nademo sergio reinaldo

La familia Cunqueiro es un claro ejemplo de una forma de vida, de unas costumbres ancestrales de la Galicia profunda, en este caso la comarca de Paradanta, provincia de Pontevedra, junto al río Miño. Pero también de una lucha encarnizada por sobrevivir en un medio agrario muy pobre, con una economía de subsistencia. Por esta razón, toda la familia se ve obligada a emigrar a la ciudad en los años 60, en busca de mejores condiciones de vida.


Historias de vida Todo público.

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HUMO Y LÁGRIMAS


"A mi padre, sin cuya prodigiosa memoria no hubiese podido escribir este libro"

-Hay quien dice que Galicia es un mundo aparte. Tal vez sí, pero eso era antes. Ahora tenemos autopistas y carreteras decentes. Es difícil conservar el paisaje de antaño. Ya lo ves, surgen eucaliptos por todas partes. Son la ruina del terreno, pues sus raíces absorben mucha agua. Los desastres que afectan a mi tierra son incontables..., aunque “antes” también existían, pero no como ahora los conocemos. ¿De verdad crees que merece la pena nuestro desarrollo insostenible? Ni siquiera mi Chan da Mo es lo que fue. Así hablaba Alberto Cunqueiro a su mujer, Josefa Estrada, mientras viajaban en su automóvil por la Autopista das Rias Baixas y se iban acercando a la localidad de Ribadavia, que sería la última en pasar, antes de la salida de A Cañiza. Alberto era el hijo menor de Manuel Cunqueiro Parada, recientemente fallecido, quien había dedicado 47 años de su vida a luchar por sobrevivir en el duro medio rural. Muchos aún lo recordaban con cariño y otros muchos con cierto menosprecio por haber emigrado a Barcelona en el año 1.962, y también por el pleito que había tenido por los derechos de unas fincas. En cierto modo algunos sintieron envidia por la valentía que suponía el emigrar a Barcelona con toda su familia en busca de aventuras, aunque siempre con el fin primordial de lograr mejores condiciones de vida. -¡Chan da Mo! ¡Pero si allí tan sólo hay tres casas! Quizá la más sobresaliente sea la que te vio nacer –exclamó Josefa. -Es cierto, es cierto –repitió Alberto, que súbitamente comenzó a emocionarse-. Pero quizá te resulte difícil comprender lo que para mi ha significado siempre esa casa y todo lo que con ella se relaciona: las gentes del pueblo, los vecinos, mis compañeros de colegio, mis maestros, mis juegos infantiles, los días de lluvia y los calores del verano chapoteando en el río Ribadil. Tú eres andaluza y tal vez tengas otra historia que contar..., una de esas historias del sur, propias de García Lorca. Cuando estoy en mi tierra no dejo de emocionarme, aunque la dejé cuando apenas tenía 14 años. En A Cañiza se dirigieron al antiguo restaurante O Xa Tomé, en donde encargaron el típico cocido gallego. Alberto pronto empezó a recordar sus vivencias infantiles, cómo era el modo de vida de las gentes de su pequeña aldea. Josefa trataba de situarse en su lugar, aunque, como mujer urbana no sentía demasiada ilusión por la vida en el campo. -Aquel lugar parecía un infierno cuando se cocía la vica en la lareira, es decir, el lugar en donde se cocía aquella masa que era el pan nuestro de cada día –prosiguió Alberto-. Cuando el viento no era favorable, la chimenea no tiraba y el humo de la leña verde nos impregnaba a todos los ojos. El humo acababa saliendo por todas partes. La pobre de nuestra madre, Adela, acabó enfermando de la vista. Muchas veces la veíamos secándose los ojos, pero no sabíamos por qué lo hacía y acabamos por considerarlo una cosa natural. Como tantos hijos del hambre de aquellos años, la vica recién hecha todos la apreciábamos, si bien no contenía nada más que sal, agua y harina de maíz. Tampoco podía faltar entonces en un hogar de campesinos el caldo gallego, que nada tenía que ver con el actual, puesto que sólo contenía berzas o grelos, harina de maíz, trocitos de calabaza y, de vez en cuando, algún trozo de chorizo. Mi hermana Isaura, la mayor de los tres, con un problema de debilidad congénita en las piernas que le impedía andar bien, lloriqueaba impaciente por la comida en un rincón de aquella humeante cocina; Aurelio, algo mayor que yo, también hacía lo propio. Yo, dándomelas de valiente, solía aguantar un poco más... Cuando el ruido se hacía insoportable, nuestra madre advertía: -Como no os calléis os voy a largar un guantazo que os vais a enterar. Y así casi todos los días. Cuando mis padres hacían un derivado de la vica llamado pan de maíz, pero añadiéndole, además, levadura y cocido al horno, entonces nos quejábamos de que tardaba mucho tiempo en cocerse. Era la impaciencia de los niños..., por comer. Entonces poco entendíamos que nuestros padres tenían dificultades para alimentarnos debidamente y seguirían teniéndolas hasta nuestra emigración a Barcelona. Comenzábamos el día tomando leche de cabra o de vaca, a la que se le añadía agua y cascarilla, una especie de malta. Tomar leche sin aditivos no nos lo podíamos permitir, puesto que la cabra o la vaca no producía suficiente leche para todos y... -¡Ay, calla, calla...! –le interrumpió Josefa-. No puedo seguir escuchándote. La vida en un lugar así tenía que ser horrible. Tú parece que estés un poco traumatizado por tu infancia, pues siempre me hablas de lo mismo cuando vienes aquí. Tenías que haber nacido en Andalucía, en Ubeda, por ejemplo. Allí la gente es más alegre. ¿No será que tienes la morriña? -No se si será la morriña, esa nostalgia propia de los gallegos, o la comida acompañada de este ribeiro –repuso Alberto-, pero lo cierto es que no puedo evitar hablar y hablar de lo mismo. Lo siento, trataré de cambiar de tema en cuanto reanudemos el camino. Estoy deseando llegar pronto a la casa que me vio nacer, y no te puedo asegurar que esta noche no tenga alguna pesadilla. ¡Espérate a ver cómo nos recibirán los primos! -Alberto, no quisiera permanecer allí mucho tiempo, y no deseo contrariarte, pero a tu estado de salud no le convienen las emociones fuertes –terminó diciendo Josefa, que tras un ademán de impaciencia, agregó-: y vámonos ya. No bebas más, que tienes que conducir. Al salir del Xa Tomé la niebla había invadido la ciudad, pero Alberto se movía con total soltura y gran alegría por sus callejuelas hasta tomar la carretera de Crecente, dejando atrás O Cacharado, un antiguo lugar de celebración de ferias de ganado, costumbre muy arraigada en la región hasta los años sesenta, ahora convertido en un lugar de recreo. Sólo los viejos robles o carballos permanecían en su sitio como testigos mudos del paso del tiempo. Al volante de su viejo Skoda, Alberto permanecía ahora callado, pero en su interior se agolpaban los recuerdos de su infancia. Al dejar atrás A Cañiza y tomar ya las primeras curvas de aquella carretera que baja al valle, pronto vieron entre la neblina alzarse las lejanas montañas al otro lado del río Miño. Entonces, Alberto, que hasta entonces permanecía callado, no pudo dejar de suspirar. -¡Oh, esas montañas siguen ahí, Josefa! Las veía desde la ventana de mi casa, a veces nevadas. Ya sé que tú eres incapaz de apreciar la belleza de la naturaleza o tal vez sea yo un sensiblero, pero te aseguro que de verdad me emocionan estos valles y montañas, el Miño, el Ribadil y tantas cosas... Volvió un instante la cabeza y vio que su mujer se había dormido. “¡Vaya, estoy hablando solo!”, pensó. Cuando llegaron a la altura de la aldea de Mandelos, Alberto tomó una corta y estrecha carretera que los llevaría a la que fue su casa, situada a apenas un par de kilómetros. Ambos estaban ya muy nerviosos ante el recibimiento que suponían les aguardaba después de tanto tiempo sin verse. Sin embargo, el encuentro de los primos resultó ser de lo más emocionante y grato que Alberto recordaría. Facundo, su mujer Dolores y Rosalía, hija de ambos, de mediana edad, se desvivieron en atenciones a los recién llegados. Y Alberto se sentía el más feliz de los mortales. Pero al llegar la noche y acostarse rendidos de tanto hablar, cuando se hizo el silencio, sólo roto por las escaramuzas de los gatos en el tejado, dio comienzo para Alberto la más larga pesadilla de su vida...

2 de Febrero de 2021 a las 19:38 0 Reporte Insertar Seguir historia
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