rollitodesushii Alejandra Kimella

Porque todo el mundo le escribe al amor, pero ¿quién le escribe a la comida? Claire ha aprendido dos cosas la noche de navidad: 1• Cómo salvar la vida de un ciervo. 2• Cómo arruinar la suya. Después de haberle confesando los secretos de su vida y trabajo a un guapo desconocido, el mundo de Claire queda en pausa cuando descubre que Killian Collingwood no solo es el nuevo novio de su prima estrella, ahora también es su nuevo jefe. Y ella le ha confesado todo. Todo Desde la vez que le escupió a la sopa de su estirada madre y cuanto odia el trabajo, hasta hablarle de sus complejos familiares y el tío que le mete mano debajo de la mesa. Ojalá nada cambie en la cocina de trabajo de Claire... Porque Killian es muy profesional y puede separar su vida privada de su vida laboral... ¿verdad? *[Registrada en Safe Creative, todos los derechos reservados© Queda prohibida la duplicación total o parcial de este documento sin el consentimiento previo del autor. Código de registro: 1711044734972]*


Humor Todo público.

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UNA CHICA MOJADA Y UN CIERVO QUE NUNCA DIO LAS GRACIAS



Intenté de nuevo. No funcionó. Intente otra vez. Tampoco funcionó. Una vez más. Fue inútil.


El cielo rugió una vez más, soltado de un solo golpe una lluvia torrencial de película apocalíptica.


Estaba perdida, varada en medio de la nada con un auto atascado en una pileta de barro improvisada. Ya me había pasado antes. Había arroyado tres perros, un gato y una tortuga, pero en mi defensa quiero añadir que todos esos animales habían sobrevivido... Y yo había pagado sus tratamientos, incluso tuve que masajear a la tortuga de la vieja señora Coyo toda una semana. Aparentemente eso, además de fortalecer sus músculos, la ayudaba a superar el trauma psicológico que le había ocasionado mi pequeño y valeroso volvo plateado a la tortuga rusa mas mimada en América.


Al menos esta vez no tendría se pagar ningún tratamiento. Esta vez el animal no fue alcanzado por mi auto. Lo cual me enorgullecía enormemente, pues era para mí, sinónimo de que los tutoriales de Aly en YouTube, sobre «Cómo avivar tus reflejos naturales en 5 sencillos pasos» no eran tan inútiles.


Como el auto estaba atacado, mi única opción era volver a la carretera a pedir ayuda. Aunque con lo frío de la noche lo último que me apetecía era pararme a las orillas de la carretera a levantar el pulgar en una avenida desértica.


Pero no tenía señal, no tenía GPS, no tenía un mapa y, a esas alturas, no tenia ni un gramo de dignidad.


Así que, cerrando el auto, me aproximé a la carretera y esperé hasta divisar un auto a lo lejos.


Conté 2,300 misisipis hasta que un auto apareció a la distancia. Contar en misisipis era un arma de doble filo, a veces me relajaba, otras veces me ponía impaciente, generalmente eso sucedía cuando superaba los 100 misisipis o cuando el viento hacía que la lluvia me golpeara de lleno la cara.


Cuando un auto se aproximó avivando mi esperanza con sus resplandecientes luces cegadoras agrandándose a la distancia, dí un par de saltos con el pulgar en alto para no pasar inadvertida, pero al pasar junto a mi, el auto únicamente arrojó una ráfaga de agua por inercia en la fricción de las llantas contra los charcos, empapándome de pies a cabeza de barro y agua de lluvia.


Un misisipi, dos misisipis, tres misisipis... Inhala, cuatro misisipis, cinco misisipis, exhala, seis misisipis, siete misisipis...


Un auto apareció nuevamente a la distancia. Esta vez tuve la precaución de alejarme lo suficiente para ser vista pero no arrollada y/o mojada.


Inesperadamente el auto se detuvo.


¡Excelente! ¿Y ahora qué? ¿Qué si era un narcotraficante?, ¿o un asesino?, ¿o un narcotraficante asesino?, ¿o un comentarista de revistas de moda?, ¿o un diseñador gay? La última vez que me topé con uno en un cena de negocios, no paró de contar las calorías que consumía de una sentada y señalar la talla de mi vestido... ¿Y si era un diseñador gay, comentarista de programas de chismes?


¡Por favor, Jesús, que sea un narcotraficante!


Instintivamente cubrí mi cuerpo cruzando mis brazos sobre el pecho para cubrir mis, aparentemente deplorables, 49 kilos.


—Parece que necesitas ayuda —dijo una voz masculina preparando el camino de un cuerpo aún mejor.


Las tiras de cabello negro azabache no tardaron en pegarse a su frente a causa de la imparable tormenta. Su camisa blanca no tardo en seguir el camino, venciendo la tensión superficial entre aire y agua, amoldándose a su cuerpo inmediatamente.


—¿Asesino serial? —intenté con la verdad.


Él hombre sonrió con incredulidad, logrando que mi mirada fuera a parar a esos grandes ojos azules que contrastaban perfectamente con esa piel nívea.


—No.


—¿Narcotraficante?


Su sonrisa se amplió. —Siento desepcionarte.


—¿Diseñador Gay? ¿comentarista de revistas de chismes? ¿acróbata?


Tenía la boca abierta listo para soltar otra respuesta pero, después de pensarlo mejor y fruncir en ceño, se limitó a responder:


—No.


Menos mal, ya tenía muy mala experiencia con los acróbatas, principalmente en mi cumpleaños 6, en el que había terminado a medio truco con los pies metidos a la tarta principal, de ahí en mas, mi relación con ellos no había corrido más que en picada.


Asentí y me encogí de frío abrazando mi cuerpo con mas fuerza.


—¿Puedes ayudarme?


—¿Y si hubiera sido un comentarista gay acróbata en mi tiempo libre, no habría podido hacerlo?


—Tal vez —me encogí de hombros—. Después de haberme hecho la lista de la dieta y una «tumba rompe cuellos». No he tenido muy buenas experiencias con ninguno.


Él negó con la cabeza y sonrió poniéndose en marcha.


—Se ha quedado atascado —expliqué siguiéndole el paso de camino al auto.


Él frunció el ceño en dirección al volvo.


—¿Cómo llego aquí?


Odiaba esa clase de preguntas: ¿Cómo llegó aquí? ¿Cómo es posible que lo hayas olvidado? ¿Cómo la rompiste? ¿Cómo que el perro se comió tu tarea? ¿Cuantos años te faltan para terminar la carrera? ¿Quien ha metido el tenedor al microondas? y sobre todo: ¿Quién se ha cambiado el shampoo por mayonesa?


No había nada más incómodo.


—Un ciervo. No quería arrollarlo —me limité a responder esforzándome por no rodar los ojos.


Se agachó a revisar la llanta de cerca, llenándose las manos y el pantalón de barro sin rechistar, mostrando fielmente la dureza de unos músculos bien trabajados.


Vayaa, ese si era un hombre, no la imitación geek de Ken que había tenido por novio los últimos dos años... Tan solo de recordarlo me daban ganas de...


—¿Y el ciervo? —preguntó sacándome de mi ensoñación.


Chasqueé la lengua.


—Sabes, por extraño que parezca, no se detuvo a darme las gracias. Creo que de la emoción salió corriendo.


Él proyectó una agradable risa musical mientras se sacudía las manos al ponerse de pie, terminando de examinar la llanta.


—¿Tienes la llave? —Me tendió la mano.


¡Pero que pregunta! ¡Por supuesto que tenia la llave! Era mi auto.


Palpé los bolsillos de mi pantalón... Nada.


Palpé los bolsillos de mi pequeño abrigo... Nada.


Me acerqué al auto y eché un vistazo al interior.


Las llaves estaban adentro.


—No, no, no —gruñí dándome de topes contra el cristal de la ventana.


—Oye, estás...


—¿No crees que ya fue suficiente? —recriminé al cielo— Soy una buena persona, sigo las leyes de tránsito, enciendo la direccional siempre, bebo leche deslactosada, compro productos que ayudan al medio ambiente, sigo a Greenpeace desde que tenia quince y dono libros a la biblioteca central. ¿Qué mas necesito? ¿Donar un riñón?


Y luego recordé que no estaba sola.


El hombre junto a mí me miraba con un gesto divertido, su barbilla reposaba sobre su mano doblada y asentía con la cabeza.


—¿Necesitan que les dé unos minutos?


Lo miré mal.


Una idea cruzó por mi mente.


—Suerte que traigo mi llave maestra —repliqué con amargura.


—¿De verdad? ¿Dónde es...?


Mi puño pegó contra el cristal del auto haciéndolo pedazos con un roca grande que había podido tomar de improvisado. El hombre se acercó a mí de inmediato y, examinando mi mano con precaución, preguntó exaltado:


—¡¿Estás loca?!


—Es la cuarta vez que me lo preguntan en el día —respondí limpiándome las pequeñas gotas de sangre con la manga del abrigo—. La otra opción era llamar una grúa, pero tango una cita con el menosprecio en dos horas.


Señaló mi mano sin apartar la mirada de ella.


—Quizá deberías...


—Estaré bien. He hecho esto tantas veces que estoy pensando en sacar el máster.


El hombre negó con la cabeza y abrió la puerta del auto sin protestar más.


Intentó sacar del atasco al auto varias veces pero fue inútil. Mi sentencia estaba escrita.


—No creo que se pueda hacer nada mientras siga lloviendo de esa manera.


Ya lo sabía, en el fondo siempre lo supe, pero intenté que mi esperanza no muriera tan joven.


—Tengo que llegar a casa de mis padres a la cena de navidad o van a matarme. ¿No hay algo que podamos hacer para liberarlo?


—No con esta lluvia —aseguró con una expresión perdida—. Te diré algo: Te acerco a la ciudad y llamó a una grúa. Te llevaría a esa maravillosa cena, pero tengo el presentimiento de que no es tan maravillosa y tengo que llagar a una reunión importante.


Sopesé las posibilidades que tenia. No eran muchas ni eran debatibles.


Dejé escapar un suspiro lóbrego.


—Gracias —acepté—. Te sigo.


Si mi madre hubiese visto la facilidad con la que acepté me había reinscrito a los cursos infantiles sobre «Peligros extraños» en el que, básicamente, te enseñaban a tenerle miedo a cualquier cosa que no fueran tus padres. Tardé meses en volver a tomar el control de la televisión sin pensar en los gérmenes o salir a la calle sin buscar armas en los bolsillos traseros de los hombres.


Al entrar al auto, el hombre de los ojos de zafiro deslumbrante me tendió la mano.


—Soy Killian.


—Claire —respondí haciendo lo propio.


—Bien, Claire. Es mejor que nos demos prisa, no queremos llegar tarde a nuestra reuniones.


Mi resoplido fue opacado por el auto volviendo a la vida.


—Habla por ti mismo.


Me miró por el rabillo del ojo.


—¿No quieres ver a tu familia?


—Sí quiero, pero el día de hoy no tengo mucho animo para lidiar con "el ambiente familiar" —dije haciendo énfasis con los dedos en comillas.


—¿Qué tan mala puede ser una cena navideña?


El repiqueteo de la lluvia resonaba sobre el techo del auto, el crujir y la iluminación del cielo me hacían agradecer estar a salvo entro de un auto con calefacción y aroma a canela. La calidez del ambiente me permitió usar a mi nuevo conductor como medio de catarsis. No había ningún problema, no volvería a verle jamás y gritarle a alguien las marañas de sentimientos en mi alma quizá podría servirme para llegar limpia a la reunión.


Nunca había estado más equivocada.


—Veamos: Mi hermano acaba de volver de Londres, terminó su maestría en historia y no para de hablar sobre muertos, su esposa nos ha concedido el honor de acompañarnos con sus bellos, adorables e incomparables demonios petit, mi tío Ted no deja de meterme mano cuando cree que nadie le ve, su esposa no para de hablar sobre lo maravilloso que era mi ex novio (quien no sólo se acostó con mi profesora de ingles, también robó la mitad de mi tesis) y mi lóbrego futuro, y la peor es mi prima, quien no deja de alardear sobre su nuevo empleo, su casa nueva y ahora: su novio nuevo. Seguro que el pobre tipo ni siquiera sabe que cada año cambia de novio, tuvo ladillas y además fije ser vegetariana pro vida pero come carne cuando nadie le ve, odia todo lo que tenga pelo, a menos que esté muerto y tenga mangas y usa pestañas postizas.


Killian soltó de golpe el aire contenido en sus mejillas.


—Definitivamente tu noche será peor que la mía.


—Ninguna noche podría competir con esta. No me mal entiendas, amo a mi familia, pero simplemente el día de hoy no ha sido «mi día».


—Entiendo eso, lo que no entiendo es por qué no le dices la verdad a todo el mundo.


—Mi hermano es un niño mimado que cree ser el mejor padre del mundo, él y su esposa vegana nunca van a escucharnos... Jamás. Nadie creería lo del tío Ted, es un exmilitar, no hay un hombre mas honorable en la familia y honestamente no entiendo por qué no se mete con mi prima también, y ella... Es el pan de lucifer, fue hecha en su horno. Estoy segura de que nuevamente hará las presentaciones y fingirá olvidar a Theo, se sentará en mi silla verde y salpicará su veneno desde la silla frente a mí.


Killian rio por lo bajo.


—Vamos, no puede se tan mala.


Pronto, comencé a notar que ya estábamos entrado a la ciudad. Las personas corrían de un lado a otro resguardándose de la lluvia. La mayoría de los aparadores estaban fuera de servicio y cada vez había menos autos transitando.


—¡Lo es! Cuando yo sólo tenía cinco años me arrojó hacia un lago sucio y profundo... ¡Y yo no sabía nadar! Fue una suerte que el tío Ted saliera a tiempo, y tengo una enorme lista de razones, cada una con una cicatriz. No me alcanzaría la noche. Además, seguro que no tarda en preguntarme la diferencia entre un software y un hardware y ¿sabes qué? ¡¿A quien le importa?!


—¿No sabes cuál es la diferencia entre un software y un hardware? —preguntó con incredulidad.


—¡Genial, otro genio!


—Buen, no hacía falta ser un genio para conocer la diferencia. Todo el mundo tiene una computadora hoy en día.


—Sí, bueno, yo solo las manejo después del encendido.


Killian rio por lo bajo.


—Te propongo algo: Puedo darte un poco de información básica sobre computadoras durante el camino, para que puedas responderle algo inteligente a la bruja que tienes por prima.


—¡¿De verdad lo harías?!


Asintió sin ningún problema.


—Pero continúa, tengo la sensación de que estás a punto de estallar.


Bueno, no iba a decirlo dos veces.


» El cincuenta por ciento de la culpa también reside en mi trabajo. En dos días volveré a la cocina, volveré a ver a Rikan, el peor jefe del mundo, se la pasa gritándonos y a veces incluso fuma dentro de la cocina, es asqueroso, Simón incluso, le escupe siempre a la asquerosa salsa de tomate que Rikan usa para comer a cucharadas soperas, a veces, incluso, le tira dos o tres pelos y cuando los clientes son groseros, sonreímos y asentimos comprensivamente.


—Eso no es...


—Y luego escupimos en su sopa —agregué, ya que había cogido carrilla— porque Cinthia dice que los sentimientos no se deben reprimir o enferman tu cuerpo. Yo sólo lo he hecho dos veces; la primera fue a la vieja esposa de dueño del hotel, una bruja maléfica estirada con porte de doncella que no hacía mas que gritarnos en francés ¡Yo ni siquiera sé francés! Aunque lo puse en mi currículo con dominancia al 85% la verdad es que te va bastante bien si aparentas seguridad y de vez en cuando sueltas algún «oui», «c'est parfait» de todas formas nadie en la cocina entendía un pito, salvo Rikan, claro, pero no merece ninguna gloria porque a veces nos hace usar ingredientes caducados, pero es lo que hay, a veces quisiera tomar el control y desmantelar todo el lugar.


—Vaya... Eso suena como un mal empleo.


—Lo es —me encogí de hombros— pero es lo que hay.


—Espero que encuentres uno mejor.


Bufé.


—Mataré a mi jefe antes de hacerlo.


Killian sonrió con cortesía y señaló el enorme letrero de la avenida Steel.


—A partir de aquí, tú me guías.


—Puedo quedarme en el Starbucks un rato, necesito cafeína y tiempo para prepararme psicológicamente.



21 de Enero de 2021 a las 09:28 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Conoce al autor

Alejandra Kimella ✨Autora con Caligrama y Nova Casa Editorial. *Escribo para darme fuerza a mi mismo. Escribo para ser los personajes que no soy. Escribo para explorar las cosas que me asustan* -Joss Whedon 📲 Contacto: [email protected] 👉 REDES SOCIALES: ⚡ Facebook: RollitodeSushii 👥 Grupo de Facebook: #SushiiTeam 🐦Twitter: Alejandra Kimella. 📸 Instagram personal: alexw_rs 📷 Instagram de autor: alexkim_rs

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