de 12 dólares con el almuerzo incluido, el cual, era peor que la comida de un perro vagabundo.

Eran tiempos difíciles, y Larry odiaba pensar en eso; a veces fantaseaba con la idea de tirarse desde lo más alto del edificio, pero todo se quedaba como una simple fantasía, la cual no se va a ser contada jamás.

Ese día terminó tarde. Larry se encontraba de muy mal humor y respiraba jadeante, pues su cuerpo aún se encontraba acelerado por el ejercicio físico.

Sudoroso, y solo cambiándose la camisa por una blanca vieja, salió de la obra y tomó el colectivo hacía su barrio al sur de la ciudad.

El viaje fue horrible. Larry tenía que viajar de pie, rozando a las demás personas, y aguantando las miradas de desaprobación que algunas señoras le daba por su facha; qué más podía hacer, si en aquella obra, a duras penas había un baño.

El trayecto a su departamento era el de siempre; caminar unas cuantas calles y adentrarse al típico callejón que une dos restaurantes pobres que nadie visita.

Larry era un hombre territorial, siempre cuando llegaba a sitios como ese se guardaba la billetera en los huevos para que la misma no se marque en sus pantalones y lo delate en frente del delincuente de turno. Pero hacía eso por costumbre, pues llevaba más de 10 años viviendo en aquel edificio viejo de la década de los 70.

Pero aquella sorpresa ese día cambió en su mente la imagen clara de la rutina que estaba llevando. Un hombre calvo, vistiendo una camisa a rayas roja y vieja, apareció, y se le puso de frente. Tenía un aspecto asiático, y aunque Larry era muy fanático de las películas de Jet Lee, aquel aspecto le provocó repugnancia y un poco de miedo. Sus pequeñas ranuras como para meter monedas, mostraban unos ojos rojos, y sus dientes sobresalían de sus labios finos como colmillos pequeños como el de una piraña, pero amenazadores. Pero sobre todo, aquello que le llamó mucho la atención fue su color de piel, el cual era amarillento, como si el hombre estuviera pasando la etapa final de la cirrosis. Sus brazos eran delgados, colgando como un par de objetos inservibles, pero de inmediato, se tensaron y se alargaron hacía él.

-Necesito algo de usted -dijo el hombre. Su voz era infantil, pero en el fondo, sonaba amenazadora, como si fuera todo una burla-. Necesito aquello de usted.

Larry se puso a la defensiva, sabía lo que necesitaba, así que se llevó sus manos a la entrepierna donde guardaba la billetera. Sin embargo, aquel tipo no era más que un ladronzuelo que necesitaba robar para seguir con su adicción. Lo entendió todo. El cuerpo de aquel tipo lo delataba.

-¡Vete a la mierda, cabrón! -vociferó apartándose Larry-. Vete a la mierda hijo de puta si no quieres que te dé una patada en el culo.

Aquel tipo se abalanzó, y Larry se movió deprisa pasando por debajo de sus brazos como si evitara un abrazo, pues, aquel tipo eso parecía que era lo que quería: Un abrazo.

-Necesitas que alguien te dé una buena tunda -dijo Larry alejándose más hacia la dirección de su casa. Vio de espalda al tipo. Su cabeza era chata por la parte trasera, y el desagradable aspecto de sus piernas eran inenarrable; un par de alambre por debajo de aquel vaquero color negro-, pero ahora estoy cansado para golpear a imbéciles.

Larry retrocedió con una sonrisa en los labios; lo había manejado bien, y necesitaba un cigarrillo. Pero se detuvo y vio su antebrazo atrapado en un montón de dedos delgados. «Qué carajos» pensó Larry a la vez que se volteaba y veía el brazo estirado por más de 1 metro de aquel tipo amarillento.

El ser sonreía con la cabeza volteada completamente hacia atrás.

Era como un hombre elástico, pero a diferencia del héroe que Larry le gustaba, ese tenía una sonrisa torcida y perversa; sus ojos con aspecto de burla, ayudaba a todo eso.

-Necesito tu piel -dijo la criatura y jaló con fuerza a Larry haciéndolo volar por los aires y después cayendo al suelo-. Está se está pudriendo, amigo. Los músculos se están empezando a estirar.

Larry rápidamente buscó en su maleta el martillo con el cual trabajaba las 12 horas del día. Su fiel compañero se aferró en sus dedos como si formara parte de sus extremidades. Larry, controlado por el miedo y la furia, descargo la fuerza que ejercía el martillo sobre él. Aquella piel amarillenta quedó reducida a un charco de huesos y sangre; órganos y ojos reventados.

Larry al terminar y ver aquel desagradable cadáver, corrió hacía el bar más lejano al centro de la ciudad dejando su martillo y la mochila que usaba para ir a trabajar. Lo único que llevaba como arma, era su navaja de resorte.

1 de Mayo de 2021 a las 02:13 0 Reporte Insertar Seguir historia
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