gabidomenech Gabi Domenech

Sin un principio y un final, sin origen ni destino, todo es camino.


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#genesis #apocalipsis #piedra #metamorfosis #marmol
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Polvo al polvo

Acto primero: génesis


Hace millones de años, unas rocas calizas ocultas en la corteza terrestre intercambiaron iones para crear, por metamorfosis, un compuesto mineral bautizado como dolomita. Se llamó así en honor de Déodat Gratet de Dolomieu, un geólogo francés que fue el primero en manifestar la elevada proporción de magnesio de la dolomita, característica principal que la distingue de una simple roca caliza. El importante descubrimiento permitió al despierto geólogo designar a la piedra con su nombre y, un par de siglos más tarde, tener una página en Wikipedia con retrato incluido, realizado con gran maestría por el artista francés Ambroise Tardieu.
A la dolomita —todavía un negruzco mineral enterrado bajo tierra que recibía enormes presiones de rocas intrusivas de origen magmático—, se sumaron otros componentes considerados como impurezas: micas, silicatos magnésicos, óxidos de hierro, etc., que derivarían en una estructura pétrea denominada más tarde por los humanos como mármol.
Durante algunos millones de años más, la roca se mantuvo oculta hasta mediados del Triásico —la primera de las tres partes en las que se divide la era mesozoica—, cuando una colisión entre las placas tectónicas africanas y eurasiáticas la alzaron a la superficie. La dejaron al descubierto como parte de una de las escarpadas paredes de una nueva formación montañosa, conocida en la actualidad como la cordillera apenina. «La spina dorsale dell'Italia, gli Appennini, bella monti dalle sommità spesso dolci e arrotondate», las describiría en el siglo XIX el conocido poeta veronés Aleardo Aleardi.
Durante milenios, el bloque se mantuvo impertérrito y resplandeciente, de día bajo la luz de un sol abrasador y, de noche, con temperaturas gélidas. Sin un nombre asignado ni destino previsto, se sumaba a un conglomerado de otras rocas similares que formaban un precioso valle por el que, de forma divisoria, discurría un sinuoso río de aguas cristalinas.
Por entonces, el único valor reconocible del pedazo de mármol era la fortaleza, entendida como la capacidad de soportar el peso de otros centenares de densos aglomerados superpuestos y de perdurar frente a los extremos cambios climatológicos.
Un réptil volador, bautizado años más tardes como pterosaurio —un equivalente primitivo a un pelicano gigante—, merodeaba el valle con unas enormes y torpes alas. Se posó junto a la roca, sin mostrar interés por ella. Desde allí, observaba a un grupo de dinosaurios que se disputaban los generosos pastos que cubrían la totalidad de las tierras de la actual región de la Toscana, al noreste de Italia. La mayoría de dinosaurios eran herbívoros, algunos de grandes dimensiones. Sus insaciables estómagos eran capaces de digerir a diario hasta doscientos kilos de vegetación, lo que los obligaba a ser nómadas en búsqueda de nuevos pastos. Nada alteraba la perfecta armonía del valle, donde la naturaleza reinaba sin discordia, hasta que, en un fatídico día, a mediados del Cretáceo terciario, hace unos sesenta y cinco millones de años, un meteorito impactó sobre la Tierra y colapsó un apacible equilibrio natural. Primero aumentó la temperatura del planeta y luego lo oscureció por completo durante meses. Provocó un descenso a temperaturas extremas que llevó a un periodo de glaciación global y a la extinción de gran parte de las especies que lo habitaban.
El valle donde descansaba el bloque de roca caliza quedó lejos del lugar de impacto del meteorito y perduró a sus consecuencias. Pasó el tiempo y, tras la tormenta, llegó la calma; durante otros millones de años, el sol se reflejó cada atardecer sobre la superficie de mármol, con la apacible melodía de los arroyos más cercanos y el susurro del viento que azotaba las montañas.



Acto segundo: la revelación


Un nuevo clima más templado tras el periodo glaciar propició la aparición de nuevas especies que evolucionaron y convivieron en la Tierra otros cientos de décadas. Algunos de los nuevos animales merodearon por el valle sin prestar atención al bloque de mármol.
En el Paleolítico medio, hace unos cincuenta mil años, un grupo de primates, los Homo sapiens —una especie evolucionada de la familia de los homínidos—, pasó por el valle y se detuvo a descansar. Fueron los primeros en observar con interés las escarpadas paredes de mármol.
Al llegar al periodo conocido como la Edad de Bronce, otros humanos, los etruscos, formaron aldeas en el valle y descubrieron en sus paredes unas bonitas rocas aptas para la fabricación de utensilios y objetos decorativos.
Siglos más tarde, bajo el reinado de Augusto en Roma, se comenzó a sacar mármol de las montañas para crear estatuas y objetos de lujo. Con el cristianismo en auge, se extendió su extracción para la construcción de obras religiosas. El mármol encontrado en los montes Apeninos ya era valorado como excepcional, y el de las canteras de Carrara se conocía como «el oro blanco».
A mediados del siglo XIII, un respetado escultor italiano, Nicolás Pisano, recibió el encargo de realizar una escultura para la basílica de Sacra Maria del Assenso Finale. El maestro Pisano estaba absorto en una de sus grandes obras: el precioso púlpito del baptisterio de Pisa. Aunque aceptaba nuevos encargos, estos eran delegados a otros talleres colaboradores, que, tras la supervisión del maestro, llevarían su firma. La escultura encomendada era la de una virgen que debía ir en el exterior de la iglesia, sobre un ornamentado gablete, para coronar una de las capillas radiantes de la nave central. La talla fue confiada a Enialio Aresio, un antiguo discípulo del maestro Pisano, que realizaba pequeños proyectos escultóricos en su propio taller.
Enialio era un joven apuesto, tan conocido por el buen oficio y fuertes manos como por la debilidad ante la belleza femenina. De origen humilde, pertenecía a una familia de siervos sin recursos. El encargo del maestro Pisano, que debía realizar con apremio, era excepcional. Le aseguraba faena y dedicación total durante un tiempo.
La primera tarea fue seleccionar el bloque de mármol para realizar la obra, tal como se hacía en la época. Partió hacia Carrara, al norte de la Toscana, y se alojó en la fonda de un pequeño pueblo situado a las orillas del mar de Liguria.
A primera luz del alba, sin despertar a la joven posadera que lo atendió con especial afecto, partió hacia una de las canteras de la región, donde esperaba el caesor lapidum, el encargado de cortar las rocas.
Encaramado en una de las escarpadas canteras, el joven escultor examinaba las paredes con atención. Buscaba un bloque perfecto que liberase la figura de la virgen imaginada. Se detuvo frente el bloque de mármol, como lo hizo millones de años atrás el extinto pterosaurios. Cerró los ojos y acarició la superficie durante un rato. Sonrió y palmeó con satisfacción la roca. Con el gesto, indicó al caesor lapidum que aquel era el bloque escogido. Acto seguido, un grupo de cabuqueros —los encargados del desbroce de la superficie y la fractura de la piedra— empezó la ardua tarea de extracción con cuñas y martillos, y el posterior labrado del bloque elegido.
Una vez liberado, otro grupo numeroso de hombres sujetaba el bloque con cuerdas y lo deslizaba recostado sobre troncos de madera enjabonados. Debían esperar varias horas de un descenso peligroso hasta los pies de la montaña para que unos dóciles bueyes arrastraran el pesado bloque hasta el puerto de Luni, donde, cargado en una barcaza, era transportado hasta el taller del escultor.


Acto tercero: la metamorfosis


El escultor Enialio Aresio pensaba en una joven virgen como modelo para la escultura. Entre sus modelos y amistades no había ninguna que lo fuera, y ofreció unas monedas de oro a quien cumpliera los requisitos y aceptara posar para él. Al cabo de unos días, una chica de un pueblo cercano llamó a la puerta y se ofreció para el trabajo. De nombre Inanna, era una bella joven de piel blanquecina y mirada inocente. La mujer aseguraba no haber sido poseída por un hombre. A él le pareció perfecta y la aceptó de inmediato. Su singular belleza le recordaba a la diosa del amor, Afrodita, a la que Enialio vio en un dibujo que el maestro Pisano guardaba en su taller.
Después de días de bocetos y estudios previos, comenzó a golpear el bloque con martillo y cincel.
Si al principio, la joven Inanna se mostraba tímida e introvertida, el paso de los días y las insinuaciones de Enialio la desinhibieron. Pasó pronto de virgen a la mismísima Afrodita, diosa del amor y la lujuria. Aunque el joven escultor supo al verla por primera vez que la chica no era virgen, permitió que fuera su modelo y particular diosa del amor.
Enialio recorría con sus ásperas manos los contornos de la bella Innana. Trataba de reconocer el alma, como si de una roca se tratara. A los pies del bloque de mármol del que asomaba la figura de una virgen, hacían el amor con la pasión de unos adolescentes.
Las jornadas se repetían, una tras otra, con igual desenlace. Al cabo de unas semanas, la escultura de la virgen estaba terminada e hicieron el amor por última vez. Extasiados, se quedaron dormidos desnudos sobre unas mantas que cubrían el suelo.
Unos golpes en la puerta del taller los despertaron. Enialio se cubrió con una sábana y fue a abrir. En la puerta encontró a un hombre mayor con barba desaliñada, apoyado sobre un garrote, que se dio a conocer como Ernesto, el marido de Inanna. Enfurecido, entró en el taller sin que Enialio pudiera impedírselo. Al verlo, ella se escondió tras la figura. El viejo Ernesto, que reconoció en la virgen el rostro de su mujer, tomó un mazo del taller y golpeó la estructura que sujetaba la obra. Esta cedió, la virgen de mármol cayó al suelo y la cabeza de la escultura se separó del cuerpo. Inanna huyó y, tras ella salió el renco marido echando fuego por la boca.
El joven escultor debía entregar la obra en breve. Mientras pensaba cómo solucionar el estropicio, observaba la pesada cabeza en el suelo y reconocía en ella el infeliz rostro de Afrodita.
Unió la cabeza al cuerpo con unos vástagos metálicos para reforzarla. Adhirió los pequeños fragmentos rotos con mortero de cal y polvo de mármol. Tras un laborioso pulido, la escultura estaba acabada y lista para la entrega.
El bloque de roca, que millones de años atrás veía pastar a los dinosaurios, era trasladado al taller del maestro Pisano, convertido en la bella virgen.
El maestro descubrió la escultura. El arreglo de la cabeza pasó inadvertido, pero no la cara ni la mano de la virgen bajo la túnica entreabierta. Pisano recordó los dibujos que guardaba en el taller, que Enialio había visto: una bella Afrodita de mirada lánguida, desnuda con una mano sobre un pecho.
Enialio aseguró al maestro que la gente solo vería la mano de la virgen sobre el corazón. Pisano recordó al joven escultor que Dios sí lo veía todo y que nadie se libraría del juicio final.



Acto cuarto: el apocalipsis


Agustín ultimaba la maleta de viaje con urgencia. Dudaba si llevarse o no algo de abrigo, por si una noche refrescaba. Rocío, su mujer, le recriminaba que por su culpa perderían el avión.
La pareja celebraba las bodas de plata con un viaje organizado. Rocío, que rondaba los sesenta años, era una mujer religiosa que siempre soñó con ir a Italia para visitar las catedrales y los cientos de iglesias del país. Agustín, un ateo convencido, odiaba visitar templos. No le agradaba tampoco los viajes organizados ni seguir a alguien que lo guiara a golpe de silbato.
El día era soleado y Daniela, la chica que la agencia había contratado como guía del viaje, se protegía con un paraguas con los colores de la bandera española. El resto del grupo caminaba tras ella por las calles de un pueblo de la Toscana, en dirección a la basílica de Sacra Maria del Assenso Finale.
«El templo está coronado por la escultura de una virgen de mármol, esculpida, ochocientos años atrás, por el maestro Nicolás Pisano», afirmaba la guía, que sujetaba un pequeño altavoz con el que amplificaba la información.
Agustín, aburrido, se refugiaba en la sombra de un seto y se abanicaba con una hoja dominical que había tomado del interior de la basílica. Aunque sus ojos registraban el templo y sus oídos, la voz de la guía, Agustín estaba lejos, muy lejos, junto a Carmen, su amante. Rocío no daba abasto, tomaba nota de los comentarios de Daniela e inmortalizaba con una cámara digital cada lugar, cada detalle que la guía señalaba.
Agustín lo soportaba con aplomo. Accedía a las órdenes de su mujer sin rechistar, pero sin mostrar entusiasmo. Aun así, recibía sus reproches y era acusado por falta de implicación en el álbum —un diario que Rocío realizaba al regresar de cada viaje, donde reunía fotos, textos, billetes de tren, anotaciones, dibujos, cualquier cosa relacionada con el lugar visitado—. Al cuaderno no le faltaba detalle. Con él, mortificaba a la familia y a amigos.
Rocío mandó a Agustín situarse junto a una de las puertas laterales de la basílica para hacer una toma general. A regañadientes, él accedió a posar en otra foto más. Rocío buscaba el mejor encuadre y pedía a su marido que sonriera. Agustín pensaba en Carmen. Recordaba la conversación que tuvieron antes de partir: después de años de relación, Carmen le había suplicado que dejara a su mujer y se escapara con ella. Agustín pensó que tal vez había llegado el momento y sonrió para la foto.
La reparación de la virgen que el joven Enialio realizó ochocientos años atrás duró hasta entonces. Segundos antes de que Rocío apretara el obturador de la cámara, la virgen esculpida por el promiscuo escultor asintió. La cabeza de más de media tonelada de peso se inclinó hacia adelante y se desprendió. Cayó al vacío y se rompió en mil pedazos tras golpear la cabeza de Agustín. Acudieron en su ayuda, pero no pudieron hacer nada por él. Agustín, en brazos de su mujer, pronunció el nombre de Carmen antes de morir.
Semanas más tarde, Rocío cerraba el álbum de fotos del viaje con la instantánea de un sonriente Agustín con la cabeza de la Virgen un par de metros por encima, en caída libre, justo antes de impactar con la suya. Al pie de foto, Rocío había escrito a mano:
«La justicia del que todo lo ve para un esclavo de la lujuria como san Agustín».



Acto quinto: retorno al origen


La figura de la virgen decapitada se mantuvo en el mismo lugar durante varios siglos más, mientras la especie humana seguía con el dominio del planeta. La llegada de un brusco cambio climático provocó terribles terremotos que azotaron el planeta. Originaron infinidad de tsunamis y la destrucción de la mayor parte de estructuras levantadas por el hombre, entre ellas, el templo que soportaba la virgen de mármol. La civilización que durante miles de años los modernos sapiens habían forjado se desmoronó de un plumazo.
Siglos y siglos de un aumento de temperatura hasta niveles extremos llevaron a la extinción del ser humano y de la mayoría de especies. Grandes colisiones de las placas tectónicas transformaron el planeta. Aparecieron nuevos continentes y se formaron cientos de cadenas montañosas, al mismo tiempo que se enterraban otras tantas, entre ellas la cordillera apenina. El bloque de mármol que un día emergió a la superficie y que unos seres vivos esculpieron con forma humana, se sumergió en la corteza terrestre disuelto con otros compuestos minerales para formar nuevas estructuras.

18 de Marzo de 2021 a las 12:15 0 Reporte Insertar Seguir historia
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