ryztal Angel Fernandez

El mayor Dean es enviado a explorar un planeta cercano a la Tierra. Su misión está por finalizar al comprobar que no hay probabilidad de vivir en el mismo. Recibirá una llamada de la central para regresar, pero una improvisada situación cambiará la vida de Dean. Un relato sobre la soledad y la identidad humana a través del tiempo.


Cuento Todo público.

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Planeta Solitario

Hay una luz vaga en los principios de mis recuerdos. No puedo discernir en la línea que divide los inicios de la apertura de la vista, a la realidad percibida fuera del vientre. Hablo de aquella luz que muchos afirman ser un recuerdo de nacimiento. Parece imposible, rememoro las primeras sensaciones en la piel, un especie de hormigueo. Me pregunto si esa luz podrá significar algo durante la muerte. Si en el nacimiento ves una luz, en la muerte, ¿qué ves?


Mi esposa hizo este sándwich. Amo el jamón y me transporta a los días en el parque del este. Sus rizos atravesados por los rayos solares, impactando en el grueso césped, fundiéndose con el brillo de su sonrisa. Abro los ojos y lo veo tan lejos, allí donde apunto con el dedo pegado al cristal dentro de la nave, una masa redonda girando y girando. Jamás se detiene aunque te detengas. La esfera de la humanidad. El vaho se plasma generando una mancha, trato de escribir, pero nada se me ocurre. Doy un mordisco, la lechuga sigue fresca y la salsa se mantuvo durante el viaje. Imaginar sus dotes de artista femenina haciendo con cariño este desayuno, evocando la figura de mi madre cuando era un niño. Me hace sentir cálido, apartando el frío existencial del vacío del exterior. Doy otro mordisco, se intensifica el sabor y su silueta se vuelve nítida, sueño con regresar a mi hogar.


La idea era absurda desde un principio y me parece absurdo todavía. Estar en un planeta inhóspito cerca de la tierra. ¿Qué objetivo tiene la misión? Siempre fui optimista por el avance progresivo del ser humano en no perder la capacidad de asombro y explorar terrenos desconocidos. Pero, conozco bien su necesidad de prevalencia, la supervivencia genética que nos caracteriza, encontrar un horizonte donde vivir cuando nuestra madre tierra perezca. Así que, me enviaron a este planeta solitario y huero.


Desde mi llegada en la nave me pareció un planeta desolado, no me equivoqué: es totalmente desértico. El suelo es gris, un gélido soplo terrible te cala en los huesos como mil alfileres y además, cuando quedas a oscuras, un miedo, pero no sé cómo explicarlo, es un miedo diferente a toda clase definible. Una vez me robaron. Salía con mi hija del supermercado, acababa de comprarle su oso de peluche favorito, una cosa felpuda con cara de pánfilo, andaba la niña dando saltos de emoción por el estacionamiento y me dispuse a guardar las bolsas. Dos sujetos en una moto llegaron, tenían unos revólveres compactos, me apuntaron en la frente paralizándome con las manos por instinto levantadas a la altura del cuello. De reojo vi a mi hija, seguía saltando en el estacionamiento hasta que se detuvo en seco viendo a los hombres encapuchados.


—No le hagan daño a la niña —rogué, automático.


En ese instante sentí terror acompañado con náuseas. Se me secó la boca y no paraba de temblar. Pensé en morir, pero al pensar en mi muerte, pensé en cómo mi hija vería a su padre morir, después en cómo mi esposa recibiría la noticia, luego en cómo mi madre se enteraría. Un día salí a hacer las compras con mi hija y no regresé. «Papá murió», sería el comentario de mi hija. Ellas crecerían sin mi presencia, todos mis amigos se olvidarían de mí con el paso de los años, la vida continúa y el mundo sigue girando. Aunque te detengas, seguirá. Sé que lo repito, pero ese el miedo del que hablo. Saber que la oscuridad te rodeará para la eternidad y tu vida quedará suspendida en el espacio hasta disolverse en la mente de tus seres queridos.


Los sujetos robaron las compras, dejaron a la niña en paz, por suerte no decidieron dispararme. Ellos tenían la decisión en la cuerda floja, podían haberlo hecho y encoger los hombros, pues, un hombre armado está dispuesto a matar si no tiene nada que perder. Entonces, abrumado por la noche de este planeta, intento sacudir el miedo que me invade. El miedo racional a la muerte.


Terminé de comer el desayuno. Busco una servilleta, limpio las comisuras de los labios y lo guardo en una bolsa hermética. Me acuesto en la cabina, esperando la llamada de la central anunciando la orden de retorno. Contando los días, llevo casi una semana. El tiempo es una invención del hombre, una especie de dios peor que el planteado en la religión. Es una invención para hacernos saber cuándo nacimos y cuándo morimos. Saber la llegada del día y la noche, los sinónimos del despertar y morir, de esto parte un complejo control que hasta nuestra salud depende de ello. ¿Podemos vivir cuerdos sin saber del tiempo? Iríamos como animales, aunque eso seamos, sin tener en cuenta cuándo morimos. Alguien de pronto se cayó y se murió, no sabemos el tiempo en que murió y seguimos vagando. Alguien de pronto parió un niño y seguimos vagando. ¿El tiempo al ser una invención humana que nos recuerde constantemente los años que tenemos contados en la tierra, nos vuelve humanos? La organización a la que anclados andamos por esta invención es superior a cualquier otra cosa hecha por el hombre. El tiempo sinónimo de historia, es cíclica como el reloj en un eterno girar de la agujas. El mundo gira, el mundo avanza, el tiempo fluye y el ser humano muere y otro nace.


La exploración resultó ser un fiasco. Es un planeta fútil y se limita a existir como parte de un engranaje sin relevancia en el cosmos. Mi hija de camino a casa me mostraba sus dibujos, resultó que me tocó irla a buscar al colegio ese día. Solíamos andar a pie por la cercanía de la casa y también por el paisaje. A los ojos del infante, todo es nuevo y para nosotros los adultos, todo es repetitivo, una cadena de la costumbre visual. Ella vio una mariquita sobre una hoja, quedó maravillada con tal especie que me convencí en comprarle un disfraz de mariquita para Halloween. Lucía entusiasmada, me preguntaba: «¿qué función tienen las mariquitas en el ecosistema?». Investigué en internet, son devoradoras de plagas, además de fungir como alimento de sus depredadores. Traté de emular un ecosistema sin mariquitas, la naturaleza se adaptaría y no percibiría que algo falta porqué sería reemplazada en cuestión de años. Me di cuenta que las mariquitas pueden desaparecer como nosotros y no suponer un problema para la naturaleza. Este planeta puede desaparecer y a nadie le importaría, el universo lo reemplaza. Todo es reemplazable en esta vida.


Incorporándome, llamo a la central, no atienden mi llamada. No me preocupo. Veo la hora en el reloj analógico, falta una hora para recibir la llamada. Visto el traje espacial y salgo a la vacuidad del espacio. El frío no tarda en incomodarme, activo el control de temperatura del traje, sintiendo el calor de la calefacción, evoco los veranos en las playas con la juventud corriendo, reproductores a volumen alto, chicas haciendo topless, el mar lamiendo la arena y retrayéndose, estallando las burbujas de la espuma. Rio un poco, salto manteniendo el escaso equilibrio producto de la gravedad. Observo el planeta tierra con las brazos cruzados, suspiro. Extraño la cotidianidad. Me siento y miro alrededor, la nada absoluta se vislumbra en cada rincón de este sitio.


Cuando era niño, por la falta de amistades, leía sobre las estrellas, refugiándome en mi soledad narcisa. Una atracción por la astrología era el suplente de las amistades. Iba a la biblioteca, escogía el libro de mi preferencia y me sentaba a leer durante horas. Por supuesto, había culminado los deberes y a veces la escuela era aburrida. Los chicos hacían otras actividades, yo prefería estar en el techo hasta altas horas de la noche con la vista clavada al cielo. Hoy soy parte del cielo de otras personas. Este planeta será la estrella de alguien o un padre que compró un telescopio para su hijo en la universidad, estará observándome, saludaré. El mundo sigue girando y pareciera que la noche nunca llegara. Los criados de mis padres en el campo me regañaban, pero no me impedían subir. Hubo una noche que presencié el amanecer y pude dormir todo el fin de semana. Consideré el amanecer un despertar espiritual, el cambio de colores del cielo, nubes surgiendo del abismo celestial, estrellas desapareciendo, el azul trocando al naranja, degradando una línea rosácea en la paleta del artista natural, adhiriéndose a la policromía del lienzo del alba. El viento del amanecer acariciando mi piel. Me había cubierto del manto matutino, mi realidad formaba parte de aquel horizonte. Preparándome para dormir, cerraba y abría los ojos sin saber cuánto tiempo dormí. Amanecer como ser humano. Un niño experimentando sensaciones espirituales gracias a la soledad y la conexión con el cielo, vaya caso.


Escarbando en la niñez, no tuve amigos, de verdad no tuve ninguno. Sé que lo había dicho pero no exagero. Me sentía indiferente a los demás, intentaba integrarme pero sus voces eran ruidosas, sus temas de conversación eran superfluos, prefería correr a casa, encender la televisión y oír la voz diáfana del anciano transmitiendo un documental sobre los pingüinos. Aprendía y me relajaba. Mis padres lo veían normal mientras mis notas fueran altas. Pero las notas de un colegio no certifican tu estabilidad mental. Esos números, galardones y títulos que obtuve, sirvieron para ser colgados a lo largo de mi vida en una pared, un recuerdo del reconocimiento colectivo por ser «alguien». Sin embargo, por dentro, me convertía en un ser funesto. Supuse un problema en la secundaria como era de esperarse, serios conflictos para interactuar con los muchachos o expresar empatía por otros. Aunque ellos no fueron malos conmigo, los chicos y chicas fueron receptivos a un animal diferente de la manada. A pesar de irme adaptando a los cánones juveniles de la época, continuaba insatisfecho. Las calificaciones intachables, alumno sobresaliente, pero su espíritu trastocado por un mal irreconocible. Descubrí que podía crear una máscara, construir una farsa, ocultando la inexpresión de mi rostro. Decidí ser hipócrita, un actor de primera categoría que recibiría sin dudas un premio de la academia.


Reía, jugaba al fútbol, conversaba en el receso y esta máscara fue alabada por su elocuencia. Encontraban interesantes mis temas sobre la astronomía moderna, decían que explicaba de un forma entendible. Los profesores se interesaron más en mí y felicitaron a la máscara. Cuando pisaba mi habitación, me retiraba la maldita máscara, lloraba fundido en la oscuridad de mi sombra, aquella sombra de la soledad que de niño me sigue. A todos los engañaba y eso me hacía sentir más culpable de lo previsto. Me di cuenta que estaba complaciendo a mis padres, ellos pedían que me uniera con la gente, que socializara, que fuera menos introvertido. Y así nació la máscara de un payaso lúgubre, me preguntaban sobre mi estado anímico y respondía lo que ellos deseaban oír y no lo que quería gritarles. Di mi primer beso en una noria frente a las luces de la ciudad, la chica sostenía mi mano sudorosa. Sus ojos mostraban una turbia sensación de soledad implacable. Comprendí que somos seres humanos buscando amor, tratando de sentirnos queridos, recurriendo a muestras de afecto que pueden demostrar lo devastado que estamos por dentro. Ella tenía una máscara también y al retirarnos esta máscara nos besamos hasta iniciar el descenso. No pude dejar de ver al ser humano como un animal con máscara.


Las razones para sufrir una tristeza tan extraña viniendo de una familia aceptablemente económica y complaciente, seguirán siendo ignotas en mi vida, es como si la tristeza fuera necesaria, un requisito imprescindible en el transcurrir de la vida. Una persona que no tiene motivos para estar triste y lo está, surge. Solo sé que la complacencia a los deseos ajenos priva la complacencia de tus deseos. Dejas de pensar en ti para actuar por una sociedad.


Al respecto de la sociedad. Viendo el mundo desde aquí, mi hogar y el hogar de todos, reflexiono sobre una sociedad que actúa como una máquina, un solo cerebro que vela por sus intereses propios. Hay muchas personas idealistas intentando unir a las masas, pero logran dividirlas y fomentar una barbarie en pro del abandono de la consciencia propia, entregándose incondicionalmente a unos preceptos de un individuo que hace valer los derechos del colectivo. Estos individuos promueven un cambio, pero como bien sabemos, son individuos, una sola persona, un signo para la multitud. Es gracioso porque los luchadores de la paz, consiguen la paz mediante la guerra. Estamos condenados a subir una cinta transportadora e ir donde nos conduzcan los caminos. ¿Será eso lo que nos referimos al entregarnos a Dios? ¿Será el significado de respirar y gozar el camino? ¿Olvidarnos del devenir y seguir en la cinta hasta caer en una tumba?


El sol y el silencio. Verlo desde acá transfiere mi espíritu a los amaneceres en la azotea. Key, ojalá pudieras estar conmigo. Es el nombre de mi hija. Ya es la hora de atender la llamada. Entro en la nave y el botón rojo del comunicador titila. Presiono los comandos memorizados.


Las voces de mis compañeros me colman de emoción. Contacto con la letanía del ruido al que deseo escuchar. Nunca apreciamos el sonido del mundo, nos quejamos y nos refugiamos en el silencio, pero no es el silencio, porque el silencio en el universo es distinto. Un silencio humano es el de nuestra caparazón cuando queremos estar solos, encerrados en las paredes.


—¡Dean! —exclama la voz de mi amigo.


—¡Eh, hermano!


¡Qué importa el protocolo! La felicidad inmensa de escuchar a otro ser humano me embriaga de nostalgia. Estar una semana en una nave, en un planeta solitario con noches son horrendas y días salvables, lo único salvable cabe a especificar. Me hace apreciar los detalles que no pude valorar estando en tierra. El ser humano no puede existir sin la compañía ajena, incluso los ermitaños crean su propia compañía.


Charlamos durante unos minutos sobre la información que redacté ayer y pasamos a ahondar en temas que nos compete de la misión. En resumidas cuentas, el planeta no es habitable de ningún modo.


—Mayor Dean, la autorización de retorno está aprobada, puede regresar a casa —dijo mi amigo con la voz moderada, imitando a la de un locutor.


Armé tal jolgorio que de inmediato hice los preparativos para el despegue. Respiraré oxígeno de la tierra, correré con mi hija, besaré a mi esposa, tomaré cervezas con mi amigo y celebraremos el éxito de la misión. Ya palpo las luces de la feria, ya escucho el mundo moverse a mi alrededor, ya me subo en el metro, ya leeré el periódico, ya subiré a la azotea a esperar el amanecer despuntar la copa de los árboles.


Revisando los preparativos y asintiendo, en la cabina de mando me siento, abrocho los cinturones y enciendo la nave. Responde con normalidad. Pasado los diez minutos de arranque, estoy listo para...


No...


No regresar...


La nave no despega, el motor dejó de funcionar de improviso. Abro la compuerta urgente, reviso la avería en la zona trasera. No hay retorno, no podré regresar. Entro en la cabina y llamo con urgencia.


—¡Mayor Dean! —atendió mi amigo.


—El motor está averiado —informé.


El silencio del otro lado me preocupó, una preocupación superior a la provocada por el motor.


—Mayor Dean...


—Moriré, ¿cierto?


Lapso de espera.


—No... No... No lo sé —responde titubeando.


—Por favor —se me quiebra la voz—, quiero hablar con mi hija y esposa, haz todo lo posible por hacer mi petición realidad.


—Afirmativo —dijo él.


Cortó la comunicación sin más ambages. Me acuesto mirando mi hogar girando, una lágrima recorre mi mejilla descendiendo hasta ser absorbido por el traje. Me levanto y en un compartimiento está el dibujo de la mariquita que hizo mi hija. No pude reprimirlo, lo abracé y me acurruqué a llorar. No tengo quién comparta mis sentimientos, no tengo a quién abrazar. Cuando nos sentimos tristes o solos, nos abrazamos aferrándonos a un recuerdo, una compañía en sí misma como decía anteriormente. Estoy abrazando un papel, pero el papel contiene la esencia de la niña que amo y dentro de poco, la niña que habré amado.


Estuve presente desde su nacimiento, trabajaba en un proyecto y recibí la llamada del hospital. Aún estaba ahorrando para un auto, por suerte en el caos que circula en la cabeza cuando te dicen: «serás papá»; tornándose borroso el entorno e impulsado por la euforia, tomé un taxi. El taxista y nunca lo sabré, creo que era un piloto de carreras profesional, quizá era la percepción de la situación, pero doblaba esquinas con agilidad perfecta, calculaba el tiempo de los semáforos y los atinaba en verde siempre. No tuvimos retraso, gracias a ese hombre bigotudo de rostro cetrino, llegué al hospital. Cargué a mi hija entre los brazos de la paternidad, sus buenos pulmones le brindaron una capacidad de llanto estridente. Besé su cachete pomposo y sentí su llanto amainarse. El médico y las enfermeras, el taxista y el encargado del proyecto, ellos son padres, entendían mi situación. El ser humano no eran tan repudiable como la mayoría juzga. Sí, nuestra naturaleza la rayamos de perversa y monstruosa, pero los valores humanos que establecimos en conjunto, cuando actúan en armonía, demuestran la capa de bondad que creamos por encima de nuestra naturaleza.


Aleccioné a la niña desobedeciendo a mi esposa, no quería pagar guarderías, prefería encargarme de su educación, ser yo quien le enseñase a no ser como su madre y su padre, a ser lo que su corazón dicte que sea. Ella sonreía al ponerle un casco de constructora de esos disfraces en descuento, reía al jugar ser médica, lloraba al caerse siendo una exploradora, sin embargo, dejaba de hacerlo cuando recitaba «los conjuros de papá». Mi esposa también se divertía en grande, la niña nos unió mucho más, culminando de construir el puente que una pareja supera durante los primeros conflictos del matrimonio. No pensábamos en moldear a la niña según nuestras creencias u carencias, si no, que ella encontrara su nicho donde pudiera encajar con ayuda de sus padres.


Acabé de llorar, seco las lágrimas. Sonrió al ver la marquita. «Te quiero, papá», leo con su voz. ¿Qué podré decirle? ¿Cómo podré explicarle? No regresaré, no volveré, deberás continuar, crecer, convertirte en una mujer independiente. ¿Siendo un espíritu puedo ahuyentar los futuros pretendientes? Tendrá un juicio afortunado, de eso estoy seguro, no hará falta mi intervención desde el más allá, si es que existe un más allá.


La luz roja titila. Me armo de valor, han pasado dos horas. Me fallan los pies, pero da igual, tengo que hablarles, explicarles, hacerles entender... Papá no regresará... Amor, adiós... Sentándome, respiro profundo.


—Dean, responde —dijo mi amigo.


—Estoy aquí. —Apenas puedo hablar.


—Tu esposa quiere hablar primero, la niña está afuera —informa.


—Bien —respondo.


—Hola —dijo, es la voz de Rosalina. No es la misma voz alegre y simpática, es acorde a la circunstancias, opaca y lánguida.


Nuestro amor nació de un «hola» en la universidad. Había llegado al campus encerrado en la coraza de la adolescencia y con la máscara puesta. La vez que besé a la otra chica con máscara, se suicidó saltando a un río en medio de una tormenta casi al final del curso. Lloré su muerte pero no me afectó del todo. Era un amor de juventud entre dos depresivos silenciosos, apegados por el afecto que nos aliviaba el dolor de la soledad, pero nunca determinados a superarlo. Igualmente fue la única pareja que había tenido y había besado por primera vez. Rosalina cambió el rumbo de mi vida con Martín, su hermano y mi amigo.


—Cariño, ¿estás enterada?


—Tu equipo de fútbol ganó el partido de la víspera —contesta, evadiendo el tema.


—Martín nos debe una cena —seguí la broma humedeciendo los ojos de nuevo. Los presiono arrugando los párpados.


Un risa amarga delata el escaso humor de Martín. Estamos acostumbrados a tratar de negar la muerte de un ser querido con humor o aparente positividad al hecho. Cuando mi abuela estaba en la camilla del hospital, le dije que todo estaría bien y esa misma noche murió. Palabras falaces que no condujeron a ningún sitio ni salvó la vida de alguien, lo mejor es afrontar lo imposible de detener. De nada me sirve saber que mi equipo favorito de fútbol ganó si ya no los volveré a ver.


—¿Cómo está Key? —pregunto.


—Muy bien. La recogí en la guardería y me enseñó los dibujos, últimamente te dibuja muy seguido —narró y no pude evitar escupir un sollozo.


—Tenemos una futura artista en la familia. —Intenté controlar la voz en vano.


—Cielo, vas a volver, ¿cierto? —Rosalina también emitió una voz temblorosa.


—No.


Mi respuesta inmediata causó un mutis que puede representar un réquiem interno. Agaché la cabeza, miré el traje, el panel, el botón titilante y luego al planeta tierra, girando. Allí están las personas que amo, lejos, muy lejos de mí.


—Rosalina, por favor, quiero hablar con la niña —pedí.


—Miente, Dean, miente —susurró, está llorando.


—Mentiré, tranquila —aseguré.


Transcurrió unos minutos escuchando el mortificante sonido de la interferencia.


—Papi. —Key, tu dulce voz.


—¡Preciosa! ¿Cómo está la mariquita más hermosa del jardín? —Manifiesto un entusiasmo de show infantil.


—Mami está triste —dijo Key, adusta—. Está llorando, una niña grande está llorando.


—Preciosa, mami no está triste, al contrario, está feliz, estaré pronto en casa —mentí por su seguridad, mentí por su bienestar mental.


—Pero mami no llora nunca. —Ella no es estúpida, los niños saben.


Aclaro la garganta.


—Key... Preciosa... ¿Recuerdas el viaje al espacio que te prometí? —Tengo que decírselo.


—Sí. —Denoto inseguridad en ella.


—No podremos hacerlo, nunca —dije.


—Papi, ¿volverás? —preguntó con inocencia.


—No.


—Papi, ¿estás triste?


—Sí.


—Yo también.


—Lamento haberte enseñado tanto, no pude engañarte —confesé.


—Papi, iré a buscarte, creceré como tú e iré a buscarte. —Su imaginación de cinco años me enaltece y me hace feliz, una felicidad verdadera al saber que hice lo mejor para ella.


—No me busques, sigue tu espíritu, no seas algo que refute los anhelos de tu corazón. —Quiero abrazarla, quiero darle un último abrazo.


—Papi, te quiero.


Fue lo último que escuché, la transmisión se cortó, no hay electricidad en la nave. Martín y yo lo sabíamos, la poca electricidad se acabaría, el oxígeno se acabará después y la muerte será lenta. Miré mi reloj, resonando aún la voz de Key. Faltan tres horas para la llegada de la noche en el planeta. Me pongo el casco y el traje para el exterior. Abro la compuerta, me siento en el mismo sitio a contemplar el planeta tierra.


Me casé a los veinticuatro años. Martín y yo nos conocimos en la universidad, compañeros inseparables y conocí a su hermana Rosalina como expliqué anteriormente. El padrino de bodas fue él. Recuerdo todas las fotos que nos tomamos, la borrachera de los invitados, el baile, conversaciones sin importancia. Esas fotos almacenan el recuerdo de aquellos momentos felices, momentos que no volveré a vivir y Rosalina si podrá, cuando supere mi muerte y encuentre un reemplazo. Martín también encontrará un reemplazo. Key podrá reemplazar la figura del padre con el tiempo, es una niña, ella podrá lograrlo mejor que cualquiera de nosotros. Los adultos nos apegamos a un recuerdo por no abandonar la morfina de la nostalgia, esa sensación de sonreír al vacío por un grato instante del pasado, deseando volver.


Rosalina solucionó el agujero de mi infancia y adolescencia, me amó con y sin máscara. Fuimos con un terapeuta profesional en el área del psicoanálisis, exploramos los motivos de mis dolores emocionales, producto de la complacencia a mis padres. Durante las sesiones obtuve una guía meticulosa en el período de mi juventud. Tuve excelentes calificaciones en la universidad como era de esperar, pero me sentía esta vez satisfecho, no vacío ni hueco, era mi esfuerzo, no el esfuerzo de otros, es mi recompensa por logrado y demostrar que pude hacerlo.


Me trae una alegría sorprendente remembrar el maratón. ¡Vaya, corría junto a un grupo de gente que ni conocía! Pero, era un sueño personal participar en uno. Corrí muchísimos kilómetros, podía llenar un balde con mi sudor. Bebí bastante agua ese día y recibí un trofeo. Me pongo a pensar en el trofeo, en los méritos, en mis títulos, en todas las personas que conocí, la ropa que compré, los objetos que coleccionaba. Es increíble como nuestra identidad en el mundo se constituye por los años, por lo que hacemos en él. Un papel con mi nombre es lo que me dio un rol laboral al salir de la universidad, una figura bañada en pintura amarilla es lo que garantiza que gané un maratón, unas camisas y pantalones muestran como vestía. ¿Dónde va aquello cuando morimos? A la basura, a la beneficencia, a la calle, no lo sé, pero vivimos tanto para construir que nos olvidamos de nuestra identidad. Hace falta la muerte para pensar un poco en qué hubiéramos hecho para dejar nuestra huella en el mundo, una huella imborrable. No lo cavilé hasta ahora y repasando lo anterior, al morir, esa identidad se queda flotando en el recuerdo de los seres que nos conocieron hasta diseminarse.


Parecerá infantil, pero no esperaré a la noche. Escribiré una nota antes de desaparecer. Una niña puede decir lo que sea a los cinco años, no comprende la muerte a esta edad y prefiero que sea así. Sin embargo, al crecer, nuestros ideales acérrimos nos impulsan a actuar, a tratar de hacer lo imposible. Terminado el contenido de la nota. Estoy decidido, no esperaré a la noche.


Me siento sobre los talones, extiendo las manos hacia el mundo que sigue girando. Una vez se suicidó una persona en el metro. Por morbo me uní a la multitud a ver la sangre y la ropa despedazada en las vías, un zapato había quedado a salvo por milagro. No sabía quién era y no me interesaba, al siguiente día en el periódico, pude leer su nombre, solo lo leí una vez. Así quedaré para los demás, un nombre, una fotografía, una dedicatoria en el periódico y esta identidad con logros, desaparecerá de la memoria colectiva, desaparecerá para la memoria del mundo que sigue girando.


Respiro agitado, mi corazón se acelera, estoy listo para retirar el casco. ¿Así que este es el suicidio? ¿Estar aislado en un planeta sin vida, sin posibilidad de regreso, ver tu hogar tan distante y sentirte completamente solo? No lo había pensado de esta forma, quizá porque la muerte en el espacio es una muerte poco común y pocos se imaginan morir en un planeta.


Quiero que mi último recuerdo sea este, la vista del hogar al que no volveré. Retiro el casco. Es tan frío, todo aquí es frío, sonrío a la bruma negra. Ya sé que no hay luz, no hay luz al morir. Key, papá te quiere. Rosalina, te amo. Martín, mi único mejor amigo, gracias por todo. Cierro los ojos.


21 de Febrero de 2021 a las 22:09 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Conoce al autor

Angel Fernandez Escritor y fotógrafo venezonalo. Nací en Carabobo, Puerto Cabello. Tengo 23 años. Me dedico a mejorar en la escritura y mantener la meta de representar a Venezuela junto a otros escritores noveles en la literatura del siglo XXI. Todas mis obras están registradas en Safecreative.

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