Cuento corto
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I

Incapaz ya de gobernar sobre la arquitectura derruida de mi propio cuerpo, en consecuencia del colapso prematuro de las piernas, son mis manos quienes, solícitas, acuden en socorro a mi labor de ascenso, en mi posible viaje hacia la salvación.


No importa cuán dolorosa sea la agonía de los pulmones o cuán cercana se halle la implosión definitiva del corazón, una vez capitulada la rendición de los pilares, las uñas desatienden semejante advertencia y rastrean presurosas una grieta a la cual anclarse, un punto de apoyo mínimo desde el que las falanges, los tendones, la maquinaria desfallecida de ambos brazos, puedan remolcar con denuedo envidiable los últimos rescoldos de mi existencia hacia el siguiente peldaño; con algo de suerte, lo más lejos posible de las tinieblas del subsuelo.


No obstante, el primer movimiento se me antoja una tortura en sí mismo: tiemblan los músculos, se deshacen las articulaciones; todo el sobreesfuerzo generado es fácilmente legible en la prisión de la mandíbula, sellada a tal nivel de hermetismo que bien podría desmigajar la frontera de los dientes si quisiera. A su vez, el sudor bautizando mi frente en su recorrido suicida hacia el mentón, es también testigo fiable de mi agotamiento, un cuentagotas salino que apenas si humedece la superficie del obstáculo a superar. Cerebro adentro, el obstinado martillar de una palabra dispuesto a demoler los pocos cimientos de mi voluntad: desiste, desiste, desiste, desiste...


Niego en mi soledad. Habré de impedirme atender a su accionar derrotista, cueste lo que me cueste; por mucho que anhele un minúsculo respiro, que demuela cuanto quiera. No pienso desaprovechar una oportunidad que probablemente no se me vuelva a conceder en mucho tiempo. Nuestras vidas dependen de ello, de mi necedad congénita. Además, inmunizarme ante los distintos tipos de protesta me resulta sencillo: basta con que atice las cenizas de la memoria más reciente, con que avive lo indignante de sus brasas para que la carne arda de rabia y la ascensión se reanude de inmediato. De nuevo las uñas ancladas a una nueva grieta. Otra vez las falanges dispuestas a tirar de mí. Los brazos de vuelta a su labor de remolcado forzoso. Peldaño a peldaño, sin más combustible que el refinado por el viacrucis de la desgracia misma, avanzo.


Puede que sea la angostura habida entre pared y pared quien se encargue de obrar la falsa ilusión de peligro, la sensación estúpida de que mi propio resuello es escuchado ahora por la plenitud del mundo, transmutado a medida que avanza en un millar de susurros de los cuales nadie puede conjeturar nada. Pero no es más que eso, un espejismo, un engaño barato de una mente exhausta, ya que, aunque de madera antigua, los escalones por los que me arrastro han optado por guardar silencio ante el escaso peso de mis huesos, ante los escombros de una moribunda que por toda posesión tiene el vago recuerdo de su nombre: Verona.


Casualidad o no, luego de verter su simiente maldita sobre el yermo marmóreo de mi piel, el destino ha querido que por primera vez nuestro captor descuidase el estado de las ataduras; sólo las mías, y así mismo, olvidado el seguro de la puerta. Así pues, con algo de esfuerzo de mi parte... ¡Libres los tobillos, el cuello, las muñecas; abiertas las puertas que conducen directo hacia el Valhalla de la libertad!


Sin embargo, el hecho de abandonar al resto de pequeños en la inmundicia de aquel sótano, indefensos todos ante la ruindad de la hambruna, ante el horror de los vejámenes continuos, a merced de las ratas, del tormento inhumano del secuestro, ha sido tanto o más doloroso que cualquier suplicio o tortura existente para mí. Mucho. Demasido. Por lo cual he de salir de aquí cuanto antes, sacrificar uñas y dientes en el intento si hace falta, conquistar la cima de este Olimpo de clavos y madera. Por ellos. Por nosotros. Por revelarle al mundo el secreto que durante tanto tiempo ha guardado aquel maldito enfermo, aquel infeliz que ahora mismo oigo predicar desde su iglesia con fervor lascivo y repugnante:


—¡¡Dejad, hermanos míos, dejad que los niños vengan a mí...!!

24 de Enero de 2021 a las 01:35 7 Reporte Insertar Seguir historia
5
Fin

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J. M. Montova Un simple vertedero de sinsentidos y letras.

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María Elena María Elena
Muy buen inicio, atrapante en verdad

  • J. M. Montova J. M. Montova
    ¡Hola, María Elena! Espero hayas disfrutado su lectura. ¡Muchas gracias por comentar! ^-^ 3 weeks ago
Elizabeth Vázquez Elizabeth Vázquez
Increíble forma de escribir. Me gustó bastante el texto y la sutileza de las palabras. ¡buen trabajo!

  • J. M. Montova J. M. Montova
    Y a mí tus palabras me animan mucho a seguir escribiendo estos sinsentidos, Elizabeth. ¡Muchas gracias por tu comentario! ^-^ 3 weeks ago
Leon G Leon G
Me encanta tu forma de escribir. La historia me atrae mucho y me ha gustado. Aunque me hubiera gustado que desarrollaras mucho más la historia, pero esta súper buena. Felicidades!

  • J. M. Montova J. M. Montova
    ¡Hola, Leon, me alegra mucho saber que el relato ha sido de tu agrado! Ahora bien, respecto a lo de su extensión, créeme que traté de prolongarlo todo lo que pude; en realidad, era mucho más corto xD ¡Muchas gracias por tu lectura! ^-^ 3 weeks ago
Leon G Leon G
Me encanta tu forma de escribir. La historia me atrae mucho y me ha gustado. Aunque me hubiera gustado que desarrollaras mucho más la historia, pero esta súper buena. Felicidades!
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