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Daniela Diaz


Bernard decide probar suerte en Berlín cuando su mundo choca con el de Hartwig, ambos tan diferentes y divididos como el horizonte político de la época, deciden emprender la aventura de conocerse mutuamente entre el caos de la guerra fría.


Histórico Sólo para mayores de 18.

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Berlin

Frente al muro, entre la niebla que caía de madrugada, escondido tras un árbol del parque, Hartwig se preguntaba cómo cruzar al otro lado, o si el túnel subterráneo aun existía. Mientras el aire frio le entraba por la nariz se detuvo a ver los imponentes cuatro metros de concreto.

Bajo los mechones de cabello, que le caen sobre la frente, sus ojos se posan sobre el arma del soldado en la torre de vigilancia. Asoma la cabeza tras el grueso tronco que lo esconde, pero la idea de una bala en la cabeza lo lleva a agacharse y caminar despacio para poder alejarse del lugar. Avanza hacia atrás, sin quitar la vista de la torre. Lentamente quita la mano del árbol, intentando que nadie lo vea, pero la oscuridad no le deja distinguir los desperfectos en el suelo, tropieza y cae sobre un bote de basura. El ruido de su caída alerta a los guardias y, a sus perros guardianes. Sin una sola advertencia, el militar en la torre da un disparo hacia los frondosos arboles. El joven se echa a tierra y se cubre los oidos, un segundo disparo lo levanta del suelo, para darse a la fuga del lugar.

La guerra fría caló hondo en Alemania, el pueblo estaba dividido entre la maldita disputa entre comunismo y capitalismo. La ciudad de Berlín era el epicentro del enfrentamiento que llevaban a cabo las dos superpotencias del momento y un punto de tensión entre la república democrática alemana y la república federal alemana. El muro construido hace ya dieseis años en 1961, era la frontera de dos mundos. Los soldados que la protegían, tenían instrucciones precisas: disparar a matar ante un movimiento sospechoso o si la situación se salía de control.

Por años, en un intento de liberarse, muchos intentaron huir del lado de la URSS de forma clandestina. Bajo tierra, por el túnel, algunos sin éxito.

Hartwig es solo un punto en la inmensidad de este convulsionado Berlín, es uno mas de los chicos que se pasean en la ciudad obnubilados por la vida bohemia, impresionados con la escena artística, y que de noche suelen frecuentar casas abandonadas para conseguir un poco de heroína.

Ahora Hartwig toma el camino hacía el pequeño edificio abandonado dónde ha dormido los últimos tres días. No tiene una sola moneda en el bolsillo, pero al menos sí un techo dónde pasar la noche. El lugar lo recibe con el fuerte olor de la mezcla de la humedad, las drogas, el alcohol y los cigarrillos que el grupo de personas que la habitan mantienen constantemente. Hartwig solo duerme ahí, observa este mundo cómo un espectador de la miseria. Desconfía de algunas de la personas, pero el grupo de chicos que le ofreció alojamiento le dan algo de tranquilidad.

Al cruzar la puerta entrecierra los ojos para distinguir mejor las escaleras, sube con cuidado de no despertar al hombre que duerme en los peldaños y con la cabeza en el barandal. Logra llegar arriba, busca un lugar entre toda la gente que duerme en el pasillo, en el baño y en las habitaciones, finalmente encuentra un rincón junto a una ventana, se acurruca cómo puede. Hartwig se duerme, con frio, un hambre que le quema el estomago y el eco de las balas en la cabeza.

Se ha salvado de la muerte, mas no, del frio y no será la ultima vez que dormirá en la calle, bajo un techo roto o con el ruido de la estación de trenes de fondo.

1 de Mayo de 2021 a las 02:08 0 Reporte Insertar Seguir historia
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