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David OV.


Villatorres es un pueblo pesquero golpeado por la lluvia y las mareas. Sus callejuelas retorcidas las recorren vecinos cargados de secretos que huelen a sal y a lumbre. Una impactante muerte volverá del revés la tranquilidad que domina Villatorres y pondrá patas arriba la vida de Mateo que verá cómo el pasado esconde respuestas de lo más inesperadas. *Novela en progreso en la que iré haciendo pequeñas correcciones y mejoras. ¡Cualquier feedback es muy bienvenido!


Suspenso/Misterio Todo público.

#crimen #thriller #misterio #drama #novela-negra
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Capítulo 1

En la actualidad, 2017.

Los últimos intentos del sol de atravesar el marco de la ventana se sucedían con parsimonia, sus rayos se aferraban a la madera envejecida y a las cortinas agitadas por la brisa marítima. Los segundos pasaban más lentos de lo normal en el reloj de pulsera que yacía sobre la mesilla; su cansado segundero metálico apoyaba el egoísmo del sol y hacía todo lo posible para que aquella noche nunca empezase. Un tono rojizo comenzó a cubrir las paredes a la vez que la marea subía excitada por la inevitable aparición de la luna, la espuma de las olas jugaba con las piedras de la orilla en la incipiente oscuridad.

Dicen que dormir es como viajar en el tiempo, desde el momento en el que se cierran los ojos no somos conscientes del tiempo transcurrido. Quizás por eso todo indicaba que aquella noche no debería llegar nunca, porque si llegaba, pasaría como una exhalación y amanecería un nuevo día, un día que cambiaría la vida de Mateo para siempre.

Derrotado, como cada noche, el sol dio paso al resto de cuerpos celestes que alumbraron con luz pálida el pueblo costero de Villatorres del Mar. Villatorres dormía bajo la atenta mirada de los dos torreones gemelos del siglo XIII que coronaban la cima del único monte de la comarca. Como la mayoría de pueblos costeros, su economía se nutría de la pesca, el puerto y la lonja eran sus pulmones. Todas las mañanas salían un par de decenas de barcos a faenar, si se daba bien la mañana volverían con suficiente pescado como para sacarse un dinero en el mercado y poder seguir adelante un día más.

Con una población moderada era un pueblo más de la región. Sus callejuelas, endiabladamente retorcidas, desembocaban en la plaza central, que estaba presidida por una iglesia románica. La brisa nocturna subía desde el puerto refrescando los adoquines que habían aguantado estoicamente el sol durante el día. El sargento Álvarez deambulaba por la plaza a la que daba al cuartel de la guardia civil, limpiaba sus gafas circulares mientras trataba de encontrar la Osa Mayor. A pesar de la tranquilidad del pueblo, tenía que hacer guardias dos veces por semana. Realmente era un trabajo sin demasiados sobresaltos, ya no recordaba la última vez que había tenido algún suceso importante en el pueblo. No disparaba un arma fuera de un campo de tiro desde la academia y el único cadáver que había visto de cerca fue el de su abuela materna en el tanatorio de la ciudad. Pocos eran los que todavía quedaban por las calles y Álvarez no se encontraría más que a un par de huidizos felinos.

Horas después de que las estelas de los barcos pesqueros se hubiesen perdido en el océano, empezó a amanecer un día gris. El cielo nublado desprendía una luz blanquecina y uniforme que empezó a colarse por todas las ventanas de las casas del pueblo. Las primeras fueron las que se encontraban a los pies de las torres, en el monte. Acto seguido, el resto de viviendas de la bahía fueron despertando perezosas.

Mateo se incorporó en su cama, observaba con la mirada perdida los desconchones de la pared que tenía enfrente. Si lograba concentrarse podía distinguir formas y patrones en ellos, pero esta mañana no era capaz. Su mente no estaba entre esas cuatro paredes de piedra blanca que formaban su habitación. Su mente estaba muy lejos de allí, pensando en lo que ocurrió un solo piso más abajo hace un par de años, parecía algo tan lejano que podría haberlo vivido en otra vida. Mateo se rascó la barba castaña que con tanto cuidado había afeitado en el pasado y que ahora formaba parte de él. Tras una buena ducha bajó las escaleras lo más silencioso que pudo, a pesar de eso eran inevitables los crujidos y gemidos de la vieja madera. Cuando el embriagador olor del café recién hecho empezó a extenderse por la cocina, puso las tostadas en el fuego. Como cada mañana, un perezoso pero hambriento Darío apareció por allí arrastrando las zapatillas.

–Buenos días, enano –dijo Mateo a su hermano pequeño que ya extendía mermelada de albaricoque sobre las tostadas.

–Creo que lo de enano se me está quedando pequeño ya, ¿no crees? –contestó Darío.

Siempre trataba de evitar todo aquello que le recordase que, pese a sus dieciséis años, seguía siendo un niño para su hermano mayor. Aunque en los últimos años había tenido que madurar a pasos agigantados, era despistado y no mejoraba en los estudios. El novedoso interés en el sexo opuesto, que estaba despertando en él, tampoco ayudaba.

–Lo que creo es que siempre vas a ser un enano, ¿con quién me voy a meter si no es contigo? –preguntó Mateo, calentándose las manos con la taza de humeante café.

Mientras, Darío engullía las tostadas con ese hambre voraz que caracteriza a cualquier adolescente. Mateo disfrutaba estos momentos con su hermano aunque ya no era como antes, ahora había un ambiente más denso, una nostalgia que hacía que las risas durasen menos. Era como un placebo, tratar de sonreír para fingir que todo iba bien, pero la realidad siempre estaba ahí, pesando en todo momento.

–A mí déjame, que ya soy mayorcito.

–Mayorcito para lo que te interesa, que te sigo haciendo el desayuno todas las mañanas –contestó Mateo.

–¿Pero quién es el que tiene una cita esta noche, listo? –preguntó Darío triunfal mientras dejaba el plato en el fregadero–. Porque creo que tú no.

–Anda, tira para arriba a cambiarte y ya me contarás qué pasa con Lucía.

–Venga anda, si seguro que vas a venir tú también a la fiesta de Feijoo –dijo Darío con tono acusador.

–¿Quién va a traerte luego a casa sino? –contestó Mateo–. Y además, ¡si tú vas porque eres mi acompañante!

Cuando Mateo terminó de hablar, su hermano ya había llegado al piso superior. Mateo se terminó el café saboreando aquella bebida amarga que cada mañana le ponía las pilas. Siempre le había gustado la cercanía de la relación que tenía con Darío. A pesar de ello, los ocho años de diferencia y la responsabilidad que tenía sobre él, le hacían sentirse como un padre en numerosas ocasiones. Quizás eso fuese lo que les distanciaba últimamente.

* * *

La mañana era fría, como todas. Desde bien temprano Villatorres ya tenía vida, sus calles empedradas se llenaban de gente que se disponía a empezar un nuevo día de trabajo. Sin duda el mayor trajín sucedía en el puerto donde las idas y venidas de los desgastados pesqueros contrastaban con los barcos de recreo que se mecían tranquilamente en el club náutico. Mateo bajó andando hacia los muelles, nunca cogía el viejo Seat a menos que fuese para ir a la ciudad. Pasada la plaza se aventuró por las estrechas calles que desembocan en el mar. La panadería lograba encubrir el olor a sal con un penetrante aroma a pan horneado, a aceite hirviendo y a canela. Mateo recordó los tiempos en los que soñaba, pegado a ese mismo escaparate, con hundir sus dientes en alguna rosquilla. Por aquel entonces su mayor preocupación eran los cromos, los partidos de fútbol en la calle y poder navegar con su padre.

Girando a la derecha por la calle Herreros llegó a la tienda de Zacarías. En el pequeño escaparate se podían ver decenas de artilugios metálicos, relojes, unos cuantos libros con el lomo desgastado y lo que Mateo creía que era un astrolabio. El interior de la tienda no era para menos, cientos de antigüedades llenaban las estanterías del establecimiento.

El tintineo de la campana de la puerta anunció la llegada de Mateo. Una voz se alzó desde la trastienda.

–¡Un momento! En seguida estoy contigo, Mateo.

Zacarías estaría arreglando algún reloj, restaurando alguna pieza antigua u ocupado con cualquier otro quehacer que se le hubiese ocurrido esa mañana. A sus setenta y siete años era la persona más inteligente que Mateo conocía. La tienda era más un hobby que un negocio, la mayoría de las piezas que había en su interior eran recuerdos que ni siquiera estaban a la venta. Mateo solía visitar este establecimiento con aspiraciones de museo siempre que podía. Por el simple hecho de estar allí su imaginación volaba observando los objetos que le rodeaban. Era fantástico poder centrar sus pensamientos en otra cosa, imaginar las historias que escondían los libros o los soldaditos de plomo que le observaban desde los estantes. Abstraerse de la realidad durante unos segundos le hacía coger fuerzas, le animaba.

–Bueno, ya estoy aquí. Estaba dando una manita nueva de pintura al coche de hojalata del escaparate –dijo Zacarías con tono afable sacando a Mateo de sus pensamientos mientras analizaba una estatuilla de barro–. Venga, hijo, reacciona.

–Sí, sí, ya sabes que podría estar horas contemplando todo lo que tienes por aquí.

–Contemplar es de viejos, tú eres joven, tienes que actuar. ¡Vive la vida! ¿Cuándo besaste por última vez a una mujer?¿Cuándo fue la última vez que te emborrachaste?

–Zacarías, ya me conoces, no tengo tiempo de todo eso. No me vengas ahora con tus historias de joven –dijo Mateo con tono cansado, previendo una batallita más de Zacarías. Mateo sacó un reloj de pulsera del bolsillo.

–¿Qué tenemos aquí? –preguntó Zacarías con curiosidad mientras se sacaba unas pequeñas gafas del bolsillo–. Cómo me gusta que me traigas regalos.

–Pues mi reloj, que se ha roto o algo. Desde ayer por la mañana el segundero no avanza, ¿ves? –Mateo mostró la esfera del reloj a Zacarías para que observase los torpes intentos del segundero de moverse.

–Sí, esto va a ser de la rueda de los segundos, algún pivote o diente que se ha doblado.

–¿Y eso tiene arreglo, no?

–¿Cuántas veces te tengo que recordar que todo tiene arreglo, Mateito? –dijo Zacarías mirando sonriente a Mateo por encima de las gafas–. Pásate esta tarde a recogerlo.

–Perfecto, aunque no sé si me dará tiempo con lo de Feijoo –dijo Mateo.

–Sin problema. A ver si así te diviertes un poco.

–Bueno ya te contaré, me voy ya que se me hace tarde –dijo Mateo despidiéndose–. Muchas gracias.

–Ya sabes, aquí estoy para lo que necesites. Como se entere tu padre de que no me preocupo de ti… –apuntó Zacarías con una sonrisa mientras empezaba a retirar la esfera del reloj.

Mateo salió de la tienda y se aventuró por las calles de Villatorres hacia el puerto. Siempre había admirado la vitalidad de Zacarías, le hacía gracia lo de que si su padre se enterase. ¿Cómo se iba a enterar de algo? Se tiraba meses en alguna costa africana pescando y aparecía por allí dos veces al año. En el último año sólo le había visto en una ocasión, Mateo pensaba que su padre ya no quería pisar tierra nunca más, demasiados recuerdos.

* * *

El Aurora navegaba en dirección perpendicular al viento. Mateo cazó la escota hasta que el extremo de la botavara sobresalió por el espejo de popa. Las blancas velas se llenaron de aire formando un ángulo de 45 grados con el casco del barco. El aurora era un velero de siete metros de eslora que, a pesar de los treinta años que habían pasado desde su botadura, seguía cortando las olas con brío. Todas las mañanas Mateo lo cargaba con decenas de cajas de pescado fresco que repartía en el otro extremo de la bahía. Era uno de los muchos barcos que formaban la flota de Feijoo Marítima S.A.

Mateo disfrutaba de la brisa marina en la cara, de las gotas que salpicaban de las olas y de la sensación de libertad, sobre todo de eso último. Llenaba sus pulmones y observaba el horizonte mientras saboreaba el salitre de sus labios. Este sí que era un trabajo al que podría acostumbrarse, ojalá estuviese mejor pagado. A parte de repartir pescado, Mateo trabajaba a tiempo parcial en los almacenes del puerto. Ambos trabajos estaban conectados con el imperio empresarial de Antonio Quintás–Feijoo, el empresario más exitoso de Villatorres y una de las personas más influyentes en la bahía. Feijoo había ayudado a Mateo desde que empezó a buscar trabajo, había logrado irle dando oportunidades que éste cogía con más necesidad que ganas. La falta de interés que mostraba en su puesto de trabajo se debía a sus aspiraciones de soñador. Siempre había querido llegar más lejos, ser abogado, médico o un renombrado hombre de negocios como Feijoo. Sin embargo, la cruda realidad le cortó las alas.

Cuando el Aurora llegó al punto medio de la bahía, justo donde el faro se ve en todo su esplendor; Mateo realizó la misma rutina que cada mañana. Amolló las escotas para vaciar las velas de aire y reducir la velocidad del velero, que crujió quejándose de la repentina maniobra. Acto seguido se sentó en proa y observó cómo los últimos barcos volvían a puerto. Todas las mañanas salía antes para poder tomarse estos minutos de sosiego acompañado del mecer de las olas y de los gritos de las gaviotas. Inconscientemente acariciaba la curtida madera del barco, era áspera y fría. Miraba fijamente al horizonte, todavía había una espesa bruma que hacía que se viera difuminado. Su mente divagaba pensando en la mujer que daba nombre al velero, su madre. El aurora fue el regalo de pedida que le hizo su padre, Rodrigo, a su madre veintiocho años atrás.

La soledad que proporcionaba el barco podía llegar a ser adictiva, Mateo ya la estaba echando de menos pensando en el compromiso al que asistiría esa misma noche. Ojalá no tuviese que abandonar esa vista de las gaviotas persiguiendo a los pesqueros y del mar golpeando rítmicamente el rompeolas. No disfrutaba las aglomeraciones ni soportaba la falsedad que se respiraba en ese tipo de eventos. Sin embargo, esta noche tenía que ir por Feijoo y para echar un ojo a Darío. Su único consuelo era que por fin vería a Elena.

19 de Enero de 2021 a las 15:07 0 Reporte Insertar Seguir historia
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