kae_ghost Kae Ghost

Ethan ha roto el espejo de su habitación porque no soporta verse en él. Ethan tampoco soporta aceptar la verdad, no cuando duele, porque es un cobarde. Ethan cree que romper el espejo será suficiente para deshacerse de mí.


Cuento Sólo para mayores de 21 (adultos).

#suspenso #gore #horror #entrenamientoinkspired
Cuento corto
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Con el Diablo adentro; capítulo único.

Cuando Ethan despertó esa mañana, no tuvo las fuerzas para levantarse de la cama. Era uno de esos días en los que su sexto sentido le decía que todo iba a salir mal.

Otra vez.

El techo de su habitación se había vuelto adictivo y su rutina se ajustaba a quedarse viéndolo por más de diez minutos sin atreverse a realizar otro movimiento que no fuera el de sus ojos siguiendo las finas líneas de los tablones de madera.

Afuera llovía, tan fuerte que parecía seguir siendo de noche. Las nubes tapaban cualquier atisbo de luz que el sol quisiera mostrarle. Así estaban sus esperanzas desde que decidió irse a vivir solo. Y aunque en un principio le pareció tener toda la libertad entre los dedos, ahora no había nada que no odiara más que estar solo.

Gotas traviesas entraban por la ventana entreabierta y la cortina danzaba suavemente al compas de la brisa helada que se abría paso a través de la ranura. El viento fresco hacía que el cuerpo de Ethan se estremeciera y deseara no volver a salir de la comodidad de su cama. Ni siquiera el rugir de su estómago, anhelando aunque sea un trozo de pan, logró hacer que se moviera.

Levantarse de la cama suponía iniciar un nuevo día pero con la misma rutina. Darse un baño de agua fría que despejara sus ideas, vestirse con la ropa repetitiva que su madre le regalaba todos los meses sin falta, desayunar unas tostadas más duras que las piedras que solía arrojarle a su vecina cuando estaba aburrido, y rasgar la piel de sus muñecas con los cristales rotos del espejo que aún no se animaba a barrer.

Ese espejo. Ese espejo que ahora no era más que trozos filosos dedicados únicamente para su diversión había sido la causa de todo.

Odiaba tener que ver su reflejo demacrado en las fauces del espejo y tener que soportar como aquel humano desdichado tenía el descaro de juzgar sus acciones con aquella mirada penetrante y azulada. Odiaba quitarse la ropa delante de él y que se encargara de sacar a relucir sus heridas abiertas. La sangre de su espalda deslizándose en un cosquilleo placentero hasta perderse entre sus piernas no debía ser juzgada, debía ser admirada como el lienzo pintoresco de un artista.

Ethan era un artista; su cuerpo era el lienzo perfecto y odiaba que la persona detrás del cristal le dijera qué hacer.

Desde ese día, Ethan odió los espejos, quizás sin saber que el hombre en el espejo era, probablemente, la respuesta a todos sus males.

Los trozos ya no podían mirarle, pero Ethan no pudo deshacerse de los cristales. Los observaba desde la cama con horror, como si acercarse a ellos supusiera enredar la lengua en el filo de los bordes.

—¡Ay! —chilló.

Se había mordido la lengua.

Intentó ser delicado cuando se llevó los dedos a la boca, rozando sus yemas con la humedad de su sangre. También lo intentó cuando enredó la lengua entre sus falanges, ignorando una arcada sagaz que amenazó con hacerle llorar.

Tragó la aleación viscosa que había formado su saliva con la sangre que brotaba de su lengua lastimada como si fuera cosa de todos los días y por fin se dio el lujo de sentarse en la cama.

No alcanzó siquiera a bostezar cuando el timbre, fuerte y claro desde la planta baja, le hizo respingar.

—Mierda... Olvidé por completo que Janeth iba a venir hoy. —Se rascó la cabeza con frustración. No tenía tiempo de arreglar el desastre.

Otro timbre.

«Apresúrate idiota, atiende, inventa una excusa y haz que se vaya.»

A las corridas, y evitando pisar los pedazos rotos del espejo con sus pies descalzos, abandonó la habitación con la rapidez de un guepardo detrás de su presa. Era una mala referencia, pero la agilidad que había impuesto para bajar la escalera evitando una horrible caída, era sin duda algo de lo que debía alardear, aunque sea para él mismo.

Tal y como habían quedado la semana anterior, la radiante Janeth estaba en su puerta a las nueve y treinta de la mañana.

«Que molesta. ¿Cómo sigues saliendo con ella?»

Y así abrió la puerta. Con los cabellos revueltos, una camisa blanca y arrugada con los botones mal prendidos, una sola sandalia y un hilillo de baba rojiza escurriendo de su labio inferior.

—¡Por dios Ethan! Te ves horrible. —Fue lo primero que bramó al verle con su voz chillona insoportable. Su cabeza punzó de forma dolorosa, pero se abstuvo de realizar alguna queja.

—Buenos días, gracias, también me alegro de verte. —respondió Ethan con un sarcasmo demasiado acentuado.

Ni siquiera la lluvia detenía a esa mujer.

—¿Qué tienes ahí? —Los dedos de Janeth se clavaron en su mandíbula sin molestarse en ser cuidadosa. Le volteó la cara y echó la mano hacia atrás con la misma velocidad—. ¡Que asco Ethan! ¿Qué te sucedió?

—Estaba practicando Beatbox y me mordí la lengua.

—Que idiota —respondió Janeth dejando escapar una risa—. Déjame ayudarte con eso.

Cuando Janeth quiso arreglar los molestos botones en su camisa blanca, Ethan esquivó sus manos echando su cuerpo hacia atrás. Aquella actitud reacia solo aparecía cuando Ethan se sentía expuesto; o por el contrario, se hallaba sensible. Y Janeth estaba desafortunadamente acostumbrada.

—Vamos, déjame hacerlo.

Y aunque de primeras su actitud no desapareció, se permitió que su novia arreglara una parte de aquel desastre. Porque lo superficial en la vida de Ethan podía arreglarse.

El problema venía cuando observaba las manos delicadas de Janeth por demasiado tiempo. Sus dedos largos, decorados con excéntricas uñas postizas se intercalaban entre ellos para desprender con excesiva parsimonia los botones de su camisa. Ethan se imaginó a sí mismo enredándole la lengua en su extensión, desgastando la piel con la acidez de su saliva y deleitándose posteriormente con la rigidez de sus huesos.

—Suficiente. Yo sigo con los demás.

Janeth iba a protestar, pero ante la dura e insistente mirada de Ethan solo pudo hacerse pequeña en su sitio y retirar las manos del cuerpo de su novio.

—¿Sabes Janeth? Creo que deberías irte.

—¡¿Qué?!

—Si, deberías irte. No está siendo un buen día.

—¡Olvídalo! Si estás pasando un mal momento, sabes que lo menos que puedo hacer es quedarme y...

—Vete.

—O-oye Ethan —habló Janeth con la voz temblorosa—. ¿No estás siendo un poco inflexible?

—Él está aquí, tienes que irte.

La voz de Ethan sonaba desesperada. La dureza en sus palabras pusieron a Janeth a temblar.

—¿De qué estás hablando? Me estás asustando Ethan.

La mente de Ethan era un revuelto de sentimientos y dolor. Si permitía que Janeth se quedara más tiempo en un día como ese; en el que el espejo estaba roto, no sería Ethan quién lo lamentaría más.

Después de todo, Janeth aún estaba a tiempo de elegir su destino.

—Ethan respóndeme...

Las manos de Ethan temblaron de forma violenta ante el eco lejano en el que se había convertido la voz de Janeth para sus oídos. Cerró los ojos y contó una a una las piezas del espejo roto que seguían esparcidas por su habitación en un intento por olvidarse de la mujer que estaba ahí.

—E-el espejo...

—¿El espejo? ¿Qué pasa con el espejo?

—El espejo... Está roto. Él está aquí.

—¿Otra vez con eso? —preguntó Janeth hastiada.

El espejo ya no podía contener a Ethan.

El corazón de Ethan dejó de latir.

Se abalanzó contra su novia irreconocible. Cuatro filas de dientes filosos y puntiagudos acechaban el rostro de Janeth muy de cerca y garras de cinco dedos, con los huesos tonificados pesaban sobre una de sus muñecas amenazando con rompérsela en un santiamén si osara moverse. El cuerpo de Ethan presionando contra el suyo para inmovilizarle desprendía un calor insoportable, como si se estuviera quemando de adentro hacia afuera y quisiera transmitirle una mínima parte de todo lo que estaba sintiendo.

Cuando Janeth abrió los ojos después del golpe, la luz de un relámpago se coló por la ventana del comedor. Ahogó un grito ante la criatura que regía sobre ella y las lágrimas se desbordaron de sus ojos sin control. Observaba con horror como la boca de Ethan desprendía la viscosidad de su saliva sobre su rostro y sus ojos se habían convertido en el nuevo objeto de sus pesadillas, verdes y brillantes atiborrados de odio y maldad.

¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo había pasado por alto todos los sentimientos agolpados en la mente de Ethan, consumiéndole hasta convertirlo en una vil y horrorosa criatura?

—¡Ethan, lo lamento tanto! —bramó con amargura. Janeth se había convertido en un manojo de lágrimas sobre la dureza del suelo, pero era muy tarde para que esas lágrimas pudieran cambiar algo.

—Ethan ha roto el espejo de su habitación porque no soporta verse en él. —Los dientes de Ethan se curvaron en lo que Janeth creyó que era una sonrisa macabra. La voz gutural que salía de las cuerdas vocales de su novio le pusieron la piel de gallina—; Ethan tampoco soporta aceptar la verdad, no cuando duele, porque es un cobarde.

—No... Él está sufriendo... —le respondió Janeth entre palabras temblorosas.

—Ethan creyó que rompiendo el espejo sería suficiente para deshacerse de mí.

—¡Deja a Ethan en paz! —escupió Janeth en su cara repleta de dientes horribles.

—¿Cómo es que este idiota sigue saliendo contigo?

La mente de Janeth dejó de centrarse en la criatura repugnante que amenazaba con devorarla. Estiró la mano lo más lejos que pudo para encontrar algo con lo que encestarle un buen golpe, pero Ethan fue más rápido. Los reflejos inhumanos de la criatura superaron por mucho los de Janeth; una humana insignificante que se había ganado el odio de Ethan desde el primer momento en que la vio.

Ethan no quería a nadie. No sabía querer. Las pocas enseñanzas que había recibido cuando era pequeño, fueron los golpes de su padre hacia una madre alcohólica con muy pocas ganas de vivir como para preocuparse por él, creyendo que un par de camisas podría arreglar los pedazos rotos de Ethan y su espejo maquiavélico.

Le desgarró el brazo con los dientes y se deleitó con el grito desgarrador que la pequeña Janeth soltó bajo su cuerpo caliente y pesado.

Tragó la carne hecha jirones como el más delicioso manjar. Los gritos despavoridos de la mujer le excitaban. Tanto que ni siquiera masturbarse lograría acallar su instinto más primitivo. Necesitaba más. Necesitaba destrozar cada músculo de su cuerpo; necesitaba que las vísceras le acariciaran la piel, manchando con su flujo sanguíneo cada rincón de su figura. Ansiaba que sus ojos muertos le miraran de por vida solo a él.

Recorrió la mandíbula de Janeth con sus uñas filosas. La pobre lloraba bajo su tacto como si su llanto pudiera ser tomado por Ethan como el efecto secundario de sus acciones.

No obstante, sus malas decisiones no eran capaz de corroer al Ethan detrás del espejo.

—Morirás de todas formas, sin importar que sea rudo o delicado. ¿Qué me recomiendas, pequeña Janeth?

Ethan pudo ver el horror en sus ojos. Pudo ver como su rostro se descomponía tras sus dedos fríos y negaba con la cabeza sin atreverse a rogar por su vida de forma directa. Sus labios se curvaron en una mueca lastimera y Ethan quiso borrar esa estúpida y aburrida expresión de su cara.

Apretó con la fuerza de un demonio. Porque Ethan era eso, un demonio. Un demonio sediento de sangre que se había liberado a sí mismo cuando decidió romper aquel espejo contenedor de lo que realmente debió ser y nunca se atrevió a aceptar.

Ethan tenía razón, era un cobarde. Un cobarde que tuvo que hacer pedazos a su propia novia para aceptar la verdad.

Tiró hasta oír el crujido de los huesos ajenos bajo sus dedos; y como si aquello no fuese suficiente, ver la carne al rojo vivo desgarrarse como una invitación le incitaron a destrozar los maxilares de su mandíbula con deseo.

El azul de sus ojos se volvió verde, y brillaron ante la luz de un nuevo relámpago que se abrió paso a través del cristal de la ventana.

Janeth dejó de llorar.

Estaba muerta.

En su salón.

Ethan la mató.

No fue el espejo, tampoco fue un demonio.

Ethan lo había hecho.







[• • •]








—¿Has estado limpiando? —mencionó su madre cuando el potente olor a desinfectante le inundó la nariz.

—Ah... Sí, ya sabes, vivir solo es bastante aburrido. —Ethan respondió—. Hacía mucho que no pasaba ni siquiera un trapo.

Su madre pareció alegrarse por el cambio positivo que había surgido en su hijo en los últimos días. Mantenía la casa limpia y organizada; preparaba la comida casi todos los días e incluso le llevaba algún plato a su vecina. Esa ancianita de baja estatura de la que Ethan se desvivía quejándose.

—¿Qué ha sido de esta joven... Janeth? ¿No has sabido de ella desde que terminaron? —Se atrevió a preguntar sin querer meter el dedo en la llaga. Al menos no tan profundo.

—No. ¿Sabes qué fue lo último que dijo antes de cortarme? —La mujer negó.

"Demonio."

Cuando le sirvió la comida a su madre, el olfato de Ethan se agudizó.

El aroma de Janeth seguía en el estofado.


Relato inspirado en la canción "The Devil Within - Digital Daggers."
19 de Enero de 2021 a las 20:52 1 Reporte Insertar Seguir historia
3
Fin

Conoce al autor

Kae Ghost Encerrada en la rutina con viajes ocasionales a mi propio mundo de fantasía. En ocasiones me encuentro debajo de las camas dibujando bocetos ridículos y escribiendo garabatos sin sentido. Las cadenas de la desesperación son bastante pesadas, pero Zeref me enseñó a convertirlas en caricias. Isaac Foster me confió su guadaña pero creo que le encontré un propósito más útil. Si te pasas por mi perfil y lees mis historias, te recomiendo traer un botiquín de primeros auxilios.

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Jancev Jancev
¡Dios santo! ¡Es que me ha encantado la trama, la descripción y hasta mi cruel destino! Tienes un don para el gore como pocos en esta plataforma. ¡Felicidades!
January 20, 2021, 01:21
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