ryztal Angel

Marcaba las siete de la noche el reloj de pared, cuando Juliet Larossi desmaya durante el maltrato familiar de su padre. Despierta en un mundo desconocido donde embarcará un viaje mediante sus recuerdos, enfrentando los errores, actos de su pasado. Mediante la introspección, estancias productos de su inconsciente crearán un paraíso convertido en pesadilla, queriendo despertar del sueño o la muerte. Sumérgete en la cruel naturaleza de la madre tierra, descendiendo a las fauces malignas del hombre enfrentando a un rey desesperado por el amor de sus hijas. Explora con Juliet su atroz pasado y la imagen de niña perfecta, demacrada gracias a las nefastas batallas libradas por las estancias y sus criaturas, ¡en pos de escapar de las garras de «El Estómago»! Las sombras, una mota de tinta en el mundo físico a simple vista, reflejando la oscuridad de quienes somos y quienes la vemos.


Horror Horror gótico No para niños menores de 13.

#Horror
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Prólogo

La tarde justificaba el esbozo de un sol rojizo bajando al oeste de los rascacielos. Allá entre las montañas cubierto en un manto de neblina ominoso, cavando el deleite visual, se admiran las tonalidades del cielo que podrían ser apreciadas desde la alcoba donde nos situamos; detrás del vidrio donde posamos una mano y soñamos con volar. La sombra de las persianas mostraban un ambiente lúgubre, donde la penumbra cubría los rincones ignotos de la habitación bañándose al cabo de los minutos en la eterna oscuridad.

El ventilador de techo seguía encendido, tintineando el hilo colgante que pendía danzando en óvalos interminables. Una joven de cabellos oscuros permitía verse conforme el reloj de pared hacía su trabajo. Tic-tac, tic-tac, marcaba para ese entonces las seis de la tarde.

Miraba al techo con ambas manos entrelazadas en el vientre, sumida en sus pensamientos. Escuchaba voces detrás de la puerta, en la rendija inferior que desprendía alguna entrada de luz artificial en el suelo, perdiéndose en el vacío.

«Pronto acabará», pensó.

Haciéndose un ovillo en dirección a la pared, dibujaba figuras de conejillos con los dedos en el frío concreto. Reía en ocasiones, pero sus lágrimas escapaban recorriendo las mejillas pecosas. Llevó una mano para retirar en el cachete otra estrella. Las voces revelan una discusión.

—¿No ves las cuentas de quienes debemos? —dijo la voz masculina, raspada y grave—. La miseria nos ha precedido, alcanzando nuestra cartera, extinguiendo nuestro ahorro familiar.

—Ni un mísero grano de arroz podemos adquirir. —Hizo una pausa la voz femenina, frágil—. La guerra ha tomado parte en nuestros asuntos económicos, ¿qué haremos?

Un golpe seco ahuecado por las paredes, retumbó en el tímpano de la joven, llevó la almohada alzando un poco la cabeza para cubrir los oídos.

Los ojos acuosos acompañaron el sollozo ahogado. El sonido de la sirena de una ambulancia junto al fugaz celaje de la luz roja, alumbraron la alcoba momentáneamente rompiendo el silencio, disipando la oscuridad que volvía de nuevo a cubrirlo todo como una horda de cucarachas.

—No me preguntes que hacer, estoy cansado de intentarlo —logró acabar el segundo silencio la voz masculina.

Pasos buscaron cercanía a la habitación de la joven. Un toque suave ansiaba la compañía de aquella persona entre las almohadas.

—Vas a reunirte con ella —reprochó la voz—. Mientras mi fortuna es desvanecida, tú lloras y lloras, ojalá me ayudaras en lugar de sangrar.

La joven de improviso se incorpora girando el picaporte apresurada, no dudó en tomar del brazo a la figura abrazada en si, emitiendo gemidos de dolor y recorriéndole un hilo de sangre en el labio inferior; rodeada de moretones a espaldas de la luz superior en el pasillo. Ninguna cavilación tuvo, cerró la puerta asustada, sabía que él venía. Tomando una llave, corrió el primer pestillo, luego corrió una barra de hierro en la esquina baja de la puerta. Abrazó la figura que reposaba con los brazos en la alfombra de la habitación.

La oscuridad era densa, el reloj sin descansar marcaba las seis y treinta minutos.

Temblorosa ahogó su mirada perdida en el vacío del closet, recostada en el regazo maternal que abrazaba conteniendo el llanto. Continuaba el martillo retumbando el eco de la alcoba como tambores, quebrantando la incierta seguridad que pudiese brindarle la madera.

—¡Junna! —Seguía golpeando con intermitencia la puerta—. ¡Salgan de allí!

Corría las manijas del relojero, sonajero de nuestros pesares, guardián de las horas, marcaba en tinta negra las seis y cuarenta. No desvanecía el intento de romperla.

—¡Maldición Junna! —aulló ferozmente.

—No va a entrar hija, no va entrar —consuela madre, acariciando el cabello de una hija trémula.

¡Hágase el silencio! Solamente una pequeña luz mortecina de la ciudad entre el espacio de las persianas, se desliza en la escena.

«¡Una hembra! Deseaba tanto una hija». Evocó la voz de un padre tierno, un padre fidedigno

Dolía imaginar un padre amoroso, amable y abnegado. Evocaba brisas en los lagos, palabras que el viento llevaron, aves desplegando el vuelo onírico del horizonte rosa y naranja, donde bajaba el sol y la luna corría las cortinas, abriéndose paso a la danza en el cenital estrellado. Follajes inmersos en la sinfonía efímera de los vientos norteños. Caía en cuenta de los días de pesca y paseos al bosque, padre e hija disfrutaban largos momentos a solas de goce y alegría. No eran los columpios del parque, la noria como un titán en las fauces nocturnas, tampoco el primer paso del gateo a la flor juvenil, menos las navidades entregadas al júbilo y bienestar para agradecer lo material. Atisbó entre las lápidas de los cementerios de secretos sepultados en una sombra vil que proyecta adicciones al sexo y humo; la suplicante merced de la nostalgia por el regreso de los días felices.

Marcaba entonces las seis y cincuenta.

La puerta temblaba, tam, tam, era el sonido de los ecos. Esta vez, cerró los ojos gimoteando, deseando que no existiese el momento. Marcaba entonces las seis y cincuenta y cinco. Rota, donde astillas empezaban a caer en el suelo, lucía la puerta venosa mostrando una grieta; Tam, tam, cada vez más gruesa; tam, tam, acompañándole el quebrar de la madera, dejando entrar una débil señal de luz.

—¡No nos lastimes! —gritó la mujer temblando.

Cedió la puerta al romperse, una figura corpulenta entra a la habitación bamboleándose, portando petaca en mano y llevándosela a los labios, saboreando el ardor producto del alcohol.

—¡No nos lastimes por favor! —suplica la mujer entre lágrimas.

—Parecen cucarachas —dijo el hombre, tratando de mantener el equilibrio.

—Ella es tu hija, no le harías daño a tu hija —continúa rogando la mujer, arrugando el rostro entre lágrimas, negando con la cabeza—. No le harías daño a tu conejilla.

—¡Maldición! —grita el hombre de nuevo.

Abalanzándose contra la mujer, tirando la petaca a la cama, fueron los brazos macizos quienes trataron de separar a la niña de su madre. Ella respondía con lamentos.

—¡Madre!

Sus brazos estaban tendidos en el aire, deslizaron sus dedos en la camisa de ella, fuerte sería el lanzamiento que hizo el hombre que la joven impactó en el colchón, alzando un puño en el aire a una mujer indefensa que clavaba la mirada al suelo, zumbó entonces el roce del aire junto a los nudillos.

—¡Padre, detente! —gritaba abrazando una almohada.

Desplomada en el suelo estaba, trataba de levantarse, pero el mundo giraba. Tropezó, pero el mundo seguía girando. La joven corrió para socorrer a su madre en vano. El hombre la tomó por los hombros. Ella sintió el terror en el aliento a ginebra, ojos saltones esparciendo la finura roja de las venas, sudando, hediondo a cólera y frustración.

—No me hagas daño —suplicó entre lágrimas.

Negó el hombre con la cabeza, parecía no entender nada. «Estoy perdido, no sé que estoy haciendo», transmitía en su mirada. La barba poblada y cabellos brillantes en grasa, dibujaban un rostro demacrado donde existía un inexorable mozo.

Algo extraño ocurría, marcaba las seis y cincuenta y nueve, faltaban segundos para las siete. Una jaqueca repentina, acompañado de mareos, comenzó a fastidiar a la joven quien llevó una mano a la sien.

—Juliet —dijo el hombre en un intento de susurro.

Él lo había notado, había ayudado a levantar a su hija, no era la madre quien estaba tratando de levantarse, era su hija quien luchaba para incorporarse. La mano gruesa toma la temperatura, estaba helada. Sentía fragilidad y ligereza de pronto, tornó la visión borrosa en los segundos faltantes, nublando la vista en una estela oscura.

—¡Juliet! —Zarandeó el cuerpo—. ¡Juliet, despierta! —imploró el hombre.

Marcaba el reloj, las siete.

22 de Enero de 2021 a las 04:48 0 Reporte Insertar Seguir historia
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