nightynight87 Nighty Night

La fina línea que separa la realidad de la fantasía se vuelve borrosa cuando Rachel, una chica de diecisiete años, comienza a convencerse cada vez más de que su hermano pequeño morirá antes de su próximo cumpleaños. La extraña maldición de la que hablaba su abuela en aquella carta, los diarios ocultos que relatan una época en que los mitos se funden con la realidad, ¿acaso podrían ser reales? ¡Rachel debe apresurarse! El cumpleaños de Sam llegará pronto y ella está cada vez más segura de que aquel ser oscuro del que habla la leyenda, "El Lobo", está viniendo...


Suspenso/Misterio Sólo para mayores de 18.

#lgbt #thriller #novelajuvenil
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Afuera el sol alumbraba el pavimento húmedo, el aroma a pino fresco comenzó a colarse por la ventana de Rachel, quien todavía se encontraba dormida sobre su cama. Ella no era de las personas que tenían el sueño ligero, si hubiese sido así, hubiera notado cuando la puerta de su habitación comenzó a abrirse lentamente. Quizá la culpa fuese de su padre, quien el día anterior había arreglado aquel horrible chirrido que producían las bisagras.
La muchacha no se percató de la bestia negra que ingresó a la habitación. Bordeando la cama, el animal se agazapó y luego propinó un atlético salto aterrizando suavemente a su lado, acercó su hocico al rostro de la muchacha somnolienta y comenzó a lamerle enérgicamente la cara.
—Detente, Gemma... —dijo empujándola sin fuerzas, todavía medio dormida.
Abrió lentamente sus ojos y comenzó a acariciar a la perra que se revolcaba por la cama profiriendo unos agudos sollozos de felicidad.
—Ya voy... ya voy.
Se levantó y se desperezó.
Le dolían los músculos inferiores ya que Gemma tenía la manía de dormir acurrucada entre sus piernas.
Tomó su móvil y fue al baño en pijama. Decepcionada, comprobó que no había ningún mensaje.
Luego de refrescarse se reunió con su madre y su hermano en la cocina.
—¡Buenos días, cariño! —exclamó alegre su madre–. ¿Cómo has dormido?
—No muy bien, siento como si un muerto hubiese pasado la noche sobre mí —contestó Rachel cogiendo jugo de naranja de la nevera. Luego, sentándose en la mesa, añadió–: Buenos días, Sam.
Como de costumbre su hermano no le devolvió el saludo. Samuel, de diez años, había sido diagnosticado con autismo desde muy temprana edad, lo cual había sido un duro golpe para su familia.
Abigail, su madre, tuvo que dejar su trabajo como profesora para dedicarse plenamente a su hijo, y no solo ella, sino que toda la familia tuvo que afrontar grandes dificultades y acostumbrarse a adoptar nuevas rutinas.
—¿Gemma otra vez? Te dije que deberíamos haber conseguido un Shitzu... —comentó en tono burlón su madre—. ¡Oh Dios! ¡Mira qué hora es! Tienes cereal en la alacena. Aquí hay una manzana.
Tomó una y se la lanzó a su hija, pero Gemma apareció de la nada atrapándola de un salto.
—Buen tiro, mamá —ironizó Rachel.
Samuel sonrió y comenzó a aplaudir reiteradamente.
—¡Gemma, no! ¡Mala chica! —gritó su madre sacudiendo el dedo frente al animal, quien ya se encontraba debajo de la mesa mordisqueando la manzana.
La señora Anderson se acercó a Sam y le retiró el tazón de cereales con leche, lo que hizo que se ponga a hacer uno de sus berrinches golpeando la mesa. Con un movimiento rápido Rachel tomó el vaso y la cuchara que estaban a punto de caer por al sacudón.
—¿Es necesario hacer eso? —preguntó fastidiada.
Tanto ella como su madre sabían que hasta que Samuel no terminara sus cereales, sería imposible tratar de hacer que se prepare para ir al colegio.
—Lo sé, querida, pero es tarde y tu hermano ni siquiera está vestido —se excusó la mujer mientras tiraba casi todo lo que quedaba de los cereales, a excepción de un poco.
Cuando se encontraba con prisa solía engañar de esa manera a Sam, así él tenía la satisfacción de terminárselos y su madre ganaba los minutos que necesitaba.
Volvió a depositar el tazón frente al niño, quien instantáneamente dejó de pelearse con la mesa.
Rachel volteó los ojos. Se preguntó si su padre se iría tan temprano cada día solo para evitar el revuelo de la mañana.
Su hermano pequeño subió las escaleras con su madre pisándole los talones.
Rachel comió un puñado de cereales directamente de la caja y seguida de Gemma fue a su habitación a cambiarse. Se puso unos shorts de jean y una remera bordo suelta y sin mangas. Luego se detuvo un instante frente al espejo.
Tanto ella como Sam habían heredado de su padre el cabello oscuro y abundante, en contraste con su piel blanca y pecas. Sam lo tenía crespo y alborotado, y ella demasiado largo y lacio. Pero solo Rachel de toda su familia poseía una patología llamada heterocromía, lo cual la hacía tener sus ojos de distinto color: el derecho era celeste claro y el izquierdo de color avellana.
Esta rareza hacía que las personas se voltearan dos veces a verla por la calle, y si bien algunos podrían disfrutar de aquello, a Rachel le gustaba mantener un perfil bajo y no sobresalir demasiado.
Quizá decir que de toda su familia ella era la única afectada con esta condición era errado, ya que, por el lado canino Gemma también poseía un ojo color castaño y otro celeste, pero se encontraban en lados opuestos a sus ojos.
Según había investigado esta anomalía era bastante común en razas del tipo Husky y estaba segura que algo de aquellos genes se encontraban
en su perra.
— ¡Que te vaya bien! —gritó su madre desde la ventanilla mientras arrancaba el Honda CRV de color gris.
Rachel vio desaparecer velozmente al auto mientras recogía su bicicleta. La preparatoria quedaba solo a quince minutos y mientras se encontraba pedaleando con los auriculares puestos un nombre vino a su mente.
«Maddie»
Madison Clark era su única amiga.
Su amistad había comenzado en preescolar el día en que Michael Miller, actualmente apodado "La Roca" por su gran tamaño, pegó deliberadamente goma de mascar en el abundante cabello ondulado de Maddie, haciéndola llorar desconsoladamente. Mientras la Srta. Anna trataba en vano de separar la pegajosa sustancia, Rachel que tan solo tenía cinco años, se levantó de su silla en dirección hacia Michael y le mordió una mejilla.
Luego de ese estresante día para la Srta. Anna, quien tuvo que escuchar pacientemente las quejas de varios padres, Rachel y Maddie se hicieron inseparables. Hasta que, por culpa del trabajo de su padre, doce años después, Maddie tuvo que mudarse a Nueva York.


...


—Nos hablaremos todos los días, ¿verdad? —dijo con los ojos llorosos Maddie mientras le daba un abrazo.
—¡Claro que sí! Además, vendrás para las vacaciones de primavera —contestó Rachel tratando de no demostrar su tristeza.
Maddie era bastante sensible y si ella comenzaba a llorar, Rachel no sabía si sería capaz de aguantarse las lágrimas. Las muestras de afecto no eran realmente lo suyo y siempre había tratado de no demostrar su vulnerabilidad ante nadie.
—¿Y qué pasa si no les caigo bien? No quiero ser la pueblerina nueva de la escuela... —se quejó ella frunciendo el ceño.
—Maddie... Le caes bien a todo el mundo, no sé cómo lo haces, pero lo haces —dijo sonriéndole.
Su amiga le devolvió la sonrisa.
A ella siempre le había resultado fácil llevarse bien con las personas, era una chica sociable y bastante popular. Rachel, en cambio, parecía como si realmente nunca hubiese logrado integrarse completamente con el resto de sus compañeros.
Maddie había funcionado siempre como una especie de "puente" entre ella y el resto del mundo.
—Te he traído algo... — dijo extrayendo algo de su bolsillo trasero.
Tomó la muñeca de Rachel y le colocó una pulsera trenzada de color turquesa con el nombre "Maddie" en el medio.
—La he hecho yo misma. ¡Mira! Yo también tengo una —informó mostrándole su muñeca izquierda.
La suya era rosada y tenía el nombre "Rachel" trenzado con hilo blanco.
—Ahora sí que pareces una cursi pueblerina salida de los años noventa — bromeó ella.
Luego, poniéndose seria por un momento, añadió:
—Te voy a extrañar.
En ese momento Maddie no pudo contener las lágrimas y le dio un fuerte abrazo.


...


Aquellos habían sido los últimos diez minutos junto a su mejor amiga, hacía tres meses, antes de que su padre subiera sus maletas al auto y partieran hacia un nuevo destino.
Las primeras semanas hablaban regularmente. El móvil de Rachel sonaba sin parar y había tenido que tratar de acostumbrarse a llevarlo consigo a todas horas. "Acoso tecnológico" lo llamaba, era algo que siempre le había molestado y al parecer su cerebro estaba de acuerdo con ella ya que constantemente lo olvidaba en casa.
Maddie le enviaba fotografías del nuevo y lujoso piso en Nueva York, de la nueva ropa que compraba y de todo lo que le parecía interesante. Sus videollamadas duraban hasta altas horas de la noche.
Pero poco a poco Maddie dejó de enviar mensajes, sus charlas eran cada vez más cortas y siempre estaba ocupada con algo para hacer, alguien con quien salir o algo que ver de la gran ciudad. Mientras que Rachel seguía en el mismo lugar, con las mismas personas y nada nuevo que decir.
Llegó a la escuela y aparcó su bicicleta.
"La mañana transcurriría lentamente", pensó con desgano.
Era una buena estudiante, las asignaturas que más le interesaban eran Biología, Literatura y Arte, en cambio los números no se le daban muy bien. Trataba de prestar atención, pero generalmente perdía el hilo del asunto y su mente comenzaba a viajar. Esta gran facilidad para transportarse entre la realidad y la fantasía llegó a preocupar a su madre cuando era pequeña. Abigail, asustada porque Samuel había sido diagnosticado recientemente con autismo, no dudó en consultar rápidamente a un especialista.
—Mañana, fiesta en casa de Daniel, ¿vienes? —preguntó Sarah, una chica de largo cabello con ondas.
Se encontraban en la fila del comedor del instituto frente a un largo mostrador repleto de bandejas con variedad de comidas.
Winona, una chica pequeña y algo tímida, agregó:
—Hoy iremos a comprar algo de ropa al centro. ¿Qué opinas?
—¿Quién es Daniel? —preguntó mientras la fila iba avanzando.
—¡¿Que quién es?! —repitió exagerando Sarah—. El chico nuevo de Historia. ¿Acaso puede ser más guapo?
Sarah trató de apuntar disimuladamente con la cabeza hacia un chico atlético y bronceado que se encontraba sentado en una de las mesas hexagonales de madera. Cuando él se percató que las tres lo observaban les regaló una sonrisa.
Sarah seguía parloteando acerca de la fiesta cuando Rachel la interrumpió.
—Lo siento, las fiestas no son lo mío — se disculpó sirviéndose unas verduras en la bandeja.
—¿Y qué es exactamente lo "tuyo"? — puntualizó Sarah de manera poco agradable.
Winona tomó unas albóndigas del mostrador y se las señaló tratando de cortar con aquel momento de tensión.
—Me encantan estas, deberías probarlas — dijo.
—¡No! De verdad quiero saberlo —continuó insistente Sarah —, porque realmente no tengo idea. Te conozco hace años y casi no sé nada sobre ti.
Rachel la miró molesta pero no le contestó, aquello era típico de Sarah, a quien nunca le había importado conocerla pero ahora estaba haciendo una escena como si fuese alguna clase de víctima.
—Solo digo... Maddie ya no está aquí y deberías aprender a hablar por ti misma —continuó diciendo mientras se servía comida como si nada.
—Ya está bien, Sarah... — musitó Winona.
Luego, al ver que Rachel todavía no se había servido nada, le preguntó con un cucharon lleno de albóndigas:
—¿Quieres probar?
— Soy vegetariana, pero gracias—dijo Rachel.
Las tres habían sido compañeras desde pequeñas y ni siquiera podían recordar algo tan simple como aquello.
Winona se puso colorada.
—Lo siento —se disculpó.
Se sentaron con sus bandejas en una mesa colmada. Sarah seguía hablando sobre la fiesta de Daniel y dejó de dirigirle la palabra a Rachel, pero Winona hacía algunos intentos en vano por tratar de hacer fluir la conversación entre las tres.
Esto resultaba difícil sin Maddie.


...


En clase de Historia nadie prestaba demasiada atención al regordete y sudoroso profesor sustituto, quien trataba de hacer que la juventud se interesara por los efectos del capitalismo.
Mientras hablaba sobre la crisis y el cambio geopolítico global, el celular de Rachel vibró.
Lo sacó disimuladamente debajo del pupitre.

"¡Lo siento, lo siento, lo siento! Sé que últimamente no hemos hablado mucho, ¡pero tengo algo que contarte! ¿Te acuerdas del chico llamado Ryan? ¿El que conocí en la plaza y tenía un perro? ¡Me ha invitado a salir mañana! ¡Dios! ¡Estoy tan nerviosa! ¡Desearía que estuvieras aquí!
¿Cómo están Sam y Gemma? Los extraño demasiado...
¿Sabías que todos aquí caminan con una taza de café en la mano? ¡Es una locura!
¡Oh! Acabo de enterarme que hay una fiesta mañana a la que de seguro no vas a ir, ¿verdad? Sarah me lo ha dicho, creo que sonaba un poco decepcionada. ¿Por qué no las invitas a pasar un rato por tu casa antes? No quiero que te termines convirtiendo en una ermitaña, ¡piénsalo! ;) ".

Aquello era como escuchar a la propia Maddie hablar, lo hacía rápido y mezclando temas sin conexión aparente. El mensaje de Maddie terminaba con una fotografía de Ryan, un chico de cabello crespo y marcas de acné.
Rachel volvió a guardar el móvil mientras sonreía.
Su pupitre se encontraba ubicado cerca de uno de los grandes ventanales que daba al bosque, le encantaba admirar aquellas hectáreas de árboles gigantescos y con gruesos troncos oscuros le brindaban el nombre al pueblo.
"Blackwood".
El aula generaba un intermitente zumbido de voces, todos miraban disimuladamente sus móviles o hablaban en susurros sobre el tema del día: la fiesta.
Mientras observaba a cada uno de sus compañeros sin que ellos siquiera se percatasen, sus ojos se toparon con otros de un color castaño oscuro que la observaban fijamente.
Eso sacó a Rachel bruscamente de su ensoñación.
El chico nuevo la miraba, no Daniel el musculoso y carismático jugador de futbol, sino Edgard, un chico alto de aspecto descuidado e introvertido al que nadie parecía haberle prestado atención cuando llegó el mismo día que Daniel. Rachel tuvo que correr la mirada al sentir invadida su privacidad mental, dirigió sus ojos al pupitre de Edgard y él automáticamente cubrió con sus brazos lo que sea que había entre sus hojas.
Rachel sabía que se le daba bien dibujar pero no porque haya visto alguno de sus trabajos, sino por todos los halagos que la profesora de Arte le daba.
La campana que finalizaba la hora de Historia resonó estridentemente y ella se dirigió rápidamente al lavado.
Mientras meditaba dentro del cubículo en si debía o no invitar a Sarah y Winona, las puertas del lavado se abrieron de par en par, y como si las hubiera llamado con la mente ambas aparecieron parloteando.
—Lo sé, lo sé, pero mi casa ha sido usurpada por mis primos, no podemos volver ahí —oía decir malhumorada Sarah —. Si alguno toma mi cama, lo juro, mi madre va a escucharme... ¿Qué hay de tu casa?
—¿Recuerdas cómo se puso mi madre la última vez que llegué con un poco de olor a alcohol? ¡Es como un sabueso! —contestó Winona—. ¿Por qué no le preguntamos a Rachel? Quizá podemos quedarnos a dormir en su casa luego de la fiesta.
Estaba a punto de abrir la puerta cuando escuchó a Sarah.
—La verdad solo la invité porque Maddie me lo pidió. Pero ella ya no está aquí, así que ya no debo fingir que Rachel me cae bien. Ni siquiera logro entenderla, parece como si no le interesara nadie más, es como si viviese en su propio mundo. Además, ¿alguna vez has ido a su casa? Juro que su hermano me da escalofríos, creo que es retrasado o algo así...
Rachel quedó congelada con la mano aún sobre la puerta.
Sintió que un odio intenso se apoderaba de su cuerpo y un nudo comenzó a formarse en su garganta. Abrió con fuerza la puerta y por unos segundos, las tres se quedaron en silencio.
Winona la miraba avergonzada y Sarah se había quedado con la boca abierta.
—¿Qué has dicho? —dijo escupiendo como si hubiese tragado veneno.
—Rachel... —gimió Winona dando un paso hacia ella.
La joven pasó a su lado hecha una furia sin siquiera mirarlas, pero Sarah se adelantó y le bloqueó el camino.
—¡Hey! Mira, lo siento si fui una perra —comenzó a disculparse—. No debí de decir eso de tu hermano...
Intentó apartarse, pero Sarah la agarró del brazo clavándole las uñas.
Aquello hizo que Rachel perdiera el control.
Le dio un fuerte empujón a la muchacha, quien terminó golpeándose contra la puerta del lavado y acabó en el suelo.
Winona quedó boquiabierta mirando la escena.
— ¡¿Acaso estás loca?! ¿Pero qué demonios...? —vociferó Sarah desde el suelo.
Rachel se sorprendió por un momento de su impulsividad, pero no dejó que ninguna se diera cuenta.
Se alejó bruscamente, azotando la puerta.

29 de Diciembre de 2020 a las 00:08 2 Reporte Insertar Seguir historia
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Lily Estrada Lily Estrada
Un capítulo interesante, poco a poco conocemos el entorno de Rachel. Me intriga la reacción que tuvo en el final. Seguiré leyendo para descubrir los posibles misterios de tu historia. ¡Saludos!
January 23, 2021, 01:37

  • Nighty Night Nighty Night
    ¡Hola Lily! Que bueno que la estés leyendo, me pone re feliz <3 January 23, 2021, 02:49
~

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