eltriangulomf Lucas Nanjarí-Salvo

Reserva Natural Antón Blanco, un área destinada a la protección y subsistencia de especies en peligro. Aquí trabaja Martine DeSanti, una ex-policía de investigación que actualmente cumple como zoóloga en el centro de investigaciones de la reserva. Mientras lucha con el estrés y busca controlar sus límites, su terapia se ve interrumpida una tarde de vigilancia, cuando un grupo de cazadores furtivos captura uno de los últimos individuos de una especie; tras el escape de los criminales, el juego de cazador y presa se invierte cuando Martine toma un rifle y comienza una cacería que desafiará su cordura y pondrá en duda sus valores sociales y humanos.


Suspenso/Misterio Sólo para mayores de 18.

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Capítulo 1, Parte 1 - El mar rojo

Setecientas hectáreas de terreno protegido conforman la reserva natural Antón Blanco, ubicada en una planicie que se extiende hasta donde el horizonte se corta y la vista se nubla. Una circunferencia de murallas controla el paso del territorio y regula las entradas y salidas de vehículos e individuos; justo al centro del terreno se encuentra el conocido bosque techado, una agrupación de enormes árboles que, a pesar de la gran distancia que separa uno de otro, mantiene la tierra húmeda e irregular bajo una eterna sombra que nace de las extensas ramas y hojas de cada espécimen. Un auto pasa fácilmente a través del bosque, lo que facilita las guías turísticas que se realizan en jeep safari especialmente diseñados para caminos desnivelados, aunque durante el atardecer no se recomienda adentrarse debido a la falta de luz, incluso los expertos guías pueden desorientarse sin los delgados haces que atraviesan las pequeñas aberturas entre las hojas. El potente Sol calienta los prados mientras los árboles grandes y pequeños revelan sus flores en el cielo. Los arbustos y plantaciones se expanden junto a un creciente amanecer que alumbra lo que fue una noche torrencial. El día restante se torna lánguido ante la inusual calma de la jornada presente; es poco común que las aves no canten o revoloteen a estas horas. No se recomienda rondar las planicies porque pastan las gacelas y los antílopes, así como toman su tiempo para cazar los carnívoros. Hoy no, un ambiente silente es el último suspiro de un día no convencional. El Sol comienza a bajar al comienzo del ocaso mientras un jeep avanza a toda velocidad por el camino de tierra levantando una tormenta de polvo tras de él. Desde un puesto de vigilancia en el borde de la reserva observa atentamente Ciro, el supervisor de seguridad de la zona limítrofe, que hoy revisa las tareas durante el cambio de turno del bloque sur. Cuando es sorprendido por el estruendoso motor deja sus deberes y sale del puesto para intentar divisar la situación. A lo lejos, una nube ocre cubre el escape del misterioso automóvil mientras se dirige hacia la salida oeste al tomar el camino sur rodeando el bosque techado; Ciro vuelve dentro y toma su radio de entre los papeles que cubren el desorden en la mesa de trabajo. Los guardias de turno salen en apuro mientras el jeep se aleja de ellos, esperando instrucciones de su superior.


¿Marc? ¿Marc?... ... Va hacia ti. Cambio.- Avisa Ciro Yalcder a Marc Tapia, el encargado del bloque oeste.


—Lo --mos. Estam-- -n posició-. Cambio.— El violento motor se escucha acercándose desde el otro radio junto con una interferencia que no permite oír claramente la respuesta de Tapia.


—Retenlos, llegamos en diez. Cambio y fuera.— Ciro toma su sombrero del perchero y sube al jeep safari junto a tres compañeros. En el límite oeste espera la patrulla de la zona que ya ha cerrado el camino y colocado abrojos para detener a los sospechosos, seis guardias armados aguardan al ruidoso vehículo que se aproxima saltando sobre túmulos de tierra en la ruta, el auto deja caer un polvo rojizo por un conveniente orificio en el maletero, el rastro se mezcla con la arena esparcida en el aire y cae al piso dejando una marca que se extiende coloreando el camino desde el punto de partida. Aún viendo desde muy lejos, Ciro se percata del extraño diseño del auto, no es un safari como los utilizados en la reserva, la parte trasera de la carrocería le asemeja más a un transporte de mercancía que a un vehículo de montaña, resulta difícil analizar las diferencias considerando aquel amarillo mostaza con el que fue pintado, el mismo color que usan los jeeps de la reserva. En el bloque oeste, el escuadrón se prepara para la intercepción. El auto se aproxima directo a la trampa pero evade los abrojos en un peligroso y cerrado giro que le expulsa del camino de tierra, los sospechosos avanzan por el campo y se adentran en un terreno aún más irregular, fangoso por las lluvias que aún humedecen el piso que no seca por la sombra de los árboles, los cinco tripulantes esquivan ramas y troncos mientras el escuadrón oeste reacciona.


Santi y Toma, vuelvan al límite, llamen a escuadrón norte y notifiquen la situación, luego mantienen su posición, puede que vuelvan a esta ruta y no podemos dejarla sola; Herer, tú ve hacia el límite norte y allí coordínatepara una emboscada. Gena y Rodri los seguiremos por el bosque.— organiza Marc Tapia que realmente esperaba que los sospechosos se mantuvieran en el camino principal. Los guardias se preparan y suben a los vehículos, Genaro y Rodrigo se unen a Marc para comenzar la persecución.


Señor--...— se escucha que Marc golpea un par de veces su viejo radio en un intento de arreglar la señal —Entraron al bosque, vamos detrás de ellos.— el supervisor Yalcder y el escuadrón sur recién se adentraban en el camino de tierra. Ciro está notablemente intranquilo incluso desde antes de la aparición del dichoso transporte, el ambiente ha cambiado respecto a otros días, la pasividad del prado es inquietante; él se paraliza y dice al conductor que se detenga cuando recién llevaban pocos metros recorridos. Observa la naturaleza. Ningún movimiento aparte de ligeras brisas que circulan entre los matorrales. Ni un ave rondando, ni guepardos descansando antes de la caza nocturna, ni siquiera se perciben pequeños roedores correteando por sus madrigueras. El Sol baja lentamente y el cielo pierde su color oceánico para comenzar a tornarse anaranjado y poco a poco ir sumando tonos fucsia, un momento mágico en el horizonte es acompañado por un silencio letal. Los grillos ni siquiera susurran. Los árboles ni siquiera suspiran. Lo poco que captan sus oídos se asemeja a la profundidad del vacío espacial. Ninguna partícula se digna a vibrar más allá de sus propias palpitaciones; ningún alma se presenta en las entrañas de la reserva.


¿No han escuchado nada inusual hoy, verdad?- pregunta Ciro buscando respuesta a la atmósfera poco familiar. Una respuesta negativa escapa cobarde en los gestos de sus compañeros. Ciro entonces señala la orden de avanzar por el camino de tierra.- Llegaremos hasta la cara occidental del bosque y esperaremos en la entrada, si se sumergieron en el abismo a ciegas, eventualmente llegarán allí.


Avanzan por la pradera mientras Ciro sigue volteando intranquilo buscando a los habitantes de la planicie. Llegan a la intersección del puesto del escuadrón oeste y la intuición de Ciro le llama. Mira al suelo y en un parpadeo logra fijarse en los abrojos que sus compañeros no recordaron quitar, en un movimiento veloz toma el volante con una mano y bruscamente gira mientras el conductor frena de forma violenta al reaccionar. El grupo se baja del auto para levantar la -mal colocada- trampa, mientras los guardias retiran el abrojo Ciro aprovecha a contemplar el paisaje en quietud. Desde su posición logra visualizar, aunque con dificultades, la zona limítrofe, no presenta movimientos. En estos momentos solo podía esperar que Tapia hubiese solicitado refuerzos, algo no anda bien por el oeste. Al volver al auto y antes de partir nuevamente Ciro señala con su índice al bosque que tienen a su lado.


Entremos aquí.- Los compañeros le miran extrañados, las gruesas raíces revisten el suelo que serviría de carretera, al no ser un camino marcado les complicará el orientarse y el avanzar.


Pero... esta no es una entrada...- dice el joven conductor mientras, de forma leal y acatando órdenes, comienza a dirigir el vehículo hacia la imponente arboleda. Al avanzar hacia la oscuridad selvática una mirada temblorosa intenta discutir sobre su trayecto desde el asiento trasero, pero es solo un gesto ocular el que impone a través del espejo retrovisor.


No me gusta. Ya debería haber camionetas de la central en camino, pero en el muro no se sienten ni fantasmas.- explica Ciro.- Prefiero que un jaguar me atrape aquí a lidiar con lo que sea que pase afuera. Por lo menos estamos cerca.


La duda les invade a todos y cada uno, de un momento a otro su camioneta se convierte en una carroza fúnebre aventurándose en una casa del terror en el mundo real. Una interminable sombra los divisa y se adentran al lugar donde las ramas de los árboles techan el cielo y la luz se convierte en un recuerdo vago. El sonido casi armonioso del motor que los moviliza es su única compañía ahora, cierto es que afuera tampoco se escuchaba nada, pero los troncos milenarios sirven de aislante y el sonido atrapado aquí no logra escapar, las corrientes cardíacas son el único pasatiempo de sus tímpanos. La tierra pasa de húmeda a mojada, y directamente a enormes charcos marrones embarrando las ruedas, el jeep se mueve porque está diseñado para terrenos complejos, pero aún así se complica el trayecto en el barrial que generaron pasadas lluvias. Una rueda se hunde en un océano, el motor se fuerza pero logra escapar. Una brújula marca el norte, ellos continúan en dirección noreste. El safari avanza cuidadosamente a través de la vegetación, un fresco aroma edulcora la claustrofóbica situación, los hombres mantienen sus brazos, piernas y cada cabello dentro del vehículo, contemplan cada centímetro que adelantan, avanzan cien metros y la entrada que ellos mismos inventaron ya no existe. Los pocos haces de luz que se filtraban entre las hojas ya no están, el Sol se ha puesto y la noche cae. La oscuridad los rodea en la zona más peligrosa, solo pueden avanzar o esperar lo peor. La ausencia de respuestas les aterra aún más que las posibles contestaciones, su suerte puede resumirse en una lechuza intentando desgarrar sus ropas, o un jaguar asaltando su vehículo. Tras una decena de troncos encuentran una centena más, encienden una linterna y la tensión se reduce, parece que realmente no habrá respuesta alguna. Ciro ordena acelerar ligeramente para llegar algún día a su destino, en unos cuantos metros llegan al borde noroeste del bosque y ahora se encargan de encontrar el claro boscoso que indica la salida. Continuando su búsqueda encuentran un rastro rojizo en el suelo, unas marcas de llantas casi totalmente diluidas en el barro. Lo misterioso de las marcas los lleva a suponer que se trata de una pista involuntaria de los criminales, o un rastro incidental de sus compañeros, pero antes de comenzar a seguirla son quemados por un destello inmóvil que atraviesa la vegetación, contrariando sus extremas medidas de sigilo en el bosque, Ciro toma rápidamente su radio e intenta comunicar con Tapia.


¡Marc! ¿Dónde están? Vemos una luz al final del bosque, la seguiremos tras su respuesta. Cambio.


Del otro lado han pasado treinta minutos de únicamente gastar combustible, el escuadrón a perdido de vista a los aparentes criminales entre los árboles, vagan por el bosque sin dirección ya perdidos por la cantidad de desvíos tomados a gran velocidad hasta que encuentran el rastro de una fina arcilla esparcida por el piso a modo de camino, la siguen ciegamente esperando alguna especie de recompensa o encuentro amistoso, continúan por cuarenta metros y llegan a una apertura entre árboles. Se acercan lentamente intentando escuchar algún sonido que les permita identificar que habrá del otro lado de un espeso muro de enredaderas. No hay nada. Apagan el motor para dejar el auto y continuar a pie, el fango hunde las seis botas que pisaron casi al mismo tiempo, los guardias no lo notan, es una pequeña presión hacia abajo, sienten que en un momento se detendrá y tocarán tierra sólida.


Shhhhhhhhhhhh...-Marc señala a sus compañeros que avancen lentamente, pasan apoyándose en la camioneta y se acercan al enorme hueco entre dos gruesos leños, la oscuridad los atrapa como moscas tras haber apagado el motor, ya estando en el frío suelo se dan cuenta que no logran ver más allá de sus propios dedos. Ni siquiera logran ver sus dedos. Marc Tapia y Genaro, el conductor, están del lado izquierdo del vehículo; el copiloto, Rodri, está solitario del lado derecho.


Gena... no te asustes... voy a tocarte el hombro, okey?- dice Marc entre precavidos susurros mientras estira su brazo más allá de lo que su vista le acompaña, alcanza a sentir la tela del abrigo. Genaro intenta callar un sobresalto cuando percibe la mano invisible, intenta tomarle en respuesta y estira lentamente su brazo hacia el de Marc, ninguno puede verse, pero sienten la presencia del otro.


Rodri--¿estás bien?- Marc voltea aunque sea pura cortesía, su única visión es el negro fondo de la oscuridad. Rodrigo está completamente paralizado, desde su posición logró visualizar por un instante el reflejo de uno de los faros del jeep que seguían, sea quien sea sigue allí, sus piernas no responden, solo tiemblan, su tráquea se cierra y la saliva se espesa a la vez que el corazón late con intensidad, sus pupilas se dilatan y sus pulmones se hinchan intentando desahogarse en un alarido de pánico, pero lo único que encuentran es el vacío en la luz que no reflejan sus ojos. Marc centra su peso en la puerta del jeep en un intento de liberar sus piernas del fango, a la vez que Genaro se apoya en el marco de la puerta buscando retroceder en dirección a Marc. El lodo desliza sus botas en todas las direcciones excepto hacia arriba; del otro lado, el fango no es tan profundo, Rodrigo se centra y logra moverse finalmente y comienza a avanzar hacia el sospechoso vehículo, siempre apoyándose en el jeep, a cada paso acerca su mano derecha hacia su 9mm. El jeep criminal se esconde tras la espesa enredadera, Rodri desenvaina el arma con sigilo mientras se agacha y con cuidado quirúrgico intenta mover los matorrales en un costado. Marc ejerce más fuerza con el pie para evitar perder su bota bajo la humedad, y escucha el sonido de la pistola siendo cargada; por una fracción de segundo pierde la concentración y la pierna de apoyo se resbala y él cae de espaldas hacia el lodo, en pánico logra sostenerse de la puerta y quedar abrazado a ella; al mismo tiempo, Genaro seguía avanzando con lentitud cuando logra sentir que la puerta se mueve, y queda a punto de aplastarle los dedos contra el marco. Marc se afirma del costado de la puerta con fuerza, la escala para ponerse de pie nuevamente. Rodrigo asoma su cabeza entre los matorrales esperando un haz de luz que le permita divisar el auto nuevamente. Pasa un segundo... Dos segundos... Tres segundos... Cuatro segundos... Cinco segundos... Todo se tiñe blanco, un destello cegador paraliza toda forma de vida en su camino, Genaro y Marc caen derrotados al barro, sus ojos queman y pierden la completa movilidad cuando sus brazos se entierran bajo el fango. Ningún movimiento se percibe, los perseguidores intentan observar más allá de la luz, pero es imposible. Atención total. Una sombra distorsiona el resplandor por un instante, Marc intenta soltar un grito de auxilio pero pierde el aliento completamente, sus pupilas tiemblan en pánico y comienza a sufrir arcadas, de un momento a otro comienza a convulsionar, sin perder la consciencia logra liberar su brazo izquierdo y lo acerca hacia Genaro, quien yacía inmóvil; unos instantes después, la estática de la averiada radio del vehículo contamina el desolado silencio del ambiente.


MAR--NDE EST- ... ... -- ...


Pasaron cinco minutos.


No hay respuesta. Ciro da indicaciones de avanzar. Al llegar al origen del resplandor éste ya ha desaparecido y solo encuentran más barro y muchas marcas de ruedas. Con su jeep pasan el muro de enredaderas y un cartel "Usted está entrando al BOSQUE TECHADO de la Reserva Natural Antón Blanco. Por favor seguir las indicaciones de su guía autorizado". Una rama se quiebra, todo el equipo se pone alerta, un zumbido alarma los oídos de Ciro, una enorme gota de sudor baja por su frente y se precipita hasta el suelo. Los perseguidos siguen aquí.


Sí, sí... Pero. ¿Dónde están?


Una avispa se posa en la manga derecha de Yalcder al levantar su arma, parece que el silencio se acabó después de todo. Mira a su alrededor antes de bajar y señalar a sus compañeros donde instalarse para preparar la emboscada, en menos de dos minutos están listos y a la expectativa de los criminales que, según declaró el mismo supervisor, estaban obligados a llegar allí. La espera se hace agotadora, pero no se puede fallar ahora. Pasan las horas y las aves vuelven, los árboles pequeños son anidados mientras suricatas comienzan a resguardarse bajo tierra ante el regreso de los depredadores en la penumbra. Durante el alzar del Sol y la caída del rocío mañanero se limpia la suciedad de la que fue testigo aquella noche. Una patrulla logra llegar finalmente al sitio, el claro boscoso en donde el polvo acabó acumulándose, sin pistas del paradero de los guardias del bloque oeste o el supervisor cuyo turno tocaba en el bloque sur. El vehículo criminal ha desaparecido de igual manera.


Cortan la señal... se llevan a ¿cuántos? ¿nueve hombres?- la detective sigue analizando el indescifrable caso mientras los forenses continúan mirando cada grano de arena en el piso en busca de alguna pista que se pueda seguir. Los resultados no son alentadores para la experimentada investigadora Galdames.

La última emisión radial indicaba que estaban aquí... Justo...- Martín, el joven e inexperto encargado de comunicaciones de la central deambula por el espacio con su rastreador y se detiene exactamente en el centro de la opaca mancha de arcilla que cubre el lodo de días pasados.- ... Aquí.


La única marca que logra encontrar la detective está en la parte trasera del letrero escrita con la misma arcilla que se esparce en el suelo y que se desprendía del propio auto escapista. Logró divisarla al momento de llegar, muy temprano en la mañana antes que cualquier forense y obligó a su guardia encargado que lo escondiese en su jeep.


DEP


Antes de retirarse de vuelta, el joven se acerca a Galdames y le susurra al oído.

En la base... también tiene marcas...- Ella voltea hacia el guardia que debió haberse percatado del chico revisando el vehículo, pero poco importa, ella ya había notado las marcas que mencionó, al menos le tranquiliza que le dijese a ella y que el chico no le avisara a los forenses de la existencia del cartel.


A las tres, en mi oficina.


Yo... trabajo en la radio...


No sé si notas lo mucho que me importa eso...


Pasadas las horas, el joven es llevado de vuelta a la central junto con los forenses encargados, a Galdames terminó sin importarle la protección de evidencia y acaba acostándose en el rojo océano de pólvora que ahora la baña sin la supervisión de los irritantes observadores, mirando al techado verde que la priva de la luz y el cielo. El guardia encargado continúa esperándola para salir, observa atentamente como se da vueltas y se arrastra en el sedimento ocre.


¿Y qué fue lo que pasó?- preguntó el guardia sin ánimos de perturbar la reflexión de la detective que, sorprendida y con su vestimenta completamente impregnada de rojo, le mira y se levanta de su momentáneo y escabroso letargo.


Siendo sincera. No tengo idea. Y eso me aterra.- Galdames entonces abraza al inocente guardia que, perturbado por las desesperanzadoras declaraciones provenientes de alguien de su calibre, solo reacciona abriendo la puerta del vehículo para viajar en completo silencio de vuelta a la central. Intenta sacudirse el uniforme, pero el polvo está pegado en él, al notarlo la detective suelta una sonrisa burlesca.


Tranquilo... yo te pago la lavandería.- Un chiste condescendiente sale de su boca intentando suavizar el clima. Mirando el horizonte mientras el Sol aún se eleva, la detective no logra extirpar de su mente aquella marca que encontró en el cartel; le asustó que aquello fuese real, pero le horrorizó aún más el haberlo comprendido tan rápidamente.


Lo que dije... sobre el caso... jamás pasó, ¿ok?


Las razones que puede tener una reputada investigadora para pronunciar una frase similar dejan qué pensar. Quizás su reputación la precede y justifica una intuición refinada en la que puede confiar, por lo que el guardia solo asiente ligeramente con su cabeza sin desviar la mirada del camino de tierra. La pradera está más fría esta mañana, pero la pasividad esta vez no es interrumpida por ningún intruso. El viento corre y los rayos del Sol escapan de él, las hojas bailan con su ritmo, hoy sobre nosotros se precipitó la última lluvia de verano. Prepárense para la sequía.



-. --- -- . ... .. --. .- ...

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14 de Diciembre de 2020 a las 17:23 0 Reporte Insertar Seguir historia
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