ivis Ivana Simón

Cierra los ojos… Quisiera contarte algo que no me atrevo a pronunciar dos veces. Yo lo sé todo, no me animaba a hablar hasta ahora, pero no puedo hacerlo si me miras… Por eso voy a contarte del sastre de papel, mientras tu miras las estrellas que son tan hermosas esta noche…


Clásicos Sólo para mayores de 18. © Todos los derechos reservados

#arrepentimiento #recuerdos #dolor #sangre #histórico
Cuento corto
0
146 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

El sastre de papel

Epílogo de la esperanza

¿No es hermoso el cielo nocturno? Por algún motivo siento que nunca perteneceré allí, que mi corazón sufre por no ser aceptado en el paraíso escondido de la maldad humana…

Décadas atrás había conocido a un hombre, este juraba que estaba vivo para crear belleza que pudiera impartir felicidad a las personas, decía que el día que ya no pudiera hacerlo, ya no tendría porqué seguir en la tierra y podría convertirse en polvo estelar.

Recuerdo haber mirado con incredulidad al escuchar esas palabras mientras fumaba un habano luego de mi ronda del trabajo, todo ocurrió mientras caminaba a casa y pasaba por un lugar donde las calles estaban opulentas y llenas de personas con quejas y vicios como yo…

El aire que se respiraba era denso y cargado de odio, sólo que yo no lo notaba aún; mientras que aquel hombre repartía alegría con su sonrisa, su chaqueta algo gastada era elegante y no perdía su aire jovial, solía sentarse en cualquier banco para luego comenzar a dibujar en el cuaderno que siempre llevaba consigo. No recuerdo haber visto sus dibujos hasta entonces y cada vez que pasaba sólo veía hojas en blanco, pero aún así la curiosidad persistía.

Un día luego de salir del bar pude ver como unas personas lo golpearon hasta dejarlo inconsciente, silbé y saqué mi arma pero los maleantes me ignoraron y se retiraron, sólo llegué a ver que uno de ellos, era el hijo de mi superior en las fuerzas armadas.

Ignorando el extraño cuadro y la incomprensión que tenía sobre el mismo, me acerqué al hombre tendido en el suelo, para ver si aún estaba vivo. Al sentir su respiración lo cargué en mi hombro con dificultad y lo llevé a mi casa. Tal vez eso es lo único de lo cual me puedo sentir orgulloso en mi vida...

Luego de unas horas el hombre despertó, miró los adornos en mi pared y quedó perplejo, luego giró hacia mí y sonrió con pasividad. Miró su mano envuelta y le expliqué que la habían pisoteado, le pedí que se quede a descansar un poco más, pero se negó. Aquella noche sólo logré que aceptara una taza de té.

Había considerado que mi comedor era una sala amena al menos hasta esa noche cuando aquel hombre señaló uno de mis adornos y me preguntó si yo respetaba aquel símbolo. Sin dudar y también sin pensar, comenté con energía todo el apoyo que yo les brindaba, lo orgulloso que me sentía por portarlo y tenerlo en mi hogar. Luego de unos minutos de silencio sonrió y miró la mesa, al terminar lavó con energía la taza, como si tratara de sacarle el color y me sugirió que sólo la deje para poner cáscaras, me saludó cordialmente y se retiró. En ese momento aún no captaba lo que sucedía… para mí, él sólo era un buen hombre con un estilo de vida sencillo. Un hombre que no hacía daño a nadie, sino más bien esparcía alegrías...



Donante anónimo

A la mañana siguiente salí de casa a la hora habitual, sintiendo los olores habituales, y el humor de todos los días. Cuando llegué a un puente por el que siempre pasaba, vi a una mujer tirada, claramente estaba golpeada, pero cuando me quise acercar esta se asustó tanto que se alejó rápidamente de mí, abrazando a una bebé que lloraba sin consuelo.

Confundido me alejé y seguí con mi camino habitual. En la oficina realicé las mismas tareas, procesas multas, cobrar otras, dar indicaciones a los cadetes nuevos y tomar más de una taza de café.

Las horas pasaron y la hora del almuerzo se acercó, saqué un sándwich y una gaseosa de limón, comí tranquilo mientras disfrutaba de los minutos de descanso.

Recordé a la mujer con la bebé y pensé en comprarle algo para llevarle cuando volviera a pasar por allí. Pensaba dárselo sin acercarme mucho para que no se asustara nuevamente.

Tenía todo planeado a la perfección, pero al llegar al puente no la encontré, ni siquiera había un rastro de ella, tampoco podía escuchar a la bebé.

Me encogí de hombros y sin poder hacer nada más, me dirigí a mi casa. No perdía de vista ningún detalle del camino, aún con la esperanza de encontrarla.

Aquella noche era helada, cómo las que solíamos tener en esa época del año. Las calles solitarias sólo eran transitadas por quienes querían volver a su hogar, las luces tenues en las casas se distinguían a la distancia.

Saliendo del centro de la ciudad y pasando las opulentas casas, comenzaba un barrio humilde, carente en muchos sentidos, que cómo sabía el gobierno trataba de levantar. Ahí vivía yo, soltero de treinta y cinco años, con un perro ovejero alemán.

Antes de entrar a casa me limpié el calzado, y lo primero que pisé fue un sobre bien envuelto. Al levantarlo lo miré de todos lados y no entendía muy bien de quién era. Al abrirlo, había una nota que decía que era un reconocimiento por mis aportes a las fuerzas de seguridad y una opulenta suma de dinero. Finalizando la nota, decía que podía conseguir más de dónde venía ese mismo monto.

Puse el sobre en la mesa y el dinero al lado, miraba de reojo las boletas de servicios impagas, los impuestos que debía y otras cosas que también tenía que pagar.

—No sería malo ganar un extra —dije arqueando una ceja en señal de desconfianza.


El regalo jamás pensado

En dos días gasté la suma de dinero en su totalidad, pude ponerme al día con los servicios e impuestos que debía y compré una mejor comida para Junior.

Había hecho las cuentas y podría darme unos permitidos, que me había estado negando meses antes. Pensaba que si trabajaba horas extra incluso podría mandar algo de dinero a mi madre y mi hermana, quienes se habían mudado a Italia.

Hacía cuentas y veía un horizonte más esperanzador, incluso sentía que el día era más cálido o el sol brillaba más. La nieve a la entrada de mi casa no era un problema y la limpié con entusiasmo.

Seguía divagando en mis fantasías financieras, cuando de repente choqué con alguien, me disculpé y vi que había tirado al suelo a un hombre delgado. Era el mismo que había ayudado, cuyo nombre desconocía.

Lo ayudé a incorporarse y me agradeció, antes de irse revisó en su cuaderno y arrancó una hoja, la dobló en cuatro partes y me la entregó. Sonrió y antes de despedirse dijo algo que nunca olvidé, algo que debí haber hecho antes, pero que entre mi mente cansada y desesperada no consideró.

—Míralo cuándo todo se torne oscuro y sientas que no hay más salida, porque siempre hay un mejor camino —expresó con mucha calma y una sonrisa amable.

—Gracias —respondí confundido y guardé el papel doblado en mi campera.

Continué mi camino hasta la comisaría, vi a mi jefe en la entrada y cuando llegué a mi oficina todo se desmoronó. Mis cosas estaban metidas a presión en dos cajas de cartón. Había una carta redactada por mi superior donde me acusaban de fraude y por ende me despedían sin pagar indemnización.

—¿Qué fraude? ¡Yo soy inocente! —vociferé.

Todos me ignoraron, eran cómplices de tal acto y por un momento me sentí totalmente sólo y desamparado. Había sufrido un gran atropello y por un momento maldecía mi decisión de quedarme en vez de ir con mi familia a otro país.

Volví a casa, sin saber qué era lo que estaba sintiendo. Había elegido a mí país en vez de mi familia, había dejado tanto para el bienestar colectivo; que me había molestado con mi familia por dejar todo cómo si nada importara, todo por un sentimiento de inseguridad.

Tiré mi campera en la silla y me fui a dormir, no había mucho más que pudiese hacer.



Centros de reclutamiento y entrenamiento

Luego de una semana mi comida se estaba terminando, la había fraccionado para que me alcanzara más tiempo.

Había cobrado los dineros que había prestado y con eso pude pagar el alquiler, para que no me desalojaran al menos por los próximos dos meses.

Desesperado y sin saber qué hacer, volví a mirar el sobre y la nota. Anoté la dirección y me abrigué con la campera, estaba decidido a buscar una solución cuánto antes.

Respire profundo y por unos segundos cerré los ojos, sabía que no me hundiría ahí y que de alguna forma saldría adelante.

El lugar en cuestión era un galpón amplio y limpio en su interior. Había personas entregando folletos y hablando, otros estaban firmando. No había llegado a ver todo el lugar cuando una mujer delgada y hermosa se me acercó, sonrió y me habló de los beneficios de unirse a esa organización.

Me contó sobre cómo los judíos se estaban quedando con las riquezas del país, empobreciendo a los alemanes. Los puso cómo los jefes del capitalismo y por ende todo lo malo que buscaba desangrar al país.

Entre lo molesto que estaba por haber sido despedido sin ninguna explicación, le di la razón. Me ofreció un trabajo, dinero y atención médica. Realmente parecían buenos… pero lo que se venía nunca me lo imaginé…

En ese momento acepté, estaba muy desesperado, aunque eso no justifica nada de lo que sucedió después.

De repente 1932 fue un año más ameno conmigo, comencé a ganar más y lo único que tenía que hacer era fomentar a que más alemanes se unan a nosotros.

Dos años después me avisaron que no sólo volvería a trabajar en la comisaría, sino que me habían ascendido a jefe del destacamento. No podría haber estado más feliz, comencé a desempeñar mis funciones con esmero y siguiendo las órdenes de mis superiores.

Miraba la esvástica y consideraba que ese era el buen camino para mi amado país, el camino de riqueza para los desamparados y de igualdad entre los habitantes; sin embargo, no podría haber estado más equivocado…



La esperanza brilla, reluce y muere...

Ya llevaba un par de años en mi nuevo puesto, siempre diligente, siempre obediente. Defendiendo constantemente al Führer, tanto que un día llegó un telegrama, el mismísimo teniente general Theodor Eicke pasaría por mi ciudad.

Quería ver cómo estaba el estado general de la ciudad. Estaba muy nervioso, sólo había hecho lo que me habían pedido. Ponía y sacaba a la policía, ordenaba los rondines de las guardias tal cómo me indicaban cada semana.

Había pasado los telegramas con las extensas listas de personas que tenían que ser arrestadas. No conocía a ninguno pero sus antecedentes lo decían todo, ninguno era bueno, o al menos eso es lo que siempre había creído.

Una semana pasó cómo un soplo y el teniente general había llegado; lo recibí cómo era adecuado y le mostré el plan que tenía para mejorar la ciudad en infraestructura y seguridad, lo cual también generaría más puestos de trabajo para los alemanes que lo necesitaran.

Theodor Eicke hizo una señal para que me detuviera. Posó su mano sobre mi hombro y me invitó a sentarme, me sirvió una taza de té y lo que siguió después jamás lo olvidé.

—Tu entusiasmo es admirable y es por hombres cómo tú que este país saldrá a flote —comentó sonriendo.

—Yo estoy para servir en todo lo que pueda —respondí modestamente.

—Vamos a aprobar tu plan, pero primeramente vamos a limpiar la ciudad —agregó orgulloso mientras solicitaba que le acercaran su portafolios.

Sacó una gran carpeta y la abrió para extraer un sobre, el cual lo miró antes de entregármelo en mano. Allí había hojas llenas de nombres y direcciones, todos tendrían que ser llevados a otro lugar cerca de Hamburgo, este era Flossenbürg.

—Por supuesto —dije mientras lo leía —: esto lo cumpliremos en un par de días.

—Este año es un gran año, y por tantos años de servicio tendrás el gran honor de conocer las nuevas instalaciones el mismo día que el Führer las inaugure.

Se me heló la sangre y quedé sorprendido ¿Voy a conocer al Führer? Asentí rápidamente y esta vez me esmeré en participar de los arrestos personalmente.

A la mañana siguiente me alisté temprano, el teniente general estaba esperándome y salimos en el mismo vehículo. Lo que no me esperaba es lo que siguió, exactamente cuando ví cómo cargaban a los camiones a mujeres, niños y ancianos de la parte pobre de la ciudad.

¿Por qué se los llevaban? Ellos no habían hecho nada malo, no eran malas personas, yo los conocía personalmente. Miré confundido a Theodor Eicke, quien estaba demasiado enviciado con la escena, cómo para ni siquiera notar mi consternación.

—Así vamos a limpiar a esta nación, y sólo quedarán los verdaderos alemanes —dijo con calma y luego levantó la voz —: ¡Heil, mein Führer!

—¡Heil, mein Führer! —repetí.

Luego de eso mi mente se nubló, me volví un autómata, horrorizado de lo que había estado propiciando ¿Los informes que había recibido eran reales? Trataba de recordar pero jamás había vuelto a escuchar de las personas que se habían llevado.

Las visitas a los campos de concentración se volvieron más frecuentes, cómo recompensa a “mi desempeño en mi puesto”. Sabía lo que hacían, sabía lo que sucedía, ese no era un paraíso. Estábamos en el infierno y yo había sido el verdugo de un demonio tantos años, sin poder librarme de ese entramado sistema para el cual trabajaba, continué haciendo lo de siempre, mientras mi conciencia me torturaba cada noche.

En el medio había estallado la segunda guerra mundial, y el trabajo de los cautivos en los campos de concentración se volvió primordial. Yo fui espectador, cómplice y asesino, es por eso que jamás conoceré el cielo y las estrellas.


Polvo estelar

En una oportunidad visité Flossenbürg, mientras recorría y escuchaba los gritos ahogados y las súplicas, reconocí una voz. Esa voz que hace años no escuchaba, era aquel hombre, cuyo nombre desconocía, ese que había llevado a mi casa y a quién traté de ayudar.

Entre tanto alboroto, él trataba de calmar a una niña, quien lloraba sin descanso, era un llanto de dolor y agonía, sólo lo entendí cuando ví que habían cortado sus manos.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, quería sacar mi arma, matar a tantos torturadores cómo pudiese, hasta que me mataran a mí. Pero sabía que esa no sería una solución para esas personas, y yo no merecía una muerte rápida.

Estaba tan perdido en mis pensamientos, que no me di cuenta cuando aquel hombre comenzó a observarme y me ofreció una sonrisa compasiva ¿Estando en su situación sentía lástima por mí?

Con todo el dolor que implicaba golpee un par de personas para que no sospecharan y me acerqué a él. Quería preguntarle por qué sonreía, o mejor dicho cómo hacía para no desfallecer cómo los demás.

Al estar al lado y mirando desde arriba vi sus dibujos por primera vez. En esa ocasión había dibujado en el suelo un vestido, de repente este brilló y se tornó en una nítida imagen. En esta la niña bailaba, mientras tenía puesto un hermoso vestido; la niña sonrió y comenzó a respirar más tranquila, mientras se veía a ella misma, luego de unos minutos se quedó en completo silencio, había fallecido.

Repitió lo mismo con varias personas, todos antes de morir sonreían y entraban al descanso eterno en paz. Es cómo si dejaran de ver y oír el caos y la masacre, para perderse en un sueño hermoso y no despertar jamás.

—Eso es lo que siempre hiciste, repartir felicidad… lo siento, yo debí haber hecho algo, por todos… —dije con dolor mientras apretaba fuerte mis puños.

Sólo me sonrió, estiró su mano para tocar mi puño, ante la sorpresa giré a verlo y en ese momento una ventisca sopló y sentí cómo su cuerpo comenzó a desvanecerse, poco a poco desapareció, entre la ventisca y la nieve.

Nunca lo volví a ver, pero desde entonces me dediqué a salvar personas, evitar que lleguen a los campos de concentración, y tratar de sacar a otros. Comencé a trabajar con unas monjas y otras personas para salvar vidas.

Lo que más festejé fue la llegada de los aliados, lo único que devolvía un poco de paz a mi interior era salvar vidas, sabiendo que jamás podría compensar todo el daño causado.

Un día estaba recogiendo las cosas de mi casa para mudarme, cuando encontré una campera vieja en una esquina del armario y al doblarla un papel se cayó del bolsillo. Lo miré perplejo, lo había olvidado totalmente; era ese el papel que aquel hombre me había entregado, para que lo mirara cuando sintiera que no había salido.

Mis manos temblaron pero finalmente lo abrí, para mi sorpresa estaba en blanco y de repente brilló, esa luz me encegueció por unos segundos, pero al volver a mirar, ya no estaba en esa habitación abarrotada de cajas, era de primavera y estaba en mi niñez, jugando en el patio trasero de la casa con mis hermanas.

Una sensación de calidez me abrazó, era un suave consuelo, un hermoso recuerdo que casi había olvidado, lloré hasta que me calmé y guardé cuidadosamente aquel papel. Al desaparecer la ilusión quedó plasmado el dibujo de una bufanda, lo que conmemoraba ese hermoso día de campo que habíamos tenido, cuándo tenía diez años.



Últimas palabras del presente

—Usted pasó por mucho… —dijo mientras abría los ojos.

—Mi vida no era la gran excepción, era un hombre ordinario, con ambiciones ordinarias, deseo de destacar y ser reconocido. En mi vida cometí muchos errores, y desde aquella vez, desde aquel encuentro traté de corregir mi vida ayudando a los demás.

—Todos nos podemos arrepentir de nuestros pecados, redimir nuestro pasado y mostrar auténtico cambio, usted lo ha hecho.

—¿Y será suficiente padre?

Sólo sonrió.



FIN

30 de Agosto de 2021 a las 02:50 6 Reporte Insertar Seguir historia
3
Fin

Conoce al autor

Ivana Simón Aquí Ivis, escritora y ardua lectora de ciencia ficción, misterio y romance. Me gusta indagar en distintos géneros literarios tanto para leer cómo para escribir. Mi Instagram: _ivi_simon_ Facebook: Ivana Simón (Ivis)

Comenta algo

Publica!
! !
La fluidez de la narración: excelente :) Me gustó!
September 04, 2021, 00:45

  • Ivana Simón Ivana Simón
    Muchas gracias ( ◜‿◝ )♡ September 04, 2021, 00:48
Joan Rose Quim Joan Rose Quim
Excelente!!... Un enfoque bastante bueno de lo que fue aquél momento histórico contado a través de la vida de un hombre que sirvió a un demonio, básicamente porque como muchos, primero ve sus problemas y no el de los demás. Fue bonito ver su reivindicación. Escribes muy bien y la narración me encanta, felicidades!!
September 03, 2021, 04:21

  • Ivana Simón Ivana Simón
    Que bueno que te haya gustado. Muchas gracias por tu apoyo (。・ω・。)ノ♡ September 04, 2021, 00:48
Joan Rose Quim Joan Rose Quim
Me quedé con ganas de más!!! No soy experta, pero te comento en base a lo que me trasmitió. Es interesante y la narración fue amena. Casi me lo devoré, y estoy en horas laborales, pero no fue por las prisas, sino por lo fluido y entendible, (es que a veces me tengo que regresar si alguna palabra no la conozco y la debo buscar). Publicarás más?? Felicidades!!
August 30, 2021, 15:25

  • Ivana Simón Ivana Simón
    Muchas gracias por tu comentario, realmente lo aprecio mucho♥♥♥ Ahí lo completé al cuento y pues espero saber que tal te parece lo demás. ¡Saludos! ☺♥ September 02, 2021, 03:13
~