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Min Yoongi es un ser inmortal creado para proteger a los humanos de aquellos que no han sabido resistirse a la sangre y al poder. Jimin será la respuesta a toda aquella red de sangre e injustificada violencia hacia los suyos, Park Jimin tendrá que pagar. →Yoonmin → +18 → Incluye Violencia. → Mención de Parejas Hetero.


Fanfiction Sólo para mayores de 18.

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01

No le gustaban los días nublados, los detestaba.

Desde hacía más de una semana, el clima amenazaba con la llegada de un terrible huracán. Faltaban siete días para luna llena, la noche del solsticio de verano se acercaba y en Weifang la tradición llamaba a todas las personas que creían en las historias de magia y brujas a que salieran a la calle, encendieran las hogueras e inventaran todo tipo de hechizos y encantamientos para traer prosperidad y felicidad a sus vidas.

Jimin se acercó a la cristalera de su habitación, que dejaba ver unas bellísimas vistas de la ciudad, y alzó la mirada al cielo. Su husky siberiano blanco de tres meses se acercó a él y le rascó la pierna con su patita.

Jimin lo miró, lo cogió en brazos y sonrió mientras masajeaba la coronilla de Milo y volvía a mirar las nubes.

Por el amor de Dios, estaban casi en pleno verano y el tiempo acechaba amenazador como en invierno. Vaya con el cambio climático... Todo el mundo hablaba de ello como si tal cosa, pero nadie entendía muy bien cuáles iban a ser sus consecuencias.

El 23 de junio se celebraría una gran fiesta y, de seguir así el clima, iba a estar pasada por agua. Desde pequeño sentía adoración por esa celebración, para él era realmente especial, y ni siquiera podía explicar de dónde provenía su fascinación.

En ese día la gente elaboraba tradicionales dulces. El techo estelar se inundaba de fuegos artificiales, habría música por doquier y la noche más corta del año se convertiría en la más larga para muchos jóvenes y no tan jóvenes que buscaban diversión, música y alguien con quien revolcarse en la arena de las playas para luego alcanzar juntos y confundidos —muchos gracias al alcohol— el amanecer.

Estaba más ilusionado por la llegada de esa festividad que por la de su cumpleaños.

Faltaban dos días para que el cumpliera veintidós años.

Veintidós años. Un escalofrío recorrió su columna vertebral erizándole los pelos de la nuca y borrando la sonrisa que había aparecido divertida en sus labios. Se abrazó a sí mismo, frotándose los brazos y logrando entrar en calor de nuevo. Dio media vuelta para dirigirse a su cama, no sin antes pararse enfrente de su tocador e inspeccionar su cuerpo y su cara. Dejó a Milo en el suelo y él se fue directo a morder un ratón de peluche, su juguete particular.

Jimin llevaba un pijama de short y camiseta sin mangas, ambas partes de color negro. Su piel canela. Un cuerpo estilizado, sin ápice de grasa y de largas y fuertes piernas. Pero no era el cuerpo lo que más llamaba la atención de él, sino su rostro.

El rostro que aparecía en el espejo era la reencarnación del embrujo y la atracción. Una corta y brillante cabellera rubia caía delicadamente tapando su frente y orejas. Las cejas perfectamente arqueadas. Sus ojos eran de un color almendra claro que a veces era imposible de definir, pómulos altos y ligeramente tintados de un rosa pálido. Su nariz fina y elegante. Sus labios dibujaban un arco perfecto y volvían locos de deseo a sus compañeros de universidad. Más de uno había intentado probarlos, sin mucho éxito. Sus labios rellenos y esponjados pedía a gritos que lo mordieran y lo succionaran hasta decir basta.

Con una sonrisa, recordando a sus amigos, que más de una vez borrachos hasta las cejas le habían pedido un beso por compasión.

Su madre debió de ser hermosísima, porque a su padre no se parecía en nada, de eso estaba seguro. A lo mejor no conseguía encontrar ningún parecido con él porque Minki siempre estaba de mal humor, con el ceño fruncido y la mirada ensombrecida. Tal vez si el hombre se relajara más cuando estaba con el... Imposible. Desechó esa idea al instante. No iba a engañarse, él debía de ser un calco a su madre. El no tener ninguna foto ni recuerdo de ella le hacía difícil sacar conclusiones, pero su intuición le decía que así debía de ser.

Su madre... Cuánta falta le había hecho durante esos casi veintidós años que estaba a punto de cumplir. Minki le había contado que Sunmi murió dándole a luz. Las cosas se complicaron, perdió mucha sangre debido a los desgarros. La hemorragia la dejó seca, le había dicho sin pizca de tacto su padre. Jimin tardó un tiempo en descubrir el significado de la palabra hemorragia. Con cinco años ya había aprendido a leer perfectamente, así que tomó un diccionario y con sus delicadas y rechonchitas manitas buscó por la H lo que eso quería decir. Cuando entendió que al nacer ella su madre sangró tanto que nadie pudo detenerlo se echó a llorar desconsoladamente y la aflicción le duró meses. Se iba a sentir culpable durante toda su vida y si no era así su padre ya se encargaría de recordárselo.

Tú la mataste. Tú fuiste el culpable.

Jimin ensombreció la mirada recordando las palabras que su padre había dicho más de una vez hacia él. Inspiró hondo.

—Serás mi padre y todo lo que quieras —susurró mirando fijamente al espejo —pero eres un cabrón de los grandes.

Tras la muerte de su madre, Minki había quemado y eliminado cualquier fotografía, vídeo o imagen que pudiera recordar a su mujer. Ignorando y siendo indiferente a si su hijo alguna vez hubiese querido tener un recuerdo de ella.

Por supuesto que él quería tener uno y no sólo uno, sino miles de recuerdos de la mujer que le dio a luz. Pero él se lo había privado, lo mismo que muchas otras cosas igual de importantes como el cariño, el amor y el calor de una familia. Aunque sólo fuesen ellos dos.

Jamás le había demostrado que lo apreciaba, jamás escuchó un te quiero, hijo. Si bien era cierto que no le faltaba de nada materialmente, tenía todo lo que quería. Trabajaba en la empresa de su padre como vínculo de relaciones externas. Tenía un muy buen sueldo con el que permitirse cualquier capricho sin necesidad de pedir nada a nadie. Él se había pagado la universidad y también su coche, un Bugatti descapotable de color azul eléctrico que le tenía fascinado. Sabía hablar varios idiomas, como el coreano, japonés, inglés, cantonés y algo de francés. Su padre tenía una empresa de materiales y productos para salas de operaciones y hospitales, así que necesitaba a alguien que pudiese comunicarse a nivel comercial con todo el mundo.

Lo más novedoso, lo más nuevo, Minki lo creaba y lo vendía. Tocaba desde instrumentación quirúrgica hasta fórmulas de nuevas vacunas.

Él era quién se encargaba, mediante sus enlaces, de recibir y distribuir las sustancias y los aparatos.

En el trabajo se dirigían la palabra lo justo. Por la mañana, en la empresa familiar y por la tarde en la universidad. Así era su vida desde hacía cinco años.

Estaba escaso de vínculo afectivo en su casa, no le había quedado más remedio que aprender a vivir con ello y tejer esos vínculos fuera de las paredes de su hogar, desde bien pequeñito. En el colegio y en la universidad había hecho grandes amigos. Pero mantenía y mimaba a los de siempre, Taehyung y Jungkook. Ellos eran sus dos pilares. Pilares no. Hermanos para él, mejor dicho. Se conocían desde la escuela, eran inseparables.

Y luego estaba su médico, Yesung, que desde hacía cinco años, tras la muerte de su anterior doctor, el señor Seungkwan, llevaba el control a diario de su diabetes. Venía cada noche, controlaba su azúcar en la sangre y le suministraba insulina. El odiaba las agujas y su padre evitaba tener contacto íntimo con él, así que tenía a su médico particular que lo cuidaba, le pinchaba y luego se iba. La intimidad que compartían en su habitación, mientras le hacía la revisión médica les había hecho trabar una buena amistad.

Una canción empezó a sonar distrayéndolo de sus pensamientos. Se dio la vuelta dirigiéndose hacia él. Tomó el móvil y lo abrió al ver que ponía Taehyung llamando.

—Hello —dijo una voz al otro lado del teléfono. Era Taehyung.

—Hola, loco.

—Tengo noticias que darte.

Jimin tomó asiento y se colocó las pantuflas de estar en casa en forma de conejo.

—Dispara.

—Jungkook y yo hemos decidido que no nos vas a dejar tirados todo el veranito mientras tú estás pendoneando en Seúl.

Jimin sonrió ante la expectativa.

—Ya sabes que yo no pendoneo —contestó.

—Puede que esa no sea tu intención, pero lo harás si nosotros dos te acompañamos.

— ¿Vendrán conmigo en verano? —agrandó los ojos y levantó las cejas ilusionado.

— ¿Tú qué crees? Alguien tiene que sacarte a los moscones indeseables de encima. Serías un cervatillo rodeado de lobos. Pero no te preocupes, nosotros te iremos, ejem... Digo protegeremos.

Jimin se echó a reír. Cómo le gustaban sus amigos. Taehyung era maravilloso, siempre le arrancaba alguna que otra sonrisa.

— ¿Qué? ¿No dices nada? —le recriminó Taehyung. —Nada como... Te quiero, es genial Tae, eres un amor..

—Es fantástico. Y sí, te quiero mucho, brujo.

—Eso está mejor. ¿Está por ahí el Dr. Seriedad?

—No, todavía es pronto para que llegue.

—Dale mi teléfono, por Dios. Y yo te diré si es o no es gay.

—Eres incorregible.

—Por eso me adoras. Te dejo, voy a entrar en un parking y no tengo cobertura. Mañana te llamo.

—Ok. Besitos.

—Besitos.

Con una sonrisa colgó el teléfono, lo dejó sobre la cama, se apartó el pelo de la frente para dormir. Era una gran noticia saber que sus dos mejores amigos compartirían con él unos días en Seúl. Miró su reloj.

El Dr. Seriedad, como lo llamaba Taehyung, debía de estar al llegar.

Bostezó y se sentó esperando a Yesung. Dios, tenía unas ganas locas de pegarse la gran fiesta y celebrar su precoz licenciatura en Pedagogía. Había sido el mejor de su promoción y necesitaba hacer alguna locura de las grandes.

Él tenía un máster en Calamidades, como el día en que preparó el mismo unas tartas con marihuana por su dieciocho cumpleaños y las repartió a toda la clase, incluido el profesor.

Aquel día estaba en uno de los seis créditos de Educación. Lo cierto es que la clase tomó un matiz muy literal cuando la subdirectora Lim, que había entrado sólo a gorrear, se metió dos trozos de tarta ella sólita y más tarde empezó a lamerle la oreja al Dr. Hai, el encargado de impartir dicho crédito. A lamerle la oreja... En público. Jimin nunca pensó que la marihuana fuese afrodisíaca. Pues lo era. Y mucho por lo que pudo ver ese día.

O como el día, hacía ya dos años, en que el guapísimo pero memo de Jun le había intentado sobar en la habitación de las tizas y los borradores. Sin duda, su queridísimo amigo Jungkook le había tomado el pelo al pobre chico, diciéndole que él quería verlo en la habitación del magreo —más conocida como la habitación de las tizas. —Jun había ido súper ilusionado. Por fin iba a poder tocar ese cuerpecito que tenía embelesado a media universidad. Pues bien, el sí que lo atizó bien. Lo cogió de los huevos, los apretó hasta casi tocar con los dedos la palma de su mano y luego lo lanzó contra la puerta, haciéndolo salir disparado y cayendo de espaldas en el pasillo más concurrido de la facultad.

Aquel día tuvo una discusión con Jungkook sobre lo que eran bromas de buen y de mal gusto. Aquella no había sido una de buen gusto ni por asomo. Jun jamás le volvió a dirigir la mirada.

O como el día en que... Toc toc.

Jimin se levantó de la silla y abrió la puerta de su habitación. Un chico de unos treinta años, ligeramente más alto que el, de pelo negro, de ojos negros y grandes le miraba con dulzura y esperando recibir permiso para entrar.

—Buenas noches, Jimin —lo saludó con voz amable.

—Hola, Yesung —le respondió. —Entra.

Se echó a un lado y lo dejó pasar.

—Hoy has llegado temprano —lo miró sonriendo.

—Sí —dijo él dejando la maleta negra sobre una de las mesitas de noche. —Hoy por suerte me he adelantado al tráfico —le sonrió.

En Weifang, a hora punta, era imposible conducir por la ciudad sin verte inmiscuido en una caravana de tres cuartos de hora.

Jimin se sentó sobre la cama y le ofreció el brazo izquierdo. Había hecho ese gesto todas las noches desde los siete años y estaba lleno de automatismos. Lo hacía con una gran naturalidad, ya no se sentía incómodo. Ni él tampoco.

— ¿Cómo te has encontrado hoy? —le preguntó sacando de la maleta un medidor de tensión arterial. La miró esperando una respuesta.

—Como siempre. Perfectamente.

— ¿No has sentido mareos, ni sudores fríos ni hormigueos?

—Nada —negó con la cabeza haciendo que algunos mechones resbalaran por la frente.

Yesung siguió su pelo rebelde con un deseo irrefrenable de ponérselo en las pinzas que lo sujetaban.

Carraspeó y volvió a concentrarse en su labor.

—Eso está bien —dijo con la voz algo ronca.

Jimin levantó una ceja y lo miró de soslayo. No era tonto. Sabía exactamente lo que provocaba en la gente, Yesung aunque se esforzara en ser diplomático, no era inmune a sus encantos.

El no pretendía llamar su atención. Nunca lo había pretendido. Pero sabía que lo hacía.

—Siempre ha sido así —le dijo intentando relajarlo. —Gracias a ti, tengo la diabetes perfectamente controlada. Mi dieta está equilibrada, baja en grasas. Hago deporte a diario y cada noche me inyectas la insulina. Más control no puedo tener, ¿no crees? —sonrió. —Cada noche las mismas preguntas y las mismas respuestas.

—Nunca se sabe, Jimin —rodeó su brazo con la cinta azul y lo presionó. Miró el medidor y sonrió conforme. — Estás...

—Estoy bien. ¿Te he dicho ya que como siempre? —arqueó las cejas. Yesung negó con la cabeza mientras hacía esfuerzos por no darle la razón. —La diabetes es caprichosa a veces.

—Pero no conmigo, por suerte. Dudo que haya alguien que esté tan vigilado como yo.

Le miró directamente a los ojos y se quedó en silencio. Jimin lo miró incómodo y enseguida intentó desviar su atención. Él se dio cuenta de su encantamiento y tomó de la maleta el medidor de azúcar. —Dame tu dedo índice —le tomó de la mano.

—No, pínchame en otro —le dejó el dedo anular. —Éste ya lo tengo muy dolorido.

Cada dos semanas cambiaba de dedo de la mano. La máquina del control de azúcar le acribillaba sin compasión.

Yesung tomó la gota de sangre roja y espesa que salió de la yema del dedo y la colocó sobre una tira blanca, que estaba encajada a un aparato digital.

—Tu nivel de glucosa es normal —miró a la pantalla digital del medidor. —Muy bien —guardó los aparatos en el maletín y sacó una ampolla y una jeringuilla. Clavó la jeringuilla en el frasco y extrajo el líquido. Con una pequeña presión del pulgar y unos toquecitos sobre el extremo de la jeringa expulsó el aire.

Jimin se pellizcó la pierna derecha y esperó a que el médico le clavara la aguja en la poca carne que conseguía retener entre sus dedos. Tenía las piernas tan fuertes que no había carne flácida por ningún lado.

Él le pasó un pequeño algodón y luego le pinchó.

Jimin siseó arrugando la nariz.

—Hoy te ha dolido —Yesung extrajo la aguja con rapidez.

—No ha sido nada —sonrió mientras se frotaba ligeramente el muslo.

Una vez guardó todo en la maleta, Yesung se relajó.

— ¿Y bien? —le miró agrandando los ojos. —Felicidades por tu licenciatura...

—Gracias —contestó. Se levantó y caminó hacia una gran nevera que tenía empotrada en la pared, en el otro extremo de la inmensa habitación. — ¿Lo de siempre? —lo miró por encima de la puerta de la nevera.

—Sí, por favor.

Jimin tomó una cerveza para él y para el mismo un agua con gas. Se sentó a su lado.

— ¿Cómo vas a celebrarlo? ¿Ya has pensado algo? —arqueó las cejas repetidamente. —dentro de poco es tu cumpleaños, ¿no?

El joven asintió con una sonrisa. Él siempre se acordaba.

—Creo que lo celebraré todo en las fiestas —bebió de la botella de agua.

—Recuerda que no puedes emborracharte —le recomendó mientras bebía de un solo sorbo media cerveza.

—No me hace falta beber para pasármelo bien —frunció el ceño.

—Ya lo sé. Sólo te lo advierto., tu padre me ha puesto a tu cuidado.

—Eres mi doctor, no mi niñera, Yesung.

—Soy tu doctor y debes obedecerme, Jimin —replicó en el mismo tono que el otro. —Tu salud y mi vida corren peligro si decidieras hacer alguna de tus locuras. Tu padre es...

—Mi padre —le cortó el— se puede guardar sus recomendaciones y sus amenazas donde le quepan —volvió a beber otro sorbo. ¿Amenazas?, pensó Yesung. Minki no amenazaba. Procedía directamente. Era un hombre sin escrúpulos.

—Bueno —la miró de reojo. —Se preocupa por ti, ¿no?

—No seas cínico —se echó a reír. —Confieso que no entiendo la obsesión que tiene en mi integridad física, pero yo, como persona, no le he importado jamás. Lo único que le agradezco es la posibilidad que me ha dado para estudiar y el hecho de que me deje vivir bajo su mismo techo. Más como un inquilino que como su hijo, claro está. Nunca me ha abrazado, ¿sabes? —su voz se tiñó de resentimiento. —Ni una sola vez —añadió dolido. Frunció los labios y dijo con determinación. —Pero en unas semanas voy a arreglar mi situación —un brillo esperanzador apareció en su mirada.

Yesung tensó la espalda y la miró a los ojos.

— ¿Qué quieres decir?

—Me marcho de Weifang —se recogió un mechón de pelo que le caía por la cara. —Me largo de aquí y de su control.

— ¿Cómo?

—En avión.

—No, eso no... Que ¿por qué?

—El director de la facultad se puso en contacto conmigo. Me han ofrecido llevar a cabo un proyecto en Seúl con las futuras promesas en el campo de la pedagogía.

Se trata de un proyecto ambicioso y pionero en Asia. Intentaré crear junto con un grupo de psicopedagogos bases y nuevos métodos de enseñanza para un nuevo sistema de educación primaria. Podríamos revolucionar el sistema educativo obsoleto —lo miró esperanzado. —Es genial...

Yesung ensombreció la mirada y apretó la mandíbula.

— ¿Lo sabe Minki?

— ¿Cambiaría algo si lo supiese? —alzó una ceja. —No, no lo sabe —miró al frente con seriedad reprimiendo la alegría que su proyecto le hacía sentir.

—No puedes mantenerlo en secreto —le miró con severidad. —Es tu padre.

—Sabes lo que pasaría si se lo dijese —por supuesto que lo sabía. No le dejaría irse.

—Mira, ya sabes que no estoy de acuerdo en cómo te trata. Pero aun así...

—Ya lo tengo más que decidido. El billete está comprado. Me esperan para septiembre, pero quisiera estar en Seúl con antelación. Me gusta mucho la ciudad y no me vendría mal aclimatarme antes. El veinticinco de junio sale mi avión.

—Deberías decírselo —recomendó levantándose con urgencia y recogiendo el maletín. —Soy tu médico, ¿quién te controlará allí? Tienes miedo a las agujas, la sangre te marea y...

—Allí habrá médicos también —Jimin se levantó con él. Tiró la botella de cristal en su basura ecológica y lo señaló con el dedo. —Si le dices algo, dejaré de hablarte —lo miró extrañado de arriba abajo. —Y por cierto... ¿a dónde vas con tanta prisa?

—Hoy no me puedo quedar mucho rato más. Tengo cosas que hacer —se abrochó los botones de las mangas de la camisa. Jimin reprimió una sonrisa juguetona.

— ¿Has quedado? —su sonrisa se ensanchó. — ¿Vas a jugar a médicos con una doctora?

—Por Dios, Jimin... —resopló rindiéndose ante él. — ¿Cuándo dejarás de intentar emparejarme?

—Eres mi amigo, tienes treinta y dos años y no has tenido pareja nunca desde que te conozco — lo miró divertido. —Me preocupo por ti y por tu descendencia.

—Yo también podría decir lo mismo de ti —replicó. —Nunca te he visto con ningún chico o chica en particular —dijo entre comillas. —Y no me sirven esos perritos falderos que te siguen babeando y humillándose por todos lados.

Tú tampoco has tenido novio nunca. Jungkook y Taehyung son los únicos chicos que te acompañan, pero ellos saben muy bien que eres sólo algo platónico. ¿Qué me dices a eso? ¿Cuándo vas a lanzarte?

—No hay nadie que me interese—frunció los labios intentando parecer enfadado.

— ¿Mujeres?

—Yo no le hago ascos a nada y lo sabes —soltó una carcajada.

A él le gustaban los hombres más que las mujeres.

Le gustaban rubios, de eso estaba seguro. Era cierto que nunca se había sentido atraído por nadie y en cuanto algún chico intentaba coquetear con él lo rechazaba. Eso sin mencionar, que no le gustaba que le tocasen mucho. Obviamente era virgen y no le importaba porque creía que entregarse a alguien era algo muy serio y si debía hacerlo se aseguraría de que fuese con alguien especial. Por Dios, tenía que dejar de leer tanto.

—De todos modos —Jimin siguió pinchándole, —yo estoy en la flor de la juventud —se cruzó de brazos y lo inspeccionó de arriba a abajo. —Tú...

—Oh —exclamó irritado. —Cierra ya esa boquita que tienes, ¿quieres, bonito?

—Sólo bromeaba —alzó los brazos suspirando. —Eres un hombre que está de buen ver.

Yesung se echó a reír y lo dejó por imposible. Le besó en la mejilla y se apresuró a abrir la puerta y salir de su habitación.

—Yesung —le dijo más serio. —He confiado en ti. Sólo lo sabes tú, Taehyung y Jungkook. No lo dirás, ¿verdad?

—No lo diré. Confía en mí. Aunque bien podrías haberme mencionado algo antes —le recriminó. —Si soy tu amigo y tanto me quieres... —dramatizó.

—Ni siquiera yo lo sabía. Me lo ofrecieron y acepté sin pensarlo. Me cuidaré, lo prometo —cruzó los dedos. —No tendrás que preocuparte por mí y además seguiremos en contacto.

—Jimin, eres mi amigo. Me preocuparé por ti estés donde estés. Pero ten cuidado. Si tu padre se entera de esto cerrará los aeropuertos de toda China para que no salgas de aquí —comentó pasándose la mano por el pelo azabache. —Él no es alguien que puedas sortear a tu antojo.

—Pero no se enterará, ¿verdad? —deseaba una confirmación por su parte.

—No, cariño. No por mí.

Jimin le sonrió.

—Gracias.

—Gracias a ti por la cerveza. Te veo mañana —tiró la lata a la basura.

Le guiñó un ojo y se fue.

No, él no lo traicionaría. Lo que le preocupaba era que, en el fondo, sabía que Yesung tenía razón. Minki no le quería. Sin embargo le trataba como a una posesión. Tenía a gente vigilándolo constantemente y él era lo suficientemente observador para darse cuenta de esa vigilancia. Controlaba cada uno de sus pasos, revisaba sus llamadas de teléfono, sus cuentas gmail. Y además lo hacía sin ningún disimulo.

No, su padre no la quería como a un hijo, pero su comportamiento maníaco-obsesivo para con él tampoco era normal. Haría lo posible por escapar de él. Lo que hiciera falta. Después de las fiestas se iría.

Con ese pensamiento y observando cómo la lluvia empezaba a salpicar las ventanas se metió en la cama. Apretó el botón del interfono empotrado en la pared.

—Leo —habló al micrófono.

—Sí, señorito —respondió la voz al otro lado.

Leo era el guardia de seguridad de la entrada.

— ¿Se ha ido ya el señor Yesung?

Dejó de apretar el botón del interfono y cortó la comunicación. Se acomodó la almohada y clavó su mirada al techo de la habitación. Un sueño súbito, dulce y profundo amenazó con cerrar sus ojos. Un agradable cosquilleo recorría sus piernas y los brazos, de repente, se tornaban pesados. En un suspiro, le llegó el sueño profundo que rozaba la inconsciencia. Como cada noche, caía dormido al instante.

La mansión estaba casi a oscuras. Sólo unas luces permanecían encendidas y él podía ver, a tenor de la luz que salía por las ventanas, qué habitaciones eran. Empezaba a llover con fuerza, pero a Yoongi no le importaba mojarse. No podía creer que por fin, después de diecisiete años, vengaría la muerte de su mejor amigo, Suko.

Y mucho menos entendía que todos y cada uno de los pasos por detener a su asesino le llevaran hasta la ciudad de Weifang en la provincia de Shandong, China.

Weifang no era un lugar muy frecuentado por los suyos. Era una ciudad preciosa, encantadora, cosmopolita y diseñada para la cultura, el ocio y la diversión. Pero, por lo que él sabía, no era un cónclave vanir. La luz y la vida diurna de esa ciudad no podía ser cómoda para uno de los suyos.

Posiblemente esa era la razón por la que el hijo de puta de Minki había instalado su hogar allí. No podrían perseguirle en ese entorno, por lo menos no durante mucho tiempo. Pero él no iba a estar mucho tiempo. Iba a entrar, interrogarlo y mutilarlo en un abrir y cerrar de ojos. Iba a hacerlo sufrir y a darle donde más le dolía.

La mansión que tenía enfrente era un palacio envuelto por pinares, rodeado por un espectacular jardín. La fachada construida de piedra.

Observó cómo en la fachada oeste había dos torres. Una de esas torres sería la habitación de su próxima víctima. Allí estaba el, frío y distante, terriblemente hermoso. ¿Cómo algo tan bonito podía albergar tanta maldad? No lo había visto nunca a menos de un metro. Sin embargo, aquella pose, aquella piel que se antojaba suave y dulce al gusto y su figura estilizada no podían dar cabida a la duda. Era un bombón. Un bombón relleno de ácido.

Cuando el desapareció de la ventana Yoongi inspeccionó con sus ojos lo fantasmagórica que podría llegar a ser esa casa, si no fuese por los focos de color es azulados y amarillos que la iluminaban. Minki tenía que haber ganado mucho dinero a costa de las carnicerías y de los experimentos a los miembros su raza a tenor del poderío que mostraba a simple vista su vivienda.

Su hijo y él se habían hecho ricos. Su hijo Jimin era el Relacionista Público de su empresa, estaba en contacto con todos los proveedores. Se encargaba de pedir los aparatos, así como las herramientas y las drogas necesarias para proceder con los cuerpos de su clan. Como habían hecho con su amigo.

Jimin, en realidad, se limpiaba las manos, porque él no trataba con las víctimas directamente, para eso ya estaba su padre. Perro. No sabía a quién odiaba más, si al princesito de hielo que tiraba la piedra y escondía la mano o al asesino sin escrúpulos.

A su mente volvieron las imágenes de Suko mutilado. En uno de los brazos descuartizados que encontraron en aquel contenedor vieron un sello que ponía Newstar, una empresa destinada a la investigación científica. Siguieron el rastro durante años y no les fue fácil por la cantidad de empresas y corporaciones tapaderas que impedían ver el origen real de esa fundación.

En aquel momento, allí plantado, chorreando de pies a cabeza por la lluvia, ya sabía que uno de los accionistas mayoritarios de aquella empresa era el hombre que vivía en la mansión que tenía enfrente.

Minki. Uno de los culpables del asesinato de Suko. Uno de los muchos que tenían que pagar por la persecución a la que se veían sometidos los vanirios. Iba a disfrutar de lo lindo con él y con su hijo, pensó mientras se pasaba la lengua por los labios.

Cuando descubrieron que Minki tenía a su hijo trabajando con él no se podían imaginar que el fuese tan apetitoso. Sin duda, iba a saborear a ese bocadito hasta que le suplicara que parase, y bien sabía que no iba a ser ni gentil ni educado con él.

Las luces de la llegada de un coche iluminaron por décimas de segundo la zona de bosque donde él estaba escondido. Acechando. Protegió sus ojos alzando la mano. Del Honda salió un chico, no tan alto como él, con un maletín negro.

—Según nuestras investigaciones —dijo una voz penetrante tras él, —su nombre es Yesung y trabaja para Minki. Visita a su hijo cada noche.

Yoongi miró hacia atrás y saludó con un gesto de barbilla a Namjoon. Era un poco más bajo que él. Tenía el pelo castaño oscuro, con un mechón blanco en el lado izquierdo. Sus ojos eran de un color gris pálido y su rostro frío y duro como el granito causaba respeto a los que le conocían, y temor a los que no.

— ¿Son... pareja? —preguntó Yoongi mirando fríamente a Namjoon.

—Puede que lo sean. Él le visita todos los días. Cada noche.

—De todos los que hay en esa casa —la mirada de Yoongi se tornó determinada mientras volvía a mirar al frente, —además de su hijo, ¿quiénes más están al corriente de sus acciones?

—No sabría decírtelo —hizo una mueca con los labios. —No creo que los sirvientes estén informados sobre lo sádico que es su patrón.

—Nos encargaremos de Minki y de su hijo Jimin. Sólo de ellos —advirtió. —Él nos llevará hacia las técnicas que usan para investigarnos —apretó la mandíbula— y el hacia todos los contactos y proveedores que están implicados.

— ¿Investigaciones? Eso suena muy suave para describir lo que hacen con nosotros, ¿no crees? Nos abren en canal, nos sacan las entrañas y nos matan como animales. Somos seres inmortales, Yoongi, pero ellos se encargan de arrebatarnos la inmortalidad cuando nos degollan y nos arrancan el corazón.

Yoongi apretó los puños con rabia. Debía relajarse si no quería verlo todo rojo antes de tiempo.

Cuando cogiera a Minki iba a arrancarle el corazón, las uñas, los ojos, no sin antes haberle despellejado vivo y... no. No. Los ojos sería lo último. Minki tenía que ver antes lo que le esperaba a su hijito querido. A él le iba a atar a... Detuvo su mente. Sus músculos se tensaron, la boca se le hizo agua. De repente no podía pensar, sólo sentir. ¿De dónde venía ese repentino olor que todo lo inundaba?

Namjoon tensó la espalda y escudriñó la zona con la mirada. Él también lo olía.

Yoongi movió las aletas de la nariz y cerró los ojos, dejándose llevar por ese éxtasis súbito. Era un olor peculiar, un perfume que como una droga se le subía a la cabeza y ponía en alerta todos sus sentidos.

—Olía a tarta de queso y frambuesas. Recién hecha.

—Por los dioses... —fue lo único que se atrevió a decir. — ¿Quién huele así?

Sintió cómo los colmillos luchaban por alargarse y las pupilas de sus ojos se dilataban hasta límites insospechados. Debía controlar sus instintos básicos.

Se miró la entrepierna. Oh, no. Tenía una erección de campeonato. La cubrió con su mano y presionó para relajar ese órgano sin cerebro, tan impetuoso, caliente y difícil de controlar.

— ¿Viene de la casa? —preguntó Namjoon con los colmillos completamente desarrollados y los ojos negros.

—Es un olor a hombre —dijo Yoongi volviendo a inhalar. — ¿Quién huele así? —repitió.

—Un hombre muy apetitoso —se relamió.

—Céntrate, Nam —le ordenó. — ¿Están todos en su posición? —tenía que quitarse ese olor de las fosas nasales. Le dolía la ingle horrores y esos pantalones tejanos oscuros, aunque eran anchos, no ayudaban a sofocar el dolor. Ya buscaría a la fuente de aquel perfume embriagador.

—Están preparados para recibir nueva orden.

—Bien. Esperaremos —dijo agradecido cuando ese olor desapareció.

¿Habría algún sirviente en la mansión que pudiese nublar sus sentidos así? Nunca antes había sentido nada igual, olido nada igual. Sacudió la cabeza, esperando borrar esa extraña sensación.

Esperaron un rato más en silencio, parados, ocultos, expectantes como dos tigres al acecho.

Veinte minutos después salió el chico rubio de nuevo.

—Caramba... Le ha abierto de piernas, se le ha tirado y ya puede volverse a su casa —dijo Namjoon entre susurros. —Ha sido muy rápido, ¿no crees, Yoongi?

Yoongi lo miró de reojo y sonrió.

—Dime, ¿cuál va a ser tu venganza hacia él, Yoongi? —le preguntó Nam alzando una ceja.

—Sea la que sea —miró de nuevo al frente y siguió con los ojos a Yesung. —Te aseguro que no voy a ser tan rápido. Durará —gruñó para sus adentros.

—Hagas lo que hagas déjanos verlo. El resto también queremos darle su merecido.

—No —dijo Yoongi tajante.

— ¿Lo quieres sólo para ti?

—Quiero humillarle y castigarle tanto como tú. Pero dijimos que tú te encargarías de Minki. No está en nuestra naturaleza maltratar de ese modo a un humano. Pero haré lo que tenga que hacer para obtener la información.

—Así que no lo está, ¿eh? ¿Ni siquiera a uno que está colaborando en la exterminación de los nuestros? —lo miró con furia. —Ese puto también ha colaborado en el asesinato de mi hermano, Yoongi. Suko era algo mío. También quiero mi parte del plato...

—Bien. Primero tú irás a por Minki. Yo iré por Jimin —miró hacia la ventana de la habitación del joven. —Cuando me haya desahogado con él, haremos un intercambio de parejas.

Por supuesto no pensaba hacerlo, pero si eso bastaba para aplacar a Namjoon... El chico iba a tener suficiente castigo con lo que él le iba a hacer y aunque el odio que sentía por él y por su padre era muy grande tampoco permitiría usar con el los mismos métodos de reducción que Newstar utilizaba con los suyos.

Namjoon tomó aire y lo exhaló, relajando la espalda y la tensión de su cara. —Bien. Eso me gusta más.

Otro coche llegaba al recinto. Un BMW negro. El chófer salió y abrió la puerta a un hombre alto y corpulento, de media melena blanca, nariz aguileña y barba recién afeitada.

Yoongi y Namjoon se pusieron alerta. Era Minki

El ambiente se espesó hasta tal punto que era difícil respirar. Podía palparse el odio a gran escala que emanaba de los dos cuerpos ocultos entre los pinos.

Yesung salió a su encuentro. Se dieron un fuerte apretón de manos e intercambiaron algunas palabras.

— ¿Qué hay de él? —preguntó Namjoon mirando a Yesung. — ¿Nos lo cargamos también?

—Veremos... —respondió. —De momento tenemos a dos piezas que pueden llevarnos a muchos sitios. Pero puede que más adelante lo necesitemos.

Yoongi que estaba a casi trescientos metros de distancia, agudizó el oído y escuchó la conversación.

—...Está bien, en su habitación —dijo Yesung.

— ¿Todo normal? —preguntó Minki con interés.

—Como siempre —miró el reloj de su muñeca. —Tengo prisa, Minki. Hasta mañana.

Minki lo siguió con la mirada hasta que se fue.

Yoongi los estudió a ambos. Por el lenguaje no verbal que pudo observar no tenían una buena relación. Parecía que Minki lo coaccionaba de algún modo, se percibía la falta de confianza entre ellos. Minki dirigió la mirada a los pinares y con sus ojos negros inspeccionó el perímetro. Inmediatamente entró cojeando en la casa.

—Namjoon —dijo Yoongi sin perder de vista al cojo. —Avísalos a todos para que estén preparados. En cuanto entre Minki, entraremos nosotros. Diles que en media hora tengan los coches en la salida.

Namjoon asintió y se alejó para llamar por el transmisor que tenía pegado a la oreja.

Yoongi inspiró profundamente mientras dejaba que su naturaleza fluyera como río de lava ardiente. Los ojos se le oscurecieron como la noche. Los colmillos blancos y brillantes se alargaron hasta rozar el labio inferior. Cualquiera que lo viera, aunque seguía siendo salvajemente bello, saldría corriendo.

No se iba a sentir orgulloso de lo que iba a hacer. Su misión era proteger a los humanos, no acecharlos. Sin embargo, ni Jimin ni Minki podían llamarse humanos para él. Ellos habían sido responsables del asesinato de su mejor amigo.

Ellos, junto con el resto de las sociedades que capturan a personas con extrañas mutaciones genéticas sólo para la investigación y la explotación de sus facultades, como los vanirios, estaban exterminando su raza. No iban a quedar impunes, no lo iba a permitir. Sobre todo porque la humanidad también debía librarse de individuos como ellos, y él y los de su clan habían sido elegidos para proteger a la humanidad.

Lanzó un grito al aire. Calma. Necesitaba calmarse o no iba a disfrutar de la tortura. Tal y como habían visualizado, había un guardia en la entrada, dos guardaespaldas en el interior de la casa y tres pastores alemanes cercando el jardín.

Él podía comunicarse con los animales, aquel había sido su don otorgado, así que los perros estaban más que controlados. Sólo hacía falta reducir al guardia y a los dos que vigilaban la seguridad interna de padre e hijo.

Sonrió con malicia. Iba a ser fácil. Con gesto sereno, cogió impulso sobre sus piernas, los músculos se flexionaron y dio un salto por encima de los pinos. Su pelo rubio ondeaba al viento, enmarcando un rostro felino y lleno de convicción. Se preparó para aterrizar sobre la cabina del guardia de seguridad.

Minki ordenó a la sirvienta que le ayudaba a quitarse el abrigo empapado, que le trajera un bourbon. Cada noche más de lo mismo, llegaba de los laboratorios, después de revisar tomas y tomas de sangre que se comportaban ante él como libros cerrados. Se sentaba en el sofá y se tomaba una copa.

¿Qué era científicamente hablando lo que hacía que esos monstruos tuvieran un ADN tan sumamente complejo? No podía dar con la solución y el no poder controlar las cosas lo enfurecía. Se recostó sobre el sofá de piel marrón del amplio salón. El suelo del salón era de parqué oscuro. Una gran alfombra con motivos árabes decoraba la zona de estar. Cuatro figuras de piedra estaban colocadas estratégicamente en cada esquina de la sala. Figuras de guerreros de terracota, en posición de larga y eterna vigilia.

La sirvienta, rechoncha, rubia y de mejillas rosadas, le trajo el bourbon en una elegante copa de cristal, dejándola sobre la mesa de marfil blanca. Con un tímido asentamiento de la cabeza se fue dejándolo solo.

Minki tomó la copa entre sus dedos y observó el líquido ambarino removerse mientras la movía en círculos. Estaba cerca de conseguir algo. Los años pasaban y la larga espera debía llegar a su fin.

Tenía que dar con el eslabón perdido, aquella diferencia entre ellos y los humanos. Tomaba su primer sorbo cuando oyó unos ruidos extraños en el jardín. Se levantó del sofá con la mirada recelosa y apretó el comunicador plateado que había sobre la mesa.

— ¿Leo? —preguntó esperando respuesta. — ¿Va todo bien?

No se oía nada. No hubo ninguna contestación.

Minki dirigió la mirada al amplio ventanal que daba al jardín. No parecía haber nadie. Y los perros... ¿Por qué demonios no ladraban los perros?

—Mateo, Daniel —gritó a los dos guardaespaldas para que acudieran a su lado.

Inmediatamente dos torres humanas, de talla XXXL, se colocaron detrás de Minki. Eran gemelos. Calvos y con muy malas pulgas.

— ¿Qué ocurre, señor? —preguntó uno de ellos.

—No puedo contactar con Leo. Uno de ustedes que vaya a ver si funciona su comunicador.

Mateo, que era ligeramente más alto, salió del salón en busca de Leo. Al llegar al jardín vio tres cuerpos tirados en el suelo. Con el ceño fruncido se acercó a los bultos inanimados. Eran los pastores alemanes.

Se agachó a inspeccionarlos. No parecía que estuviesen heridos. Parecían... parecían dormidos. ¿Cómo era posible? Alzó la mirada para localizar la cabina de Leo. Lo que vieron sus ojos lo asustaron. No había nadie en la cabina, no había ni rastro de Leo.

De repente oyó pasos tras de él. Una presencia grande y poderosa. Se giró con cuidado, temeroso de hacer movimientos bruscos. Enfrente de él, un hombre de espaldas anchas.

— ¿Buscabas esto? —dijo Yoongi tirando a sus pies el cuerpo inconsciente de Leo.

Mateo abrió los ojos con consternación mientras que Yoongi se cruzaba de brazos y le sonreía. Leo tenía un golpe muy feo en la cabeza.

El guardaespaldas miró a Yoongi. Lo miró a la boca para advertir no sin sorpresa que de sus labios caía un ligero hilo de sangre. Yoongi se había cortado a sí mismo con sus colmillos, pero el humano creería que había mordido a su compañero.

Sus colmillos eran largos y afilados y su mirada negra con una aureola verde más clara de lo que ningún humano había visto jamás. Daba a entender que ese ser era letal. Y que él era el culpable del estado letárgico del guardia de seguridad. ¿Un vampiro?

Nervioso volvió sobre sus pasos a avisar a Minki de lo que pasaba, pero Yoongi lo cogió de la pechera y lo alzó a medio metro del suelo.

— ¿A dónde crees que vas?

—Por... por favor... dé-déjeme libre...

Yoongi miró al hombre tembloroso y pálido que agarraba sus muñecas con fuerza.

Con una fuerza sobrehumana lo lanzó a más de veinte metros de distancia, por encima de los árboles. Se oyó un golpe seco, un hueso roto y seguidamente un rugido de dolor. Yoongi miró hacia donde lo había lanzado y utilizó su visión nocturna para ver como el cuerpo de Mateo, poco a poco, perdía el color del calor corporal. Se había quedado inconsciente.

Hizo una señal y de entre los árboles, corriendo a la velocidad del viento, Namjoon se dirigía hambriento a la casa. Mientras él se ocupaba de Minki y lo retenía Yoongi iría a por el princesito. Volvió a impulsarse sobre sus talones y voló hacia el balcón. Cayó a cuatro patas y se dirigió a abrir la ventana de la habitación de Jimin. Allí estaba el.

Dormido.

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Esta adaptación es sin fines de lucros, todos los créditos correspondientes a la autora Lena Valenti "Libro de Jade I: Saga Vanir".


Espero que les guste este primer capitulo, prontito voy a subir más <3

Si hay algún error por favor de dejarlos en los comentarios, graciaas!

Casi 7,000 palabrasss, me muero

-xpjmygg

12 de Marzo de 2021 a las 01:48 0 Reporte Insertar Seguir historia
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