ryztal Angel

Escribir un relato breve donde englobe una crítica cruda a ciertos aspectos humanos, no es sencillo. No es el hecho de narrarte una historia sin mensaje que puedas llevarte en el alma, el estado puro del mensaje está aquí y lo descubrirás en sus escasas palabras. Te recomiendo tener una mente abierta, comprender incluso su título cuando hayas comenzado el recorrido rocambolesco, ver más allá del texto y descifrar su propósito que puede ser interpretado libremente. Aclarado el exordio, puedes empezar a leer, la sinopsis es innecesaria y entenderás después el por qué. El cinismo humano no necesita explicarse previamente.


Cuento Todo público.

#terror #horror # #muerte #desamor
Cuento corto
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Por un mundo mejor

Salí apresurado de la cocina, una señora gritaba, suponía que es la vecina. En la fachada junto a mis padres, comprendo el motivo del improperio.

Un gato atropellado, tripas, sangre y los ojos sobresalían del cráneo. La señora aullaba e insultaba al conductor controlando los hipidos. El gordo fingía conmoción, claramente puedo notarlo, sus ojos reflejan una maldad impropia, pero nadie lo entiende, nadie lo observa.

—¡Señora es un animal! —aclaró el gordo limpiándose el sudor, siento que reprime una risa por su rictus.

—¡Monstruo, eres un monstruo! —imprecó la señora.

Ella sostenía al gato maculando su delantal del frenesí carmesí manado del cadáver. Los demás solamente veían, sus ojos brillaban, producto del morbo.

—¡No es un humano, me importa un carajo! —dijo abriendo la puerta del auto, entró y lo encendió.

La vecina hecha una fiera saltó al capó. Los demás dejaron de ser estatuas, se abalanzaron contra la señora, la apartaron de inmediato controlando la ira. El conductor remató a propósito el estropajo, rio a mandíbula batiente mientras se alejaba. Dejando libre a la criatura pálida, se echó a llorar la pérdida de su gato. Los otros observaban, mis padres no hacían nada. Al cabo de unos minutos, quedó sola en la calle abrazando lo que antes fue un hijo, un hermano, un ser querido… No me contuve aunque supiera el castigo, corrí para rodearla con mis pequeños brazos.

No, no es un animal aunque todos lo seamos, profundamente es algo más. Ella derramaba lágrimas como si hubieran arrancado un fragmento de su alma. Depositamos en nuestras mascotas retazos de vida, nos corresponden como deseáramos que fuera la humanidad, ellos son el estado puro de la paz. Recuerdo que el gato me miraba, recostaba su lomo, maullaba sabiendo que solo lo hacen a las personas.

A los misántropos no les importó porque era un «animal», tenían quejas de la conducta indebida. ¿Se puede considerar indebido seguir tu instinto?

Mi madre me llamó, intenté despedirme pero me habían alejado. Ella me sentó en la cocina, sacó un cuchillo.

—Pon la mano en la mesa —su voz gélida me aterroriza.

Lo hice y enterró el filo en el centro. Comprimo las lágrimas que salen, retuerzo las piernas y una convulsión natural me hace temblar en la silla.

—Los hombres no lloran —dijo deleitada por la pantomima.

Me lo repetía tantas veces, siempre al notar mis lágrimas recorrer las mejillas infantiles clavaba el cuchillo en una parte de mi cuerpo, un castigo por demostrar mis emociones.

Mi padre se recostó en la jamba con las manos en los bolsillos, arqueó una ceja.

—Tu madre es buena, hace lo mejor para ti. —Se retiró silbando.

Al día siguiente fui a la escuela, mis compañeros en el autobús estaban callados. Me siento cerca de la ventana, ronronea el motor y el paisaje cambia. Cuando llegamos, un antisocial disparó a un alumno y se dio a la fuga en vano. Todos miramos el cuerpo yerto creando un lago bermejo, espeso y aceitoso. El gordo de la víspera abrazó el cascarón de su hijo.

La actitud social resultó en un linchamiento, atraparon al antisocial, lo mataron a golpes, la horda en pleno éxtasis otorgó el pésame al gordo. Su rostro bifurcado por la pérdida de un hijo me pareció hipócrita. Su «animal» le fue arrebatado por otro «animal». Aquí nadie dijo: no es humano. Nadie abandonó la tristeza parental. ¿En qué clase de sociedad vivimos? Engañados por nuestras creencias, furibundos por los ideales, fanáticos a las leyes de la moral y la objeción del mundo te las abole. Consienten a un adulto que asesinó un ser vivo.

Lo peor es que continuamos las clases, sentados en los pupitres, frente la pizarra en blanco que simula nuestras mentes ignorantes. En el escritorio, un profesor dicta con su voz monótona un texto mientras escribimos a la velocidad de su lengua.

—¡Profesor!, ¿puede volverlo a repetir?

Levantó la mirada álgida, chascó la lengua con leve fastidio.

—Hay circunstancias que no se vuelven a repetir —dijo y prosiguió el dictado.

Durante el receso, comiendo con cariño la comida que sirvieron los chefs familiares, encima del borde de la estructura de tres pisos, en la azotea, se lanzó el compañero que se quedó en el dictado, antes de tirarse e impactar contra el pavimento, estuvo pensando durante infinitos minutos. Nadie hizo nada, observaron el asunto como una nimiedad cotidiana y al morir, el conserje montó un revuelo por tener que retirar un «animal» y limpiar la zona.

Continuaron comiendo, yo era el único conmocionado por los sucesos macabros.

Llegué a casa, me acosté en la cama, traté de llamar a mi amiga, pero madre retiró el teléfono y me abrazó.

—Por suerte sigues vivo, no sabría que hacer sin ti —dijo entre sollozos.

—Hoy dos niños murieron —dije

—¡Qué se mueran pero tú no debes morir! —gritó en mi oído, sosteniéndome por el gaznate—. ¿Sientes algo por ellos? Oigo lástima.

—No —mentí, me siento mal por ocultar mis sentimientos.

—Traeré el cuchillo, quédate quieto.

Lo enterró en la espalda, di un respingo y mascullé una palabrota.

—Mamá quiere lo mejor para ti, un hombre no debe llorar ni padecer males ajenos. —Me besó con ternura.

En la secundaria, la realidad era confusa.

Acordé una cita con una chica al cine, veríamos una película. Nos aparejamos en las butacas, la sala estaba llena. Íbamos a dilucidar un éxito mundial en taquilla. Trata de una guerra. En una escena donde matan un grupo de personas con una ametralladora, la gente reía y la chica me besaba. Es perturbador, horrible y sus carcajadas produjeron un estado de pánico. Me levanté para huir del manicomio, de pronto me sigue mi pareja, está excitada, sus pantalones en la entrepierna dibujan una mancha. En la proyección atan a un hombre con su familia en la gasolinera, ellos lloraban e imploraban a los secuestradores que los dejaran vivir. Ella me asió del brazo y unió sus labios conmigo. La multitud aplaude cuando estalla la familia. Empujo a la loca, salgo del infierno inhumano. Alguien me sostiene, me lleva a rastras al baño putrefacto del cine, es ella, su perfume psicópata inunda mis pulmones. Cierro los ojos, agarra mi miembro.

—¡¿No eres un hombre?! —me grita, después me abofetea—. ¡Deja de lloriquear!

Cuando abro los ojos, llevó mi falo a su boca. La aparté de una patada, ella sacó una navaja de la chaqueta, hizo una zancadilla y elevó el filo cuando caí.

—¡Te amo! —Me dio la primera apuñalada—. ¡Deja de ser un llorica, no eres un hombre de verdad! —Me apuñala por segunda vez—. ¡No puedo acostarme contigo pero tampoco puedo dejar de amarte! —La tercera apuñalada me llevó al hospital.

En la camilla oía los lamentos de los enfermos, un médico llegaba con jeringas en bandeja y los dormía.

—¡Una boca menos, podré dormir de las anteriores guardias! —exclamó luego de inyectarlo.

La familia del hombre entró.

—¡La pensión! —dijo el señor—. ¡Debemos cobrarla antes que se entere el gobierno!

—¡Los gastos funerarios! —dijo la hija, una niña de siete años—. ¡No podré tener mi regalo de navidad!

—Existen las fosas comunes —sugirió el médico con una sonrisa.

—Lo tendrás cariño, agradece al médico por la idea —dijo el padre acariciando a la niña.

—¡Gracias por salvar mi felicidad material! —dijo la niña.

Pasaría la semana en recuperación, rogando que no me «durmiera». El médico recibió un premio del estado.

—Me lo dieron por reducir las bocas y estómagos —dijo el médico al darme de alta.

—¿Es legal lo qué usted hace? —pregunté antes de dirigirme a la salida.

—Mi colegas no están de acuerdo, pero al gobierno le gusta —encogió los hombros—; son unos envidiosos.

Dudaba que fuera un médico de verdad, resté importancia y me alejé del averno.

Durante el último año de secundaria hice una amiga, una verdadera amiga que sentía mi pena por los demás. Llorábamos en un callejón, lejos de los indolentes. Ella es homosexual, me enseñó las cicatrices de las heridas.

—Padre me quiere —dijo con un rio fluvial expelido de sus lagrimales—. Quiere lo mejor para mi, que sea heterosexual como mi mamá.

La abracé y chilló. Escondidos vivimos, salimos de la secundaria y antes de apartarnos, nos despedíamos en secreto.

Un día en la clase, ella reveló que era homosexual.

—¡Una lesbiana! —Señaló una chica con el índice.

—¡Vamos, está huyendo! —gritó un chico.

La apoyo a escapar, no teníamos a dónde ir. Ellos salieron del colegio, iban los profesores, directores y luego se unió el colectivo.

—¡Homosexual! —gritaban—. ¡Atrapénla!

—Son una mierda, no lo entienden —dijo ella, perdió la esperanza en la humanidad—. No puedes vivir feliz sin ser juzgado.

La turba creció, nos adentramos al callejón. Nos escurrimos como ratas en la basura, ocultándonos, sin embargo nos vieron. Levantaron la tapa del contenedor, me sacaron y a ella también, todos se abalanzaron para golpearla con lo que tenían a mano. Me quedé en un rincón, agazapado y trémulo, escuchando el horrísono socorro de mi amiga hasta apagarse.

Cansado llego, me acuesto en la cama, entra mi padre con una pistola y me apunta.

—¿Eres gay?

—No

—La homosexualidad es una enfermedad, se transmite —dijo y posó la pistola en mi pecho.

Yo solamente lo miré.

—Lloras, sientes, padeces, un hombre con sentimientos es gay —dijo con asco denotado en su repulsivo rostro.

No sé cómo lo hice, pero ahora tengo la pistola y no dudé en descargar el cartucho en su cabeza.

—Ella no era una enfermedad, sentir no te hace débil y aceptar nuestra naturaleza nos vuelve humanos.

Mi madre miró atónita el suceso.

—¡Eres un hombre! —exclamó.

No lo aguanté, busqué el cuchillo y la apuñalé contando los años que tengo soportando la maldita necesidad de ser un «hombre» para este infecto plano terrenal.

Me dediqué a cazar «animales», estoy harto de la sociedad y sus pretextos, creando adeptos a un sistema machista, deshumanizado y truculento. Maté unas cuantas personas en el camino, descargando el sufrimiento de la corrupción a mi emociones.

—¡Asesino, antisocial! —gritó la esposa de un señor después que practiqué una incisión en su yugular.

Los «animales» me siguieron. Me interné en un edificio y subí las escaleras hasta la azotea. Prefería morir a seguir viviendo en esta miserable realidad. Me lanzo sin vacilación y digo adiós a esta pesadilla.

23 de Enero de 2021 a las 23:28 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Angel Escritor y fotógrafo venezonalo. Nací en Carabobo, Puerto Cabello. Tengo 23 años. Me dedico a mejorar en la escritura y mantener la meta de representar a mi país en la literatura del siglo XXI, una meta que no desistiré en realizar. Todas mis obras están registradas en Safecreative. Soy usuario de Wattpad pero Inkspired lo considero mi hogar. Si deseas contactarme, puedes enviar un correo electrónico a: [email protected]

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