melinda-garcia-lopez1610778311 Melinda García

"Mi nombre es Aleska y estoy atrapado en la isla de Madeira. Por favor necesito su ayuda, usted es mi única esperanza, el último intento de luchar por mi vida, no sé cuanto tiempo podré resistir." Atentamente


Romance Suspenso romántico No para niños menores de 13.
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LA PLAZA

Parece mentira que después del trasiego diurno por la plaza llena de turistas y transeúntes ahora a estas horas, esté esperando para poder descansar de un duro día de desesperanza calor y soledad. La plaza, mi plaza, el lugar de donde daría la vida por escapar.

Si me preguntaran cuál es el mejor momento del día diría, que es aquel instante en el cual el silencio invade las empedradas calles, cuando mi vergüenza empieza a parapetarse tras la soledad de una plaza deshabitada.

Nadie me ha preguntado, pero yo contestaré, soy una persona perdida, abandonada, rechazada por una sociedad frente a la cual me he vuelto invisible, la sombra de un hombre perdido que incesante camina durante el día con el dolor sostenido en los puños, mientras la vida fluye a mi alrededor dejándome a mí, en los flancos de la plaza. Y después… el silencio, el frío de la noche y el estado de alerta por las personas desconocidas que como yo buscan asilo en la plaza.

Algo que me ha enseñado la calle es a mantener unas estrictas rutinas, quizás resulten banales, pero no lo son, son vitales para mantener la cordura y no perder lo único que aún se mantiene inalterado, mi mente. Cuando llega la esperada y amada noche me acerco con calma a las terrazas donde puedo conseguir un sillón, lo hago tranquilamente, como si fuera un viajero buscando descanso, he de decir que ayuda mucho que cerca exista un punto de USB, donde cargo mi móvil y parezco un turista más en apuros con falta de batería. Conecto mi móvil y observo la plaza, todo está tranquilo, de alguna manera su quietud me mantiene a salvo. Es el único momento del día en el que estoy solo, es el momento del día cuando rozo por segundos la embriagante sensación de intimidad, solo yo, con mi plaza solitaria y mi pena, solo yo frente a la adversidad de ser una persona sin techo.

Un sin techo… quién me lo iba a decir… Como decía, cargo mi móvil y en ese momento cuando sé con certeza, que ya estaré solo el resto de la noche, me relajo. Acerco mi gran maleta sin ruedas con los barrotes metálicos en el suelo, arrastrándolo por la plaza, mientras el estruendo retumba en ella. La dejo cerca de mí y voy sacando mis zapatillas y alguna prenda más de abrigo para pasar la noche. El día que he conseguido comida, ese día también es algo especial. Preparo mis bocadillos y mientras se carga el móvil en el punto, voy cenando, es en ese instante donde me siento más como los demás, aunque pensándolo bien, no, siento un vacío inmenso cuando el resto de la sociedad se refugia en sus casas con sus familias mientras yo, con la mano abro los panes para prepararme algo parecido a un bocadillo.

Miro la hora de vez en cuando, a partir de las doce puedo recostarme con más libertad, puesto que ya sé con certeza que el resto de la noche transcurrirá estando solo. Solo en mi pequeño espacio de esta plaza, con la compañía de un muchacho al que llaman el gorra, que siempre se acuesta frente a las puertas de un restaurante, cerca, pero lejos de mí, aún me resisto a pertenecer a su grupo, a esa parte de la sociedad que ya no tienen nada, ni su propia dignidad.

Suelo caminar por la plaza, un ratito después de cenar, me gusta su silencio, un momento de reflexión donde también escribo en mi pequeño diario. Unas hojas que solo albergan tristeza, una vida que a nadie le importa ya, excepto a mí mismo.

Intento relajarme, pero sobre un sillón de terraza de bar poco se puede descansar, al menos mis piernas lo agradecen tras un duro día de pie de un lugar a otro vagando por la plaza. Después de algunas horas en las que me siento y me levanto me siento y me levanto en un baile agotador, mi cuerpo cae exhausto de cualquier manera y en cualquier posición, abatido. No suelo dormir mucho tiempo de seguido, la posición y mi sentido de alerta hacen que cada hora u hora y media me despierte y mire a mi alrededor, constatando mi abrigo en medio del silencio de la plaza y vuelvo a quedarme dormido, así durante la noche hasta alrededor de las cinco de la mañana cuando poco a poco despierta la ciudad y mi noche va terminando.

Cada día que pasa el cansancio se acentúa, pocas horas de sueño y la mala alimentación hace que mi cuerpo se resienta y pierda cada día, a cada hora la robustez de antaño.

Antes de que las terrazas vuelvan a su rutina diaria, recojo mis pertenencias y dejo mi pequeño hogar tal y como se encontraba cuando lo habité, que nada muestre mi presencia allí. Cojo mi maleta y nuevamente la desplazo con ese ruido ensordecedor por la plaza hasta una valla de hierro que sostendrá mi deshonra. Mis únicas pertenencias, todo lo que queda de un tiempo que pasó ,y allí permanezco, al menos hasta las once de la noche, con los turistas revoloteando a mi alrededor, con el aroma del café recién hecho. Sentado en aquella superficie permanezco, al menos dos horas y otra vez a empezar, a deambular por la plaza soportando un sol abrasador que va mermando las pocas fuerzas que me quedan. ¿Cuánto tiempo podré soportarlo?, no lo sé, es un camino nuevo a transitar.

De vez en cuando algunos que como yo, deambulan por esta ciudad, vienen a saludarme, la mayoría de las veces no los entiendo, ya a primeras horas de la mañana los estragos del alcohol y las drogas se hacen notar, pero agradezco su compañía, hacen que se altere la rutina de alguna manera, sintiendo que nos protegemos, que estamos unidos en esta tragedia que es, el mundo de la calle.

¿Qué como terminé así?, buena pregunta, quizás porque creí que todo en mi vida cambiaría, que alzaría nuevamente el vuelo en una tierra diferente, que podía ser feliz fuera de la oscuridad, del frío, de la vida rutinaria de Polonia, del agotador invierno que cuarteaba mi rostro y mis manos y donde después de aquello nada me retenía ya. Todo cambia, de una manera abrupta, todo se precipita.


* * *

Mi Historia

Me embarqué en un barco de pesca, en principio teníamos asegurado el sueldo, las dietas y el regreso, aunque antes de pisar el buque pesquero ya sabíamos que al menos estaríamos seis o siete meses en el mar. Mis conocimientos de pesca eran escasos, aunque la idea de estar alejado de todo y aprender un nuevo oficio, despertaba en mí las ganas de comenzar la travesía.

Embarcamos en el mes de marzo, no conocía a nadie, pero pronto hice amistades que cómo yo ,buscaban un futuro mejor alejándose de Polonia. En pocos días me daría cuenta de que todo se precipitaba ante mí.


La plaza vuelve a su silencio habitual transcurridas las once de la noche. Dejo mi maleta en el lugar donde ha estado apoyada las últimas dieciocho horas, mientras yo, con paso lánguido, cruzo la plaza en dirección a mi particular sillón negro, del bar al final de mi corto camino. Suelo ser metódico, conecto mi móvil en el punto de USB, observo con discreción toda la plaza y cuándo me siento ajeno a cualquier mirada, vuelvo a recoger mis pertenencias, arrastrándolas nuevamente por los adoquines emitiendo ese particular sonido. . Nuevamente el ruido ensordecedor inunda el silencio y es en ese momento en el que tengo la sensación de que el mundo entero me observa. La dejo junto a la mesa donde pasaré las próximas horas, saco mis zapatillas y me las coloco suavemente, notando la sensación de descanso que me proporciona tal trivial momento.

Tras el instante apacible permanezco sentado, observo nuevamente la plaza y cierro mis ojos, respiro profundamente e intento poner orden a mis pensamientos, todo en un último esfuerzo por encontrar una solución a este mi gran problema.


Mi historia

Cuando llegamos a puerto aquella mañana supe que algo no iba bien. La patrullera a pie de barco esperaba al Capitán que con gesto preocupado se dirigió al que sería su último destino y junto a él toda la tripulación. Habían embargado el barco y la mercancía y todos nosotros estábamos obligados a permanecer en el navío, es desde aquel momento que permanezco aquí, en un país extranjero sin ninguna protección ni vía de escape.

Desde aquel día nos encontrábamos encarcelados en el buque, contemplando la vida desde la cubierta sin poder hacer otra cosa que cargarnos de paciencia esperando el desenlace de nuestro malogrado Capitán. Allí permanecíamos, semana tras semana, en aquellos treinta metros que solo albergaban la desesperación de una tripulación a la deriva. Cada día contemplaba desde la cubierta el incesante trasiego, un ir y venir de turistas y residentes que desde el puerto contemplaban mi desesperación mientras yo urdía un plan para escapar de aquella cárcel en la que se había convertido el buque.

Todos mis sueños y la promesa de una vida mejor, se consumía cómo los víveres del barco que desabastecido empezaba a desesperar a toda la tripulación, fue en aquellos momentos cuándo me escapé.

Una noche mientras todos dormían salí a cubierta, el puerto se hallaba más oscuro y solitario que de costumbre, guardé en bolsas todas mis pertenencias y bajo el amparo de la noche las fui arrojando al muelle, constatando que nadie me observaba y que la policía portuaria no se hallaba cerca del buque. Salté desde proa al agua solo con la desesperación y el miedo embargándome por completo. Nadé en la oscuridad, los pocos metros que me separaban de tierra, en la soledad más absoluta. Agarré con fuerza aquellas bolsas que albergaban lo único que poseía y corrí, corrí con todas mis fuerzas adentrándome en un país que no era el mío, mientras el vacío inundaba mi corazón, al ser consciente que desde aquel instante ya no me quedaba nada.

Casi seco por completo empecé a merodear en los alrededores de la plaza, fue entonces cuando aquella maleta vieja sin ruedas apareció cómo un regalo divino. No había nada en su interior solo basura pestilente que junto a ella permanecía. La cogí con delicadeza cómo quien encuentra un tesoro y deposité mis enseres, cómo quien con sumo cuidado prepara un largo viaje, es desde entonces que ella se ha convertido en mi mejor compañera, en esta tierra remota dónde permanezco atrapado, la isla de Madeira.

La plaza vuelve a su silencio habitual cuándo llega la noche. Voy caminando hacia mi sillón mientras la desesperación se esconde tras las empedradas calles que me rodean.


* * *


Diario: martes 1

Hoy como de costumbre he deambulado por la plaza, solo, sin saber qué hacer ni a dónde dirigirme. Hace días que me encuentro temeroso, el Capitán y parte de la tripulación han sido detenidos por narcotráfico, en una conversación en esta plaza pude escuchar que detuvieron el buque en el muelle tras una llamada de alerta de algún marinero, que dio el chivatazo. Nuestro Capitán además de la pesca se encargaba de transportar grandes cantidades de Cocaína en las bodegas del buque dónde nosotros teníamos prohibido el acceso. En esta plaza, alrededor de los bares y restaurantes suelo saber más o menos lo que pasa en este país, en torno a unos cafés aquí ,se cierran negocios y se habla de casi todo. He tenido que recurrir a un viejo diccionario para poder entender algunas cosas, pero empiezo a defenderme, ya que su idioma y el mío no dista mucho, similitudes que me ayudan a comprender cada día más esta lengua.





16 de Enero de 2021 a las 08:32 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Roman Ortiz Roman Ortiz
Interesante. Esperando el siguiente capítulo.
January 18, 2021, 12:51
ASHLEYCOLT 777 ASHLEYCOLT 777
Hola, Melinda, es un gran capítulo, te felicito, la manera en que lo narras es excelente. Saludos.
January 17, 2021, 00:00
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