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Y cantó el gallo

Durante unos instantes los sonidos quedaron apagados por su vozarrón furioso. Simón se sentía satisfecho de su voz, grave, profunda, sonora. La voz de un hombre que sabía lo que decía, una voz que infundía respeto, que inducía a prestar atención a lo que tenía que contar. Eso pensaba de sí mismo, antes.

Pero ahora se había levantado como si le hubieran pinchado, había separado los pies, cerrado las manos y gritaba como un energúmeno. La suya no era la estampa de un hombre razonable y respetable, y lo sabía. Gritaba y maldecía con la única intención de asustar a quienes lo rodeaban para que se apartaran de él y lo dejaran en paz. Berreaba y los miraba con la cara contraída en una expresión feroz porque quien estaba verdaderamente aterrado era él. Aterrado y, a la misma vez, decidido a no moverse de allí.

No iba a huir de una patulea de criados fisgones. No lograrían que se marchase, aunque tuviese que comportarse como un loco furioso. Aunque todas sus vehementes protestas a gritos fueran mentiras vergonzantes. Iba a proseguir con una nueva retahíla de improperios cuando…

…Un gallo cantó.

Tan solo fue eso. Un sonido habitual, cotidiano, tranquilizante. Un sonido que indicaba que la vida seguía con normalidad al otro lado de los muros y del corrillo de gente sorprendida que lo rodeaba.

Simón se atragantó.

«Amigo mío, antes que el gallo cante, me negarás tres veces».

Se tambaleó. Jadeó sin emitir ningún sonido. Él lo supo. Él lo había sabido siempre. Sabía que en el momento de necesidad en el que se descubre a los verdaderos amigos renegaría de él. Lo sabía y, sin embargo, lo mantuvo a su lado. Incluso le pidió que lo acompañase al huerto y rezase con él… Ni eso fue capaz de hacer: la cena copiosa, el vino abundante, el cansancio del día…, se quedó amodorrado en el suelo, recostado contra un olivo. Y ahora había gritado a voces que no lo conocía, que no sabía quién era, que no lo había visto nunca y que siete veces fuera maldito quien sostuviese lo contrario.

Los criados todavía lo rodeaban, manchas oscuras alrededor de una hoguera medio consumida. Algunos lo miraban con curiosidad, otros le daban la espalda. El amanecer era frío y ventoso. La leña crepitaba. Alguien bostezó. Alguien pateó contra las losas del suelo para activar la circulación de las piernas. Simón boqueó como un barbo fuera del agua. No conseguía respirar, su organismo parecía haber olvidado como se hacía.

Su mente estada desbordada por la revelación de que él lo había sabido todo. Recordó cuantas veces les había hablado de lo que iba a suceder en Jerusalén. Les había anunciado su prendimiento, su juicio, su condena y su muerte. En una de tales ocasiones, Simón había tratado de hacerle razonar y él lo había reprendido con dureza.

Se llevó las manos a la cabeza, que agitó en un absurdo gesto de negación. Seguía sin poder aceptarlo. No podía ser, no podía ser, no era razonable, no era justo, no era… lo que esperaba, lo que él, Simón el botarate de voz potente, quería. Pero estaba sucediendo delante de sus ojos. Y Yeshúa había sabido que iba a suceder y le había advertido que lo abandonaría, como los demás. No, peor que los demás puesto que había acabado renegando de él a gritos.

Echó a correr.

Escapó del patio del palacio del Sumo Sacerdote como un perro apaleado. Las lágrimas lo cegaban y no veía por donde iba, tropezó varias veces, pero no dejó de moverse ni de correr por aquellas callejas que no conocía. No tenía la menor importancia el camino, no tenía destino ni objetivo, solo se movía cuesta abajo. De haber estado en Cafarnaúm había corrido al lago y había embarcado para perderse en las aguas, donde nadie pudiera verlo ni oírlo llorar. Tal vez por eso su instinto lo llevó cuesta abajo.

2 de Abril de 2021 a las 07:18 0 Reporte Insertar Seguir historia
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