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RODRIGO BALVIS


Cuentos cortos, pequeños relatos , historias de fin de siglo , de nueva era, vaivenes entre modernidad, posmodernidad, la ciudad , arrabales y periferias.


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BUENOS AIRES - ROSARIO EXPRESS


Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias, pero también de la desesperación; la era de la luz y de las tinieblas. En esa primera mitad de los años `90, época de fin de siglo y de nueva era, Miguel y sus amigos eran muy jóvenes, casi niños.

En Argentina gobernaba un riojano carismático y en el mundo caía la cortina de hierro comunista; la globalización de la cultura avanzaba a pasos agigantados de la mano de los medios masivos de comunicación por aquel entonces.

Ser joven durante ese clima de época era todo un desafío. Tiempos de transformaciones , de apuesta al consumo en cualquiera de sus formas... En la ciudad los contrastes se profundizaban y había que ver de que lado de la taba caía la suerte...

Por entonces Miguel vivía en un pequeño departamento en el sur de la ciudad junto a su mamá y a su hermanita. La rutina marcaba los días. Temprano desayunaba, luego acompañaba a su hermana a la escuela y al regresar ayudaba a su madre a cocinar para vender.

Había abandonado la escuela y esa vida de adolescente de catorce años la ocupaba en trabajar y en visitar la casa de algunos amigos del barrio. Los fines de semana acompañaban a su madre a la iglesia evangélica de la zona. Ella era una mujer callada y seria que encontraba en el templo el único lugar de socialización, más allá del mundo del trabajo.

La iglesia le parecía a Miguel un lugar tedioso con mensajes reiterativos, pero disfrutaba allí de la amabilidad y el buen trato de la gente. Eso lo valoraba y disfrutaba.

Comenzaba entonces a conocer el mundo exterior por aquellos tiempos y en una ciudad que se transformaba día a día. En esa era de luz y de tinieblas, de contrastes cada vez más marcados, la apertura económica traía consigo la modernización tecnológica y paralelamente la sociedad argentina comenzaba a vivir un proceso de transformación que se quedaría para siempre. Verdaderos tiempos de cambios, casi revolucionarios.

A la iglesia iba Amanda, una chica de trece años de la que pronto logró hacerse amigo. Miguel soñó con un romance y si bien llegó a besarla, ese noviazgo duró lo que un suspiro, por la férrea oposición de los padres de la niña. Pese a este tipo de decepciones, había esperanzas. Miguel sentía que las cosas podían estar bien.

Pero inesperadamente el mundo de Miguel se transformó en poco tiempo. Su mamá conoció a un hombre en la iglesia. Este buen señor consiguió trabajo en la provincia de Santa Fe y al poco lapso, su madre y su hermanita se mudaron hacia aquella provincia.

Vivió unos meses en casa de tíos y primos, pero nunca logró sentirse cómodo. Esa soledad era libertad que en vida de un joven tan chico, también era peligro. Cada vez pasó más tiempo en la calle y ante la ausencia de sus padres, a sus tíos le era difícil controlarlo.

Entonces supo estar al tanto de la noche de Buenos Aires y sus arrabales. La luna lo atrapó, la calle comenzó a ser su lugar. Entonces conoció a gente peligrosa y marginal, pero anduvo con personas sensibles y desesperadas. Sintió angustia, conoció lo que es pasar frío y tuvo miedo de caer preso y no poder salir más de la cárcel.

Hubo días en los cuales lo ganó la depresión; la noche lleva a laberintos en donde muchas veces no se ve el fin. Tenía la posibilidad de volver a la casa de sus tíos, pero nunca tuvo en claro por qué prefirió la calle. El frio y la soledad supieron ser una dura experiencia a la cual ponía fin el sol de cada mañana. Siempre recordó lo duro de las madrugadas lluviosas que alejaban el sol de la esperanza.

Su cuerpo se fue acostumbrando a esa dinámica. A veces dormía en casa de algún conocido, otras en lugares de extraños o poco recomendables. Cada tanto, pasaba alguna jornada con sus tíos y primos y luego desaparecía. Los basurales, los barrios de emergencia, las bailantas, los puteríos y los aguantaderos los fue conociendo más rápido de lo pensado. Su cuerpo de boxeador pesos pesado le permitió aparentar más edad que la suya y a sobrellevar mejor algunas situaciones peligrosas

Pasó recluido cuatro meses en un instituto de menores. De aquel lugar recuerda siempre el comedor. Estaban todos apiñados como hormigas y la comida era decididamente escasa. Supo escuchar más de una vez, que esa escasez era producto del desvío de alimentos por parte de las autoridades del lugar.

Miguel nunca pudo afirmar que ese instituto fuera una escuela de delincuentes, pero es verdad que la mayoría de los que allí conoció terminaron como malhechores. Los recluidos eran varones de entre 8 y 15 años, todos ellos hijos de historias difíciles y duras. La violencia no estaba a la orden del día, pero cada tanto había una pelea que era repelida con ímpetu y excesos por parte de los empleados del lugar.

Logró salir de allí por intercesión de uno de sus tíos. Surgió dispuesto a cambiar de rumbo y con el deseo de encontrar a su padre. Lo poco que sabía de él, era que vivía en Rosario desde hacía unos años y que había formado una nueva familia.

Investigó entre familiares y amigos que pudo ser de la vida de su papá. Supo algunas cosas que lo fueron orientando. Su madre, de pocas palabras, nunca dijo demasiado de su ex pareja. Estaba enojado con su padre, pero necesitaba reencontrarse con él.

Era un hombre de alrededor de 45 años que tuvo tres hijos de su primer matrimonio. Luego conoció a la mamá de Miguel y de esa unión nació el. Sus padres se separaron cuando tenía dos años y poco tiempo después, su papá conoció a una rosarina con la cual se marchó de Buenos Aires.

En algunos meses consiguió algunas referencias que ayudaron a Miguel a emprender el viaje hacia el encuentro con aquel hombre. Como era de andar con pocos rodeos, decidió acelerar la historia del reencuentro y una mañana soleada de noviembre lo encontró en un bar del centro de Rosario.

Había poca gente en el lugar. Los empleados mostraban sus caras cansadas pero su trato era amable. Cuando el mozo se acercó, Miguel ordenó una gaseosa. Tomaba lentamente lo servido mientras pensaba en extremar la resolución del asunto.

Hola. Disculpa que te pregunte, pero creo que te conozco – preguntó el mozo del lugar.

  • No soy de acá, vengo de la Capital- respondió el chico.
  • Yo viví varios años en Buenos Aires.
  • Entonces puede ser – contestó Miguel.


    El joven sabía de qué se trataba. Para eso había llegado hasta allí. Se mordía la lengua para no apurar los trámites, pero por dentro lo ganaba la ansiedad. Veía en aquel rostro que estaba enfrente sus propias facciones.

    Al señor que tenía enfrente le
    ocurría lo mismo. Habían pasado muchos años y entonces las palabras fueron saliendo solas.
  • Se quien sos, pero no sé a qué viniste – preguntó el hombre.
  • Quiero hablar un rato con vos- soltó el muchacho.
  • Salgo a la una de laburar. Esperarme en la puerta- le pidió el mozo.

    Caminaron durante
    toda la siesta por las calles rosarinas y recorrieron centro y periferia. Se pusieron al día con sus historias y prometieron que no pasaría nuevamente tanto tiempo para volver a verse.

Cuando regresó a Buenos Aires, vivió nuevamente con sus tíos. Creyó que estar allí, a pesar de todas las dificultades que surgían, era más seguro y confiable que seguir en la calle. Se puso a trabajar con uno de sus primos en el mercado de frutas y verduras; volvió a ir a la iglesia y se reencontró con Amanda. También recuperó el trato con los amigos del barrio. Poco a poco se fue encontrando con los afectos, con ese refugio que tanto necesitaba.

20 de Diciembre de 2020 a las 12:48 0 Reporte Insertar Seguir historia
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