eliana-firpo1610837272 Eliana Firpo

Una chica se encuentra con un misterioso chico en un camposanto. Le regala una rosa, pero pronto descubrirá que nada es lo que parece...


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La rosa negra

Aquel dia tan majestuoso, tan frio en su plenitud, tanto como por dentro como por fura. Aquel dia donde los pajaros parecian cantar para ella con una melodia lúgubre, tan armoniosa, tan como ella.

El camposanto era testigo de los ultimos suspiros de un sol que habia estado debil desde hace semanas, amenazado por una densa niebla que le tapaba los ojos como un velo de amor. El aire estaba cubierto por un fuerte aroma de ciprés, aroma que le gustaba desde chica, y que era testigo de los primeros brotes de primavera, que parecia nunca llegar.

A lo lejos se escuchaban murmullos y risas extrañamente bienvenidas en ese lugar , los que hacían su único contacto con la vida desde hacia días.

Las negras rejas estaban por cerrar, pero decidió quedarse tendida un rato mas, contemplando el horizonte tan lejano, como si su mirada estuviera perdida en la inmensidad.

Los funcionarios ya no opinaban, al principio les llamaba la atención aquella chica con un largo abrigo rojo, con larga cabellera hasta la cintura, y ojos como la noche. En mas de un momento intentaron mas que una simple charla, pero se resignaron al obtener respuestas frias y cortantes de la chica de la capa roja, como la llamaban al carecer de un nombre.

Finalmente, decidida a pararse, se levanto y contemplo el panorama con mirada indiferente. Las puertas ya estaban cerradas, cosa que no era nada nuevo para ella. Incluso en un a ocasión, quedo tendida en el pasto hasta que los primeros rayos de sol le acariciaban la cara. Pero en las noches de invierno esto no era una posibilidad.

Camino hasta la puerta principal la cual era baja, podía eludirla con facilidad, para volver a la vida.

Comenzó a caminar por la larga cuadra, a veces eterna , y colmada de una implacable soledad, ya que nadie se atrevía a ir por allí a esas horas de la noche.

A ella le gustaba, aunque de vez en cuando le daba escalofríos, seguida de una densa niebla que salía de su boca con cada exhalación.

Estaba ahogada en sus pensamientos cuando sintió una extraña presencia a sus espaldas. Cerro los puños sintiendl como la rabia se apoderaba de ella, y sin vacilar, se dio la vuelta para hacerle frente a quien fuera quien se presentaba que, seguramente, no lo haría con buenas intenciones.

Nada. Estaba sola en la inmensidad de la noche. Siguió caminando, extrañándose de su propia conducta, no era usual en ella a dejarse llevar por el enojo, ni por ninguna emoción. Al pasar por la estrecha calle , con faroles a los costados, que le recordaban al romanticismo pariciano una suave voz se dirigió hacia ella. Tenia que ser a ella, pues era la única en ese lugar, o eso pensaba.

- me dice la hora señorita?- le dirigió una voz calmada como nunca antes había escuchado. Una voz que hacia olvidar las tan inútiles palabras. Una voz tan cálida que hasta daba escalofríos.

Sin dejarse impresionar, considero la posibilidad de hacer oídos sordos y continuar su camino, pero decidió responder la pregunta sin mas e irse de inmediato. se dio vuelta para mirar su reloj y decir: doce en punto pero cuando lo hizo, se encontró con unos ojos de placer celestial que le pararon la oración y los latido.

Unos ojos extrañamente conocidos, pero que nadie en este mundo podía tener. Se sintió por un segundo segura y protegida, despertando en ella un deseo largamente olvidado: el de hablar.

Decido dar por olvidada la cortante respuesta y establecer una conversación, y sin miedo a lo atrevido pregunto:

- quien te espera a estas horas de la noche? - dudo que alguien nos espere en algún lado -

El extrañamente conocido chico, sin perder la pureza y serenidad contesto:

- no es alguien quien me espera, sino un lugar-

- pues entonces, no hay valido apuro para un lugar, pues estático es, y estático será. Además. de todos modos, el tiempo es una ilusión, que para la gente pasa, y para la muerte no.-

Una leve sonrisa fina se dibujo sobre los labios un tanto violáceos del chico, que no dejaba ver sus seguramente perfectos dientes.

Así sin mas, un profundo silencio se apodero del aire, que por primera vez en mucho tiempo, a ella no le pesaba.

Sintió la ansias de escuchar esa melodiosa voz de nuevo, pero el chico se limito acomodarse a su la doy seguir juntos el camino que ahora precia tener un destino.

Una vez a mitad de camino, ya pasadas las antiguas fabricas ubicadas cerca del puerto y que dejaban al descubierto unas olas que parecían danzar con el mar en su orilla, sus miradas se juntaron.

Ella, como adivinando sus pensamientos, lo tomo de la mano, lo que hizo que un fuego intenso se apoderara de ella, y se dirigieron al muelle, al limite entre el mar y la tierra.

Sintió que sus pensamientos ya no le pertenecían, nada de ella le pertenecía.

Sentados en la húmeda madera, y rodeados aun por un silencio que decía mas que mil palabras, ella contemplaba la blanca luna, la muy blanca luna. Su reflejo se contemplaba en las movidas aguas que parecían danzar para ellos.

Miro a su ángel de reojo y lo sorprendió mirando las profundas aguas, como hipnotizado, con una mirada lúgubre y melancólica, pero que no parecía haber perdido su calidez.

- como te llamas pregunto ella? -

El chico sin dejar de mirar el mar contesto-

- cómo crees que me llamo? - luego la miro dedicándole una cálida sonrisa

Ella lo contemplo en silencio, sin devolverle la sonrisa y como si la respuesta proviniera desde muy lejos contesto:

- ojos tristes-

sonrió. Le tomo la mano y siguió mirando el mar

A ella le sorprendió que no la mirara, ni que le contestara las preguntas, era como si ya la conociera.

Quiso besarlo, pero sintió pena en corromper tanta belleza, así que se limito a contemplarlo, y nada mas.

Comenzó a helar alrededor, se levantaron en el momento en el que una pareja pasaba por la calle, mirándola de una manera extraña y que no pudo descifrar.

El, indiferente, la tomo de la mano lo que la hizo sobresaltar, y continuaron su camino hasta llegar a la antigua casa donde vivía la chica.

-te veré mañana en el mismo lugar- dijo la chica contemplando sus grandes ojos fijos, ahora con una expresión extraña, noto que la leve sonrisa del chico se quebraba y que sus ojos brillaban mas de lo normal.

El saco de su bolsillo una rosa negra que parecía haber estado mucho tiempo con él. Se la dio, y ella sintió como si le estuviera dando algo muy preciado, algo que le pertenecía a ambos.

Pero al día siguiente su ángel no apareció. Paso Agosto y Septiembre hasta que casi se resigno a seguir yendo al pactado encuentro.

Ella continuo con su vida, por llamarlo de alguna manera. Sus rutinas en el cementerio se hicieron mas largas, escribía de vez en cuando. Un día, caminando entre las lápidas y raspando con sus uñas la fría piedra, vio a lo lejos algo extrañamente conocido.

- creí que no se podía adornar con flores naturales las lapidas - dijo a un funcionario que se sobresaltó al escuchar la voz por primera vez a la chica del abrigo rojo

- así es - contesto el tartamudeando - esta rosa la sacamos un par de veces, pero a la mañana siempre vuelve al mismo lugar - dijo mirando a la chica- cosas que pasan en estos lugares intento bromear el funcionario

Ella lo miro fijamente a los ojos y sin decir nada volvió su mirada a la solitaria lapida decorada con una rosa negra.

Una lágrima helada cayo por su mejilla.

- tal vez mañana - dijo

Y se marcho.

21 de Enero de 2021 a las 01:46 0 Reporte Insertar Seguir historia
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