u15867276591586727659 Nely Hernández

Tras la muerte de su hermana, Mariana intenta ayudar a su madre en el proceso de duelo y a la vez conseguir sentirse amada por ella; siendo esta su peor decisión. Un tormentoso camino de control y dependencia emocional está por comenzar.


No-ficción No para niños menores de 13.
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Te necesito mamá

Las tres de la mañana y la tormenta no cesaba. Truenos, relámpagos y furiosos vientos.


Las peores tormentas son las que se llevan por dentro cuando afuera parece haber calma.


De nuevo desperté en el suelo del baño aún con la navaja en la mano. El corte en el brazo ya no sangraba ni dolía. Mi mundo y mi alma seguían adormecidos.


Sólo quería de alguna manera dejar de sentir ese terrible dolor cada vez que me acordaba de mi hermana Michel. No podía escapar de su recuerdo. A mi mente llegaba una y otra vez la clara imagen de sus ojos verdes, su pelo rizado y alborotado y su risa que cómo me alegraba en mis peores días.


Trato de no recordar su imagen en el ataúd, ni siquiera el aroma de las flores que aún me dan náuseas, tampoco los llantos y lamentos de sus amigos pero siempre ha sido lo primero que viene a mi cabeza antes de dormir. Por eso a veces como hoy prefiero no dormir.


Todos me decían que la vida debía seguir. Pero no tenía idea de cómo hacerlo. En ese tiempo, a mis quince años, creí haber encontrado una manera: mi meta era eliminar mis emociones. No quería pensar, recordar ni sentir. Así todo sería más fácil. Más llevadero. Aunque tampoco sabía mucho como iba a lograrlo. Al final cada quien sobrellevaba la muerte de mi hermana a su manera: Mi madre dormía todo el día y mi papá trabajaba más que de costumbre.


Aún me muero de la vergüenza al pensar que durante el funeral mi papá no dejaba de culpar a mi madre por la muerte de Michel. Discutieron frente a todos. Se gritaron todo tipo de insultos y reproches y desde entonces no se dirigen la palabra a menos que sea estrictamente necesario. Estar en medio de esas peleas y soportar las miradas, las críticas, los murmullos burlones de todos los presentes fue insoportable.


Ese día vi a mi madre como nunca antes la había visto. Ella, que solía ser una mujer fuerte y con temple, ahora había perdido toda compostura. Lloró sin control e incluso se desmayó una vez y no podía yo hacerla volver a sus sentidos.


Mi papá también estaba destrozado por supuesto pero se mantuvo un poco más fuerte. Por eso al salir del panteón, cuando mi papá me dijo que subiera al auto para ir a casa, tomé la decisión de ir con mi madre y quedarme con ella para acompañarla y apoyarla lo que supuestamente serían "unos cuantos días". Él lo comprendió y me llevó al auto de mi madre.


Sí. Deseaba ayudar a mi madre que estaba sufriendo tanto, pero por otro lado, la realidad era que desde los ocho años cuando ellos se divorciaron, yo no había tenido a mi mamá conmigo. Michel quiso quedarse con mamá . Yo habría elegido lo mismo pero no quería que mi papá se quedara solo así que dije que prefería irme con él.


Desde entonces viví muy feliz con mi papá. Aunque perdió el buen trabajo que tenía y llevábamos una vida bastante sencilla nunca me faltó nada. El siempre estuvo para mí cuando lo necesité. Me dio su apoyo y amor todo el tiempo.


Mi papá y yo hacíamos muchas cosas juntos sobretodo los fines de semana cuando el no trabajaba y yo no tenía clases. Recuerdo con mucho cariño las tardes cuando comíamos pizzas o hamburguesas hasta no poder más mientras veíamos algún partido de fútbol, o cuando platicábamos hasta la madrugada sobre la vida y nuestros sueños. Las veces que paseábamos por la plaza en el verano con una paleta de hielo en mano o cuando en invierno solíamos hacer una fogata y asar bombones.


En cambio, al pasar los años mi situación ya no era la misma. Ya me había convertido en una adolescente y necesitaba a mi mamá más que nunca. Ella estaba muy mal y yo no quería dejarla sola. Debía estar ahí para ella, para cuidarla y consolarla. Pensé que era cuestión de tiempo para que con mi ayuda ella volviera a ser la mujer fuerte, bella y respetada que siempre fue.


Aunque ya era yo prácticamente una joven, me sentía emocionada como una niña chiquita viajando en el moderno auto de mi mamá. Yo nunca había subido a un auto tan bonito y cómodo que todavía olía a nuevo. En cambio el auto de papá era muy viejo, hacía mucho ruido y siempre se quedaba varado en alguna parte.


En poco tiempo llegamos a la casa. Era más hermosa que lo que recordaba. No había vuelto ahí desde que me fui a vivir con papá. El jardín lleno de flores parecía darme la bienvenida. Mi vida de niña en esa casa era nada más que un sueño lejano. No eran muchos los recuerdos que conservaba de aquellos tiempos.


A diferencia de mi papá, a mi mamá le fue mucho mejor en su trabajo, de manera que pudo poner su propia boutique. Me di cuenta de que ella y Michel tenían un estilo de vida muy diferente al nuestro. Ellas gozaban de comodidades y ciertos lujos que yo ni en sueños podría tener. El teléfono celular de mi mamá era de lo más moderno y su ropa y sus zapatos se veían costosos.


A su lado en el auto, no dejaba de mirarla. Ella era muy hermosa, educada y capaz. Michel era igual a ella. Yo las admiraba tanto. Esperaba que ese tiempo con mamá nos ayudara a acercarnos más la una a la otra y a construir una bonita relación de madre e hija. Con esas ilusiones en mente estuve dispuesta a dejar a papá a un lado aunque lo extrañara demasiado.


Esa noche al entrar a la casa, lo primero que vi fue un retrato grande de Michel junto a mamá en el centro de la sala. El corazón se me encogió, y empezé a llorar sin poder detenerme. Mamá me abrazó fuertemente por primera y última vez en tantos años y en sus brazos desahogué mi dolor. Era eso todo lo que anhelaba y que tanto necesitaba!


La calidez de su abrazo fue tan confortante que aún ahora después de todos estos años aún lo recuerdo tan vívidamente que hasta me parece que hubiera sido genuino. A veces me pongo a pensar si en algo de lo que hizo por mí llegó a haber sinceridad o al menos un poquito de amor.


No sé si puedo culparla de algo. Al final de alguna forma todos fuimos víctimas de nosotros mismos. Ahora ya es tarde para juzgar culpables e inocentes, ya nada se puede hacer. No hay tiempo para reproches ni reclamos, ¿qué sentido tiene ya?...


Si lo hablo ahora no es para perjudicar su nombre sino porque me lo debo a mí misma y a mi hermana. Porque ella ya no está y de alguna manera quiero concederle la libertad que buscaba y no alcanzó.


Si se preguntan porque elijo este momento para hablar de ello; bueno, es porque hasta ahora he encontrado la razón y el valor para contar la verdad. Llegado este punto, que más podría dañarse si ya está todo destruido dentro de mí?...


1 de Febrero de 2021 a las 05:45 0 Reporte Insertar Seguir historia
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