kae_ghost Kae Ghost

Dakaria Foster es y siempre ha sido una chica solitaria. Se ha alejado de todos sus amigos y odia la vida desde que tiene uso de razón, refugiada en la música clásica y los libros de ciencia ficción. Su perspectiva cambia cuando encuentra a un apuesto joven durmiendo plácidamente en la comodidad de su cama. En medio del caos que se ha desatado en su ciudad natal por culpa de los androides, Dakaria encontrará su propio paraíso en unos ojos sin vida que, a fin de cuentas, no son tan diferentes a los suyos. RELATO CREADO PARA LA ANTALOGÍA DE EMBAJADORES DE FEBRERO 2021, CATEGORÍA ROMANCE. IDEA DE LA HISTORIA INSPIRADA EN DETROIT: BECOME HUMAN.


Cuento Todo público.

#humor #381 #258 #347
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El cielo está en tus ojos; capítulo único.


14. Abril, 2044. 10:53 a.m.


¿Cómo las cosas habían terminado así? ¿Cuándo su habitación se había convertido en el lecho de un completo desconocido? Y sobre todo… ¿Por qué había al otro lado de su cama un maldito y hermoso ángel de ojos cafés durmiendo plácidamente habiéndose apropiado de cada una de sus mantas?

Daka observaba con atención excesiva el plácido vaivén que realizaba el pecho del extraño al respirar. Se hallaba inmerso en una tranquilidad profunda mientras un solitario y rebelde cabello castaño se mecía en su frente, gracias a la corriente de la ventana abierta.

Había perdido la cuenta de los largos minutos que llevaba cruzada de brazos en una esquina lejana de la habitación observándolo dormir, en una cama que no le pertenecía, con una revuelta de mantas que tampoco le pertenecían. Se veía tan calmado que Daka no pudo evitar suspirar en desdicha desde que su vida se había vuelto tan caótica.

Quizás aunque no lo admitiera, extrañaba los momentos en los que, aburrida de su tiempo libre, deseaba lo que ahora la ciudad le había concedido.

Caos, un caos irreparable que probablemente ni siquiera el tiempo podría reparar.

En medio de su ensoñación, de lo que menos se dio cuenta, era del desorden que se estaba sucediendo en la planta baja, donde más de un centenar de hombres vestidos de negro dieron vuelta hasta la última silla en busca de quién sabe qué.

Oh… Claro. Lo buscaban a él.

Y entonces la cama de repente estuvo vacía. No había nada; no había nadie. Solo la corriente del aire moviendo las cortinas y el silencio imponente de la habitación profanado por el chillido aterrador del viento.

En el momento en que la puerta se abrió con brutalidad, a punto de ser derribada injustamente, la frialdad del suelo le acarició a Daka la espalda. Y hubiera gritado ante su inmediata sorpresa de no ser porque ojos cafés le miraban impasibles desde distancias poco prudentes y una mano con dedos largos y fríos le cubría la boca.

Incluso cuando esa mano fue retirada, Daka no se atrevió a soltar sonido alguno. Fue consciente, inmediatamente, de lo que estaba sucediendo.

Enumeró las cosas que estaban mal en su libreta interna, esa que escondía en rincones inhóspitos de su cerebro y que utilizaba cuando se quedaba sin alternativas. Se volvió entonces, consciente de tres cosas.

Los hombres de negro, el FBI, estaban buscando al desconocido que había invadido su habitación.

Segundo, el desconocido la estaba protegiendo.

Y tercero, el desconocido no era humano; era un androide.

Todas tenían sentido teniendo en cuenta la magnitud del problema en el exterior. ¿No estaba ya un poco quemado todo el tema de la revolución de las máquinas? ¿Es que acaso nadie había visto películas de ciencia ficción? El ochenta y cinco por ciento de esas películas planteaban el tema a la perfección. Todos sabíamos cómo empezaba la historia y también cómo iba a terminar. Dos bandos, un vencedor. Una especie que prevalecería sobre la otra y la gente de afuera que por una u otra cuestión terminaba en el medio de la lucha.

«Al fin y al cabo son humanos… No son del tipo que aprenden», pensó.

—¡Libere a la rehén y salga de ahí con las manos detrás de la cabeza!

¿La rehén? Pensó Daka con indignación. Daka era de todo menos una rehén. Pero, ¿cómo le hacías entender a un centenar de policías armados y listos para matar, que estaban malinterpretando la situación? El desastre sucediéndose al otro lado de la ventana, se convirtió en una sentencia inmediata.

—Salta.

Le escuchó decir en voz baja cuando se levantó. Alzó las manos en aparente obediencia y Daka observó hacia la ventana abierta por inercia. El viento helado le provocó escalofríos. ¿A eso se refería con saltar? ¡Ni de broma!

En todo caso, Daka no tendría que estar metida en todo ese embrollo. Llevaba una vida de lo más simple. Tan simple que hasta cierto punto se había vuelto aburrida. Su rutina era repetitiva, entre libros y música clásica. Entre llamadas limitadas y pensamientos oscuros. Hundida en la ficción; esa ficción que ahora no se hallaba tan lejos de la realidad.

Cerró los ojos. Tan fuerte que por un momento creyó ver la luz de un ángel detrás de sus párpados. ¿Por qué estaba haciendo caso? ¿Por qué siquiera estaba considerando la idea de saltar por la ventana?

—¡Oiga, señorita! ¡¿Qué cree que hace?!

Escuchó detrás de ella, pero no hubo tiempo para escuchar nada más. El viento le azotó con fuerza y el vértigo le acarició las suelas de los zapatos. Un miedo indescriptible se instaló a la altura de su estómago cuando la gravedad pareció reclamarle como suya;

Y entonces saltó.

Con el corazón en la boca y la mente en los ojos cafés del androide.

«Satán, no me desampares.»

Silencio.

Fueron solo milésimas de segundo que para Daka se sintieron como toda una vida. Y tenía sentido eso también porque aún con los ojos cerrados, podía sentir como la vida se le escapaba de los dedos.

Escuchó un disparo, pero sus oídos le traicionaron cuando presa del pánico quiso gritar y no pudo.

Mantenía los puños apretados sin hasta entonces darse cuenta de que la dirección del viento había cambiado. Ya no le restregaba el cabello en la cara, ni tampoco se sentía helado. Solo una brisa que en otras circunstancias incluso habría resultado dulce y veraniega.

¿Así se sentía la muerte? ¿Dulce y veraniega? ¿Tan cálida a pesar de que su cuerpo se concebía envuelto en brazos fríos?

—Abra los ojos, Dakaria. Se encuentra viva.

No estaba en el cielo. Estaba en la tierra… Y sobre todo, estaba viva.

No estaba en el cielo, el cielo estaba en sus ojos.

No estaba en el cielo, estaba en sus brazos fríos.

—No hay mucho tiempo. Si aún se encuentra en sus cinco sentidos, hay que correr.

—¡Acabo de saltar de un segundo piso, imbécil!

—Sin embargo no encuentro faltas graves en su sistema. No ha sufrido daños que dificulten su caminar. Y sorprendentemente no posee un nivel de estrés muy elevado teniendo en cuenta que, como ha dicho, acaba de saltar del segundo piso de su casa.

A Daka se le atascó una risa en la garganta. Tosió torpemente y negó con la cabeza en forma de rendición.

—Bien, ahora bájame. El país se cae a pedazos y estamos aquí como dos tórtolos que acaban de reencontrarse luego de una guerra mundial.

—¿Tórtolos?

Daka no respondió.











[• • •]











20. Septiembre, 2047. 7:35 p.m.


—¿Por qué me salvaste ese día?

El atardecer caía con elocuencia y elegancia detrás de los imponentes edificios de Seattle. Después de tanto tiempo, parecía mentira que desde la azotea del edificio más alto de la ciudad, pudieran verse las calles tan pacíficas. Tan muertas pero tan llenas de vida al mismo tiempo.

—No lo sé, ¿por qué me permitió hacerlo? —respondió con una pregunta mejor.

—Cierto. ¿Por qué demonios acepté tirarme por la ventana? Supongo que prefería morir con estilo y no por una bala proveniente de mi propia especie. Esa a la que afortunadamente no le tengo mucho afecto.

—¿Todos los humanos son como tú?

Daka sabía que preguntaba con inocencia, pero por alguna razón se sintió ofendida.

—¿Y cómo soy yo?

El androide pareció meditarlo internamente. Daka se encontró perdida en el color café de sus ojos; la nostalgia la trajo de nuevo a la realidad, esa realidad que aún después de tres años le seguía doliendo; él solo era un androide. Una máquina con ojos hermosos que le había salvado la vida porque estaba en su programación. Y algo, en el fondo, le decía que no sería la última vez que haría algo así por ella.

—Es testaruda, impulsiva, habla mucho… —Cada cualidad que salía por su boca, se iba clavando dramáticamente en su cuerpo como flechas envenenadas—. Y tiene tendencias suicidas. ¿Recuerda la vez que intentó ahogarse en-

—Bueno sí, ya entendí. ¿Sabías que eres demasiado honesto?

«Ojalá pudiera ser honesta también.» pensó.

—¿Por qué “Ociel”? —preguntó de repente con la curiosidad surcándole las facciones.

—Porque el cielo está en tus ojos —admitió Dakaria con un dolor que el ojo analítico del androide no pudo notar. El anaranjado del sol bajo la puesta se reflejó en sus ojos; un anaranjado intenso y vivo que le recordaron la ironía en el nombre que ella misma le había dado.

31 de Marzo de 2021 a las 21:58 1 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Kae Ghost Encerrada en la rutina con viajes ocasionales a mi propio mundo de fantasía. En ocasiones me encuentro debajo de las camas dibujando bocetos ridículos y escribiendo garabatos sin sentido. Las cadenas de la desesperación son bastante pesadas, pero Zeref me enseñó a convertirlas en caricias. Isaac Foster me confió su guadaña pero creo que le encontré un propósito más útil. Si te pasas por mi perfil y lees mis historias, te recomiendo traer un botiquín de primeros auxilios.

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Mari Reyes Mari Reyes
Al fin encontró con quien compartir😊
April 08, 2021, 17:06
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